Hasta hace poco más de una década, se pensaba que la evolución del ser humano era lineal desde los antecesores prehumanos (la idea «el hombre desciende del mono»), con una serie de especies intermedias en las cuales iban mezcladas las características simiescas con las humanas, en un gradiente desde mayor proporción no homínida y menor proporción homínida hasta llegar al Homo sapiens, siendo este momento, además, relativamente reciente. Sin embargo, en los últimos años se han ido haciendo una serie de descubrimientos que parecen introducir nuevos aspectos.

«Podemos dejar volar la imaginación y pensar en una máquina del tiempo que nos permitiera viajar al pasado. Tras alcanzar nuestro objetivo de llegar al Pleistoceno, quizá hasta una época alejada de nosotros medio millón o incluso un millón de años, podríamos regresar con algún recién nacido de cualquiera de aquellas especies que nos han precedido. Ese niño o niña podría educarse en el seno de cualquiera de nuestras familias, recibiría cuidados, educación esmerada, la escolarización correspondiente, aprendería nuestro lenguaje y escribiría igual que nuestros hijos.

Con el paso del tiempo, aquel niño antecessor o neandertal, quizá podría matricularse en la universidad. Seguro que algunos colegas discreparán de este escenario, que humaniza sobremanera a aquellas especies ancestrales. Puede que un individuo de la especie Homo antecessor educado en la actualidad no llegase a ser un brillante arquitecto o un biólogo de reconocido prestigio; pero no me cabe duda de que cumpliría su papel en nuestra sociedad moderna con absoluta solvencia». (Bermúdez de Castro, 2010).

Estas palabras, de uno de los codirectores del equipo de investigación de Atapuerca, ponen de manifiesto los avances espectaculares que se están produciendo en el ámbito de la evolución humana en lo que llevamos de siglo XXI, que contrastan con la percepción popular que todavía se tiene de nuestro periplo evolutivo. Ya no se puede decir con rigor científico que el hombre procede del mono, sino más bien al contrario, que estos proceden de un tronco común con características homínidas como el bipedismo. Y, sin embargo, la idea que se tiene todavía es la de nuestros orígenes simiescos más o menos cercanos.

Últimos hallazgos en evolución humana

Hasta hace poco más de una década, se pensaba que la evolución del ser humano era lineal desde los antecesores prehumanos (la idea «el hombre desciende del mono»), con una serie de especies intermedias en las cuales iban mezcladas las características simiescas con las humanas, en un gradiente desde mayor proporción no homínida y menor proporción homínida hasta llegar al Homo sapiens, siendo este momento, además, relativamente reciente, cuando el «hombre de Cro-Magnon».

Sin embargo, en los últimos años se han ido haciendo una serie de descubrimientos que parecen introducir los siguientes aspectos en el proceso de antropogénesis:

1. La evolución no es lineal, sino un proceso ramificado.

2. La antropogénesis dio comienzo hace mucho más tiempo del que se pensaba, como mínimo 6, 5 o 7 millones de años.

3. Los procesos de hominización [1] y de humanización se han producido de manera conjunta.

4. Hay muchas más especies de homínidos.

5. Características netamente humanas se encuentran mucho antes de lo que se creía, incluso en especies diferentes al sapiens.

En el año 2001 se produce el descubrimiento de Orrorin tugenensis en Kenia, en estratos de hace seis millones de años. Esta especie tenía una altura de 140 cm, y caninos reducidos y, lo más sorprendente, caminaba erguido como nosotros.

Ese mismo año, en una localidad de Tchad, se descubren los restos de otra nueva especie, Sahelanthropus tchadensis, con una capacidad craneana de 350 centímetros cúbicos (como los chimpancés). Lo revolucionario de este hallazgo fue que Toumai tenía una locomoción bípeda y su antigüedad era de entre seis y siete millones de años. Y vivió en un ecosistema de selva cerrada, lejos de los espacios abiertos de las sabanas que, supuestamente, habrían propiciado la primera característica humana, el bipedismo, según se pensaba en el siglo XX.

Pero todavía hay más. En 1994 se descubrió un pequeño homínido de hace cuatro millones y medio de años, que se denominó Ardipithecus ramidus, y que tenía unos caninos muy diferentes de los de los chimpancés y de los nuestros. A lo largo de estos años, los hallazgos fósiles de esta especie concluyeron que el A. ramidus se encuentra en nuestra genealogía y que caminaba erguido, y posiblemente fuese antecesor de los australopitecos. Lo notable de estos hallazgos es que el ecosistema en el que se desenvuelven es de nuevo un bosque cerrado.

Los chimpancés actuales (Pan troglodytes) son la especie viva más próxima a nosotros, con el 98.8% de genoma idéntico, y desde hace unos seis millones de años evolucionamos de manera separada. Sin embargo, con los últimos hallazgos, los chimpancés no se encuentran entre nuestros ancestros, sino más bien al contrario. Por decirlo de una manera más sencilla, es el mono el que desciende del linaje humano, no al revés.

Otros descubrimientos, como el del Australopithecus garhi, hacen retroceder la posible fabricación de herramientas más allá del Homo habilis.

En nuestro país, el yacimiento de Atapuerca nos ha proporcionado importantes hallazgos. En 1997 se describió una nueva especie, denominada Homo antecessor, con una antigüedad que rondaba el millón de años y unas características mucho más cercanas a nosotros de lo que nunca hubiera podido sospecharse hace dos o tres décadas. En un principio se pensó que sería una especie antecesora del linaje de Homo neanderthalensis, por un lado, y de Homo sapiens por otro (tal y como se ilustra en la figura 1), pero en la actualidad se sitúa en una rama diferente, una suerte de vía paralela al sapiens. La filogenia se encuentra en constante revisión, debido a los constantes hallazgos.

En Atapuerca también se ha encontrado el 90% de todos los fósiles de una especie posterior, Homo heidelbergensis, antecesora del hombre de Neandertal, obteniendo una información valiosísima acerca del modo de vida de estos humanos. Y digo bien, humanos, porque a partir de esta especie, y como consecuencia de estos descubrimientos, se hacen más patentes rasgos propios del ser humano, como el pensamiento simbólico, la conciencia de sí mismo o el comportamiento altruista, y posiblemente, la noción del más allá. Estamos hablando de hace 700.000 años. Estas características genuinamente humanas se encuentran presentes y potenciadas en la especie que les sigue, Homo neanderthalensis, entre 300.000 y 30.000 años. Y no deja de ser significativo que estas características humanas se dan en dos especies que no tienen continuación con la nuestra, sino que fueron una rama paralela.

Los hallazgos y descubrimientos hacen evidente que los procesos de hominización y humanización se han ido produciendo de manera simultánea, lo cual hace que la conformación de los rasgos culturales, conductuales y comportamentales (humanización) se haya producido desde hace al menos 2.4 millones de años, cuando aparece el Homo habilis, lo cual rompe con la tendencia anterior, que establecía que la humanización fue posterior a la hominización, y siempre en los estadios casi inmediatos a la aparición del Homo sapiens.

Finalmente, hay que destacar que la frecuencia y trascendencia de los descubrimientos, así como la interpretación de los mismos gracias a la incorporación de nuevas tecnologías a la paleoantropología (como las técnicas biomoleculares), hacen que las teorías que se construyen sean, ahora más que nunca, provisionales, sujetas a constante revisión y con mínimos consensos por parte de la comunidad científica.

Cambios culturales, la humanización

Hay autores que defienden que los procesos de humanización son un logro evolutivo para suplir el hecho de que el ser humano nace como un animal incompleto, un animal deficiente, que ha perdido parte de las aptitudes biológicas del resto de especies (es menos veloz, menos fuerte, carece de defensas naturales o elementos para el ataque). El hecho es que se considera que la humanización se produce de manera simultánea a la hominización, y no después. Los principales rasgos de la humanización son:

 La conciencia refleja, o conciencia de uno mismo , es el rasgo humano por antonomasia. Se complementa con la conciencia de los demás y de la realidad vivencial. Evidencia de la aparición de la autoconciencia es el hallazgo de una piedra tallada con rasgos del rostro humano, en un horizonte cercano a los dos millones de años, probablemente con los primeros Homo, cuando ya hay una capacidad de producir herramientas, que suponen la capacidad de abstracción de un problema y de su solución, así como la previsión de guardar las herramientas para solucionar futuros problemas. Hace posible que uno se reconozca a través del tiempo, y permite hacer acopio de experiencias, que forman parte de las soluciones potenciales a disposición del clan.

 La capacidad de contactar con lo sagrado; primeros vestigios de religión . Los antropólogos definen esta capacidad como la posibilidad de vivir una experiencia completamente diferente de la experiencia profana, sin espacio ni tiempo, donde se perciben las respuestas a las preguntas que la propia capacidad de autoconciencia comienza a hacerse, y de alguna manera se intuye el porqué de la naturaleza. Esta capacidad de contactar con lo sagrado es difícil de poner en evidencia en los yacimientos, pero puede inferirse cuando se encuentran prácticas con los difuntos. El desarrollo de la conciencia de sí produce la conciencia de la muerte de los seres queridos, que lleva a la eterna pregunta acerca del sentido de todo. Así, cuando se encuentran prácticas con los difuntos, nos encontramos frente a una abstracción frente a la muerte. Lo más antiguo que se conoce al respecto es en Atapuerca, una acumulación intencionada de cadáveres (Figura 2a), de Homo heidelbergensis, hace medio millón de años. No se puede hablar de enterramiento porque no hay evidencias de ritual, pero indica una percepción diferente de la muerte, que induce a una respuesta concreta frente a la misma. Posteriormente, en el Homo neanderthalensis hay muchas más evidencias de un trato ritual frente a la muerte, como las exequias con flores. Y por supuesto, en el Homo sapiens. Esta capacidad de conectar con lo sagrado la encontramos en el propio origen del arte rupestre, que según las últimas investigaciones no es fruto de una mentalidad mágica primitiva para favorecer la caza (por ejemplo, se ha encontrado que las especies animales consumidas no se corresponden con las pintadas), sino que posiblemente fuesen empleadas para experiencias chamánicas.

 La imaginación y la capacidad simbolizadora. La capacidad de trabajar con imágenes se posibilita gracias al gran desarrollo del neocórtex (corteza cerebral) en el proceso de encefalización. Uno de los muchos rasgos de este neocórtex es la división en dos hemisferios cerebrales, que tienen una función diferente. El hemisferio izquierdo es el responsable del lenguaje verbal, los procesos lógicos, las matemáticas, la música; el hemisferio derecho se ocupa del lenguaje simbólico, los procesos analógicos, trabajar de manera plástica con lo espacial, el arte visual.

Las evidencias paleontológicas han puesto de manifiesto que hay mentalidad simbólica desde el Homo heildelbergensis, del cual se encontró un bifaz en Atapuerca (llamado «Excalibur», Figura 2b), que habría sido depositado deliberadamente junto a un cadáver, denotando una intención simbólica en el más allá. Esta capacidad de trabajar mentalmente con imágenes también se reconoce en el H. neanderthalensis y, por supuesto, en el H. sapiens. La función simbólica es crucial en el proceso de humanización, por varios motivos, siendo dos los más relevantes: nos permite crear los escenarios mentales en los cuales pensar y nos permite comprender y tomar conciencia de aspectos no tangibles y metafísicos de la realidad. En este caso, la imaginación es un logro evolutivo que permite transmitir experiencias inefables.

 El lenguaje. Investigaciones de los últimos años también han revelado que el uso del lenguaje humano no parece haber sido privativo de nuestra especie. Uno de los equipos investigadores de Atapuerca, trabajando sobre huesos del oído fósiles del H. heidelbergensis, han podido reconstruir la escala de audición de esta especie y han concluido que se comunicaba a distancia corta mediante sonidos con la misma frecuencia que nuestro lenguaje actual. Posteriormente, en 2007, se descubrió en el genoma de los neandertales el gen FOXP2, involucrado en el lenguaje humano. Incluso hay no pocos investigadores que creen que el Homo ergaster, hace un millón y medio de años, cuando comienza a fabricar herramientas más elaboradas, que requieren de una secuencia precisa de órdenes y una lateralización del cerebro, pudo haber empezado a desarrollar un lenguaje humano. Igualmente sorprendente ha sido el descubrimiento de signos de escritura de hace 60.000 años en una localización sudafricana, en 2010. Efectivamente, se trata de inscripciones grabadas en cáscaras de huevo de avestruz, y que señalan la existencia de una escritura paleolítica, que choca por completo con el paradigma que establece el inicio de la Historia con la aparición de la escritura, en el Egipto o Súmer antiguos.

 La creación de una sociedad compleja es otro de los rasgos notables de la humanización. La sociedad humana que va surgiendo es completamente diferente a otras agrupaciones de animales, porque los individuos son conscientes de sí mismos y de los demás, y por tanto desarrollan una conciencia colectiva, que puede reconstruir la historia del clan. Se potencian las posibilidades del grupo social como elementos integrador, porque se toma conciencia de las posiciones de cada individuo y, sobre todo, puede preverse lo que va a hacerse y cómo va a afectar al propio interesado ( inteligencia maquiavélica). En 2010, se han descubierto evidencias de ayuda social en individuos con taras y malformaciones (Figura 3) que no podían valerse por sí mismos y llegaron a ser ancianos, pero hace medio millón de años.

 El dominio y uso del fuego es otro rasgo relevante, de mayores consecuencias que las que pudieran sospecharse a simple vista. Se tienen pruebas de uso intencionado de fuego hace 400.000 años, y posiblemente más atrás (en África se han encontrado usos desde hace más de un millón y medio de años, pero no son concluyentes acerca de su intencionalidad). El uso del fuego es uno de los rasgos típicamente humanos. Proporciona luz, calor, posibilidad de cocinar los alimentos. Pero también se ha visto que puede haber influido notablemente en el desarrollo del cerebro, gracias a su capacidad de protección. El sueño REM o paradigmático, en el que se desactiva nuestro estado de alerta, es muy importante para nosotros, porque permite fijar los conocimientos y experiencias en nuestro cerebro («sueño reparador»), y, sin lugar a dudas, ha facilitado nuestro proceso de encefalización. Según los especialistas, la tranquilidad necesaria para la aparición del sueño REM bien pudo encontrarse en la protección que daba el fuego. Pero hay más: desde un punto de vista ecológico, el uso del fuego permitió comenzar a moldear los ecosistemas a un nivel y escala mucho mayor.

 La creación de refugios y casas es también otro rasgo característico de humanización. Popularmente se ha considerado que el hombre primitivo vivía en las cavernas. Sin embargo, según los especialistas, este hecho no es del todo cierto. Generalmente las cavernas y grutas se han usado para rituales relacionados con el uso de las pinturas y signos rupestres, y para vivir seguramente se han construido chozas, refugios, etc., de distintos materiales, lo cual, junto con la fabricación de herramientas, proporciona una idea del desarrollo mental.

La construcción del ser humano

El complejo proceso de la antropogénesis se halla lejos de ser conocido por completo por la ciencia; sin embargo, los descubrimientos y avances de la última década han revolucionado el conocimiento que se tenía de la paleoantropología. Ahora, desde el punto de vista científico, no podemos seguir considerando un pasado relativamente reciente de «hombres-mono» como nuestro linaje directo. Los procesos de hominización y la adquisición de los rasgos humanos, la humanización, se hunden en el tiempo, hace millones de años.

Las consecuencias del proceso de humanización son logros evolutivos, que han hecho posible el éxito de la especie, que seamos como somos. La posibilidad de conectar con lo sagrado, con todo lo que ello implica de búsqueda de un sentido de la vida, la capacidad de trabajar con la conciencia, el desarrollo de virtudes sociales como el altruismo, el desarrollo de tantas facultades inteligentes que permiten anticipar soluciones a problemas definidos, el desarrollo de la sensibilidad artística o el pensamiento simbólico, por poner algunos ejemplos de rasgos del proceso de humanización, son conquistas de nuestra evolución. Lejos de lo que creemos habitualmente, el conjunto de virtudes, como la generosidad o la empatía, no son la resultante de sistemas morales, que son opinables, sino la consecuencia de logros obtenidos a lo largo de millones de años de evolución. Por lo tanto, consolidar modos de vida que no tengan en cuenta estos éxitos evolutivos va en contra de nuestro propio sentido evolutivo, de igual manera que lo haríamos si adoptásemos un modo de vida completamente insano. No deja de sorprender que los principales modelos éticos que podemos explorar con la filosofía mantienen una asombrosa semejanza con las consecuencias de los rasgos de la humanización.



[1] La hominización es el proceso evolutivo de adquisición de la morfología y anatomía características de los homínidos, y la humanización es el proceso de desarrollo de los patrones culturales y conductuales singulares del ser humano.

Publicado en Arqueología

En el centro de la ciudad antigua de Aegae, en Vergina, al norte de Grecia, los arqueólogos de la sección Tsakiridis descubrieron veintiuna tumbas en la necrópolis, seis de las cuales no habían sido saqueadas, en las que se encontraron estatuillas de arcilla que han aportado conclusiones importantes.

En la necrópolis de Aegae se ha encontrado un hermoso espejo, hallado en la tumba de una muchacha joven (siglo IV a. C.). Sus padres la habían enterrado con ornamentos de oro, pendientes y cuentas, y una pequeña obra maestra de bronce, un espejo con Eros y Dionisos tallado sobre la tapa. Eros es representado como un chiquillo que vuela para abrazar al dios antiguo griego Dionisos.

En la tumba más rica de la necrópolis, que lamentablemente había sido saqueada, se hallaron fragmentos que pertenecían a una cama funeraria decorada con placas talladas de arcilla, en las que se representa a la diosa antigua griega Atenea, que observa una batalla entre griegos y bárbaros.

http://greece.greekreporter.com/2015/03/05/new-archaeological-findings-in-vergina-northern-greece/#sthash.T3BgDWeS.dpuf

Publicado en Chispas Científicas

A causa de una remodelación urbana en Nevsehir, los arqueólogos turcos han descubierto otra gran ciudad subterránea en la región turca de Capadocia, de unos 5000 años de antigüedad. La ciudad contiene, al menos, unos 7 kilómetros de túneles, en las que se habían ocultado iglesias y galerías de fuga que remontan alrededor de 5000 años.

La provincia de Nevsehir ya es famosa por la increíble ciudad subterránea en Derinkuyu (que puede verse en la imagen), que antaño albergó a no menos de 20.000 habitantes.

Derinkuyu tiene once niveles en profundidad, con 600 entradas y muchos kilómetros de túneles que la unen a otras ciudades subterráneas. Incorpora zonas para dormir, establos para la ganadería, pozos, depósitos de agua, huecos para la cocina, ejes de ventilación, habitaciones comunales, cuartos de baño y tumbas. Sin embargo, los arqueólogos apuntan que la ciudad descubierta puede superar la magnitud de Derinkuyu, o incluso, llegar a ser la mayor ciudad subterránea del mundo.

Chispas científicas julio 18 2

En la región de Cappadocia, con paisajes espectaculares conformados por hermosos valles y elevaciones rocosas, se encuentran múltiples pasadizos subterráneos y grutas, en las que desde antaño se han construido casas, capillas, tumbas, templos y ciudades enteras subterráneas al completo, armoniosamente talladas en las formas de la tierra naturales. Diversas ciudades, religiones e imperios se han levantado y han caído en estos refugios subterráneos.

http://www.ancient-origins.net/news-history-archaeology/massive-5000-year-old-underground-city-uncovered-cappadocia-turkey-002507
http://www.hurriyetdailynews.com/massive-ancient-underground-city-discovered-in-turkeys-nevsehir-.aspx?pageID=238&nID=76196&NewsCatID=375

Publicado en Chispas Científicas

Hace poco más de un mes, un artículo aparecido en Nature ha revolucionado a la comunidad científica diciendo que el primer hombre en América es diez veces más antiguo de lo que imaginaban. Pero, en todo caso, las publicaciones no sufrirán mucho ante las miradas poco atentas; basta añadir un cero, y asunto solucionado: de 13.000 a 130.000. Si no nos fijamos en el número, casi no nos damos cuenta de la diferencia.
 
Se han encontrado evidencias, en un yacimiento de California, de huesos de mastodonte partidos a pedradas siguiendo una espiral, lo que descarta que haya sido la misma Naturaleza la escultora. Es un patrón humano deliberado, una forma útil de partir el hueso. Todo, junto a piedras que debieron de ser usadas como martillos y yunques. El hallazgo se hizo a principios de los años 90, pero solo ahora ha sido determinada la antigüedad según el sistema de datación de uranio-torio, dado que la inexistencia de colágeno en los huesos no permitió que fueran usadas las técnicas de radiocarbono.
Este hallazgo y su publicación no vienen solos; es, en realidad, la última gota que colma el vaso, el cambio de un paradigma rígido, obsoleto, fanático y absurdo respecto a la antigüedad de la presencia del hombre en América. ¡Cuántos mártires, no por buscar la verdad, lo que es el esfuerzo natural evolutivo del ser humano, sino por querer abrirse paso en medio de la cerrazón, la idiotez y las mafias de las teorías imposibles, que como insaciables Molochs van devorando a sus inocentes víctimas!

En 1929, se encontraron en la localidad de Clovis, en Nuevo México, una serie de puntas de lanzas y hachas bifaces muy características, a las que por los otros restos hallados junto a ellas, se les dio unos trece mil años de antigüedad. Luego, se encontraron restos semejantes por distintos puntos de Estados Unidos, en México y aun en Venezuela. Todo encajaba a la perfección. Al final de la última glaciación, el mar se había retirado lo suficiente como para que hubiera un amplísimo pasaje en el actual estrecho de Bering. Lo suficiente como para que la hipótesis se convirtiera en teoría, y, con una o dos generaciones de estudiosos, en dogma inamovible. ¡Y ay de quien se atreva a atacarlo! Por lógica evidente, sabemos que basta un solo hecho inequívoco para demoler la más sólida de las teorías, en teoría. Pero esto solo es válido si el investigador carece de prejuicios y es un enamorado de la verdad. Si no es así, los hechos más contundentes pueden ser apartados como las piedras del camino que simplemente nos resultan molestas. Además, es muy simple, se trata solo de no mirar donde no queremos mirar, o meter la cabeza en el agujero, como el avestruz.

Asimismo, que se hayan encontrado indudables y numerosos registros romanos, vikingos, sumerios, fenicios, celtas y hasta egipcios, tal y como demuestra Barry Fell (y otros muchos) en sus libros American BC , escrito en 1976, Saga América (1980) y Bronze Age America (1982) y en numerosos cuadernos de ESOP ( Epigraphic Society Occasional Papers ), tampoco es muy molesto; basta desacreditarle, y decir –como hace la wikipedia, infantilmente– que no creemos en él:

A survey of 340 teaching archaeologists in 1983, showed 95.7% had a "negative" view of Barry Fell's claims (considering them pseudoarchaeology) 2.9% had a "neutral" view, and only 1.4% had a "positive" view (regarding them as factual).

Absurdo argumento: ¡ahora la verdad lo es por aclamación popular! Platón nos enseñó que porque mil ciegos nieguen la luz y los colores, estos no dejan de existir. Finalmente, son el 3% de los especialistas los que generalmente van haciendo avanzar el carro de la ciencia y, por tanto, de la Historia. Sería interesante que vuelvan a repetir esta experiencia de aquí a treinta años a ver si se mantienen esos mismos datos. Porque a veces a los ortoarqueólogos, tan apegados al pasado, les cuesta tener visión de futuro, se agarran a él como los mismos estratos que estudian.

Hallazgos silenciados
En los años 30 un joven aficionado a la arqueología, Juan Armenta Camacho [1] , encontró restos de animales ya extinguidos en el embalse de Valsequillo; después, herramientas de piedra; y en 1959, un hueso de mamut grabado donde aparecían animales hace muchísimo tiempo ya extinguidos, como el Gomphotherium , una especie de elefante con cuatro colmillos. Se probó que habían sido realizados poco tiempo después de la muerte de dichos animales. La Universidad de Harvard envió un equipo al frente de la joven antropóloga Cynthia Irwin-Williams, y se encontraron utensilios de piedra junto a huesos de mamut y mastodonte. Geólogos y una especialista en estratos de cenizas volcánicas se unieron al equipo. Los restos daban una antigüedad entre 150.000 y 280.000 años. Alarmadas, las autoridades arqueológicas mexicanas decidieron intervenir, se presentaron agentes federales armados e intimidaron a los obreros para que confesaran el fraude de que ellos mismos habían enterrado los artefactos, con un papel que debían firmar.A pesar de las amenazas, solo tres entre sesenta lo hicieron. Se les retiró el permiso para excavar, se les confiscaron las piezas.

El PRIMER HOMBRE EN AMÉRICA 4

Varios años después se permitió que volvieran a hacer excavaciones y medidas del estrato geológico en que habían encontrado los utensilios, y se aplicaron cuatro metodologías: series de uranio, huellas de fisión en zircones, hidratación de las tefras (cenizas volcánicas) y meteorización de minerales, que dieron fechas siempre superiores a 250.000 años. A pesar de la seriedad y cualificación impecable del equipo científico y de la posibilidad de que quien quisiera repitiese los experimentos o recogiese nuevas pruebas, ninguna revista científica quiso publicar sus resultados. Tan solo una breve reseña de lo desconcertantes que habían sido los datos obtenidos. La especialista en tefrocronología que había datado los estratos de cenizas volcánicas, Virginia Steen-McIntyre, fue «quemada» por la Inquisición de la ciencia dogmática. Se la difamó, su reputación profesional fue arruinada y tuvo que trabajar como jardinera para ganarse el pan de cada día. Finalmente, consiguió publicar muchos años después en una revista, Quaternary Research , gracias a la amistad con el editor. Pero poco importó en su momento; la datación oficial de Hueyatlaco quedó en 20.000 años. Fue necesario esperar la obra formidable de Michel Cremo, Forbiden Archaeology , que ha removido los cimientos de todo aquello en lo que creían geólogos, antropólogos e historiadores (obra leída por millones de estudiosos y que, paradójicamente, nunca ha sido traducida y editada en España), que destapó el caso de Valsequillo.

Todo este asunto nos recuerda al de la pirámide circular de Cuicuilco, debajo de la lava de un volcán, en México, fechada por los arqueólogos en el siglo I a. de C. Los geólogos demostraron que los depósitos de lava y sedimentarios, antes de llegar a la pirámide, abarcaban un periodo de 6500 años, algo que para la ciencia del momento era totalmente imposible de aceptar. Además se encontraron figurillas muy semejantes a las del Neolítico europeo de la misma época, esculturas con «cascos» y la figura de un hombre barbado.

Un hombre americano muy antiguo
Las evidencias de Valsequillo constituyen solo una de las pruebas de la presencia del hombre en América mucho más allá de la versión oficial. En Pedra Furada, al nordeste de Brasil, se hallaron poblaciones humanas de una antigüedad superior a los 58.000 años, fechas determinadas usando el carbono 14, o incluso de 100.000 años según la termoluminiscencia.
En Colico, California, el mismísimo Louis Leakey encontró industria lítica que ha sido datada como de una antigüedad superior a los 200.000 años. Claro, sus opositores consiguieron que se suspendiesen las excavaciones, porque no se debía excavar ni hallar lo que es imposible; el telescopio de Galileo aún le daba dolor de ojos a la Inquisición, los cráteres de la Luna eran en verdad manchas en las lentes de ese artificio demoníaco.

El PRIMER HOMBRE EN AMÉRICA 3

Y así muchos más hallazgos, sin contar con los huesos de gigantes y el misterioso gigantopithecus , pues estos son silenciados –a pesar de las Universidades que quieren divulgar lo que se ha encontrado–, o si no es posible, se mira hacia otro lado con olímpico desdén.

¿Debemos entonces rasgarnos las vestiduras con este nuevo descubrimiento, mencionado al principio del artículo? No, más bien nos las deberíamos haber rasgado con toda la manipulación, ocultamiento, rechazo de investigaciones, silencio cómplice y procesos inquisitoriales de la ciencia al respecto durante cincuenta años.

Además, que digan ahora los investigadores que quienes han hecho esto no son humanos, que son homo , pero neandertales o denisovanos, es gratuito, pues no se han encontrado huesos de estos. Simplemente no se quiere aceptar la presencia del hombre en América tan pronto, pues entra en contradicción con los términos que aprendimos cuando niños de que América era el «Nuevo Continente». Las rutas de cómo se fue propagando el «hombre» desde su cuna en África (?) como australopiteco, luego en España, en Atapuerca, o por China con el Sinántropus , etc., semejante a un mapa del metro de Londres, nos da la risa, por la soberbia y audacia de los que, sabiendo algo, un poco, creen saberlo casi todo. De este modo, cada tres meses aparece una nueva «estación» por la que no pasaba el «tren subterráneo» y hay que cambiarlo todo. No han aprendido la lección de geometría básica, que es que «dos puntos no necesariamente definen una línea recta», o sea, que si la línea es recta, efectivamente solo habrá una posible (suponiendo el espacio plano euclidiano), pero si es caprichosamente sinuosa, o curva, puede haber infinitas.
 
[1] Sigo en esta descripción el excelente trabajo de Xavier Bartlett, Hueyatlaco: desenterrando artefactos y enterrando la ciencia.

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