Nuevos vientos soplan para la antropología, que van dejando atrás el darwinismo como idea central de esta ciencia. El modelo propuesto por el darwinismo había permanecido incuestionado durante más de un siglo, pero los descubrimientos acumulados han acabado por derrumbar este paradigma, ofreciendo una visión novedosa de la evolución humana.

Repasemos algunas de las ideas en que se basaba el darwinismo.

La lucha por la vida

En el famoso artículo de 1858 en que Darwin describía el mecanismo que él denominó selección natural, comienza diciendo que «toda la Naturaleza está en guerra, tanto unas especies contra otras como cada especie contra el ambiente exterior» [i] . Y en el párrafo final acaba diciendo: «Cada nueva variedad o especie, cuando se forma, ocupará el lugar y, por tanto, exterminará a sus progenitores, peor adaptados».

En las teorías de Darwin quedan impícitas las ideas sociológicas de la época, como el imperialismo, que dio lugar a la Primera Guerra Mundial; la idea de evolución lineal y ascendente, siempre a mejor, que formaba parte de los postulados de la filosofía positivista de Auguste Comte; y las ideas de Adam Smith, el fundador del liberalismo económico, que establece el egoísmo o interés propio de cada individuo como base de un mejor desarrollo de las sociedades.

Como ejemplo del calado de estas ideas, los darwinistas suelen esgrimir la presencia de marcas de corte en huesos encontrados en individuos de Homo antecessor en Atapuerca como la demostración del canibalismo, y por ende, la confimación de una Naturaleza en guerra. Sin embargo, sin negar la existencia del canibalismo en momentos pasados o presentes de la humanidad, no se puede afirmar que el hecho de que unos huesos hayan sido descarnados implique que otros humanos se los hayan comido, ni que los hayan matado para tal fin. Estas interpretaciones son fruto de los prejuicios que acompañan a la ciencia y no tienen base científica, ya que esa explicación sería tan solo una de las tantas posibilidades de lo que pudo haber pasado. Recordemos que la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob sacó a la luz a una tribu de Nueva Guinea que se comía el cerebro de sus muertos, no como un acto bélico, sino como un acto ritual. Asimismo, la religión del zoroastrismo exponía los cadáveres de sus muertos a los buitres para que los despedazasen y se los comiesen como parte de un culto religioso. Por tanto, no podemos afirmar una intención bélica por haber encontrado unos huesos con marcas de corte, aunque no dudamos que eso tiene mucho más tirón mediático.

Determinismo biológico y darwinismo social

Esta idea de una Naturaleza agresiva, que promueve una continua competencia y, por tanto, una lucha individual de todos contra todos, donde solo sobreviven los más aptos, se extendió al ámbito de la psicología y promovió una explicación del hombre en que la propia supervivencia y el egoísmo personal eran los motores exclusivos de la conducta humana, inscrita en los genes. Estas ideas fueron decididamente impulsadas por Darwin en su libroEl origen del hombre [ii] , donde aboga por «ayudar» a la Naturaleza en su labor:

«Entre los salvajes, los individuos débiles en cuerpo y mente desaparecen muy pronto, y los que sobreviven se distinguen comúnmente por su vigorosa salud. Nosotros, los hombres civilizados, en cambio, nos esforzamos por frenar el proceso de eliminación; construimos asilos para los imbéciles, los mutilados y los enfermos; legislamos leyes para los pobres, y nuestros médicos apelan a toda su habilidad para conservar el mayor tiempo posible la vida de cada individuo. Hay muchísimas razones para creer que la vacuna ha salvado la vida a millares de personas que, por la debilidad de su constitución, hubieran sucumbido a los ataques de la viruela. En consecuencia, los miembros débiles de las sociedades civilizadas propagan su especie. Nadie que haya asistido a la cría de animales domésticos dudará de que esto debe de ser muy perjudicial para la raza humana. Es sorprendente ver la rapidez con la que la falta de cuidado o el cuidado mal llevado a cabo conduce a la degeneración de una raza doméstica, pero exceptuando el caso del hombre mismo, casi nadie sería tan ignorante como para permitir que sus peores animales se reproduzcan».

Darwinismo, el naufragio de una ideología 2

Las ideas de Darwin llevaron a la creación de la Sociedad Eugenésica [iii] , para la mejora de la raza humana, base del racismo y del nazismo de años posteriores. El primo de Darwin, Francis Galton, fue el primer presidente, y su hijo Horace Darwin, el segundo.

Esta visión egoísta de la Naturaleza se ha visto cuestionada por descubrimientos y personalidades científicas. Los yacimientos nos proporcionan muestras de altruismo (un hecho que resulta desconcertante para el darwinismo, pues no encaja en sus teorías) desde hace al menos dos millones de años, con el Homo erectus, entre cuyos fósiles se han encontrado restos de un enfermo de avitaminosis, que sobrevivió gracias a la ayuda del grupo, o el Homo heidelbergensis en Atapuerca, donde se han encontrado dos especímenes de unos 500.000 años de antigüedad que no hubiesen sobrevivido sin ayuda, uno de ellos un hombre de unos cuarenta y cinco años de edad con dificultades para caminar, y otro, una niña de once años, que tenía una malformación craneana de nacimiento.

A finales de los años 60, Lynn Margulis [iv] propuso la teoría endosimbiótica, universalmente aceptada por la comunidad científica hoy en día, que dice que la aparición de las células eucariotas hace unos 2000 millones de años se debió a un proceso de simbiosis entre bacterias libres, de las que mitocondrias y cloroplastos son sus vestigios. Es decir, que desde el origen de la vida eucariota ya se observa una cooperación y ayuda mutua en la Naturaleza.

El hombre viene del mono

Darwin dejó escrita su concepción de que el hombre venía del mono en su libro El origen del hombre («Los Simiadae se ramificaron entonces en dos grandes linajes, los monos del Nuevo Mundo y los del Viejo Mundo; y, a partir de estos últimos, se generó en una época remota, el hombre, maravilla y gloria del universo»), si bien no se atrevió a hacer campaña abiertamente en público, por miedo a la respuesta de las instituciones eclesiásticas. Fueron sus seguidores darwinistas, más beligerantes, los que le dieron la forma de dogma científico.

Es famoso el fraude del cráneo de Piltdown [v] , un aparente hallazgo fósil del siglo XX considerado durante más de cuarenta años como el eslabón perdido, el espécimen intermedio entre el mono y el hombre, ya que compartía rasgos de uno y de otro. En realidad, fue un burdo engaño realizado envejeciendo por medios químicos una mandíbula de un orangután y un cráneo parcial de un Homo sapiens. Estos restos fueron custodiados durante la Segunda Guerra Mundial en los sótanos del Museo Británico como prueba indiscutible de nuestro pasado simiesco.

La ciencia ha comprobado la falsedad de dicha afirmación y hoy tan solo atestigua que entre el mono y el hombre existe un antepasado común, de la misma forma que existen antepasados comunes entre el mono y las aves o entre el hombre y los reptiles, y de la misma forma que todos tenemos, por ejemplo, como antepasado común a la primera célula eucariota.

Las aseveraciones de que el mono y el hombre comparten el 98% del genoma no tienen tanta relevancia como parece y deben ser matizadas, ya que el genoma constituye tan solo el 1.5% del total de ADN humano. Es decir, el parecido entre mono y hombre se encuentra restringido a ese 1.5% del genoma, no al 98.5% restante, que es la parte reguladora del código genético. Puestos a hacer ese tipo de comparaciones populistas, también compartimos un 96% de similitud (dentro de ese 1.5%) con los ratones.

El medioambiente es el factor que desencadena los cambios

Una de las ideas centrales del darwinismo es que el medioambiente externo es el motor de la evolución. La aparición del bipedismo como primer rasgo definitorio humano hasta hace poco se explicaba debido al hecho de que los primeros monos, que eran arborícolas, sufrieron un cambio climático, se quedaron en un ambiente de sabana, sin masa forestal, y por tanto tuvieron que bajar a tierra a buscar el alimento. A esta hipótesis se le llamaba East Side Story, porque durante mucho tiempo los homínidos fósiles más antiguos se encontraban al este del valle del Rift, en una zona de sabana, mientras al oeste existía un ecosistema más selvático, donde supuestamente habían quedado los monos. Se creía que la formación del valle del Rift, por procesos tectónicos, había desencadenado el bipedismo. Esta hipótesis está suficientemente desmentida al encontrar restos deAustralopithecus bahrelghazali al oeste del valle del Rift, así como por recientes estudios sobre losAustralopithecus afarensis que, siendo bípedos, igualmente trepaban a los árboles [vi] , y también por los últimos descubrimientos de restos de homínidos supuestamente bípedos no asociados a ecosistemas abiertos (Orrorin tugenensisSahelanthropus tchadensisArdipithecus).

Entre las científicas que proponen nuevos mecanismos (internos) como motor de la evolución se encuentra la paleontóloga Anne Dambricourt-Malassé. Ella lleva años estudiando la orientación del esfenoides (hueso de la base del cráneo con forma de mariposa) de los fósiles que se conocen hasta la fecha, y ha observado que se pueden establecer grupos, que coinciden con los grandes géneros de homínidos, basados en la inclinación del esfenoides. Ella propone la aparición de cambios internos en la estructura ósea que han dado lugar a estas familias de homínidos. Es decir, que el motor evolutivo no habría sido un cambio climático o ambiental sino un cambio interno en el proceso de expresión de determinados programas genéticos que hayan conducido a esos cambios morfológicos.

En el mismo sentido apuntan los estudios del biólogo Máximo Sandín [vii] quien propone que los trasposones que existen en el genoma humano podrían ser el mecanismo impulsor de estos cambios decisivos, con repercusión tan universal. Los trasposones son elementos móviles dentro del ADN, que en determinados momentos pueden activar un nuevo programa, saltando a sitios concretos del genoma y cambiando su regulación génica, provocando con pequeñas acciones cambios drásticos. Esto evitaría la necesidad de los cambios ínfimos y graduales a lo largo de muchísimo tiempo de los que habla el darwinismo para justificar el proceso evolutivo.

Los cambios morfológicos provocan los avances humanos (herramientas, lenguaje, alimentación)

Otra idea preconcebida del darwinismo era que el bipedismo, el hecho de que los primeros homínidos no tuvieran que usar las manos para subir a los árboles, fue la condición que desencadenó el desarrollo de herramientas. Esto solo llegó con la aparición fortuita de un dedo pulgar oponible, ya con el género Homo. Es decir, que hasta que los primeros homínidos de línea humana (puesto que los Australopithecus y los Paranthropus no forman parte de nuestra línea evolutiva) no tuvieron libres las manos y con un pulgar prensible, no apareció la inteligencia para hacerles ver qué podían hacer con ellas. Sin embargo, se ha visto que los monos, que no tienen un dedo pulgar oponible, también son capaces de fabricar herramientas. Asimismo, en yacimientos de fósiles de Australopithecus garhi, datados en 2,5-2,6 millones de años, se han encontrado herramientas primitivas de piedra de la industria olduvayense, que refutan la idea de que la fabricación de herramientas comienza con el Homo habilis.

De la misma forma, se afirma contundentemente que la aparición del lenguaje y, con ello, el desarrollo en abstracción mental del ser humano, solo pudo ser posible después de que hubiese cambios en la glotis, lo cual es una afirmación gratuita siendo que no hay una relación directa entre la aparición de un lenguaje complejo y que este tenga que ser un lenguaje verbal articulado. En apoyo a esta idea, los estudios con monos han demostrado que estos animales, a pesar de no tener una glotis apropiada, son capaces de aprender un lenguaje de signos y comunicarse a nivel básico.

Una tercera idea preconcebida del darwinismo es que el aumento del volumen craneal y el desarrollo de la inteligencia tuvieron lugar debido a un cambio de alimentación, puesto que los monos son vegetarianos y los primeros miembros del género Homo empezaron a alimentarse de carne, de forma que era sugerente pensar que la carne proporcionó la potencia energética para que el cerebro pudiese crecer. Sin embargo, se pasó por alto el hecho evidente de que los monos también cazan y comen algunos animales pequeños y que los grandes carnívoros como tigres y leones, a pesar de su tipo de alimentación, no han desarrollado una mayor inteligencia. Esta hipótesis se ha visto fuertemente contradicha al encontrarse restos de huesos depredados por el Australopithecus afarensis en Etiopía, que indican que este homínido con una capacidad craneana pequeña ya era carnívoro [viii] .

Como vemos, la ciencia, con sus descubrimientos, ha ido desmintiendo cada una de estas ideas fundadoras del darwinismo. En un posterior artículo seguiremos hablando de otros postulados darwinistas también refutados, como el volumen craneal como signo de inteligencia, la evolución gradual, la evolución lineal o la evolución al azar.



[i] Charles Darwin and Alfred Wallace. On the tendency of species to form varieties; and on the perpetuation of varieties and species by natural means of selection . Linnean Society. 1858.

[ii] Charles R. Darwin. El origen del hombre y la selección en relación al sexo . 1871.

[iii] James D. Watson. ADN. El secreto de la vida.

[iv] Lynn Margulis. Origin of Eukaryotic Cells, Yale University Press. 1970.

[v] Nick Flittner. Piltdown Man: The Man Who Never Was.

[vi] Green DJ & Alemseged Z. Australopithecus afarensis scapular ontogeny, function, and the role of climbing in human evolution . Science. 2012; 338: 514-7.

[vii] Máximo Sandín Domínguez. Pensando la evolución, pensando la vida.

[viii] Thompson et al. Taphonomy of fossils from the hominin-bearing deposits at Dikika, Ethiopia . Journal of Human Evolution 2015, 86: 112-135.

 

Publicado en Ciencia
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