Sábado, 01 Diciembre 2018 00:00

Concepción del ser humano en Egipto

La pregunta que el ser humano siempre ha formulado está vinculada a su propio misterio: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy? Cuando los sofistas griegos decían que «el hombre es la medida de todas las cosas», decían una verdad «para el ser humano», que es quien hace la pregunta.

Los filósofos han querido encontrar en el ser humano un rasgo definitivo que le identifique: el pensamiento, la razón, la contrariedad en que vive sumergido, la conciencia de eternidad, su identificación con el misterio que llamó Dios, el lenguaje, su libertad de elegir, su discernimiento, sus risas y lágrimas, su voluntad de ser, su imaginación, el dominio del fuego, su capacidad de hacer historia, su creatividad artística, etc. Cada filósofo eligió un rasgo característico y lo creyó determinante.

La perspectiva de las antiguas civilizaciones fue distinta. Ellos no especulan sobre la naturaleza del ser humano, exponen lo que sobre ella conocen a través de símbolos: geométricos, como la cruz; naturales, como el fuego; enigmas, como la pregunta de la esfinge. La ventaja de los símbolos es que presentan el conocimiento de forma sintética, no discursiva. Hablan a la intuición y cada uno obtiene un mensaje. Su enseñanza se fija en la memoria, vive en la imaginación con vida propia y se convierte, desde su propio mundo, en semilla de futuros conocimientos.

H. P. Blavatsky habla de la diferencia entre misterios mayores y menores, explicando que en los menores el discípulo percibe la realidad a través de un «velo». Este velo es el ser humano como símbolo, como medida de todas las cosas. En los mayores, nos encontramos con los epoptai, los que contemplan la realidad sin velos.

Los egipcios expresaron en símbolos sus conocimientos. Siguiendo las claves de los misterios, patrimonio común de los iniciados de todas las épocas, un mismo símbolo puede ser usado para referirse a una verdad metafísica, teogónica, astronómica, matemática, moral, espiritual o fisiológica. Siete son las puertas para acceder a lo real, los velos que encubren y a la vez difunden su esplendor. Vamos a referirnos a símbolos del ser humano, entendiendo que estos símbolos, utilizados en otras claves, nos aportan otros significados.

Diversos filósofos, como Nilakantha Sri Ram, afirman que el ser humano es una intersección de distintas líneas evolutivas. Su unidad devendría del impacto de distintos seres de naturalezas diversas. Está hecho de lo uno y de lo otro, como diría Platón, sin que pueda prescindir de nada mientras sea humano.

Pero también se afirma que el ser humano es un punto que irradia su propia realidad, como una estrella que irradia su luz, una individualidad independiente de los vehículos que utiliza para expresarse.

Se dice que existen dos caminos para acceder a este misterio del ser humano; uno está relacionado con el ser humano como punto central, como luz emanada directamente del espíritu. Está representado geométricamente como una pirámide, con el ascenso vertical e ininterrumpido desde el centro de la base al vértice. En este ascenso, iniciático, el ser humano se identifica con el dios que en él mora y prescinde de toda identificación con su entorno.

El otro camino está representado por el ascenso a través de las caras de la pirámide, la búsqueda de lo Uno a través de sus proyecciones en los arquetipos que rigen toda actividad: ciencia, arte, religión y sociopolítica. Es en este camino en el que entendemos al ser humano como símbolo y donde está relacionado con sus semejantes y con la Naturaleza. El hombre se conquista a sí mismo conquistando el entorno que lo aprisiona y limita, se encuentra a sí mismo amando a su prójimo, y se conoce a sí mismo trabajando con su circunstancia.

Cada símbolo egipcio que se refiere al ser humano presenta una faceta de lo que es; todos juntos darían una visión completa y evidente para la intuición.

El ser humano como nave celeste

Para el conocimiento egipcio todo está vivo, todo navega en las celestiales aguas formadas por la luz de Nut. Las estrellas son las naves de los grandes dioses que bogan en los pliegues del espacio y el tiempo.

El ser humano es también un dios que boga en el Nilo celeste, mientras que su sombra lo hace en las aguas de la existencia. Es a la vez la nave, el barquero y el constructor de la nave. Ante la vida, somos un bloque de madera inerte, abandonado a sus corrientes; si despertamos los poderes latentes y nos modelamos desde el interior, somos una nave que surca esas aguas hasta la fuente de la que todo mana.

Los egipcios representan frecuentemente las proas y popas de dichas naves floreciendo en un loto. También suele aparecer un ojo de Horus en la proa, símbolo de la visión interior que permite al ser humano hallar su rumbo y evitar los escollos de la existencia.

En el Libro de la salida del alma hacia la luz del día (o Libro de los Muertos) encontramos: «asimismo (como una nave que eficaz y ligera surca las aguas) es modelado mi ataúd durante la travesía».

Los nombres de las partes de la barca nos dan velados mensajes sobre lo que es el ser humano y cómo debe trabajar su cuerpo y su psique:

Concepción del hombre en Egipto 4

«Alma que se concentra» es el nombre de mi barca.

«Navega-derecho-delante-de-ti» es el nombre de mi timón.

Adivina mi nombre, dice la vela. La diosa Nut, este es tu nombre.

Es decir, las velas de nuestra alma están tejidas con la luz de Nut. El alma es de origen celeste.

El timón es, en este simbólico barco, la facultad que tiene el ser humano de enderezar el rumbo.

El nombre de la barca se refiere a la necesidad de armonizar las distintas «almas» que en nosotros viven, los distintos vehículos de la personalidad. El nombre del timón se refiere a un enderezar incesante del rumbo: «Está mal», «está mal», «está mal», son los golpes de timón de nuestra alma en su ascenso, pues siempre hay algo que perfeccionar.

Lo importante en este símbolo es no olvidar que el cuerpo, la psique y la mente son vehículos del alma, y que deben ser conformados como nave eficaz que bogue en el mar de la existencia.

El hombre como estrella

Para los egipcios, el ser humano es hijo de una estrella, cuya luz ha sido proyectada sobre el barro del mundo. Es la estrella como centro de todos los caminos, relacionada con las demás estrellas por una malla de luz. Es el hombre como perfecta individualidad.

Platón, formado en los templos de Heliópolis, explica que la etimología de estrellas (en griego) significa «aquello que atrae nuestras miradas». «Atraer las miradas» significa atraer nuestras almas y llevarlas hacia su divino origen. El hombre como estrella es también la imagen del ser humano sin mancha que boga en la eternidad del espacio sin límites.

Las estrellas están vinculadas con el concepto egipcio de inmortalidad, puesto que no solo eran habitantes del cielo, sino también del reino subterráneo de la muerte a través del cual pasaba el sol cada noche.

Existe un jeroglífico que es la estrella de cinco puntas inscrita en un círculo. En su clave humana, simboliza al hombre como una emanación de una estrella envuelto en su escudo áurico, el huevo donde su conciencia desarrolla la transmutación.

Quizás no exista un texto egipcio que mejor exprese la condición del hombre como estrella, inmóvil y radiante en el cielo de su conciencia, que el Libro de la salida del alma hacia la luz del día:

Solo recorro las soledades cósmicas. Una irradiación de luz fluye de todo mi ser.

Si existe una identificación del ser humano con una estrella determinada, esa es Sirio, llamada Sothis o Sept.

Concepción del hombre en Egipto 1

Sothis es representada como una estrella de cinco puntas y Sept por un triángulo isósceles. Su jeroglífico significa «estar provisto», es decir, que rige las posesiones del alma, las armas mágicas, las virtudes celestes en el ser humano.

El ser humano, como ser consciente, sería hijo de Sirio y de Sekhmet (la Necesidad). O en otra clave, hijo de su conciencia (Sirio) y de sus obras (Sekhmet).

El hombre como Horus (como guerrero interior)

Horus representa al hombre interior y a la Humanidad. Combatiente en nombre de Osiris, extermina a sus enemigos y lucha contra Seth, su maestro-enemigo. En clave psicológica, es el símbolo por excelencia del ser humano como guerrero interior. Los textos jeroglíficos y las escenas pintadas en los templos se refieren incesantemente a la lucha que mantiene contra Seth. Seth es el dios de la luz devoradora de la vida. Horus es la conciencia, y Seth, la circunstancia árida y dolorosa que la rodea.

El combate interior dará lugar a una reconciliación armónica entre lo que nos rodea y nuestra personalidad. Tras la victoria, la «paz en alerta perpetua», la Gran Síntesis. Thot, la inteligencia, actúa de juez entre estos dos combatientes.

El ser humano que, despierto por fin, resurge y se yergue sobre sí mismo, es Horus. Ya es consciente y porta en sí la semilla poderosa de las divinidades. No es ya una momia, no es horizontal, se ha erguido formando una cruz que habla del hombre como encrucijada.

Horus es la clave de la victoria en el hombre. Es venciéndose a sí mismo como el hombre recupera su verdadera dignidad, su verdadera naturaleza. Y las victorias auténticas son semillas de nuevas victorias.

El hombre como mago

Es el hombre-síntesis, que domina las fuerzas de la Naturaleza. El jeroglífico para referirse a la magia es «heka», la fuerza espiritual que todo lo impregna.

El mago también sería el preservador de los ritos, aquel que actúa en los ritmos sagrados en el tiempo, aquel que permite mantener el sagrado vínculo entre los dioses y los hombres. El hombre como mago recupera su olvidada condición de dios. Es la corona de su condición humana en la Tierra. Ha recuperado su conciencia de inmortalidad.

Según la cosmovisión egipcia, el ser humano aparece como:

– En los jeroglíficos, piedra cúbica de la estructura del cosmos.

– Ra, impulso creador de voluntad en incesante marcha, vivificador de los mundos.

– Unidad, fraccionada al caer en la materia.

– Ju, espíritu puro, rayo de luz inmaculada que atraviesa la eternidad.

– Ciudad celeste donde habitan los dioses, Montaña de Fuego, Isla Seca donde se posó el Ave de la Resurrección, el Bennu.

– Peregrino ofrendante, recogiendo las experiencias espirituales.

– Lo que no es, y por lo tanto de lo que debe precaverse.

– Lo que es, es decir, lo que debe lograr.

– Esfinge, los distintos animales que aglutinó mediante su conciencia espiritual.

– Loto, expansión de las propias potencialidades.

– Señor de las Transformaciones, Kepher, el Escarabajo.

– Lira impulsada por vientos divinos.

– Viento divino, eternamente joven.

– Corazón, sede de la conciencia.

– Nefer, suma excelencia, bondad y belleza.

– Pez que debe evitar el karma, la red de Thot.

– Escriba, aquel que escribe su propio destino y debe responder ante él.

– Diseñador del templo de fuego, aquel que forja su propia mente.

– Huevo, en transformación.

– Momia.

– Serpiente.

– Rana.

– Ankh, llave y luz de vida.

– Encrucijada.

– Templo.

– Trigo o divino sembrador.

– Juramento vivo, es decir, como Nombre.

– Columna de la estabilidad.

Todas estas formas señalan la excelencia de los egipcios a la hora de señalar qué es el ser humano y cuál es el arquetipo que lo rige, conformando una verdadera Pirámide de Ideas, símbolo perfecto del Hombre, símbolo perfecto de Egipto.

 

Publicado en Antropología
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