Septiembre 2020

Entrevista a Ana Rioja Nieto: Ciencias y humanidades, complementarias para entender el mundo

Escrito por  Fátima Gordillo
Entrevista a Ana Rioja Nieto Entrevista a Ana Rioja Nieto

Si alguien busca el nombre de Ana Rioja Nieto en Internet, a duras penas logrará encontrar alguna imagen suya. Por el contrario, su obra está más que presente en la red de redes. A Ana Rioja Nieto se la puede encontrar en el Departamento de Lógica y Filosofía Teórica de la Facultad de Filosofía de la UCM, del que es titular desde 1984. Es, como reza su biografía universitaria, miembro del grupo de investigación «Filosofía del lenguaje, de la naturaleza y de la ciencia». Imparte clases de Filosofía de la Naturaleza y una optativa sobre interpretaciones e implicaciones de la mecánica cuántica que, curiosamente, recibe más de cincuenta alumnos.

Es autora de decenas de artículos, ha participado en once obras colectivas y ha escrito ocho libros, tres de ellos junto con Javier Ordóñez (los tres tomos de Teorías del universo); también ha sido directora de tesis. Sin embargo, no se prodiga en cursos o conferencias que busquen grabarse y difundirse por las redes, ni es amiga de publicar su imagen, básicamente porque cuando prepara un tema, lo hace pensando en el público que tendrá delante, con el que va a hablar, a los que va a mirar a los ojos, y si se cuelga en YouTube se pierde la posibilidad tan humana de contactar con las personas.

El papel esencial de los profesores

En sus clases de Filosofía Natural enseña la evolución de las ideas acerca del universo desde el siglo V a. C hasta Newton. Cuando los niños se imaginan de mayores, se ven como exploradores o astronautas; luego, los padres intentan guiarles hacia rumbos más «prácticos» y rentables. En ninguno de esos proyectos de futuro parece encajar la filosofía, ni como ejercicio ni como profesión, aunque la filosofía sea quizá la exploración más apasionante de todas, y la que más lejos puede llevarnos.

Para Ana Rioja, como para la mayoría de sus estudiantes, fue un profesor en el instituto el que la motivó a estudiar Filosofía, pese al recelo inicial de sus padres, «que siempre buscan que hagamos algo práctico», y otro profesor, concretamente Roberto Saumells, quien la llevó a hacer el doctorado en Filosofía Natural con él. Esta es una de las razones por las que rechaza que se graben sus charlas o clases, porque la parte presencial de la enseñanza es enormemente importante, por encima de la enseñanza en línea, que «no puede transmitir el contenido emocional, la ilusión ni la inspiración. La curiosidad solo puede transmitirla un profesor».

La profesora Rioja comenta que sus estudiantes, «en un porcentaje altísimo», han llegado hasta allí influidos por un profesor, de la misma manera que «los que odian la filosofía, o las matemáticas, es por culpa de un profesor», y lamenta que se promueva tanto la autonomía del estudiante, que aprenda por sí mismo aprovechando los recursos que hay en la red, mientras se pierde todo lo demás.

Relación entre filosofía y ciencia

De los filósofos griegos heredó la modernidad una forma racional de preguntar acerca de la naturaleza, tal como: ¿qué es la materia?, ¿se trata de sustancias distintas?, ¿hay algo verdaderamente indivisible?, ¿qué son el espacio y el tiempo? Según Ana Rioja, «lo que no se heredaron fueron las respuestas». La ciencia moderna, explica, nace en el siglo XVII, pero es una forma distinta de responder a problemas similares a los planteados en la Antigüedad. Por otro lado, se hereda también la primera disciplina matematizada de la naturaleza, a saber, la astronomía. Y es ese modo de proceder, que, además de las matemáticas, incluye la experimentación, el que será característico de la ciencia moderna, denominada, por cierto, filosofía natural. El propio Newton se refería a él mismo como filósofo natural, y no como científico, que es un término posterior.

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En el siglo XIX se constituyen nuevas disciplinas físicas y, en general, hay una creciente especialización de las disciplinas científicas, al tiempo —explica Rioja— que «un sector de la filosofía reaccionará contra el creciente reduccionismo de la ciencia natural». En conjunto, puede hablarse de un cada vez mayor alejamiento entre ciencia y filosofía, si bien son numerosos los ejemplos de interés mutuo, o también de autores que son difíciles de circunscribir a uno solo de esos ámbitos de conocimiento. El físico y filósofo Ernst Mach, que tanto influyó en Einstein, sería uno de ellos.

Si nos adentramos en el siglo XX —afirma Rioja—, «nos encontramos con sistemas filosóficos que consideran que el punto de partida de la reflexión filosófica no deben ser los datos que proporciona la ciencia natural, sino que dicha reflexión debe ser autónoma, y también con científicos que consideran que nada puede aportar la filosofía». Pero, por fortuna, también ha habido ilustres científicos que se han planteado cuestiones metaempíricas relacionadas con sus trabajos que les han aproximado a la filosofía y a mantener interesantes debates teóricos, como, por ejemplo, el que mantuvieron Mach y Boltzmann acerca de la realidad de los átomos, o Einstein y Bohr a propósito de la interpretación de la mecánica cuántica. Por su parte, no pocos filósofos han hecho de la ciencia el núcleo central de sus investigaciones.

Pero hablar de ciencia es también hablar de tecnología. Desde la II Guerra Mundial, con la bomba atómica —continúa Rioja—, «se ha hecho mucho más evidente que la manipulación de la realidad física por la tecnología tiene implicaciones éticas, sociales, políticas, etc., que también es necesario abordar». En general, el espectacular desarrollo de la física y de la biología, además de la inteligencia artificial, etc., hace muy aconsejable que científicos y filósofos no se den la espalda, sino que contribuyan al objetivo de pensar en común los nuevos retos a los que hay que hacer frente. Ni las afirmaciones científicas son verdades absolutas, ni —en opinión de Rioja— la filosofía puede hacer caso omiso de los datos que proporciona la ciencia empírica.

Para ello sería bueno que los planes de estudio, ya desde el bachillerato, no ahondaran la brecha entre ciencia y filosofía. Y también sería de enorme interés que las facultades de ciencias incluyeran la historia y la metodología de sus propias disciplinas, lo cual les permitiría, además de adquirir destrezas técnicas, una mejor comprensión de las mismas. Asimismo, todo estudiante de humanidades debería tener unos conocimientos científicos básicos.

Pero, según Rioja, no solo las facultades de ciencias deberían hacerse cargo de los supuestos filosóficos de sus disciplinas. «El derecho o la economía son excelentes ejemplos de la necesidad de atender a esos supuestos en cada caso. ¿A qué criterios obedecen las normas jurídicas por las que nos regimos? ¿Por qué estas y no otras? ¿Qué concepción del individuo y de la sociedad suponen? Asimismo, el uso de la estadística en economía no es neutro sino que exige una interpretación desde un cierto marco ideológico». En resumen, «las fronteras entre disciplinas habría que abolirlas, empezando desde la propia educación», afirma.

El hito de Maxwell

Quisimos preguntar a Ana Rioja cuáles eran, para ella, los hitos más importantes dentro de la ciencia con repercusiones filosóficas, y no duda en nombrar a Copérnico, Newton, Boltzmann, Planck, Einstein y demás creadores de la disciplina cuántica, pero, a la hora de fijarse en uno solo, se detiene especialmente en Maxwell, un científico escocés del siglo XIX que fue capaz de unificar, por primera vez, en una misma teoría, electricidad, magnetismo y luz. «Hay que destacarlo —dice Rioja— en la medida en que fue capaz de formular ecuaciones del campo electromagnético, y dejó abierta la posibilidad de hallar radiación electromagnética más allá del umbral de la percepción, esto es, más allá de lo que se ve y lo que se oye». Y fue precisamente la cuestión de la aplicabilidad o no de un principio de relatividad lo que estuvo en el origen de la teoría de la relatividad especial de Einstein.

Mirando al cielo

Hasta fines del siglo XVIII, con base observacional, no hemos podido salir del sistema solar, señala Rioja. Nuestro conocimiento era solo del sistema solar, salvo los cometas. Mirar al cielo ha permitido que muchas culturas hagan calendarios. En la Grecia antigua, el primer objetivo era entender nuestra posición respecto a los cuerpos celestes que nos envuelven. «Ellos pensaban —explica Rioja—, que el cielo era una esfera, que los cuerpos celestes se desplazaban en círculo y que la esfera celeste era una esfera sólida, “firme” (de ahí el término firmamento), que representaba los límites del cosmos», explica. Desde un punto de vista práctico, este conocimiento ha permitido medir el tiempo y hacer calendarios, cosa que todos los pueblos han tratado de hacer.

Pero también hay un conocimiento «menos práctico» del cielo, que nos ha llevado a preguntarnos desde la Antigüedad cómo es nuestro universo, si tuvo origen en el tiempo, si es eterno, si es finito o infinito, etc. También nos hemos preguntado cuántos y quiénes son los pobladores del cielo, y a partir de lo que vemos, deseamos saber de qué clase de materia están hechos los cuerpos celestes, y si es igual o distinta que la de los cuerpos en la Tierra. Pero es a partir del siglo XIX y sobre todo en el siglo XX cuando hemos empezado a disponer de las herramientas conceptuales y empíricas para responder a esos interrogantes, incluso más allá del sistema solar. «Para entender el presente, hemos de adentrarnos en los confines del espacio y del tiempo».

La locura de «lo cuántico»

«La mecánica cuántica habla, simplificadamente, de fotones y electrones, y tiene que ver solo con el comportamiento de la materia y la luz. Cualquier extrapolación que se quiera hacer de los planteamientos cuánticos, sin que se refieran a ese tipo de estudios, en principio tiene que ser extremadamente cautelosa», apunta Rioja, aludiendo a todo tipo de variaciones de tendencia New Age, psicología cuántica o pensamiento oriental.

«El principio de incertidumbre de Heisenberg se refiere a ciertos observables, y no habla de la libertad humana ni de cosas parecidas. El hecho de que la mecánica cuántica sea difícil de entender no significa que se puedan hacer aproximaciones fuera del campo de la física, por ejemplo, para justificar religiones de corte oriental. Eso es totalmente inadecuado, injustificado e inadmisible», señala Rioja. Tampoco significa que esté legitimado sacar conclusiones que nada tienen que ver con el comportamiento de la materia y la radiación y sí con cuestiones más relacionadas con lo personal. «Soy contraria a todas las autoayudas inspiradas en la mecánica cuántica. Ni la mecánica cuántica necesita a las religiones orientales, ni las religiones orientales necesitan de la física cuántica; aquí sí que creo que hay que marcar un límite, y me parece que están usando la mecánica cuántica, como principio de autoridad, para hablar de algo que nada tiene que ver», afirma Rioja.

Ciencia y filosofía, juntas de nuevo

Por último, preguntamos a la profesora Ana Rioja qué considera más necesario para desarrollar el pensamiento crítico, la educación científica o la educación filosófica: «Diría, en general, que para entender el mundo necesitamos, por una parte, la información que nos aportan las ciencias, pero es imprescindible la reflexión crítica, el análisis, el conocimiento de las implicaciones que da la filosofía en particular y las humanidades en general».

«La filosofía, y todo lo que tiene que ver con el lenguaje, es fundamental, así como la historia, tanto general como política, porque no están desligadas. En este momento, lo más lúcido es adoptar una posición integradora de las distintas materias, repensar si la opción entre ciencias y letras es una buena idea. Quizá habría que estudiar menos cosas, pero sin esa separación que hay en los planes de estudio desde tan jóvenes», concluye.

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