Enero 2007

El sentido del deber en... Julio Anguita

Escrito por  Antonio M. Cantos Prats
El sentido del deber en... Julio Anguita
 


Prólogo

Amante de los suyos, de lo sencillo, de lo esencialmente sensorial: “Experimento un enorme placer cuando llega el momento de regar, cuando abro el grifo y puedo meter los pies desnudos en el barro, en la acequia. Me gusta el olor a establo, a tierra mojada, a hierba cortada… a campo” (de su libro “Corazón rojo”).

Sensible a lo auténticamente cotidiano: al paseo amable por las calles de su ciudad, a la conversación comprometida, entresacando esas pequeñas verdades que por momentos sólo te da el otro, como un eco que te responde y despierta nuestras adormecidas conciencias.

Genuinamente filósofo, nuestro califa encarna las inquietudes propias e inevitables que establece el ser humano, y que Julio Anguita verbaliza en tono sereno y firme. Dice lo que piensa, aunque ello a veces no lo haga popular. Es honesto por naturaleza y hace apremio al pensar, sentir y hacer coherentemente. Se desprende de su discurso, que ésa es la base de su serenidad. Si bien es un “místico trabajador”, no le es necesario hacer oratoria pseudoreligiosa. Su forma de orar es haciendo. Su forma de hacer es comprometiéndose con aquellos que le rodean. Confesado amante de la cultura griega, romana y egipcia, brota de su saber hacer el pensamiento elegante de los helenos, lo pragmático de los romanos y la magia inspiradora de los antiguos egipcios. Fue profeta en su tierra y en su ejercicio en la alcaldía de la ciudad de Córdoba, conquistó el querer y respeto de sus conciudadanos.Cuando encontramos un pensamiento bien establecido, nacido de dentro a fuera, y con autenticidad, el corazón se nos estremece y fluye el hilo sutil de la simpatía y la gratitud. Gracias, Julio, por despertarnos estos nobles sentimientos.

Revista Esfinge (R.E.): Para Ud., ¿qué es la Justicia?
Julio Anguita (J.A.).Pues tiene una definición muy antigua. En principio se definía como dar a cada uno lo suyo. Lo que pasa es que eso tenía después una doble trascripción. Había quien se atribuía lo de todos y lo suyo. Para mí Justicia no es, ni más ni menos, que establecer un sistema o una sociedad en la cada cual tenga derecho a todos sus derechos humanos. Para mí no hay otro documento que resuma mejor lo que significa una situación de Justicia, que la implantación en el planeta Tierra, a los 6300 de millones de seres humanos, de la “Declaración Universal de los Derechos Humanos”.

R.E.- Se podría decir de Ud., y no sólo es una metáfora poética, aquello de “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”… Se le conoce por sus paseos y digamos también por su andadura por la vida…

J.A.-
Y por evadir también caminos hechos, por todas las teorías… conste que yo pertenezco a un partido, soy marxista, pero hay una parte de los escritos de Carlos Marx que no he asumido, el que todo está ya hecho, que la historia tiene un sentido y que al final el socialismo se impondrá de manera inexorable. Podemos llegar al socialismo o podemos llegar al horror. Por tanto, no está escrito nada… “el camino se hace al andar”.

R.E.- El silencio ¿es hermano de la sabiduría?

J.A.-
Hay silencios plenos y hay silencios porque no se puede decir otra cosa. Como decía aquel dicho: “Cállate si no puedes mejorar el silencio”. Como todas las cosas… no se puede elevar a la categoría de bien o mal absoluto. El silencio y la soledad son fundamentales. Yo creo que todos debemos tener nuestra dosis de soledad y, por ende, nuestra dosis de silencio. No está bien que estemos todo el día acompañados. Hay que apartarse de vez en cuando para recobrar la perspectiva de las cosas.

R.E.- ¿La vida es breve, como decía Séneca, el filósofo cordobés?

J.A.-
Bueno, a veces es muy larga. Yo, a veces, la veo larguísima. Han pasado muchas cosas en la vida de uno. Y sobre todo la veo larguísima, cuando uno tiene conciencia de que se puede equivocar y que todavía le queda un buen tramo. Entonces me parece casi infinita. Lo que pasa, es que cuando uno llega al final de ese tramo, entonces nos parecerá muy breve, incluso será muy injusto que nos vayamos a morir.

R.E.- En su libro “Corazón rojo” expone sus sentimientos ante la enfermedad, ante el dolor. Le quería preguntar: ¿se aprende del dolor?

J.A.- La primera lección que se aprende es que no es verdad que enfermen los otros y que se mueran los otros. En todo ser humano hay una especie de posición que no asume que él también forma parte del mismo círculo que los demás. Se mueren siempre los familiares de determinadas personas, se ponen malos los demás, se mueren los otros… Hasta que, de pronto, uno recibe el primer mazazo y te das cuanta de que tú también formas parte del mismo círculo, que no eres una excepción. Y eso tiene dos aspectos. Uno desagradable, que a mí también me puede afectar. Pero también hay momentos en que tiene una parte agradable. Al formar parte de la misma rueda, se siente uno a que no está obligado a grandes gestos, sino que es un descanso pleno y en la plena igualdad con los demás. Hay un verso que yo tenía en mi despacho de Madrid. Se llamaba “En la plaza de mi pueblo”, de Vicente Alexandre, dice: “Qué bueno es quedarse y dejarse llevar por los demás, rumorosamente arrastrado”. No es bueno quedarse como la roca en el malecón de la playa. Entonces es ese sentirse que uno también fluye con los demás. Te sientes como recogido.

R.E.- ¿La rebeldía mental es saludable?

J.A.- Hombre, por ahí se empieza. Lo malo es que se quede ahí. La rebeldía mental es el origen de toda rebeldía. Porque en la mente es donde se originan los procesos, la toma de decisiones. La rebeldía mental consiste en que uno ha roto individual e intelectualmente, afectivamente, sentimentalmente, emotivamente con algo. Y decide enfrentarse a ello. Es la rebeldía fundamental. El problema está en que eso ha de hacerse consecuentemente. Pero sin rebeldía mental, lo único que hay son posiciones que llevan a asonadas. Vamos a ver, esas muchedumbres que de pronto alguien las agita y queman a uno, o matan a alguien, están expresando sus frustraciones. Eso no es rebeldía. La rebeldía forma parte de un proceso de asunción de una nueva situación, y que después se ve consecuentemente en la calle o en donde sea. Es la diferencia que hay entre el revolucionario y el perturbador. El revolucionario, consecuentemente, sabe que tiene que hacer acciones, las ha asumido, las ha trabajado, las ha planificado. El perturbador hace la asonada, y se deja llevar incluso por otros, porque no hay rebeldía mental. Muchas veces los que hacen actos violentos en la calle siguen teniendo los mismos valores que aquellos a quien combaten. Van a participar del botín, que es una filosofía que tienen los poderosos y también de muchos de los que salen a la calle a combatir.

R.E.- Su mirada, ¿entristeció en los últimos años, o tal vez se convirtió en serena y contemplativa?

J.A.- Yo estoy en una situación bastante serena. El dolor también serena. Mis últimos años están muy marcados y eso no puede uno evitarlo. La pérdida de mi hijo es algo que duele. Porque no está escrito en el guión que los padres enterremos a los hijos. Por otra parte, me he quitado de todos los actos públicos. Conferencias sí doy, pero actos políticos no. Eso sí da serenidad. Pero serenidad equilibrada, no serenidad que asume y acepta lo que le echen. Yo sigo siendo, básicamente, una persona rebelde.

R.E.- Pero autorregulado…

J.A.- Sí. Cada vez creo más en que las formas deben ser suaves. Siempre que veo que hay personas que se definen ser de izquierdas y que insultan, que están todo el día levantando el puño, que utilizan una fraseología… me digo “aquí tengo a una futura persona de derechas”. Hay que intentar convencer, estar a la altura cuando se debe. Para mí las formas son muy importantes. Cuando la actividad política se convierte solamente en formas, en gritos huecos… malo. Hay simplemente una posición de espectáculo.

R.E.- A lo largo de la Historia, nombre tres hombres íntegros para Ud.

J.A.- No. Esa parte de las entrevistas casi nunca la contesto. Le voy a decir porqué, y es una manera de contestar. Porque me parece que no hay cosas rotundas, redondas, contestables en un sentido. Siempre hay que explicar y evaluar. Por eso, el otro día tuve una entrevista y cuando empezaron así… les dije, no se enfaden conmigo. ¿Qué personas son más importantes? Depende en qué momento. Hay momentos históricos en que hay personas excepcionales en la historia. Pero hay otras en otra fase… Entonces estaríamos haciendo de la realidad una cosa muy seca, muy reducida. Por ejemplo, para mí personas muy importantes las hay que no entran en la historia, las conozco en la calle. No tengo mitos. Tengo personajes históricos a los cuales reconozco, pero mitos ninguno.

R.E.- Le escuché una vez decir a Antonio Gala que él prefería no conocer a aquellas personas a las que admiraba, porque temía sentirse decepcionado.

J.A.- Ese es el problema de idolatrar. A mí a veces me han dicho: “Es Ud. mi ídolo”. Y me
 sienta muy mal. Es una manera de cosificarme. Me quita mi encarnadura humana. Yo soy como soy. Tendré partes buenas y partes no tan buenas. Por tanto se me coge en lote. Lo malo es cuando a uno lo cogen y lo ponen en una hornacina y lo adoran. Malo.

R.E.- La invasión imperialista de los EE.UU. ¿a qué nos lleva?

J.A.- Vamos a matizar. Esa invasión forma parte de una manifestación del sistema capitalista. Yo, que soy muy crítico con EE.UU., no me gusta embestir al primer capote. Por ejemplo: todo el mundo está alegrándose de que el presidente Bush haya recibido una especie de moción de censura en las urnas. El problema no es Bush. Bush es hijo de una sociedad y de un sistema. Por tanto es un muñeco, una especie de pelele, con una interpretación muy “sui generis” de la política… El problema de EE.UU. es su sistema capitalista.

R.E.- Me interesó de su libro “Corazón rojo”, la diferencia que estableció entre líder y dirigente. ¿La podría explicar?

J.A.- El líder es un producto de los medios de comunicación. La organización escoge y eleva al hombre o a la mujer que consideran más apto para deslumbrar a la gente. Entrevistas, actos, se rodean de jóvenes, las encuestas les van bien, firman autógrafos. Es la mercancía que la organización política vende para que la gente les vote. Pero además, la organización se escuda en él. Así, si el líder da un traspiés, se cambia por otro. El dirigente es otra cosa. El dirigente es la persona que mejor sabe interpretar el papel que el colectivo ha diseñado. El dirigente se talla en un proyecto político y con la gente. El líder no tiene proyecto político, sólo el mercado electoral. Esa es la diferencia Por eso, a mí no me gusta que me llamen líder.

R.E.- La igualdad, en sí misma, tal vez no exista… Somos tremendamente desiguales…

J.A.- Que no somos iguales… evidentemente. Desde que nacemos hay diferencias en cuanto a la masa cerebral, la inteligencia.. aunque muchas veces no son inteligentes porque ha habido generaciones que no han comido. Esto pasa cuando dos niños estudian una carrera, Juan y Pedro. Juan es de una familia rica, come bien, estudia una carrera y gana un pastón. Y Pedro no puede estudiar porque es un peón del campo, y encima de que no ha tenido posibilidades, gana menos. Es el caso que siempre pongo de los mineros, que para mí deberían ganar más que nadie. Es decir, sobre esa historia se ha montado una justificación de la desigualdad… y por ahí no entro. Evidentemente que no somos iguales, pero para mí una sociedad igual es aquella en que la gente tiene para comer, tener casa y tener acceso al saber, y dar opiniones y escuchar la de los demás. Y tratando de que esas opiniones sean cada vez más ricas, que sean producto del estudio y del análisis.

R.E.- La opinión sin conocimiento hace que toda la gente opine de todo sin saber de lo que se habla…

J.A.- Hay que perdonar un poco a la gente. Los que salen en las tertulias no saben nada. Lo sé porque conozco a algunos. Treinta segundos antes de abrirse el micrófono confiesan que no saben de nada. Porque un señor que vive de escribir, se ha instalado en una sociedad en la que hay que tener un chalet en La Moraleja, y para eso tiene que hacer tres artículos, cuatro entrevistas, cinco tertulias… no tiene tiempo de preparárselas. La reflexión, el estudio, el análisis ha bajado de calidad. Y eso es malo, no es bueno. Pero estamos ya en esa vorágine.

R.E.- Hay ciertas palabras que hoy están en desuso: Honor, dignidad, ética, coraje, voluntad, fraternidad…

J.A.- Sí, ese es el drama. Yo hablo de la palabra honor… muchos me han dicho que esa es una palabra del siglo XVII, del Siglo de Oro… Pero lo que pasa es que Calderón hablaba mucho del honor, esta manía de la moral de la época. Pero existe el honor. El honor es la propia autoestima, es la dignidad, es el trabajo bien hecho, es el respeto hacia los demás. Es una actitud ante la vida donde uno tiene que ayudar a que se viva mejor. A veces he tenido contradicciones con mi propia gente porque creen que estas cosas son antiguallas. Pero estos conceptos son valiosísimos, extraordinariamente útiles. Son fundamentales para una sociedad mejor.

R.E.- Estos conceptos son atemporales…

J.A.- Efectivamente. Ud. lo acaba de decir. Yo soy un clásico. También esta palabra está mal vista, porque clásico suena a antiguo. Clásico es perenne, como es una columna dórica o una columna jónica. Sobre todo en esta época que existe una especie de maniobra de exaltar siempre lo nuevo. Algo no es bueno porque sea nuevo. Ni porque sea joven. Hemos pasado de que nos gobierne una gerontocracia, al gobierno de los “babys”. Hay que tener sentido común.

R.E.- La política, ¿es ciencia o arte?

J.A.- Las dos cosas. Estudio, análisis y reflexión. Pero nada de eso se hace. Un dirigente político tiene que tener tiempo para leer. Porque él le debe a su formación política el resultado de sus meditaciones. Un partido político es una teoría política organizada, en torno al pensamiento y al mundo. Lo demás no interesa. ¿Qué es lo que hay ahora? El político es simplemente un espectáculo que vende. La dialéctica de la mercancía se ha impuesto. Mi noción de la política es distinta y la he explicado con los hechos. Por eso he sido impopular hasta con mi gente.

R.E.- Le han tachado de utópico.

J.A.- Sí. Yo me siento muy feliz con que se me diga que soy utópico. A mí eso no me disgusta en absoluto.

R.E.- ¿Dónde quedó la palabra empeñada?

J.A.- Realmente quedó en agua de borrajas. Es que la palabra empeñada no tiene valor cuando lo que importa es vender y comprar. Si yo tengo una palabra y la empeño y tengo la seguridad de que eso se va a cumplir, forma parte de una actitud humana, que de por sí ya es valiosa. Pero hoy, por ejemplo, hay que ganar votos como sea. Un político es la representación viva de un proyecto. La encarnación de un proyecto, lo votes o no.


R.E.-
¿Cuál es la mayor virtud que admira en un hombre?

J.A.- La dignidad. Pero la dignidad a veces se suele confundir con la cerrazón. La dignidad es apertura, mantenimiento de una ética que ayude a los demás.

R.E.- Ud. es maestro, como se decía antes, “maestro escuela”. ¿Es deber de un político educar a sus semejantes?

J.A.- Es deber de un político enseñar lo que sabe, pero también formarse con la gente. Pero lo más importante es dar las enseñanzas políticas con el ejemplo cotidiano. Y para mí eso es lo más importante.

R.E.- ¿Cómo vive los extremos opuestos de un buen Escorpio?

J.A.- Mal. Soy muy autodestructivo. En mí hay dos personas. Está el hombre de acción y hay temporadas de “beatus ille”, y eso crea en mí determinados conflictos. Al final me he acostumbrado a esas dos personas.

R.E.- ¿El trabajo ennoblece?

J.A.- El trabajo creador, sí. El trabajo alienado, que decía Marx, no. El trabajo en el sentido de aquella proyección personal que lleva a la creación, no sólo ennoblece sino que ha forjado al ser humano. Es la diferencia entre el artesano que realizaba una pieza y la hacía suya, ¿cuánto tiempo tardaría el maestro Mateo en realizar el Pórtico de la Gloria?

R.E.- Platón nos dice que un político debería actuar como un médico. Cuando opera, no lo hace en función de las quejas y ruegos del paciente. Él sabe que su intervención como cirujano es benéfica eliminando lo innecesario y actuando a favor de la salud de la persona. ¿Se actúa hoy en política así?

J.A.- No. La diferencia es la siguiente: el enfermo está ante el médico que se supone le puede salvar la vida, y el político está ante aquel que le puede dar el voto, y a partir de ahí ya se pliega al paciente. El político, si es honesto, tiene un plan. A veces tiene que nadar contracorriente. Aunque a veces lo que se diga no vaya a gustar a la gente, pues el político tiene que estar cargado de lenguaje profético.

R.E.- ¿Es posible conciliar positivamente la obediencia y la libertad en el hombre?

J.A.- La libertad no es un desideratum que consista en el poder omnímodo de la libertad. La libertad es el ejercicio recto de aquello que se ve y se puede hacer. Y la obediencia forma parte, es la sumisión (no vejación) a las normas que entre todos hemos establecido. La libertad es un concepto elaborado para la sociedad, lo otro es la vida salvaje. Para que se reconozca la libertad, debe haber solidaridad. Tiene que haber conciencia…Naturalmente, la libertad es hija de la inteligencia. Por tanto, es una opción. Donde no hay inteligencia capaz de elaborar ese concepto de libertad, es puro instinto.

R.E.- ¿El mundo está movido por los gobiernos?

J.A.- No, el mundo está movido por los intereses económicos. Los gobiernos son capataces de los señoritos del cortijo.

R.E.- ¿Cuál es el camino para encontrarse con uno mismo, y con la vida y con los demás?

J.A.- Querer ser feliz. Eso significa que hay dos vías. Una es encerrarse en sí mismo y otra es sentirse gratificado por ayudar a los demás. Yo tengo lo necesario para vivir con decoro. Tampoco necesito mucho. Tengo papel para escribir, libros para leer, amigos con los que conversar… vivir plenamente. Y eso sí… soltar amarras.

R.E.- ¿Volvería ahora a la política?

J.A.- Ni muerto.

Antonio M. Cantos Prats

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