A poco que se conozca la obra de Alberto Bernabé, es imposible no sentir cierto temor reverencial al aproximarse a su despacho, en la Universidad Complutense de Madrid. Profesor emérito de Filología Griega y Lingüística Indoeuropea, lleva a sus espaldas cincuenta años de docencia en la UCM, sin contar sus numerosas ponencias y clases en otras universidades.

Entre sus muchos títulos están Historia y leyes de los hititas,Textos órficos y filosofía presocrática,La voz de Orfeo: religión y poesía,Instrucciones para el más allá: las laminillas órficas de oro o Platón y el orfismo: diálogos entre religión y filosofía, libros que profundizan con maestría en las culturas micénica, hitita e indoeuropea.

Sus investigaciones le han convertido, entre otras cosas, en un referente mundial para el estudio del orfismo. Las fotos le otorgan la apariencia de un distante evangelizador, una imagen que se derrumba en el mismo instante en que te enfrentas a su afable sonrisa y sus extraordinarias corbatas. Aunque quizá lo más sorprendente de Alberto Bernabé es lo orgulloso que se siente de tener alumnos que ya saben más que él.

¿No le dijo su familia que estaba loco por querer estudiar Filología, que debía elegir algo que le sirviera para la vida?

Que los estudios te sirvan para la vida tiene mucho sentido, pero hay cosas que tiene un precio y cosas que tienen valor, pero no significan lo mismo. Hay profesiones en las que se puede ganar mucho más dinero, pero hay otras en las que nos sentimos más cómodos y a gusto con nosotros mismos. Me dediqué a esto porque era lo que me gustaba. Mi padre, un año antes de morir me dijo: «Hijo mío, cuando me dijiste que querías estudiar Filología Clásica, pensé que te ibas a morir de hambre, pero no te ha ido tan mal». Sin embargo, mi hermano estudió Ingeniería de Telecomunicaciones y lo jubilaron a los cincuenta años, y un ingeniero de cincuenta años en el paro es un cadáver laboral.

Yo me he ganado la vida sin grandes cosas, pero mi trabajo me ha permitido viajar y conocer a mucha gente interesante.Tengo estupendos discípulos, tres de los cuales se quedan como profesores en la Complutense, lo que es para mí un orgullo. Creo que todo esto no se paga con dinero.

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Usted tiene a sus espaldas un enorme legado de investigación, un campo en el que todavía queda mucho por hacer. ¿Ve continuidad en el futuro de estos trabajos?

Tengo excelentes alumnos que saben más que yo. Un ejemplo lo tengo en una discípula mía, Raquel Martín, que se ha especializado en la magia en la Antigüedad, y ahora está haciendo una edición de los papiros mágicos con un profesional de Chicago. Tiene un libro publicado sobre Orfeo y los magos ( Orfeo y los magos: la literatura órfica, la magia y los misterios, edit. Abada), otros más, mucho artículos en revistas estupendas, y ha dado conferencias donde no las he dado yo.

¿Qué le ha aportado personalmente el estudio de la filología, y del orfismo en particular?

Que me he divertido mucho. Siempre digo que la investigación, si no te divierte, es mejor dedicarse a otra cosa. Es verdad que hay partes que son más pesadas. Pero cuando uno descubre las razones de que se hagan determinadas cosas, poniéndonos en la piel de personas que están a dos mil y pico años de distancia de nosotros, y vemos que en el fondo tienen los mismos problemas, miedos e ilusiones, esto nos da una perspectiva sobre las cosas, que nos permite entender mejor nuestro propio mundo.

La idea de que estas cosas no sirven para nada es falsa, y a la sociedad le interesan. Hace veintidós años, un amigo mío le propuso a la Caixa hacer un ciclo sobre temas del mundo clásico. La Caixa le dijo: «¿Usted cree que ese tema le va a interesar a la gente?». Mi amigo le respondió que sí. La Caixa le contestó: «No le vamos a financiar, pero le vamos a facilitar el local y le hacemos el mailing». Bueno, se apuntaron doscientas personas. Y desde entonces, cuando sale la propaganda del curso, a los dos días el curso está completo. Van doscientas personas a la sala, y otras ochenta a una sala contigua con circuito cerrado de televisión. No es el único caso.

A veces me pregunto si a la gente le interesarán más los temas de ecología, el feminismo, las energías renovables. Es verdad que le interesan, pero el problema es que de esos temas todo el mundo cree saber. En cambio, si alguien les habla de Diógenes el cínico, probablemente no sepan quién es; entonces sí les interesa. Curiosamente, el libro que más vendo es una traducción de la Retórica de Aristóteles. Es absolutamente delirante. Me han dicho que lo compran estudiantes de publicidad, porque ese libro es un tratado de psicología social y a la gente le interesa.

¿Eran tan diferentes los hombres de la Grecia clásica de lo que lo somos nosotros?

Sí y no. Claro que eran diferentes, no vamos a decir que eran iguales. Nosotros tenemos una serie de elementos que son absolutamente sustanciales de diferencia. Una es que el mundo se ha hecho infinitamente más pequeño. Un griego era difícil que saliera de su pueblo. Ahora cualquier estudiante ha viajado a medio mundo.

Si hablamos de la tecnología, diríamos que ha sido una revolución absoluta, ya que permite estar en contacto con gente de todo el mundo, mientras que un griego, para ver a otro, tenía que coger un barco y pasarse medio mes navegando. Ahora podemos tener contacto con cualquiera llamando por cualquier red y hablamos inmediatamente. Son situaciones muy distintas. Ahora bien, que el ser humano tenga miedo de enfermar o de envejecer, de morirse, eso es algo que no ha variado, porque son cosas de la especie, y están ahí en la mente. Los griegos se plantearon problemas, que son los nuestros también, y dieron soluciones que no son las nuestras, pero lo más interesante son los problemas que plantearon, más que las soluciones que dieron.

¿Es esa la mayor dificultad a la que se enfrenta un traductor, saber ponerse en el lugar de las personas de hace siglos, su cultura, su pensamiento...?

Sí, claro, esa es su función. Yo he traducido textos de hace tres mil quinientos años. Si el traductor se limita a hacer una traducción, trasladando estructuras gramaticales, eso no sirve para nada. Yo recuerdo a una persona, cuyo nombre no diré, que me dijo: «-Estoy traduciendo los himnos védicos». Le dije: «Bueno, pues eso es muy complicado de entender». «No, no –dijo–. A mí eso no me interesa, yo simplemente sé hindú y lo traduzco».

¿Y cómo se aprende a ponerse en el lugar de gente de hace tres mil quinientos años?, ¿hay referencias emocionales de esa gente?

Bueno, sí las tenemos. Hay unos géneros literarios en donde vemos cuáles son esas referencias. Las tragedias están llenas de referencias emocionales, las comedias están llenas de referencias emocionales. Por poner un ejemplo de un texto de Hattusili I, rey hitita: el individuo se lamenta de la traición de sus hijos, se lamenta de que su mujer se ponga de parte de sus hijos, insulta a su mujer… En fin, vemos que es una persona que está sometida a determinadas emociones.

Ahora está muy de moda. Hay algunos estudiosos que están estudiando muy seriamente el mundo de las emociones en la Antigüedad. David Constan es un experto en estudiar las emociones. Aristóteles, en la Retórica, describe las principales emociones: el miedo, la soberbia y el carácter de la gente, y cómo son los jóvenes.

Yo hice una prueba con alumnos. Les dije: «Leeros lo que dice Aristóteles sobre los jóvenes». Y luego,«¿estáis de acuerdo con lo que dice?». Y me dijeron que sí.

El método filológico consiste en tomar los datos que se tienen y construir con ellos un conjunto, viendo lo que es coherente y lo que es discordante. Así es como se hace. Encontramos a un Homero que describe un mundo de aristócratas guerreros, que tienen unas pulsiones que relacionadas con el honor, o más que esto, es el miedo al qué dirán. Es decir, el miedo a ser considerado un cobarde o un inútil. Entonces se va reconstruyendo eso, cada personaje dice algo sobre este tema, con sus respectivos comentarios. ¿Que en todo esto hay un margen de subjetividad? Claro. ¿Y por eso discutimos? Claro.

Lo primero que les digo a mis alumnos es que en filología no se demuestra nada, simplemente se sugieren explicaciones que puedan dar cuenta de determinados fenómenos o de determinados hechos, no como sucede en otras materias como la química, en la que mezclando componentes, lo que sale es evidente. Que Platón hiciera tal cosa por haber estado en Sicilia… pues sugieres diciendo: «¡Fijaos qué curioso, hablando de los jueces infernales!». ¿Quién habla de ellos? Platón, Píndaro, Esquilo... ¡Y qué casualidad, que Platón, Píndaro y Esquilo habían estado todos en Sicilia! Y luego vemos la cerámica de los jueces infernales, y no hay ni un vaso ático de estos jueces infernales; en cambio, sí hay seis o siete del sur de Italia. Entonces uno puede concluir que es verosímil. Pero claro, pasado mañana salen cinco vasos áticos con los jueces infernales, y uno tiene que tragarse la teoría porque no vale. Pues bueno, a mí me han convencido mis alumnos muchas veces con argumentos, y les he dado la razón. Esto pasa a veces.

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¿Qué pasa cuando los textos que traduce no son filosóficos o de una índole más social? ¿Cómo lo hace, por ejemplo, en el caso de textos mistéricos, con un alto componente simbólico en el lenguaje?

El caso más notorio de eso es el libro que tenemos Ana Jiménez y yo sobre «Las laminillas de oro». Ahí todo el lenguaje es simbólico. Un ejemplo puede ser: «cabrito caído en la leche». Y realmente no es un cabrito, es otra cosa. Y hay que ver qué otra cosa es a partir de una batería de razonamientos que pueden llevar a apoyar una determinada propuesta. Hay gente que ha dicho que esa leche es la Vía Láctea. No, porque los órficos no hablan de un viaje del alma hacia el cielo, porque de lo que hablan siempre es de un viaje hacia el mundo inferior. Hay quien ha pensado que hay un ritual ugarítico donde, efectivamente, bañaban a un cabrito en leche, aunque tampoco parece que fuera así, porque bañar a un cabrito en leche era para sacrificarlos, y los órficos no sacrificaban animales. Así que vas buscando las posibilidades, hasta que llegas a la idea de que el cabrito es una de las formas en las que Dionisos se manifiesta. Lo que se plantea es que el fiel renace como un segundo Dionisos, como si volviera a ser un animal lactante, un animal que vuelve otra vez a una nueva vida. A lo mejor mañana te digo otra cosa, porque alguien me ha convencido de ello. Todas las propuestas son provisionales.

En uno de sus escritos habla de que el orfismo empieza a perder el sentido religioso porque la gente que accede a él empieza a hacerlo para encontrar una solución rápida a un problema. Por ejemplo: «Estoy enfermo y me quiero curar, dame una fórmula mágica».

Yo no lo entiendo como una degradación, lo entiendo como que desde el principio todo eso convive. Mi idea, en contra de la opinión de que había un orfismo exquisito en el origen y que luego se fue estropeando, es que, desde el principio había orfismo exquisito y orfismo popular.

O sea, una popularización de gente con más superstición, interés…

Como lo hay en la religión cristiana, es decir, tú ahora puedes tener a un tipo como Ratzinger, teólogo, que tiene una explicación monumental sobre los hechos de la religión, y la señora que vende verduras en el pueblo, que cree que la estatua de san Antonio le va a ayudar a encontrar una cosa que se le ha perdido. Y si no la encuentra, pone a san Antonio cabeza abajo, hasta que la encuentra. Y eso es así desde el principio de los tiempos, es decir, las religiones no son de ninguna manera monolíticas, sino que tienen dentro de sí variantes.

El cristianismo, menos; el orfismo, infinitamente más, porque tienen el motivo de la jerarquía, el dogma y procedimientos de control de las creencias. El sacerdote cristiano tiene que haber sido ordenado dentro de una estructura coherente, y cuya ideología está controlada por la jerarquía, mientras que el sacerdote órfico no. Porque al sacerdote órfico no lo ordena nadie.

Pero estamos en la Facultad de Filosofía. Es una enseñanza reglada, con sus títulos, sus asignaturas, etc., que estudia a gente que jamás fue a la facultad, que jamás estudió filosofía. ¿Qué diferencia hay entre los filósofos y los estudiantes de Filosofía?

Bueno, la mayor parte de mis amigos, que son profesores de Filosofía, dicen que no son filósofos, o sea, que tienen perfectamente claro que ser filósofos no es ser profesores de Filosofía, eso es otra cosa. El filósofo crea un sistema, el profesor de Filosofía explica sistemas ajenos.

¿Qué hay de los conocimientos científicos y astronómicos que se enseñaban en algunos de esos centros iniciáticos, y que pasaron a través de los filósofos hasta nuestros días?, conocimientos como los de Tales de Mileto.

Sí, Tales mide el arco del meridiano y se equivoca por un kilómetro. Eso es una hazaña. Tales descubre la teoría de la proporcionalidad de triángulos, que te permite averiguar a qué distancia está un objeto. Es algo impresionante.

Transcripción: Lina Castro
 
Publicado en Entrevistas
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