Enero 2019

Las religiones, cintas transportadoras para elevar la conciencia

Escrito por  Magda Catalá
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La diversidad de religiones en el mundo es un tema complejo y problemático que, como Ken Wilber nos recuerda en Espiritualidad integral, no es esporádico ni temporal, sino que acompañará la marcha del mundo durante mucho tiempo.

Las religiones están aquí para quedarse, cumplen con muchas y muy valiosas funciones y no se pueden sustituir. Su propósito primordial es acelerar el proceso de crecimiento de la conciencia, en la línea de desarrollo propiamente espiritual. Pero ese proceso discurre por diversos caminos y genera problemas graves y aparentemente irresolubles. De ahí que la propuesta de Wilber al respecto resulte tan inspiradora como esperanzadora. Hagamos de las religiones, dice, una cinta transportadora que nos conduzca de una estación de vida a otra, de un nivel de conciencia a otro superior.

Si cada uno de nosotros nos ocupáramos de acelerar nuestro ritmo de crecimiento en la línea del conocimiento espiritual, podríamos resolver de manera más efectiva las guerras que tienen lugar entre la mentalidad moderna y la mentalidad tradicional; y entre las distintas religiones que hay en el mundo.

Citando a Kirpal Singh, fundador en 1957 de la Confraternidad Mundial de las Religiones, con el despertar de la primera chispa de la Divinidad, el ser humano desarrolló la conciencia de un principio que es la vida y el alma del universo. Esto condujo gradualmente a la fundación de diferentes religiones, cada una desde el discernimiento y la percepción de su fundador, según las necesidades de la época y de la gente, y de la capacidad de aceptar las enseñanzas de los maestros.

Las enseñanzas de los maestros siempre están dirigidas a la elevación material, social, moral, mental y espiritual de las multitudes. Todas las religiones han surgido de los motivos más nobles del ser humano, pero sus dirigentes son el producto de una época, así como de las condiciones que crean para el mejoramiento de las masas entre quienes predican. Para la gran mayoría de la gente, las enseñanzas acaban formando lo que se puede calificar de «religiones sociales», es decir, códigos de preceptos morales, costumbres, rituales… cuya función es quitar angustia y agresividad y encontrar consuelo o paz.

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Todos los pensamientos proceden de la mente, pero en el caso de los instructores del mundo, sus pensamientos tienen origen en la vida del espíritu que los anima. Muy pocos hombres pueden elevarse a su nivel y obtener los auténticos beneficios de sus enseñanzas. Solo unos cuantos pueden seguir la práctica central y experimentar por sí mismos la verdad que encierra. Las masas solo reciben los aspectos teóricos en forma de parábolas o mitos que, con el paso del tiempo, despiertan las capacidades para comprender el verdadero significado de las palabras.

Así, en el fondo de las religiones se perciben vislumbres de la realidad, pero su esencia es difícil de captar, ya que no hemos desarrollado los ojos o la mirada que tenían sus fundadores. Para el hombre común, la religión se mantiene solo como teoría, una teoría razonada para mejorar la suerte en la vida. Y, en el mejor de los casos, hacer del ser humano un miembro mejor del orden social.

Si vamos un paso adelante, llegamos a otro plano, a un nivel filosófico o plano de virtudes morales, que sirven para amansar, dominar o reconciliar fuerzas enfrentadas que se debaten en el interior humano. Y más adelante o arriba aún, están los yoguis, los místicos, los iniciados, aquellos versados en el verdadero arte de la unión del alma individual con Dios. En la cúspide de la ascensión evolutiva, y más allá de las instituciones que se han creado después, están los hombres-dios, los maestros iluminados o avataras, que no solo hablan del espíritu, sino que lo manifiestan.

Todas las religiones tienen niveles de conciencia

En teoría, tal como afirma la sabiduría perenne, se puede decir que solo hay una religión universal, que la practican verdaderamente solo estos maestros despiertos, pues solo ellos han realizado plenamente la verdad y están capacitados para guiar a los seres humanos a realizar la unión perfecta con el Creador. Las enseñanzas de los maestros no forman una religión institucional, como comúnmente se cree; se trata más bien de una ciencia metódica, de la ciencia del alma.

Como repite Ken Wilber, aquel que practique esta ciencia recibirá los mismos beneficios y llegará a las mismas conclusiones, sin que para ello importe la religión social, credo, Iglesia o comunidad a la que pertenezca. La ciencia del alma es el núcleo y esencia de todas las religiones, el fundamento sobre el cual todas las religiones descansan y donde convergen.

Pero las enseñanzas iluminadas que imparten los grandes maestros han sido y serán siempre malinterpretadas, según la capacidad de comprensión de sus seguidores. Estos suelen estar muy lejos del nivel de desarrollo del fundador de esa religión, hombres y mujeres de buena voluntad y aspiraciones, pero condicionados por su época, política y sociedad, y otros que utilizarán las enseñanzas o instituciones para maltratar y aprovecharse de las gentes. En este sentido, la existencia de las religiones es una mala noticia. Y es aquí, y no en su origen, donde la religión se puede convertir en el opio del pueblo, según expresión de Marx, ya que las verdades que vehiculan siempre estarán a merced de los receptores de esas enseñanzas. Según se interpreten, darán lugar a posturas intransigentes o traerán violencia terrible, guerras «santas» y abusos.

Hoy, como en la historia de la humanidad, los conflictos más cruentos entre personas siguen siendo en el nombre de algún Dios. Y todos desearíamos acabar con esas actitudes religiosas ciegas y dogmáticas que asolan aún el mundo. Pero siempre lo asolarán, mientras los humanos seamos tan infantiles. Todos nacemos en el primer nivel de conciencia, pero podemos, en el camino de una vida, ir subiendo a otros niveles superiores. Pero mientras los humanos seamos como niños, y la gran mayoría sea así, estaremos en niveles de conciencia arcaicos, mágicos y míticos. Los tres primeros estadios o estructuras de conciencia, según Wilber.

Estos se caracterizan por el egocentrismo y el afán de poder, por una mentalidad convencional y conformista y una visión del mundo etnocéntrica y beligerante. Y podríamos decir que esa mentalidad, la de un niño de siete años, es la que hoy conforma el hombre-común de nuestro planeta.

La pirámide evolutiva siempre será más amplia en la base que en la cúspide. La evolución procede creando niveles cada vez más profundos (o elevados) y menos amplios. De modo que siempre habrá más átomos que organismos; más insectos que mamíferos; y más seres humanos comunes que grandes maestros.

Estas masas de gente necesitan ser educadas, y las religiones arcaicas, mágicas y míticas son las encargadas de cumplir una función básica de educar, consolar, inspirar y guiar a los hombres comunes. Las religiones sociales, como Kirpal las llama, se ocupan de prescribir normas morales a fin de favorecer la cultura y el orden social en cada lugar.

Las religiones sociales o básicas

Por tanto, está bien que sea así: siempre se necesitan unos padres que cuiden y eduquen a los niños, con palabras y conceptos simples, adecuados a su edad mental. Las religiones mitológicas disponen de los medios para educar a un niño en la noble aspiración de realizar, algún día, su dios interior. A través de los mitos, los cuentos y las parábolas, los niños aprendemos a reconocer y dar nombre y dirección a los anhelos de infinito.

Las grandes religiones que dominan el mundo, precisamente por pertenecer a los estadios magenta, rojo y ámbar de la humanidad, saben ocuparse de esos primeros e inevitables niveles del desarrollo de todo ser humano. Si las mitologías del mundo no proporcionaran estas tempranas creencias, tendríamos que inventarlas, dice Wilber. Y hoy, debido a la tecnología, no resultaría posible.

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Las mitologías del mundo son depósitos de un tesoro incalculable. Sabemos que la ciencia no responde a nuestra preocupación última. Por ejemplo, cuando los niños preguntan: ¿de dónde venimos?, ¿qué somos?, ¿por qué estamos aquí?, ¿adónde vamos?, o ¿qué es la muerte?, los adultos en el nivel naranja de desarrollo, es decir, la mentalidad científica, no saben qué contestar.

No se puede hablar a un niño de la naturaleza primordial, el vacío o la no-dualidad. Los niños, los hombres-comunes, siempre necesitarán respuestas adecuadas a sus jóvenes mentes, explicaciones asequibles a sus ojos de infantes; mitos o historias que los eduquen y paulatinamente los conduzcan a la búsqueda de lo esencial.

Una vez clarificada la función importante que las religiones míticas tienen y tendrán siempre en nuestro mundo, así como el respeto que merecen quienes se hallan en esas etapas, hemos de considerar las malas noticias o lo peor que esto implica.

La mentalidad de esas masas de niños u hombres comunes, un 70% de la población mundial, bien podría definirse, dice Wilber, como mentalidad nazi. Es decir, su manera de pensar se caracteriza por la convicción absoluta de que solo su Dios, raza, grupo, cultura, sexo o clan es bueno; los demás son basura que hay que eliminar. Y no solo eso; con demasiada frecuencia, ese trabajo de «limpieza», la eliminación del otro, constituye una parte fundamental de sus creencias, en la medida que asegura la vida eterna en el paraíso. Y eso no va a cambiar, a menos (y esta es la gran aportación de Wilber) que las religiones que dominan ese 70% de la población mundial, en lugar de presentarse como «el único camino», o «la meta final», se presenten como medios. Que se vean como el puente o la escalera que nos invita a seguir evolucionando; como la mano que nos guía y nos sostiene a lo largo del proceso de la evolución psíquica o de conciencia.

La evolución también es para la conciencia

Tengamos en cuenta que el concepto de evolución es un concepto relativamente nuevo que no suele estar del todo integrado en nuestra manera habitual de pensar. Nos resulta difícil a todos, no solo a los jóvenes, recordar que la evolución, y muy especialmente la evolución de la conciencia de la humanidad, es un proceso de billones de años y del que no se vislumbra el final.

Y, sin embargo, se trataría de eso, de que todos, especialmente los líderes religiosos, tuvieran más presente el hecho de que la evolución no acaba en nosotros. Tenemos un larguísimo camino por delante antes de desarrollar los ojos de los fundadores de las religiones, como dice Kirpal. El propio Darwin intuye que hay algo más que evolución biológica: «Podemos excusar al ser humano por sentir cierto orgullo por haber conseguido ascender, aunque no haya sido por su propio esfuerzo, a la cúspide de la escala orgánica. Pero ese ascenso debe alimentar la esperanza de un destino todavía más brillante en un futuro distante».

Si los líderes religiosos tuvieran más presente esta realidad y en lugar de amurallarse en una determinada visión del mundo, como única verdad, abrieran sus mentes a otras posibles comprensiones, a otros aspectos de la verdad, sus seguidores podrían fluir y pasar de una religión a otra sin problemas. Y de un nivel a otro, hacia arriba…

Con «pasar de una religión a otra» no queremos decir ir del cristianismo al budismo, por ejemplo, sino subir por los distintos estadios de conciencia y transitar el camino que va de una religión mágica a una religión mítica, y de una religión racional a una pluralista… hasta alcanzar una visión integral y abrazar todos los niveles y todas las religiones (ahora sí) como una.

Recordemos que la ciencia del alma está para conducirnos aquí: al fundamento donde no importa la religión social o Iglesia a la que uno pertenezca.

Si las religiones se prestaran a esta función de cinta transportadora, se convertirían, como sugiere Wilber, en un vehículo precioso que nos impulsaría a crecer en conciencia, a trascender el escalón evolutivo en el que estamos. Podríamos descubrir una identidad más amplia, profunda y generosa en nuestro propio interior; ir del egocentrismo de un niño, el nivel rojo, al etnocentrismo de un adolescente, el nivel ámbar; y del mundicentrismo de la mentalidad adulta, el nivel verde, al kosmocentrismo del nivel violeta. Veríamos el orden y la totalidad incluida, integrada.

Pero está claro: esto no ocurrirá a menos que las autoridades religiosas modifiquen sus consignas habituales, pues para que esto ocurra es necesario que ellos mismos evolucionen y sean capaces renunciar al poder y la violencia que implica la pretensión de detentar la única verdad. «Solo aquellos que superen esas oscuridades podrán transparentar la esencia, esto es, la verdadera verdad», dice el antropólogo jesuita Javier Melloni. Y añade: «La verdad verdadera solo se ofrece, con la conciencia de no agotarla, sino tan solo para ser atraído por ella y ser convocado más allá de la propia perspectiva».

La propuesta de Wilber se puede entender como un útil recordatorio: nos recuerda que existen niveles de conciencia y que cada nivel es una perspectiva del mundo, y cada perspectiva, una verdad relativa. Pero también nos recuerda que la verdad, cuanto más profunda, amplia y abarcadora, más verdadera. El abrazo que nos religa a Dios abarca, por definición, a todo y a todos. Y solo este abrazo merece el nombre de religión.

Todas las religiones conducen a la salvación

La propuesta de Wilber es también una demanda de cordura y humildad: tenemos muchos estadios por delante antes de alcanzar una postura que no defiende nada ni excluye a nadie; una visión integral donde cada manifestación del ser es merecedora de respeto y veneración. Estamos lejos de incorporar realmente esta identidad abierta, lúcida y compasiva. Las etiquetas nos siguen importando, las diferencias nos siguen separando y las religiones nos siguen enfrentando en nombre de la verdad. Olvidamos que los nombres no importan. Ya sea chispa divina o gran misterio, espíritu santo, impulso creativo o el nombre de algún hombre-dios, dice Melloni, «la vocación y razón de ser de las religiones es religar a todos los seres entre sí, así como con la Fuente de la que dimanan». Es evidente la necesidad de que las autoridades religiosas realicen este humilde y arduo trabajo.

Por ejemplo, dice Wilber, bastaría con lo que se dijo en el Concilio Vaticano II: «La salvación no es prerrogativa solo del cristianismo, otras religiones también conducen a ella». Juan XXIII dio permiso a los católicos para aceptar otras concepciones religiosas. Recordó a la mentalidad cristiana que el espíritu se expresa de muchas maneras, habla diferentes lenguas y adopta diversos nombres; cualquiera que sea la forma en que se manifieste es perfectamente legítima y ha de tener su lugar. Si todos los dirigentes religiosos concedieran a sus fieles un permiso semejante, los fundamentalismos no encontrarían respaldo a sus posturas dogmáticas y podrían empezar a considerar el hecho de que otras creencias también merecen respeto y son vías.

Pero esa es la mitad del problema: la otra mitad somos nosotros. Por nosotros entiendo al privilegiado primer mundo, y muy especialmente a los que formamos parte de la generación de la posguerra, a los niños mimados que vivimos y hemos transmitido a hijos y nietos los grandes beneficios y defectos de la llamada revolución hippie. Nosotros nos movemos cómodos en el nivel naranja-racional y, aunque minoritariamente, tenemos acceso a niveles superiores, como el verde pluralista y el azul integrado. Recordemos que el nivel naranja supone una mente racional o científica; pero el verde, una mente racional madura y pluralista, que engloba a todos nosotros sin importar el credo, raza, género o clase; típico del posmodernismo, y con sus grandes ventajas y terribles defectos.

El mundo como una escuela

El llamado primer mundo opera mayoritariamente en estos niveles de conciencia. Precisamente por eso, hemos de aceptar una mayor responsabilidad, tanto en las causas como en las posibles soluciones de los conflictos que nos aquejan.

Imaginemos que la vida es una escuela donde los párvulos son muchos más que los universitarios, los profesionales, los grandes expertos. Casi no hay genios o maestros iluminados. Cada grado escolar es perfectamente legítimo, es una estación de vida absolutamente necesaria; cuanto más básica, más fundamental.

Sabemos que los pequeños han de crecer no solo en edad, sino en conciencia, y que hacen falta años, ¡y siglos!, para desarrollar las capacidades de mirar el mundo desde los ojos de un sabio. Pero ¿puede esa falta de edad evolutiva explicar los conflictos que convierten la escuela de la vida en un campo de batalla infernal? Si este colegio estuviera organizado, podrían convivir perfectamente los diferentes niveles, como en una familia armónica.

Porque es evidente que esta escuela del mundo no funciona como sería de esperar. Los jóvenes no solo no ven en los mayores un ejemplo a seguir, sino que se sienten oprimidos por nuestra visión-lógica del mundo y quieren acabar con ella.

Es evidente que los mayores, los padres y maestros, son los que han de resolver los problemas de la escuela. Los párvulos tienen décadas o siglos por delante, antes de llegar a ser adultos. Pero, y los adultos, ¿qué tenemos que hacer?

Olvidemos por un momento la actualidad mundial, ya que ahí, en ese caos, poco o nada podemos hacer. Un cúmulo enorme de razones económicas, políticas, culturales, etc., poderosísimas, explica todos los conflictos y justifica todas las guerras. Consideremos el problema como algo personal; así podremos aplicar algo a nuestras vidas. El conflicto, ya sea en mundo o en la escuela de la vida, tiene dos caras: los líderes míticos no están ayudando al 70% de párvulos-nazis que hay en el mundo a crecer en conciencia, y ellos mismos están fijados en la pubertad. Por otro lado, nosotros, la sociedad laica posmoderna y postconvencional, también estamos fijados en niveles de conciencia que, lejos de ayudar a resolver los problemas, los agravan.

Los niveles naranja y verde funcionan a modo de una tapadera que impide el flujo de una «estación» o nivel de vida a otra. Consecuentemente, se genera una presión que puede hacer explotar el mundo, lo mismo que explota una olla a presión a la que se le impide respirar.

Por un lado, los fanatismos religiosos, en nombre de su Dios, quieren acabar con la civilización moderna. Por otro, la sociedad posmoderna y cientificista cree haber encontrado a Dios en la física cuántica. El diálogo es evidentemente imposible, y esta incomunicación es, en opinión de Wilber, el mayor problema.

No intentaremos resumir los numerosos y complejos argumentos con los que Wilber invita a los niveles naranja y verde a ir más allá del peculiar fundamentalismo en el que se encuentran. En el capítulo titulado Las dignidades y desastres de la modernidad, hace una breve historia de la falacia nivel/línea, que nos permite entender esto: la ciencia moderna y la religión mítica incurren en el mismo error; ambas confunden un determinado nivel de una línea con toda la línea. Por ejemplo, los científicos confunden un nivel bajo de la línea religiosa (ven una expresión de la religiosidad roja, o arcaica) y la confunden con la inteligencia espiritual de otros niveles de la misma línea.

A raíz de esa confusión, la mentalidad racional reprime los niveles más elevados de la inteligencia espiritual y niega el acceso a ellos. Por el otro lado, la mentalidad mítica se fija y se estanca en un determinado nivel que acaba glorificando y defendiendo a muerte.

El estorbo que puede ser la posmodernidad

Los argumentos de Wilber no son sencillos, pero vale la pena estudiarlos en otro artículo. En lo que nos atañe a nosotros, los memes o niveles verde, somos la flor y nata de las sociedades posmodernas, los supuestamente inteligentes agnósticos o entusiastas seguidores de las muchas religiones de la nueva era: somos el 20% de la población mundial.

Esta vanguardia verde del mundo occidental deberíamos estar guiando a los que no han alcanzado estos niveles de desarrollo. Y no solo no lo estamos haciendo, señala Wilber, sino que constituimos un estorbo enorme en el libre flujo de la conciencia.

Wilber nos obliga a vernos en otro espejo distinto del que estamos acostumbrados... satisfechos de lo que hemos logrado; fascinados por nuestra sofisticación, inteligencia y exquisita sensibilidad. Estamos, como Narciso, ensimismados en nuestra buena imagen, enamorados de nosotros mismos, y no se nos ocurre cambiar. Nos hemos olvidado, como párvulos, de que hay muchos escalones por delante y de que cada paso, cada estadio evolutivo, supone años y siglos por andar.

Es fácil ver la paja en el ojo ajeno pero difícil vernos a nosotros mismos. Es fácil criticar en otros los errores que hemos cometido en el pasado, pero es fácil ver dónde erramos hoy. Y no es muy inteligente por nuestra parte esperar que los niños hagan un trabajo que nosotros, los adultos, nos negamos a hacer. Los análisis de Wilber al respecto son exhaustivos y contundentes; y tener conocimiento de ellos, ver el lugar que ocupamos en la pirámide evolutiva, nos anima a emprender el humilde y arduo trabajo que también nosotros tenemos por hacer.

Al respecto dice Andrew Cohen: «A menos que estemos dispuestos a hacer el esfuerzo heroico de interpretar nuestras experiencias espirituales desde un nivel superior de desarrollo del que constituye nuestro centro de gravedad, nada va a cambiar». Es un esfuerzo heroico vernos a nosotros mismos desde los ojos de Wilber: es un golpe casi mortal al propio ego, ya que lo que caracteriza a los egos-verdes es su desmesurado narcisismo. Y desde este peculiar fundamentalismo interpretamos, lamentablemente, nuestras experiencias espirituales y nuestra manera habitual de pensar. Nuestras interpretaciones son inteligentes y pluralistas, pero carecen de la noción de jerarquía, son incapaces de emitir juicios de valor y se «construyen y deconstruyen» constantemente. En otras palabras, no son de fiar. Y no son muy nobles.

Recordemos que el problema no son las experiencias, los estados de conciencia que podamos vislumbrar; el problema es el nivel de conciencia desde el que se van a interpretar. Una misma vivencia se convierte en algo muy distinto para una mente etnocéntrica o una mente impersonal.

Hemos perdido altitud y profundidad

Para verlo, volvamos al ámbito personal, al ejemplo de una escuela o familia, ya que así podemos vernos a nosotros mismos y a los conflictos. (El mismo ejercicio antiguo de ir de lo individual a lo colectivo es el que hace Platón en La República).

Padres amorosos e inteligentes, pero carentes de criterios morales y valores trascendentales, no saben qué hacer con sus hijos, hacia dónde dirigir su educación. Toda dirección noble ha desaparecido del mapa, el sentido profundo de la vida es un enigma insondable y toda aspiración heroica está fuera de lugar.

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Sin trascendencia, los valores y los principios se van achatando y acaban confundiéndose con el consumismo y la comodidad. Los hijos, sin otra aspiración que el propio bienestar, se instalan en su egocentrismo y nos crean problemas.

Es evidente, por otro lado, que los «padres-verdes» solo quieren ser buenos y hacerlo bien. No es su falta de bondad o amor lo que supone un problema, sino su falta de lucidez y conciencia. Están muy seguros de sí mismos y, como Narciso, no ven más allá. Los niños, por su parte, hacen lo mismo, desconocen la noción de autoridad y se enfrentan a unos maestros que, al igual que los padres, ante sus insolencias, no tienen poder alguno y no saben qué hacer.

La autoridad, la jerarquía, la disciplina, los valores y el discernimiento no están de moda y no se pueden aplicar. Tenemos miedo de repetir los viejos errores y no vislumbramos otra forma de comportarnos que no eche por tierra nuestra buena imagen.

Recordemos las palabras de Cohen: solo si somos capaces de interpretar nuestras experiencias y hábitos mentales desde un nivel de conciencia superior al que nos encontramos, podremos cambiar y destapar alguna de las muchas ollas a presión que amenazan con estallar. Pero hemos de hacer este esfuerzo y tener el coraje de entrar en conflicto con nuestra actual sensación de identidad. Y luego, trascenderla.

Solo entonces podríamos generar formas más honestas y efectivas de comunicarnos y acabar haciendo, nosotros mismos, de cintas transportadoras que posibilitaran un diálogo fluido entre padres e hijos, maestros y alumnos, religiones posmodernas y religiones míticas.

Wilber nos impulsa a seguir creciendo verticalmente. La evolución vertical supone el ejercicio de la línea de desarrollo propiamente cognitiva, es decir, horas de estudio y reflexión. Nos recuerda que solo el conocimiento abre espacios en la mente, obliga a nuevas perspectivas y hace posible su integración. Y solo este conocimiento nos impedirá seguir alimentando, desde la inconsciencia, las guerras religiosas y los desastres morales y espirituales que caracterizan estos tiempos. Más urgente que los pequeños crezcan es que nosotros crezcamos.

Estudiando a Wilber, vemos que nosotros, privilegiados del primer mundo, somos humanos comunes lo mismo que nuestros hermanos menores. Y, aunque más adelantados en la escuela de la vida, no somos un ejemplo a seguir. No sabemos aún cómo educar a nuestros propios hijos y seguramente tenemos siglos de evolución por delante antes de llegar a ser realmente buenos padres y maestros.

Un buen maestro sería aquel que sabe comunicar con el otro. En palabras de Wilber: «Es un milagro. La comunicación ocurre cuando usted y yo nos encontramos, empezamos a resonar y a comprendernos. Entonces se crea un nosotros en el que llegamos a sentir al otro como parte real de nuestro propio ser. Si en algún lugar se manifiesta el espíritu, es sin duda en el nexo de ese nosotros».

Como dice el antropólogo Javier Melloni, saber comunicar es el arte de los verdaderos maestros. Humildad, mansedumbre, ternura, suavidad, lucidez... son los signos de quienes han estado en las cumbres y descienden para buscar a sus hermanos. Se les reconoce porque tienen la mirada suave y luminosa como la nieve en la que han hundido sus pisadas. No compiten entre sí, discutiendo cuál es el mejor camino, porque conocen la infinita majestad de la Montaña. Saben de sus múltiples parajes, de sus abismos y peligros, y que la cumbre tiene muchos accesos. Saben indicar a cada uno el suyo, porque la Montaña está dentro de cada uno.

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