Domingo, 01 Diciembre 2019 00:00

Pensar en China

No siempre tenemos en cuenta la historia de los países que vemos protagonizar la escena internacional, ni cuando son sujetos de conflictos bélicos ni en otras ocasiones, algo más pacíficas, como las guerras comerciales que parecen sustituir a las destrucciones sangrientas, olvidando sus momentos dorados en el pasado. Es un error, pues cada país ha construido su identidad en sucesivos periodos de la historia, y lo que conocemos en la actualidad viene a ser una síntesis de todo lo vivido, pues cada cultura, en cierto sentido, es un precipitado de historia.

Ahora se habla de China en los medios de comunicación como el «gigante asiático», no solo por su extensión territorial, ni por su población, sino también por su capacidad económica, con un régimen político sui generis y, en ocasiones, muy alejado de lo que se consideran los valores cívicos de la civilización occidental, aun con sus intentos de acercamiento y diálogo.

Nosotros hemos pretendido fijarnos en otros matices y nuestros colaboradores nos han preparado interesantes enfoques sobre lo que podríamos llamar «el alma china». Con este número monográfico pretendemos invitar a nuestros lectores a profundizar en los aspectos culturales de una tradición que hunde sus raíces en un pasado remoto y que, aún hoy, en estos tiempos de globalización del escepticismo, siguen vigentes.

Mirar a China es también recordar los nombres de sus sabios y sus enseñanzas, sus ideales de excelencia moral, es recordar sus aportaciones científicas y técnicas y sentir que los chinos de hoy son sus herederos.

Publicado en Editorial
Domingo, 01 Diciembre 2019 00:00

¿Un nuevo sueño para China?

A la misma China, sobre la que tantas penalidades se han abatido, se le ha propuesto un nuevo «sueño chino» (en chino,: Zhōngguó mèng), concepto abanderado por Xi Jinping, actual presidente de la República Popular China. Su contenido básico es hacer realidad un país próspero y fuerte, una nación vigorosa y un pueblo feliz. Sus principales metas serían fortalecer la nación, elevar el nivel de vida de la población y acabar con la corrupción en los distintos niveles gubernamentales.

La aceleración de los cambios parece producir hoy en día una cierta ruptura con el pasado y, sin embargo, en cada uno de los lugares de nuestro universo en mutación, los hombres siguen siendo tributarios de su historia y de sus tradiciones.

El presidente Xi declaró:

«Creo que conseguir el gran rejuvenecimiento de la nación china constituye el mayor sueño chino de los tiempos modernos».

El eslogan del sueño de China tal y como lo entiende el presidente Xi parece imitar la expresión «sueño americano», pero se trata casi de la antítesis de ese sueño de vida, que implica que cualquier individuo puede alcanzar la libertad y felicidad personales por sus propios esfuerzos y que se halla reemplazado por una búsqueda que subordina sueños individuales en pos del sueño colectivo. Y es que, en verdad, China necesita su propio sueño, su propio principio rector, y este deseo de gloria por la patria ha sido la fuerza que ha impulsado durante siglos a los pensadores chinos.

Sin embargo, por todo lo que parecen tener en común a lo largo y ancho del mundo los asuntos contemporáneos, políticos y económicos, casi consiguen hacernos olvidar que China y los países de Asia oriental en su conjunto no son un simple apéndice de Occidente. No han perdido su carácter original, fruto de una historia que ha permanecido durante largo tiempo independiente de la nuestra. Si durante mucho tiempo se ha opuesto una «China moderna», transformada por las influencias de Occidente, a una «China antigua» -insólito resumen de los anteriores milenios-, ha sido en virtud de esa convicción implícita de que no puede haber en el mundo otro modelo de desarrollo que no sea el nuestro, y de que hay un único tipo humano, válido para todos los tiempos y todos los lugares: el hombre occidental contemporáneo.

La China llamada «moderna» no representa, de hecho, más que el episodio más reciente de una larga evolución. China ha sido, durante milenios, la civilización por excelencia en toda la parte oriental del continente euroasiático.

No hay lugar del mundo en que la gran transformación de la era industrial se haya llevado a cabo sin crisis y sin tragedias. Era natural que el peso del pasado gravitara, con mayor fuerza que en ninguna otra parte, en un país de civilización antigua como China.

Sin embargo, no se puede decir que China, respecto a muchas de las naciones occidentales, tuviera un gran retraso desde el punto de vista técnico o fuera imposible de industrializarse, puesto que hay empresas chinas de finales del siglo XIX que, en su época, parecen haber estado tan bien equipadas como sus homólogas de Gran Bretaña.

A China no le faltaban tampoco las tradiciones científicas que le permitirían asimilar los nuevos adelantos de la ciencia occidental en los siglos XIX y XX. Si el mundo chino no consiguió entrar en la era industrial en el momento oportuno, no fue tanto por una incapacidad básica como por una conjunción histórica especialmente desfavorable: divisiones políticas, debilidad de la agricultura, falta dramática de capitales y el carácter militar de las nuevas industrias. A decir verdad, China careció de la oportunidad y de los medios para adaptarse a las transformaciones de la época.

Un nuevo sueño para China 3

La China que en los últimos años del siglo XIX se disputaban las naciones extranjeras era un país desgarrado en su interior, incapaz de reconocer su propia faz y que no tardaría en renegar de sí misma. La presión extranjera no se limitó a ser solo una incitación, sino que actuó al mismo tiempo como un freno, tanto social, económico y político como psicológico.

La búsqueda desesperada, emprendida por algunos intelectuales, de una ideología salvadora en la tradición confuciana, y el conservadurismo de numerosos patriotas, conducen a una fuerte reacción de orgullo nacional. Esta tragedia, que ha sido la de todos los países colonizados, estuvo en China a la altura de la magnitud de su civilización. China conserva todavía hoy la marca de este profundo golpe.

Con el paso de las décadas, el deseo de probar algo, cualquier cosa, resulta evidente. Pero, como siempre, el factor unificador es un «Estado fuerte». Incluso Sun Yat-Sen, cuya ideología incluía los «derechos del pueblo», veía tales derechos como una necesidad para fortalecer el país. Y así, al contrario que otras revoluciones, la de la China comunista no se inició por motivos idealistas, como la libertad, sino animada por el fin de recuperar la gloria nacional. Vemos que el nuevo sueño de China, defendido por el presidente Xi, se enmarca firmemente en la tradición de aquellos que lo precedieron.

Igualmente, otro elemento compartido por la mayoría de los chinos influyentes en la China actual es el deseo de salvaguardar partes de la tradición autóctona, lo cual es compartido por pueblos de todo el mundo cuando se enfrentan a la lógica brutal de la modernización. Y lo cierto es que muchos de los reformistas radicales primero pensaron en deshacerse del pasado, y luego mejoraron su opinión de él. Estaban deseosos de probar lo peor, pero más tarde se contuvieron. Es un problema dar por hecho que las tradiciones suponen un perjuicio para el desarrollo y que se necesita de su destrucción, porque es bien sabido que la modernización ha destruido tradiciones en todos y cada uno de los países que ha tocado, pero algunos han conservado muchísimo más de sus tradiciones que China y, aun así, se han modernizado: cabe pensar en Japón o Corea del Sur. En el caso de Mao Zedong, es posible que destruyera gran parte de la sociedad tradicional, pero no está claro que la supervivencia de esta última hubiera impedido el ascenso de China.

Como paréntesis aclaratorio, introducimos esta información de que años después de la muerte de Mao Zedong en 1981, el Partido Comunista de China publicó un análisis oficial sobre la responsabilidad de Mao en los problemas sociales y económicos derivados de sus políticas, en el que se le achacaban errores graves, aun cuando se reconocía su papel como gran líder revolucionario y artífice de la subida al poder del Partido Comunista. Desde entonces, el Partido Comunista de China ha mantenido esta valoración histórica de Mao como un gran líder, fuente de legitimidad del propio partido, que, sin embargo, habría cometido algunos errores graves.

El cuarto de siglo que empieza con la proclamación en Pekín, el 1 de octubre de 1945, de la República Popular de China y termina con la muerte de su fundador e inspirador, Mao Zedong, en septiembre de 1976, es probable que será recordado por la historia como un periodo excepcional. Se caracterizó por una extraordinaria agitación, profundas crisis y un peligroso crecimiento de la población, pero todavía es demasiado pronto para decir cuál será su lugar en la historia, dado que esta historia está todavía en gestación.

La ruptura con periodos anteriores es evidente, pero es probable que aún haya múltiples vínculos con el pasado más reciente, y seguro que haya vínculos más sutiles, pero no menos fuertes, con un pasado más antiguo, porque las aspiraciones revolucionarias, igualitarias y utópicas de la tradición china parecen haber seguido inspirando a los dirigentes de la nueva China. Por otra parte, el sentido de la organización, la disciplina colectiva, el adoctrinamiento, las grandes obras públicas de dimensiones gigantescas e incluso el paso tan sorprendente del caos y la anarquía al orden, no son cosas tan nuevas en China. En un marco sin duda nuevo por completo, algunas tradiciones estatales y algunas tradiciones morales parecen haberse perpetuado hasta nuestros días.

Un nuevo sueño para China 4

En la actualidad, es un germen de tensión el creciente nacionalismo que se vive en varias regiones de China, lo que está provocando serios conflictos, y es probable que este problema no se mitigue en las próximas décadas. Resulta en exceso especulativo saber en qué parará todo esto, pero los dirigentes chinos, situados entre la necesidad del desarrollo económico y las amenazas de agitación social, están dando muestras de una notable habilidad. La prodigiosa renovación que se ha operado en el país estos últimos veinte años, aún continúa imparable. Y en esa línea, el «sueño chino», que es una de las marcas más representativas del mandato de su presidente Xi Jinping, está apuntando a varias ideas que lo singularizan.

En primer lugar, la de progreso con identidad, es decir, la necesidad de recuperar un equilibrio entre la modernización y la tradición. Y, en segundo lugar, la exigencia de una vía propia, adaptada a sus especificidades y que no resulte una copia mimética de los modelos occidentales.

Es posible que, si en época contemporánea, un inmenso país arruinado por un largo periodo de guerras y que era uno de los más miserables del mundo, pudiera recuperarse en pocos años, suscitando una admiración general, para luego emprender una auténtica reconversión apelando a técnicas y capitales extranjeros y descartando la mayor parte de las coacciones heredadas de la tradición comunista, sí, es posible que ese país pueda soñar con realizar todavía cambios profundos en materia de instituciones y de comportamientos sociales e individuales para salir de sus dificultades. Y que el sueño del presidente Xi, que completa el anuncio de Mao de que China se puso de pie y la vocación de Deng por desarrollar la economía del país, pueda ser finalmente el sueño colectivo del renacimiento de China.

Aunque, esbozando en pinceladas el concepto de una política integral, según los antiguos sabios de todas las civilizaciones, confiemos en que ese sueño de China, como el sueño de cualquier otro pueblo de la tierra, no se detenga tan solo en la solución aislada de problemas económicos, sociales u organizativos, sino que penetre en lo psicológico, en lo espiritual, y satisfaga también el corazón del hombre, para poder darle un real y profundo motivo de por qué vivir.

Fuentes consultadas: .

Artículo Sueños de una China diferente de Ian Johnson

El pensamiento chino . M. Granet.

El mundo chino. Jacques Gernet.

Möassy el perro . Jorge Ángel Livraga.

China . Edward L. Shaughnessy.

 

Publicado en Sociedad
Domingo, 01 Diciembre 2019 00:00

China, una amalgama de pueblos

China, con casi 1400 millones de habitantes, es un país donde la gente sigue vinculada a su historia y sus tradiciones. Su legado, tan extraño a nuestras costumbres, es fruto de una historia ininterrumpida de tres milenios y medio y nos ha llegado a través de una enorme cantidad de documentos escritos.

Una de las primeras cosas que nos sorprende de China es su enorme población. En este momento, cerca de 1400 millones de habitantes, una quinta parte de la población mundial.

Hoy en día, la aceleración de los tiempos parece producir una cierta ruptura con el pasado y, sin embargo, en cada uno de los lugares de nuestro mundo, la gente sigue estando vinculada a su historia y sus tradiciones. China es un país donde esa vinculación con los antepasados es muy fuerte. El legado de esta nación es de un profundo interés, tan rico y tan extraño a nuestras costumbres. Se trata de una historia ininterrumpida de unos tres milenios y medio, desde finales del Neolítico, cuando comienza la agricultura y ganadería, hasta nuestros días. Además, los chinos han tenido y siguen teniendo alma de historiadores, porque su mayor preocupación es la organización de este mundo y la felicidad de esta vida. Son muy prácticos.

Su civilización ha dejado una superabundancia de documentos. Ningún país del mundo, antes de los tiempos modernos, ha producido tantos escritos, ya que China empezó a multiplicar y a producir libros medio milenio antes de que Europa inventara la imprenta (año 1500).

Además, China también rebosa de inscripciones, por ejemplo, los huesos oraculares en caparazones de tortugas, que nos proporcionan una visión privilegiada de las primeras etapas de su civilización sobre variados aspectos, como política, economía, cultura, religión, geografía, astronomía, calendario, arte y medicina.

Bien, no es fácil definir a China, porque ha sido una realidad compleja, que no ha cesado de transformarse a lo largo de milenios.

1. China no es esas ciudades palacio de época antigua diseminadas a lo largo de río Amarillo, el sexto río más largo del mundo. China también tiene el río Yangtsé, el tercero más largo del mundo, después del Amazonas y el Nilo.

2. Tampoco es esos siete grandes reinos que unificara el rey de Qin por el año 200 a. C. El rey de Qin se autoproclamó «primer emperador», marcando los comienzos de la China imperial.

3. Y China tampoco es esa dispersión de su gente que hoy en día se extiende por todos los continentes.

Así que lo mejor es referirse a China como el mundo chino.

También, por otra parte, la imagen de China que se tuvo durante mucho tiempo y que daba la impresión de una continuidad y pureza étnica, al ponerse el acento sobre las grandes dinastías, es algo erróneo. Esto ha ocurrido por un nacionalismo ingenuo, que ha deformado la realidad de la historia, y que también ha podido ocurrir en otros países, por supuesto. Pero las poblaciones de lengua y cultura chinas son el producto de innumerables mezclas con las poblaciones vecinas y a veces lejanas, como los confines de la India, de Irán y de Oriente Medio.

Y contrario al tópico por el cual China terminaba por absorber siempre a sus conquistadores, es decir, todos se achinaban… esos pueblos han contribuido, en potencia, a la formación de la civilización china, sobre todo aquellos de los que más difería, como por ejemplo, los nómadas de la estepa mongola, que fundarían la dinastía Yuan (1279-1368).

Así, podemos decir también que la actual República Popular China, con sus inmensos «territorios autónomos» de Xinjiang o Turkestán chino, de población musulmana, del Tìbet y de Mongolia interior, todo esto es la herencia geográfica de la dinastía manchú Qing, que duró casi tres siglos, hasta 1911.

Dentro del amplio conjunto geográfico y humano del Asia oriental, las poblaciones de lengua y cultura chinas, la denominada etnia Han, son hoy el grupo más numeroso, el 90%. Son 56 grupos étnicos los reconocidos de modo oficial por el Gobierno de la República Popular China. Y aunque los tratados políticos nos obligarían a calificar de ciudadanos chinos a todos los habitantes de este país, esa no es la realidad.

Más de 100 millones de individuos pertenecen a otras nacionalidades, ocupan territorios autónomos en apariencia, y en todas las regiones, las «minorías étnicas» son los vestigios de poblaciones en las que la historia ha estado marcada por un retroceso constante ante la colonización china. Algunos ejemplos: Tíbet ha estado sometida desde 1959 a una represión constante. Y el vasto Xinjiang, el antiguo Turkestán chino, poblado por musulmanes uigures, también conoce levantamientos esporádicos que causan gran inquietud al Gobierno de la República.

CARACTERES GENERALES DE LA CIVILIZACIÓN CHINA 2

Rasgos que parecen distinguir a los chinos de lo occidental

Toda generalización es peligrosa: hemos de saber de qué estamos hablando, de qué época, de qué sector de las actividades humanas, de qué medio social. Nos detendremos, por tanto, en lo que parece más significativo.

Hay una frase atribuida a Confucio, que vivió todavía en la época de los privilegios nobiliarios, que decía: «¿Condenar a muerte a una persona sin haberla instruido es tiranía?».

Concebido en la mayor parte de las civilizaciones como fuerza de coacción, el poder fue en China, más bien, el principio animador y organizador de lo social.

Otro aspecto: se ha insistido mucho en época contemporánea sobre el carácter en particular agrario de la civilización china, pero no fue solo agrícola, dotada de un sorprendente genio inventivo, fue también, sobre todo, técnica.

Inventó muy pronto técnicas elaboradas de hilado y tejido, como por ejemplo, la seda; aunque fue, sobre todo, en el terreno de las artes del fuego donde China fue más inventiva y alcanzó mayor celebridad con sus bronces, su hierro fundido y su acero.

La historia de la cerámica china es una de las más ricas del mundo y las porcelanas alcanzan ya su perfección a partir del siglo XII.

Hasta el siglo XIX China fue, sin duda, la mayor exportadora de productos de lujo del mundo, con un tráfico que provocó corrientes comerciales de amplitud mundial: sedas, cerámicas, té, algodones, lacas, muebles…

Debido a la importancia decisiva que desde muy antiguo les atribuyeron en todos los actos de la vida y del gobierno de los hombres, los chinos tuvieron la pasión de las apreciaciones temporales y espaciales. Desde hace muchos siglos, todo el mundo sabe en China la fecha y hora de su nacimiento, necesario en las artes de adivinación; y el espacio era para cada uno el lugar de las poderosas fuerzas invisibles. En China todo se fecha con precisión y debemos a los textos chinos todo lo que sabemos de la historia antigua de Asia central, de la India, del budismo, de los turcos de Mongolia, de la península indochina…

Una de las singularidades de China es haber desarrollado, antes que Occidente, una concepción abstracta del Estado, una administración racional y una legislación propia, una distinción clara entre lo público y lo privado, y la especialización de las funciones (la división en seis ministerios –función pública, finanzas, culto y relaciones exteriores, guerra, justicia, obras públicas– se remonta al tercer siglo de nuestra era).

Los magistrados chinos, dispuestos a veces a sacrificarse por la defensa del bien común y el respeto de las reglas rituales que cimentaban el orden social, no fueron siempre simples servidores del soberano.

Es extraordinario que semejante sistema político, perfeccionado a lo largo de los siglos, haya podido extenderse tan rápido a un mundo tan amplio como Occidente y de una diversidad humana también enorme.

CARACTERES GENERALES DE LA CIVILIZACIÓN CHINA 5

La escritura

Para los que no entienden, nada más extraño y complejo que la escritura china. De aquí surge la idea, no menos rara, de que los mismos chinos son gente en especial complicada.

Esta escritura es, en efecto, el único ejemplo en el mundo de una escritura de palabra donde cada signo corresponde a una unidad con significado y la única de este tipo que se ha mantenido desde la Antigüedad hasta nuestros días por múltiples razones.

A pesar de que el aprendizaje del alfabeto romano exigía menos esfuerzo que el de los caracteres de la escritura china, la lectura y la escritura parecen haber estado más difundidas en China que en Occidente y el número de personas cultas, más elevado que en una Europa donde la nobleza menospreciaba las letras y donde tan solo un pequeño número de religiosos tenía acceso a la escritura.

Fue por razones administrativas y a causa de la gran diversidad de dialectos por lo que en China se impuso, desarrolló y preservó una escritura común al conjunto de los países chinos.

Contribuyó de modo eficaz desde su normalización, a finales del siglo III antes de nuestra era, a la unificación política, y permitió el desarrollo de una lengua escrita que ha servido de medio de expresión a una gran parte de la humanidad, porque el chino escrito ha sido también la lengua culta y administrativa de Vietnam, de Corea y de Japón. Como el latín en Europa, el chino escrito ha contribuido así a la formación de una gran comunidad de civilización en Asia oriental.

Esta es la razón principal de su conservación, sin hablar de un valor sobre todo estético.

Y un último aspecto a destacar es que la riqueza de la lengua escrita se explica en parte porque, a diferencia de la nuestra, la civilización china ha dado menos valor a la oratoria, tan preciada desde nuestra Antigüedad clásica, que a las cualidades literarias de los escritos y los caracteres estéticos de la caligrafía, verdadero arte al que se otorgaba en China un valor igual al de la pintura y en el cual se veía el testimonio claro de la personalidad moral de cada calígrafo. Algunos de ellos son tan célebres como los grandes pintores.

Bibliografía

El mundo chino . Jacques Gernet

 

Publicado en Sociedad
Domingo, 01 Diciembre 2019 00:00

China y el taoísmo

Es muy curioso comprobar cómo, en pleno periodo de crisis mundial, un país está acaparando el máximo interés por parte de todos, asombrados ante su despegue económico, no solo dentro de sus fronteras, sino allá donde la sociedad china desembarca. ¿Cómo se puede entender este fenómeno? Quizá adentrándonos en sus orígenes podamos lograr vislumbrar algún rayo de luz al respecto.

China es un país muy viejo; tan viejo que sus orígenes reales se nos escapan. Si bien se acepta que los tiempos históricos empiezan con Yu, fundador de la dinastía Hia, en el año 2197 a. C., hay testimonios que nos hablan de una cronología más antigua, que data el principio de su historia en el año 2698, con el mítico Emperador Amarillo, conocido como Huang Ti, siendo considerado el primer unificador de China. En este periodo ancestral logró desarrollarse una civilización floreciente que alcanzó un esplendor semejante, o aun superior (según algunas voces) a la que se dio en Egipto o Mesopotamia.

Pero así como estas civilizaciones milenarias decayeron y desaparecieron para siempre, China, tras un periodo de «edad media» (722-221 a. C.) en el que el inmenso imperio se descompuso en multitud de Estados, se levantó de nuevo para constituir las dinastías históricas que conocemos, y que perduraron con mayor o menor fortuna hasta el año 1912, en que es destronado definitivamente el emperador, desapareciendo por tanto el periodo imperial y entrando de lleno en la etapa «moderna» de una manera traumática, pues su mentalidad ancestral es rota en mil pedazos por las nuevas corrientes materialistas importadas de Occidente.

El comunismo se impuso finalmente, como sucedió en amplios sectores de la población mundial, y todo el acervo cultural eliminado de cuajo con la «revolución cultural» de Mao Tsé Tung. Todo tipo de libro llegó a estar prohibido, a excepción del adoctrinador Libro Rojo, que, en olor de multitudes, constituyó la base de su ideología.

Pasado el tiempo, las nuevas generaciones chinas han puesto su mirada nuevamente en Occidente, flexibilizando un tanto su concepción del comunismo, que ha fracasado definitivamente como concepto político. Así, a la vista de la necesidad de un desarrollo económico viable en el panorama internacional, los dirigentes del Partido han sabido adaptarse a un capitalismo controlado por un régimen comunista, algo incomprensible hace algunos años.

Pero este pueblo milenario encierra en lo más profundo de sí una forma de ser que traspasa las barreras del tiempo para adentrarnos en la magia de los valores atemporales, si bien es cierto que desdibujados actualmente por un enfoque equivocado.

Elementos como la paciencia, la modestia, el autocontrol, la laboriosidad, la meticulosidad, la cortesía, la amabilidad, el respeto a sus mayores, a sus superiores, el apoyo mutuo, la adaptabilidad a todo tipo de situaciones para salir adelante, son valores muy arraigados todavía en su forma de ser y comportarse.

¿De dónde arranca esa mentalidad tan atractiva y sugerente?

Un carácter muy antiguo

En tiempos míticos, que corresponden a ese periodo del pasado más remoto que se conoce como protohistoria por no haber documentación escrita al respecto, aunque sí tradiciones orales y leyendas, aparece un personaje legendario conocido como Fu Hsi (o Pao Hsi), que marca un antes y un después en una sociedad prehistórica sin ningún tipo de principios de conducta ni de normas de convivencia que, luchando por sobrevivir, se alimenta de carne cruda como cualquier animal depredador. Y es entonces cuando este ser especial, dotado de una sabiduría extraordinaria, instituye un orden social dotándoles de leyes, reglamentando el matrimonio, instruyéndoles en técnicas de caza y pesca, mostrándoles el arte de cocinar los alimentos y dándoles unos signos oraculares con el ánimo de prevenir situaciones no deseables en el futuro.

Este ser formaba parte de un clan que continuó su labor civilizadora por generaciones, labor que fue perpetuada por el clan del Divino Agricultor, quien les enseñó a cultivar la tierra, dotándoles del arado como elemento necesario para esa tarea. Y así llegamos al clan del Emperador Amarillo y sucesivos clanes (Yao, Shun…), que gobernaron entre aquellos hombres, cada vez más humanizados e instruidos.

Aquellos signos que Fu Hsi transmite a los seres humanos se conocen como el Pa Kua, y constituyen la base sobre la que se va a asentar, no solo toda la filosofía o forma de entender el mundo de la sociedad china, sino todo tipo de ciencia y arte que se ha desarrollado en este inmenso territorio desde sus orígenes.

china y taoismo

Esta forma tan particular de enfocar la vida se denominó taoísmo, y el punto central de todo ese sistema de pensamiento lo constituye el Tao.

Para entender qué es el Tao, vamos a recurrir a otro personaje clave en el desarrollo de la mentalidad de este pueblo: Lao Tsé, quien, junto con Confucio, constituyen dos piezas angulares de su cultura. Ambos, en el siglo VI a. C., van a beber de las fuentes taoístas, principalmente a través de un tratado, conocido como el I Ching (Yi King), el Libro de las mutaciones (o de los cambios), donde aquellos ocho signos primarios o trigramas del Pa Kua se desarrollan (las fuerzas polares existentes en todo el universo del yin y el yang se combinan entre sí para ofrecernos las diferentes situaciones en las que podemos encontrarnos en la vida). Algo similar ocurre con el juego del ajedrez, donde ocho casillas blancas y negras, por cada lado, se combinan entre sí para presentarnos 64 posibilidades transitorias de acción, como finalmente aquellos ocho trigramas primarios del I Ching dan la resultante de 64 hexagramas donde se desarrolla nuestra vida.

La idea fundamental del I Ching es la del cambio. «Todo cambia, nada permanece estático», es un viejo concepto taoísta que muestra que el universo, la naturaleza de la que nosotros formamos parte, están en constante movimiento o transformación. De ahí la necesidad de conocer la naturaleza y sus ciclos, para saber adaptarnos a ella y aprovechar al máximo nuestras posibilidades de crecimiento o desarrollo interior.

El zen como enseñanza

Lao Tsé escribió un texto que se ha considerado la expresión escrita más pura que existe sobre el Tao: el Tao Te King, o el Libro del poder del Tao. A lo largo de los siglos, tras sucesivas copias y, posteriormente, a través de las diferentes traducciones a los diferentes idiomas por parte de varios autores, teniendo en cuenta lo complejo y amplio en su interpretación que es el idioma chino, podemos encontrar diferentes versiones que a veces más que aclararnos lo que es el Tao, lo dificultan en grado sumo. Pero tenemos que entender que tratar de explicar con palabras algo tan sutil es como querer apresar el viento entre nuestras manos: un imposible. A este respecto, la filosofía Cha’n, conocida luego en Japón como zen (originalmente una mezcla del taoísmo con el budismo importado de la India) tiene diferentes anécdotas que muestran una huida de todo tipo de explicación, como esta:

«Un discípulo le preguntó a su maestro: ¿Cómo puedo entrar en el Tao?, a lo que este contestó : ¿Oyes el murmullo del arroyo? Ahí está la entrada».

El Tao ha sido interpretado como verdad, destino, Providencia, ley, sentido, camino, Divinidad…

He aquí otra anécdota zen:

«Maestro, ¿qué es el Tao?». «¡Qué bonita montaña!», contestó este. «¡No te pregunto por la montaña, sino por el Camino!», replicó el discípulo. El maestro dijo entonces «Hasta que no puedas ir más allá de la montaña, no encontrarás el Camino».

Este alejamiento de las explicaciones racionales es una manera de decir que la forma de entender lo más profundo es a través de otra vía, pues la razón es pobre cuando se trata de penetrar en el mundo de las esencias.

El ideograma que conforma la palabra Tao está constituido por dos caracteres: uno indica cabeza o conciencia; el otro, ir, vía; por lo que el Tao vendría a ser algo así como la vía o el camino del despertar de la conciencia.

En el Tao Te King se habla del Tao como una fuerza universal que dirige todas las cosas hacia su perfección. Sin embargo, siendo algo indefinible, no se puede explicar con palabras:

«El Tao del que puede hablarse no es el Tao eterno».

Entonces, ¿qué es el Tao?

«Hay algo sin forma y perfecto que existía antes de que el universo naciera. Es sereno, vacío, solitario, inmutable, infinito, eternamente presente. Es la Madre del Universo. A falta de un nombre mejor lo llamo Tao. Fluye a través de todo, dentro y fuera de todo, y al origen de todo retorna».

El sentido de la vida

Así pues, podemos decir que la vida tiene un sentido, y ese sentido es como una corriente, un fluir universal hacia el origen, donde todo nació y adonde todo ha de retornar, pero ese origen no es de índole física, pues se habla de él como de Algo vacío, es decir, no existe como algo manifestado, como algo no ya formal, ni siquiera como materia primordial o caótica.

Entonces, siendo Origen y Destino, es también el Camino hacia ese destino final, por eso se ha denominado vía o sendero de evolución. La palabra Tao se pronuncia Dao en chino, y de ahí derivó en Japón al Do, que se ha considerado como la vía hacia la realización del ser humano, pues es la vía hacia la verdadera realidad trascendental. A través del zen, importado de China, se constituyó, en los siglos durante los que imperó el feudalismo, en el código de honor de los feroces guerreros samuráis, el Bu-shi-do, un código ético de comportamiento que modeló su carácter hosco y primitivo para constituirse en un canal hacia elevados estados de conciencia. Cuando finalizaron las guerras, se constituyó en una vía en las diferentes disciplinas marciales: iai-do, kyu-do, ju-do, karate-do, tae kwon do, aiki-do...

¿Cómo entender toda esta metafísica que entraña la comprensión del Tao?

A través de aquellos que han vivido según su particular mensaje, que no es otro que el de la ética. Lao Tsé nos habla de las cualidades o virtudes del maestro, que es aquel que vive de acuerdo con el Tao. El maestro es aquel que vive según las leyes de la naturaleza, y, por tanto, de la vida.

china taoismo 2

«El ser humano sigue a la Tierra, la Tierra sigue al Cielo, el Cielo sigue al Tao y el Tao se sigue a sí mismo».

Y ¿cómo es la Tierra, la naturaleza, que nos muestra las virtudes que ha de poseer el sabio? Pues paciente, perseverante, humilde, generosa, justa, bondadosa, armónica, bella, perfecta en su imperfección, disciplinada, acogedora, como una verdadera madre que trata de ayudar, proteger y, al mismo tiempo, educar a sus hijos. Así es un maestro de vida, y también así debemos ser nosotros en alguna medida si queremos encontrar la paz interior que se nos escapa. Si existieron maestros como Lao Tsé o Confucio, Buda, Pitágoras, Sócrates, Jesús y tantos otros, tenemos la prueba palpable de que es posible, y ellos son no solo esa demostración, sino los modelos a seguir.

Así pues, lo que hoy podemos admirar de los chinos no son sino los restos de lo que constituyó un modelo educativo durante cientos y aun miles de años, a tal punto que su impronta quedó grabada en el subconsciente colectivo. Pero lo esencial se perdió entre tantos intereses materiales.

Utilizamos cookies para asegurar que damos la mejor experiencia al usuario en nuestra página web. Al utilizar nuestros servicios, aceptas el uso que hacemos de las cookies.