Junio 2018

Miguel de Unamuno, la verdad existencial

Escrito por  Sony Grau Carbonell
miguel de unamuno miguel de unamuno

La Generación del 98, de la que se cumplen 110 años, fue la que reunió a importantes personajes, literatos y filósofos, en torno al desastre nacional por la pérdida de las últimas colonias españolas: Cuba y Filipinas. De entre ellos, Unamuno fue uno de los más destacados.

Miguel de Unamuno: el más controvertido, paradójico, sincero y profundo pensador de una realidad española que conocía y le dolía como una llaga en carne propia, («Me duele España»), un personaje lleno de humanas reflexiones, intelectual en su más amplio, alto y hondo concepto.Una combinación singular de filósofo, moralista, novelista y poeta; este, ese, aquel, y no otro fue, es y será don Miguel de Unamuno Jugo.

Nacidó en Bilbao un 29 de septiembre en 1864 (día de San Miguel, por lo cual, siguiendo la costumbre española de asignar el nombre del santoral coincidente con el día del nacimiento, se le impondría este nombre), y murió en Salamanca el día de fin de año del 1936. Es inquietante comprobar que nació y murió bajo el estigma de los bombardeos de una guerra fratricida, primero la carlista y luego, en los primeros meses de nuestra «incivil» civil del 36. En 1891, con veintisiete años, opositó a la cátedra de Griego para la Universidad de Salamanca. Amigo por entonces del sabio Ganivet, quien influyó sobremanera en el joven Unamuno, ganó la plaza entre todos los oponentes. Y como dijo en su momento Juan Valera: «Entre todos, ninguno sabía griego, pero Unamuno era el único que podía aprenderlo».

Allí, en Salamanca, se encontrará Unamuno en su ámbito ideal, que halló, entre su devenir cotidiano de pequeño Oxford, el crisol idóneo para desarrollar sus alquímicos análisis filosóficos. Ya años atrás se había casado con la vizcaína Concepción Lizárraga, con la que tendrá varios hijos (uno de ellos moriría varios años más tarde dejando a Unamuno con una honda pena inconsolable). En 1894 comienza su actividad como escritor.
Visita los círculos de Madrid de tarde en tarde. De todos modos, no parece que Unamuno gustase de las ciudades populosas de las grandes urbes, pues en el exilio que vivió en París, desterrado por la dictadura de Primo de Rivera, la abandonó prontamente porque, según él, «le irritaba», y se refugió en territorio vasco-francés a la espera de tiempos más propicios. También viajó por tierras españolas y portuguesas, y poco más. De esas andanzas peninsulares surgieron varios libros de viajes que son una hermosa recreación y unas interesantes reflexiones.
 
Las opiniones políticas
En 1923 se enfrenta a la dictadura de Primo de Rivera con unos artículos que son la causa de su deportación a Fuerteventura. Desde allí logra huir a Francia, y luego, recala en Hendaya a la espera, que llega, de la caída del dictador.

Al regresar a España en 1930 es recibido con entusiasmo, y al ser proclamada la República, es nombrado rector vitalicio de la Universidad de Salamanca. Parece ser que fue amigo de Azaña y, en sus tiempos jóvenes, un gran defensor del socialismo como solución de futuro para España.

También dialogó con José Antonio, pese a ser hijo del dictador que le deportó, y con los franquistas y el propio Franco. En suma, no se casaba con nadie. Solo se casaba con la idea de regeneración española, fuera del matiz político que fuere. Oigámosle:
«Lo que el pueblo español necesita es cobrar confianza en sí, aprender a pensar y sentir por sí mismo y, sobre todo, tener un sentimiento y un ideal propios acerca de la vida y de su valor...».
«¿Qué importan "mis" ideas? No hay ideas "mías" ni "tuyas" ni "de aquel", son de todos y de nadie. La originalidad de cada cual estriba en vaciar su alma; en el soplo que anima su obra. Nadie se apropia nada y todo lo sabemos entre todos».
«No creo en la revolución desde arriba, ni creo en la revolución desde abajo, ni en la revolución desde en medio. Yo creo, más que nada, en la revolución interior, en la personal, en el culto a la verdad».
«Yo no estoy ni a la derecha ni a la izquierda. Yo no he cambiado. Es el régimen de Madrid el que ha cambiado. Cuando todo pase, estoy seguro de que yo, como siempre, me enfrentaré a los vencedores».

Y esto lo decía a los seis meses del alzamiento franquista... O sea, Unamuno estaba con la idea, la que fuese, hermosa, libre, ideal; pero no con la praxis de esta idea que siempre, indefectiblemente, se aleja de lo puro, se enloda, se materializa.

Unamuno 3
A menudo, hoy como antes, se acusa a Unamuno de cierto fundamentalismo (Trapielo dixit ), pero él, sabedor de quiénes le querían neutralizar, decía:
«Los que piensan son siempre progresistas, piensen como piensen, y son retrógrados los que no piensan. El que con inteligencia y corazón, conocimiento y sentimiento quiera volvernos al siglo XII, nos lleva mejor al siglo XXI que el que sin corazón ni inteligencia nos quiere llevar a un siglo XXI fantástico y abstracto».
 
Obra
La obra de Unamuno abarca la mayoría de los temas de la Generación del 98: preocupación por lo político y social, crítica de los males de la sociedad española y propuesta de reforma (primero propuso europeizar España, y luego, españolizar Europa, y creo que, de algún modo, es lo que ha ocurrido en este tiempo presente), descubrimiento del paisaje diferente español, de la variedad múltiple en armoniosa unidad. Pero su gran tema de índole filosófico-religiosa es el deseo de inmortalidad, de sobrevivirse, y el sentimiento de fe como un sentimiento de lucha y duda:

«Vivir de la lucha y de la fe es dudar; una fe que no duda es una fe muerta. Lucho, agonizo como hombre mirando hacia lo irrealizable, hacia la eternidad».
Hermoso, ¿no?... Por eso escribimos, nos inmortalizamos en lo que dejamos, como todos los creadores.
Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron…

Está claro que Unamuno no era una figura simpática para sus contemporáneos, los escritores. Pero ¿es acaso importante eso de la simpatía para la literatura y la filosofía? Es bien sabido lo de las envidias y celos que han rodeado a los círculos literarios, como un defecto congénito de la condición humana. Quien se crea que Unamuno era más egoísta y egocéntrico que cualquiera de los contemporáneos suyos no entiende nada de nada.

La llamada Generación del 98, y cualquier otra (por ejemplo, el Siglo de Oro y sus enfrentamientos) estaba constituida por individualidades que no convergían más que en ciertas críticas, pero estoy segura, y los analistas lo confirman, que siempre estaban «a la greña dialéctica» unos contra otros, pues pocos aceptan que su prójimo tenga en cualquier momento un éxito, una idea, una obra más afortunada. Pero, claro, en Unamuno se odiaba su sinceridad, su independencia de criterios, su fuerte individualismo conceptual, su crudeza... O, ¿su falta de hipocresía? ¿Y cómo puede ser hipócrita un pensador, un filósofo sincero? Casi todos ellos han sido incomprendidos en su época porque, en cierto modo, su pensamiento ha vivido por delante de su tiempo. ¿Es acaso más buena persona el que acepta en connivencia las grandes injusticias de la sociedad y, levantando mansamente los hombros, silencia sus quejas viviendo y dejando vivir? No era así Unamuno, desde luego. Y la prueba es que, como dice el casticismo, «se enfrentó al lucero del alba» para manifestar sus opiniones.

Cuando en cierta ocasión se refirió a todos ellos, a sus compañeros literarios, lo hizo de un modo aún más crudo: «Nosotros, los ególatras del 98 (eso sí, se incluye él también, es sincero), no estábamos dispuestos a vender nuestra alma por un acta de diputado. Nos admirábamos a nosotros mismo, creíamos haber nacido para renovar la patria. Queríamos un pueblo de yos, y no un rebaño de electores y contribuyentes». Y sigue más adelante: «¡Pero no éramos arribistas, no! Solo que no queríamos que nos pusiesen hierro, que nos domaran. ¿Fue un error? ¿No lo fue? ¿Y quién puede decirlo? Soplaban sobre nosotros vientos de anarquismo, de individualismo desenfrenado. Unos apacentaban la idea del "individuo mata al Estado"; otros miraban hacia Nieztche y el superhombre y en ello se descubrían a sí mismos, a su propia dignidad personal...».

Y así, se hacía difícil la relación con los otros escritores en constante paradoja existencial. Y no es que Unamuno no fuese paradójico, claro que lo fue. Pero tenía la sinceridad y la valentía de no disfrazarla hipócritamente. Se sabía un ente en crisis existencial constante y se debatía, con valentía y limpieza, en medio de sus controversias. De todos los de esta época, tan solo Antonio Machado lo tuvo en gran estima. Pero no es de extrañar, puesto que Machado era, como Unamuno, un poeta-filósofo del humanismo español.

Parece ser que ni siquiera los escritores de la generación siguiente le entendieron. Muy al contrario, Azaña y Ortega y Gasset, que habían sido sus admiradores, acabarían siendo sus más fieros enemigos.

La inquietud existencial
Pero poco debe importar, creo yo, el reconocimiento del entorno cuando uno está sumergido en sus disquisiciones existenciales. ¡Ya tenía bastante con encontrarse a sí mismo!

De toda su extensa obra podemos decir que se desprende su continua inquietud analítica del alma humana. Su producción abarca el ensayo, según se dice lo que mejor se adaptaba a su necesidad de libertad expresiva de conceptos, en donde destacan La vida de Don Quijote y Sancho , en donde don Quijote encarna el alma del pueblo español en su hambre de inmortalidad; Del sentimiento trágico de la vida , en donde se plantea el problema radical del hombre de carne y hueso en conflicto entre la lógica, la razón, la fe y las mitologías religiosas. Otra obra ensayística fue La agonía del cristianismo , que según Unamuno se presenta en el momento en que aparece el cristianismo histórico. (Lógico, creo que toda idea, y más la espiritual, en cuanto se manifiesta, se materializa, sigue un proceso degenerativo, o sea, agónico).

También escribió ensayos breves, casi todos de índole religiosa, y también diferentes descripciones paisajísticas de sus viajes.
Como novelista, fue importante su producción. Hemos de recordar que Unamuno escribía varias cartas diarias, artículos de colaboración, leía mucho, atendía a su cátedra, aparte de sus obras publicadas: Niebla , La tía Tula , Amor y pedagogía , Paz en la guerra , etc. En todas ellas plantea problemas importantes, psicológicos, trágicos (al estilo atemporal, al e thos griego). Problemas que siempre están vigentes: la envidia, la convivencia, el culto a la razón, a la paz.

Hay quien dice hoy en día que Unamuno es más importante como novelista y poeta que como pensador... pero, esto de las opiniones es tan variante como la moda... hoy blanco y mañana, negro.

También escribió teatro, aunque sin mucho éxito. No me lo imagino en el ambiente de la farándula, aunque fuera sólo a supervisar... Parece ser que pretendía esquematizar, sin mucho artificio, la representación teatral Fedra , versión moderna de la tragedia de Eurípides, El otro , El hermano Juan ... y unas cuantas más, en total doce obras.

Como ya dijimos antes, fueron los libros poéticos su producción más tardía, ya que, salvo su primer poemario, no publica hasta sus cuarenta y tres años. Para él es el recipiente de lo inefable, que se expresa mediante el ritmo y la metáfora. También opina que la filosofía y la poesía son hermanas gemelas, puesto que brotan de la misma necesidad: pensamiento a través del sentimiento (análisis filosófico que desarrollaría más tarde María Zambrano).

Los títulos han sido: Rosario de sonetos líricos , El Cristo de Velázquez (no es extraño que le inspirara porque este lienzo tiene una fuerza y una dignidad sobrecogedoras). Está escrito en endecasílabos blancos, extensísimo y lleno de hermosura. También los poemarios Teresa , De Fuerteventura a París , Romancero y póstumamente, en 1953, Cancionero , que es una obra extensa de casi dos mil composiciones.

Unamuno 2

Y así, tras esta vida y obra fecundas, le llegó su hora a don Miguel de Unamuno, quien, después de su enfrentamiento final con el poder del momento y sufrir la destitución como rector de la Universidad de Salamanca, murió un anochecer, «mientras esperaba la cena», un 31 de diciembre de 1936, a la edad de setenta y dos años. Ocurrió silenciosamente, junto al brasero, mientras le acompañaba su amigo Bartolomé Aragón. Estaba preocupado porque se supiese «su verdad» de los hechos. Muchos le habían vuelto la espalda. Pero el oportunismo político del momento obvió el plante final y se le tributó un entierro solemne (arropado por falangistas) y con el birrete de rector sobre el féretro.

Juan Ramón Jiménez, que siempre sostuvo con Unamuno unas buenas relaciones, dijo en cierta ocasión con su fina ironía sibilina: «Siempre en la hora de la muerte, él es una sombra negra. Su sitio exacto: la caja negra, pero abierta. Porque él querría que lo tuviéramos siempre, vivo o muerto, de cuerpo presente».

Pero seamos benevolentes y dignos, nosotros que amamos la verdad, y descubrámonos ante una alma inquietamente atrapada por el devenir existencial, una alma ansiosa de eternidad, de sosiego, de paz.

 

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