Enero 2019

Por qué leer a Wilber

Escrito por  José Ruiz Rojas
Ken Wilber Ken Wilber

La obra de Ken Wilber parece estar envuelta en una suerte de manto de invisibilidad. Su nombre apenas aparece en la prensa, ni en revistas de pensamiento, apenas es citado en el mundo académico. Un extraño silencio parece rodear a su persona y su obra, si bien sus numerosos libros se venden, se imprimen y reimprimen con sorprendente vitalidad.

Cuando esto sucede, debemos preguntarnos si es que este autor no ha dado en algún punto clave que cuestiona el paradigma actual dominado por lo políticamente correcto, donde las cosas realmente importantes no se mencionan en aras de otras que convienen a las formas hegemónicas del pensamiento dominante.

Mi interés por Wilber comenzó con la lectura de un artículo recogido en una compilación titulada El paradigma holográfico. Me llamó la atención la crítica que hacía de aquellos filósofos que pretendían buscar legitimación en los últimos avances científicos para corroborar las verdades espirituales. Después encontré el libro Cuestiones cuánticas que, aparte de descubrirnos las inclinaciones profundamente filosóficas, y hasta religiosas, de los fundadores de la mecánica cuántica, insistía en no confundir mística con ciencia, pues cada una tenía su legítimo campo de conocimiento.

Este afán de delimitar y aclarar los respectivos campos de conocimiento ha sido una constante en el pensamiento de Wilber. Quizá halle su mejor expresión en su ensayo Los tres ojos del conocimiento, donde retoma la idea expresada por san Buenaventura de que los seres humanos tiene tres formas de adquirir conocimiento, «tres ojos» a través de los cuales entramos en contacto con la realidad: un ojo de la carne por el cual conocemos el mundo externo, un ojo de la razón, que nos permite acercarnos a las realidades mentales, y un ojo de la contemplación que nos permite acceder a otras realidades más trascendentes. Es decir, cada cual a lo suyo: la ciencia, la filosofía y la mística. Y cometeríamos la mayor de las injusticias mezclando alguna o todas de esas realidades.

libros wilber

Cuando más tarde pude leer Gracia y coraje, su obra más personal, donde relata el drama de la agonía y muerte de su esposa Treya, me di cuenta de que no estaba ante un intelectual al uso, sino de un verdadero filósofo que merecía ser conocido y estudiado. Se debe añadir que su compromiso con la práctica de diversas tradiciones meditativas y el conocimiento extenso de diversas tradiciones orientales le hace ser un candidato excelente para observar desde una perspectiva privilegiada eso que muy genéricamente vemos en Oriente y su aparente contraparte, Occidente. Pocos autores pueden reunir en sí mismos ambos mundos y extraer sus puntos de convergencia para ofrecer algo útil a un público occidental ávido de respuestas. Desde mi punto de vista, tal vez Ananda K. Coomaraswamy se le pueda parecer.

La pérdida de la filosofía sapiencial en Occidente desde la caída del Imperio romano le dejó sin referencias de prácticas internas de ascesis interior, los llamados «ejercicios espirituales» por Pierre Hadot, o «ejercicios filosóficos», o «meditación filosófica», de los que ya tenemos constancia que formaba parte de la vida cotidiana de escuelas de filosofía tan importantes como la platónica y la estoica.

Un mapa para la conciencia

Tal vez la obra de Ken Wilber se pueda entroncar con la búsqueda de una fundamentación coherente y fiable de estas prácticas espirituales. Él mismo lo expresó en alguna ocasión: «Lo único que me impulsa a trabajar es el deseo de legitimar la práctica espiritual y proporcionarle un fundamento académico para que la gente lo piense dos veces antes de desdeñar la meditación como una especie de retiro narcisista o de regresión oceánica».

Pero a mí, lo que siempre me fascinó de la obra de Wilber fue el titánico esfuerzo a la hora de, primero descubrir y luego establecer, lo que podríamos llamar un mapa de la conciencia humana. Su primera obra, El espectro de la conciencia, fue el resultado de comparar más de doscientos mapas parciales desarrollados por diversas escuelas psicológicas, filosóficas y tradiciones espirituales, ver las concordancias con las más recientes investigaciones en psicología evolutiva, darles un enfoque coherente y reconocer que es una verdad universal que en el desarrollo del ser humano hay estadios evolutivos que nos acercan a una meta de realización de todas nuestras potencialidades ocultas. Y que lo que llamamos búsqueda de sentido, realización, maduración, búsqueda de la felicidad, perfección, no son sino diferentes nombres empleados para un mismo empeño expresado mil y una veces en todas las épocas y culturas. Y que esa búsqueda nunca es fácil y está llena de trampas, algunas también analizadas por nuestro autor.

Lo que Wilber resalta es lo privilegiado de nuestro momento histórico, donde tal vez se reúnan unas circunstancias que nunca hasta ahora se hayan dado: un verdadero sentimiento planetario de que la humanidad somos uno, la globalización de la información y el acceso a muchas tradiciones del pasado como resultado de los avances en historia, antropología, arqueología, psicología, etc. Los mismos avances en neurociencias están aportando interesantes perspectivas sobre las prácticas meditativas observadas en laboratorios.

De fondo, observamos que Wilber anuncia un nuevo paradigma. La misión de un filósofo es la de adelantarse y captar la visión que se está esbozando, unir los puntos dispersos en una nueva visión coherente, integral, como él la llama. Y este momento de transición no está exento de peligros. Es cierto que estamos viviendo un momento delicado, donde hay una guerra de ideas solapada, y que se expresa a través de publicaciones cada vez más militantes en contra de una visión más holista e integradora, en la que la ciencia pueda dar cabida a aspectos reservados a la espiritualidad hasta el momento, donde los descubrimientos ofrezcan la posibilidad de refrendar lo que tantos maestros espirituales han afirmado durante siglos. Y lo más «peligroso»: que las tradiciones sapienciales esconden detrás un aspecto metodológico tan riguroso como el método científico. Y que si se aplica se obtienen resultados.

Desde mi humilde punto de vista, estas y otras razones hacen que el acercamiento a la obra de Ken Wilber sea muy positivo y estimulante para aquellos que quieran obtener certezas de que lo espiritual tiene fundamento, y que su práctica merece la pena y no es una pérdida de tiempo.

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