Agosto 2010

Saramago, rebelde en la distancia

Escrito por 
Saramago, rebelde en la distancia

Por Esmeralda Merino


“¿Cómo es posible contemplar la injusticia, la miseria, el dolor, sin sentir la obligación moral de transformar eso que estamos contemplando?” José de Saramago

Muchos son los que, en los tiempos que corren, alzan su voz para denunciar la injusticia, la terrible deshumanización que sufre en algunos aspectos nuestro mundo. La voz de Saramago, unida para siempre a su letra escrita, la percibimos llena de dolor, de rabia contenida ante el atropello a la condición humana, de ironía rebelde ante la impotencia de no poder poner las cosas en su sitio.



En su pensamiento, en su palabra, Saramago fue el hombre indoblegable, el pensador reflexivo que se jactaba de querer desasosegar al lector para arrancarle de lo que él consideraba una terrible e inhumana inacción.

Todos tenemos una obligación”.

José de Saramago, portugués de nacimiento, español de despedida, nació entre hombres y mujeres analfabetos, sin ninguna instrucción, alejados de intelectualismos y pedanterías eruditas. Y, sin embargo, fue a ellos a los que dedicó un recuerdo cuando recogió el Premio Nobel en 1998, porque, sin haber aprendido a leer, habían aprendido a vivir.

Nunca olvidó que fueron sus padres y abuelos los que le dieron una educación, una formación basada en valores humanos, algo que nunca dejó de agradecer. Por eso decía con tanta convicción que es un error pensar que la gente poco instruida no puede educar, y que es un error mayor aún pensar que las posibilidades tecnológicas que están hoy a nuestro alcance garantizan un mayor conocimiento. De hecho, él comentó más de una vez que estamos inmersos en un sistema educativo global que “es un desastre, una fábrica de producir ignorantes”.

La falta de recursos económicos de su familia le negó la posibilidad de acceder a unos estudios, pero su curiosidad y su voluntad de aprender suplió esta carencia. Con doce años tuvo que abandonar la educación secundaria e ingresar en una escuela industrial para aprender el oficio de cerrajero mecánico, oficio que desempeñaría durante algunos años. Fue en esa época cuando comenzó a frecuentar una biblioteca pública de Lisboa por las noches, con lo que se afianzó su gusto por la lectura. A aquellos años se remonta su contacto con los clásicos, y en la última etapa de su vida todavía recitaba de memoria algunos textos aprendidos entonces.

Quién le iba a decir que su prolífica carrera literaria tomaría impulso a los sesenta años, cuando publicó la novela que le abrió las puertas al reconocimiento internacional, Memorial del convento. Aunque había publicado su primera novela en 1947, estuvo veinte años sin escribir una sola letra, y entre los sesenta y los ochenta y cinco años de edad realizó la mayor parte de su obra. Por eso, cuando declaraba que en el tiempo actual se desprecia a los mayores, advertía con una cierta ironía: “¡ojo con los viejos!”.

Algunas de sus obras han llegado a ser objeto de culto entre sus lectores, como Ensayo sobre la ceguera, en la que narra cómo se extiende una epidemia de ceguera entre la población. Utiliza este argumento como parábola para analizar el comportamiento humano e invitarnos a detenernos, cerrar los ojos y ver. Recuperar la lucidez será una idea recurrente en su pensamiento.

En La balsa de piedra propone una situación singular: la Península Ibérica se desgaja de Europa y se aleja flotando en el Atlántico, y en El hombre duplicado, plantea la inquietud de un hombre que se encuentra con otro idéntico a él mismo. Todas las tramas de sus novelas están concebidas para provocar la reflexión en el que lee. Es un continuo “¡despierta!” que se oye como murmullo de fondo y que el autor susurra al entendimiento del lector, como cuando en Las intermitencias de la muerte la muerte decide suspender sus actividades y la gente deja de morir: euforia colectiva primero y desesperación y caos después.

Una de sus últimas obras rescata su corazón infantil, que siempre pervivió camuflado en la mente del hombre maduro, y nos permite adivinar de qué clase de niño salió la clase de hombre que llegó a ser. Son Las pequeñas memorias, en las que comparte con nosotros cómo, siendo un niño que vivía en la pobreza total, fue a la vez un niño muy feliz. Nos muestra recuerdos hasta los catorce años de edad; no nos cuenta sus premios y grandes logros académicos, que todavía no habían sucedido, sino que habla de los pequeños detalles que lo marcaron de por vida y de los familiares que partieron antes que él, a los que quiso inmortalizar porque se lo merecían.

El niño que fui no vio el paisaje tal como el adulto en que se convirtió estaría tentado de imaginarlo desde su altura de hombre”.

Le inquietaba la sociedad en que vivía –según él, esquizofrénica y corrompida–, que hace que un niño bueno se convierta en un hombre malo. Hostigó a los poderes establecidos denunciando continuamente que vivimos en un ambiente en el que es muy fácil derrapar como humanos. Poniendo en la cabeza de la gente –sobre todo de los niños y jóvenes– la aspiración de que tienen que ser física y materialmente ganadores, que tienen que poseer todo por encima de todos, Saramago pensaba que tenemos la consecuencia lógica de lo que sembramos: “Creo que está haciendo falta una revolución ética. Lo peor de todo es la apatía e indiferencia, que de una forma absolutamente genial el poder ha conseguido llevar a la humanidad”.

Le parecía una aberración que se gasten cifras exageradas en una misión espacial para explorar Marte mientras millones de personas no tienen con qué alimentarse. Esta denuncia de la injusticia social será una constante en su discurso.

El mundo se está convirtiendo en una caverna igual que la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad”.

Repitió sin descanso que no llegamos ni más alto ni más lejos solo por poder votar, ya que vivimos en lo que él llamaba una “democracia secuestrada”. Para él, los destinos del mundo son conducidos por unas cuantas multinacionales cuyos consejos de administración no se presentan a las elecciones, y se declaraba fatigado ante la insistencia sistemática en los medios de comunicación para hacernos creer que tenemos capacidad de maniobra por el hecho de escoger a nuestros representantes. Saramago dictaminó que vivimos en una plutocracia, donde el poder efectivo real es el poder económico.

El capitalismo clásico explotaba a los asalariados; el neocapitalismo explota a los consumidores. Es necesario que las mayorías acumulen cosas para que las minorías acumulen capital. Ingenioso”.

Saramago defendió con convicción el respeto a los derechos humanos, pero siempre puntualizó que no hay derechos que puedan subsistir coherentemente sin la contrapartida de los deberes que les corresponden, y que como seres humanos debemos reivindicar nuestros deberes con la misma vehemencia que nuestros derechos, puesto que solo de esta manera podremos conseguir hacer un mundo mejor.

No ignoro que en la vida de cada uno de nosotros hay una parte que depende de nosotros y otra que depende de los demás. Obsérvese que nosotros somos los demás de los demás”.

Aunque presumía de ateo, en el fondo lo que no podía comprender era el cúmulo de barbaridades que en nombre de Dios cometieron y cometen los fanáticos de cualquier religión. Por eso decía que consideraba mucho más tolerantes a los que no estaban obligados a matar o a despreciar a otros en defensa de un Dios propio y excluyente, y que él, aun no creyendo en Dios, se consideraba buena persona.

Hemos escuchado muchas veces que lo último que se debe perder es la esperanza. Pero no: lo último que se debe perder es la dignidad”.

Una vez, le pidieron que diera algunas propuestas para poner en marcha durante el milenio. Él declaró que eso no tenía mucho sentido; en cambio, le pareció más práctico dar algunas propuestas para poner en marcha al día siguiente. Una de ellas era el regreso a la filosofía.

Si el hombre es un ser pensante, entonces que piense”.

Para José de Saramago, regresar a la filosofía significaba recuperar el cultivo del pensar, de la reflexión, del criterio, del análisis, ya que consideraba que uno de los males actuales es que nuestra condición humana está siendo reducida a una especie de máquina parlante que empeora con el uso. “El pensamiento único se está acercando peligrosamente al pensamiento cero”.

Todo el mundo me dice que tengo que hacer ejercicio. Que es bueno para mi salud. Pero nunca he escuchado a nadie que le diga a un deportista: tienes que leer”.

Saramago decía que, a medida que era más viejo, se sentía más libre, con una especie de libertad interior, y se sentía también más rico por ser más consciente. “ A mí nada se me puede quitar sino la vida”.

Saramago se fue el 18 de junio de 2010 a los ochenta y siete años.

Cuántas veces precisamos la vida entera para cambiar de vida. Lo pensamos tanto...: ¡ahora!, ¡ahora!... Tomamos impulso y... vacilamos. Después volvemos al principio, pensamos y pensamos, nos movemos en los carriles del tiempo con un movimiento circular, como los remolinos que atraviesan los campos levantando polvo, hojas secas e insignificancias porque a más no llegan sus fuerzas. Mejor sería que viviéramos en tierra de tifones” (La balsa de piedra).

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