En estos tiempos de desencanto con las ideologías políticas, tanto de izquierdas como de derechas, son necesarias políticas nuevas que trasciendan las ideologías precedentes. La política integral de Ken Wilber es una alternativa política verdadera. Para hablar de política y de integración, es necesario conocer el pensamiento de Wilber desde su visión integral, así como su certera interpretación del fracaso epistemológico del pensamiento occidental, para luego conocer su propuesta resolutiva como intuición moral básica con la posibilidad de ser impartida mediante una educación transracional.

La visión integral

Ken Wilber presenta un mapa comprehensivo del cosmos y su desarrollo (véanse especialmente sus obras Una teoría de todo;Sexo, ecología, espiritualidad y Breve historia de todas las cosas), prestándose dicha cosmovisión para un mapeo de los sistemas de creencia política. Wilber sostiene que todos los sistemas son simultáneamente tanto totalidades como partes. Siguiendo a Arthur Koestler, les llama holones. Esto quiere decir que cualquier sistema que podamos mirar, sea un individuo, un átomo, una sociedad o un sistema de creencias, es simultáneamente algo que es parte de un todo mayor, incrustado en un contexto mayor y, al mismo tiempo, una unidad relativamente independiente. Más aún, cualquier holón dado tiene un interior y un exterior. Pero un holón puede examinarse asimismo como una unidad individual apartada y también en su contexto colectivo. Wilber organiza conceptualmente los holones, como en la Gran Cadena del Ser: materia>vida>mente>alma>espíritu y, correlativamente, física>biología>psicología>teología>misticismo. La clave para entender este mapa es que cada holón puede trascenderse a sí mismo y, por consiguiente, introducir niveles o contextos más profundos.

Ken Wilber sostiene que todo fenómeno humano consta de cuatro facetas y no puede ser íntegramente comprendido si no se abordan las cuatro. El fundamento de estas cuatro vertientes de la realidad tiene que ver con los aspectos exterior e interior y sus formas individuales y colectivas. Los cuatro aspectos que se deberían estudiar para comprender todas las cosas serían, entonces, lo interior-individual (yo), lo exterior-individual (ello), lo interior-colectivo (nosotros, cultural) y lo exterior-colectivo (nosotros, social, ello):

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Lo interior-individual : es la experimentación del pensamiento en sí, con los símbolos, significados e imágenes mentales relativas. Este cuadrante trata de la verdad subjetiva, de la belleza, del arte. Es el cuadrante del mundo intencional. Su lenguaje es en primera persona del singular (yo), y su criterio de validez es la veracidad.

Lo exterior-individual : mientras se vivencia el pensamiento, están ocurriendo una serie de cambios en el cerebro, como secreción de dopamina, de acetilcolina, conexiones neuronales, impulsos nerviosos, etc. Dichos hechos pueden ser empíricamente observables desde el exterior, utilizando el equipamiento tecnológico apropiado. Este cuadrante trata de la verdad objetiva de la ciencia. Es el cuadrante del mundo del comportamiento. Su lenguaje es en tercera persona (ello), y su criterio de validez es la precisión de la descripción: coincide lo observado con lo expresado.

Lo interior-colectivo : ahora bien, los pensamientos que circulan por la mente tienen un sustrato cultural; en efecto, el pensamiento se realiza a partir de una serie de símbolos y significados sometido al proceso de culturización. Es el cuadrante de la verdad intersubjetiva, de la moral y la religión. Su lenguaje es en primera persona del plural (nosotros), y su criterio de validez consiste en la rectitud.

Lo exterior-colectivo : a su vez, la cultura también tiene sus componentes sociales (del mismo modo que el pensamiento interior tiene sus correlatos cerebrales exteriores): «Estos componentes sociales concretos son las modalidades tecnológicas, las fuerzas de producción (hortícola, agraria, industrial, etc.), las instituciones concretas, los códigos y pautas escritas, las ubicaciones geopolíticas (aldeas, poblados, Estados, etcétera)» (Wilber, 2005b, 120). Es el cuadrante de la verdad inter-objetiva efectiva y de las ciencias sistémicas. Su lenguaje es también en tercera persona (ello), y su criterio de validez consiste en el ajuste funcional o efectividad.

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La tercera vía

Wilber señala que estos cuatro cuadrantes evolucionan conjunta y simultáneamente, ya que cualquier cambio en un cuadrante producirá cambios en los demás. Según Wilber, la política está representada en el cuadrante de lo «exterior-colectivo», aunque no exclusivamente, dada la correlación existente entre los cuatro cuadrantes. Este modelo de los cuatro cuadrantes es útil a Wilber para interpretar la ideología de los liberales y los conservadores para, después, presentar una «tercera vía» a través de su modelo. Para explicar las causas del sufrimiento humano, los liberales (o las izquierdas) suelen apelar a la causación externa, es decir, a instituciones sociales objetivas; por ejemplo, que la pobreza es el resultado de injustas fuerzas externas políticas y económicas. Por su parte, los conservadores apelan a una causación subjetiva, es decir, enfatizan el papel del individuo en detrimento de lo colectivo. Por tanto, los liberales apelan a causas de los cuadrantes del lado derecho (exterior individual y colectivo), mientras que los conservadores apelan a causas de los cuadrantes del lado izquierdo (interior individual y colectivo).

Para trascender esa dicotomía entre liberales y conservadores, es necesaria una «tercera vía» que integre ambos enfoques, y Wilber plantea dos cuestiones para dicho objetivo de integración.

En primer lugar, la necesidad de reconocer que tanto los cuadrantes exteriores como los interiores son igualmente reales e importantes. Es decir, tan importantes son los factores internos (valores, significado, moral, el desarrollo de la conciencia, etc.), como los factores externos (las condiciones económicas, el bienestar material, el medio ambiente y el desarrollo tecnológico).

Y en segundo lugar, que es necesario reconocer y entender que existen estadios en el desarrollo subjetivo, es decir, que existe un proceso de evolución de la conciencia, y nos propone su modelo, conocido como espiral dinámica, que tiene ocho niveles:

1) Beis: nivel de supervivencia básica. 2) Violeta: nivel representado por el pensamiento mágico-animista. 3) Rojo: nivel de los dioses del poder y fundamento de los imperios feudales. 4) Azul: conformista, nivel representado por la ley y el orden, de jerarquías sociales rígidas, principios absolutistas y mentalidad de rebaño. 5) Naranja: logro científico. Nivel dominado por el pensamiento científico y orientado hacia objetivos y beneficios materiales. Se empieza a buscar la verdad y el significado en términos individuales. Fundamento del materialismo y el liberalismo. 6) Verde: ego sensible. Nivel centrado en la relación entre los seres humanos, la comunidad, las redes y la sensibilidad ecológica. Relativismo pluralista, pensamiento igualitario, antijerárquico, multiculturalista y que relativiza los valores. Fundamento de la ecología profunda, el posmodernismo, los derechos humanos y la teología de la liberación. 7) Amarillo: integrador. Nivel en el que las diferencias y pluralidades se integran de forma interdependiente. Va más allá del igualitarismo y del relativismo, apareciendo niveles naturales de excelencia. 8) Turquesa: holístico. Sistema holístico universal, donde múltiples niveles se entretejen en un sistema consciente. Se producen unificaciones entre diferentes niveles. El pensamiento turquesa es, además, consciente de todos los niveles de la espiral y de las interacciones existentes entre ellos (1).

Wilber integra esta teoría en su modelo para interpretar la evolución del pensamiento político y las diferentes formas de gobierno, así como para analizar los diferentes conflictos políticos que se producen en el mundo actualmente y proporcionar una posible solución. Señala que los conflictos políticos actuales se encontrarían en el choque entre el nivel o meme azul y el naranja. Es decir, entre las diversas formas de fundamentalismos políticos y religiosos presentes en el mundo, y el pensamiento liberal, individualista y materialista propio del meme naranja.

La tercera vía consiste, pues, en integrar y trascender los diferentes niveles. El modelo de Wilber es para trascender e incluir las ideologías liberales y conservadoras.

Ahora veamos el origen de los cuatro cuadrantes propuestos por Wilber. Corresponden a las formas clásicas de conceptualizar el mundo en la filosofía occidental. Desde la filosofía griega con Platón, y especialmente desde Immanuel Kant, el reino de la filosofía ha estado dividido en lo verdadero (la verdad objetiva), el bien (la verdad moral) y lo bello (la verdad estética). Y el desastre fundamental de la sociedad moderna ha consistido en separar estas tres esferas unas de otras, lo cual ha abocado al fracaso epistemológico de Occidente.

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El fracaso epistemológico de Occidente

El pensamiento occidental se ha caracterizado por la constante universal de abordar el problema del hombre desde el dualismo: materia y espíritu, cuerpo y alma, cerebro y mente. Las teorías dualistas acerca de los principios de la realidad humana se inspiraron en el pensamiento griego platónico-aristotélico, después asumido por las escuelas escolásticas. Toda la historia de la filosofía occidental está transitada por la inquietud de encontrar la solución al problema del conocimiento; en definitiva, de intentar dar una explicación coherente de la conciencia.

Kant, mediante sus tres críticas, Crítica de la razón puraCrítica del juicio y Crítica de la razón práctica, produjo la diferenciación de las tres grandes categorías platónicas: la Bondad (la moral, el «nosotros» –cultura–), la Verdad (objetiva, propia del «ello» –ciencia–) y la Belleza (la dimensión estética percibida por cada «yo» –arte–). El resultado tras la diferenciación fue concluyente: «Dios, en cualquiera de sus formas, fue declarado muerto, solo la naturaleza estaba viva. La razón, en reacción al mito, eligió así mirar casi exclusivamente hacia abajo, y en esa mirada fulminante nació el mundo occidental moderno» (Wilber, 2005a, 466). La mala noticia, por el contrario, es que la posmodernidad no ha logrado la integración respectivamente de la cultura, la naturaleza y la conciencia, y este sería el gran fracaso epistemológico de Occidente.

En efecto, con la diferenciación de esas tres esferas kantianas (la moral, la ciencia y la dimensión estética), adquirieron vida propia por separado en vez de estar subordinadas a la religión, como fue el caso en la Edad Media o antes, cuando la Iglesia determinaba lo que era verdadero, correcto y bello. El fracaso epistemológico de Occidente y de la posmodernidad, por tanto, es no haber logrado la integración del «yo» (arte), el «nosotros» (moral) y el «ello» (ciencia). Esta es una de las conclusiones de la obra de Wilber Breve historia de todas las cosas.

Los ascendentes y los descendentes

Wilber considera que Occidente ha olvidado completamente las dimensiones espirituales, propiciando la aparición de un «mundo chato», mundo dominado por los ascendentes (la religión) y los descendentes (el materialismo científico), que han llevado al colapso de la modernidad.

Explica la génesis de dicho problema occidental: «Todo comenzó a cambiar radicalmente con el Renacimiento y la emergencia de la modernidad, un cambio que alcanzaría su punto culminante con la Ilustración y la edad de la razón y que bien podríamos resumir diciendo que los ascendentes fueron reemplazados por los descendentes» (Wilber, 2005b, 339). La lucha entre los ascendentes y los descendentes es la batalla arquetípica que tiene lugar en el mismo corazón de la tradición occidental:

«El camino ascendente es el camino puramente trascendental y ultramundano. Se trata de un camino puritano, ascético y yóguico, un camino que suele despreciar –e incluso negar– el cuerpo, los sentidos, la sexualidad, la Tierra y la carne. Este camino busca la salvación en un reino que no es de este mundo (…). El camino ascendente glorifica la unidad, no la multiplicidad; la vacuidad, no la forma; los cielos, no la tierra. El camino descendente, por su parte, afirma exactamente lo contrario. Este es un camino esencialmente intramundano, un camino que no glorifica la unidad sino la multiplicidad. El camino descendente enaltece la Tierra, el cuerpo, los sentidos e incluso la sexualidad. Un camino que llega incluso a identificar el espíritu con el mundo sensorial (…). Se trata de un camino puramente inmanente que rechaza la trascendencia» (Wilber, 2005b, 30).

Pero no es en la lucha sino en la unión entre los ascendentes y los descendentes donde podremos encontrar armonía, porque solo podremos salvarnos, por así decirlo, cuando ambas facciones se reconcilien. Wilber relaciona dicha integración entre lo ascendente y lo descendente con la unión entre la sabiduría (Droit, 2011) y la compasión (Hüther, 2015). En efecto, tanto en Oriente como en Occidente, el camino de ascenso desde los muchos hasta el Uno es el camino de la sabiduría, porque la sabiduría ve que detrás de todas las formas y la diversidad de los fenómenos descansa el Uno, el Bien.

El camino de descenso, por su parte, es el camino de la compasión, porque el Uno se manifiesta realmente como los muchos y, en consecuencia, todas las formas deben ser tratadas con el mismo respeto y compasión. Y la unión entre esas dos corrientes, entre la sabiduría y la compasión, constituye el fin y el sustrato de toda auténtica espiritualidad. Esta es precisamente la visión no dual, la unión entre el flujo y el reflujo de Plotino, entre Dios y la Divinidad, entre la vacuidad y la forma, entre la sabiduría y la compasión, entre lo ascendente y lo descendente.

La intuición moral básica

La anterior contienda entre los ascendentes (religión) y los descendentes (materialismo científico) puede trascenderse, según Wilber, mediante una intuición moral básica: una auténtica intuición espiritual que debe ser aprehendida con el deseo de expandir la profundidad del «yo» a la amplitud del «nosotros» y al estado objetivo de cosas del propio «ello». Esto se consigue mediante la asunción de los correspondientes derechos y responsabilidades, para orientar así éticamente los actos, pensamientos y sentimientos. La integración de la conciencia (yo), la ciencia (ello) y la moral (nosotros) –las tres esferas del saber diferenciadas por Kant en sus tres críticas–, aprehendida como una intuición moral básica, puede ser postulada, entonces, como una ética epistémica en toda regla.

Vivimos, pues, en una época para repensar la relación entre la racionalidad y la espiritualidad, una tarea que subyace en toda la obra de Wilber. Así se convierte en un embajador emblemático de la filosofía transpersonal, ignorada desde el punto de vista académico. El término transpersonal no es todavía de dominio popular, y menos aún su asunción académica para educar a las generaciones futuras.

Sin embargo, si la humanidad ha evolucionado de lo mítico a lo racional, ¿hacia dónde evoluciona ahora? Wilber nos da la respuesta: «Aquí estamos, en la racionalidad, situados en el filo de la percepción transracional».

Una política integral mediante una educación transracional

Según Wilber, cuantos más niveles de desarrollo tenga una determinada cultura, mayor es su probabilidad de que las cosas vayan mal. Cuanta mayor es la profundidad de una sociedad, mayores son también las cargas impuestas sobre la educación y transformación de sus ciudadanos. La transformación del mundo implica, pues, un abismo cultural por superar. En efecto, nuestra actual cosmovisión del mundo bajo el influjo de la racionalidad positivista que predomina en el espejismo de la ciencia, como dice Sheldrake, como adalid de la suprema «verdad», margina a las humanidades como medio para una interpretación crítica de la realidad actual, como revitalización de la cultura, como reflexión sobre las grandes cuestiones personales y sociales, y como catalizadores de la creatividad. A pesar de ello, según Wilber, la evolución del cosmos no se detendrá, pues se vislumbra la trascendencia hacia una episteme transracional con proyección en la educación universitaria, como dice M. A. Rodríguez en La filosofía educativa en el ámbito universitario:

«Se trata de educar más allá del bienestar individual y colectivo propuesto por una sociedad del éxito personal y del consumo, trabajar en función del porvenir de la civilización y la supervivencia de la raza humana y del planeta; ya que una persona consciente de su compromiso existencial puede alcanzar grandes logros e impactar en el bienestar de los demás gracias a un humanismo trascendental y verdadero. Por eso la educación universitaria debe considerarse como el modo formativo humanista para emprender cualquier objetivo elevado, verdaderamente humano, comunitario y social, sea a través del currículo de carácter ético-espiritual de todas las profesiones, o de una formación filosófica en torno a las dimensiones antropológicas existenciales del sentido de la vida desde el compromiso social».

Consecuentemente, la filosofía transpersonal de Wilber (aunque él se desligó de la psicología transpersonal para proponer su psicología integral) puede ser postulada como un nuevo paradigma de conocimiento y en una asignatura educativa para una educación transracional que implemente la razón con el corazón: una educación transracional con una misión eminentemente espiritual sustentada en la intuición moral básica de Wilber. En dicho sentido, la meditaciónpor ejemplo, es una de las herramientas clave, como puerta de acceso a dicha realidad superior, y puede provocar considerables cambios en las regiones cerebrales relacionadas con la memoria, la autoconciencia, la empatía y el estrés. Es decir, que algo considerado espiritual, nos transforma físicamente y puede mejorar nuestro bienestar y nuestra salud.

La meditación, aplicada prácticamente en los centros escolares, tiene espectaculares resultados: estimula la creatividad de los niños, ayuda en el desarrollo de la inteligencia emocional, reduce la violencia conocida como bullying, mejora los procesos de aprendizaje, aminora la sobreestimulación propia de la era de Internet y mejora la convivencia escolar. La meditación se convierte así en un medio para la sanación trascendental del ser humano desde la infancia. Como aseveró el matemático griego Pitágoras, «educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres».

Una educación transracional fundamentada en la filosofía transpersonal propuesta por Wilber se convierte, consecuentemente, en una renovada pedagogía para la trascendencia espiritual mediante la meditación, entre otras prácticas que deberíamos rescatar. Postula un revisionismo psicológico que incorpore la espiritualidad, con la misión de trascender la brecha epistemológica entre la racionalidad y la espiritualidad también a nivel social y cultural.

Como apuntan ya muchos expertos, la educación espiritual de los niños es un imperativo para instaurar en el futuro una vida espiritual en una sociedad digital. Espiritualidad y educación social son un binomio inseparable para trascender la sociedad de la ignorancia en la que estamos, y es el gran desafío ético de la educación.

El gran mérito de Ken Wilber es haber estructurado una visión integral (cuatro cuadrantes), trascendiendo e integrando las filosofías de Platón y Kant. Además, evidencia el fracaso epistemológico del pensamiento occidental al no haber integrado la naturaleza (ello), la conciencia (yo) y la cultura (nosotros). También nos provee la solución mediante su intuición moral básica como auténtica y genuina espiritualidad.

La filosofía transpersonal e integral de Ken Wilber, como disciplina que estudia la espiritualidad y su relación con la ciencia, así como los estudios de la conciencia, puede postularse como asignatura educativa para la sanación trascendental del ser humano mediante una educación transracional.

Como apunta Wilber, todo cambio se presenta bajo los cuatro cuadrantes, y por tanto, habrá que comenzar a pulir el diamante en bruto que todos nosotros tenemos en el fondo de nuestro ser («yo» interior individual) mediante la veracidad, la sinceridad, la integridad y la honradez, un sendero de sabiduría que permitiría la integración de todos «nosotros» en una comprensión mutua (interior colectivo) y, entre todos, cambiar entonces el ajuste funcional de un sistema social («ello» exterior colectivo) inmerso en un mundo chato. En definitiva, necesitamos una política integral para trascender la crisis de conciencia en la que está inmersa la filosofía occidental y, así, salvar el abismo cultural de la humanidad.

Notas

(1) Nota sobre los colores: los colores que se mencionan aquí son de la Dinámica Espiral, que representan los estadios en la línea de valores, y fueron usados por Ken Wilber hace tiempo. Hoy día ha creado una escala de colores que no representan los estados de ninguna línea del desarrollo en particular, sino los diversos niveles de altitud de la conciencia por la que van atravesando las distintas líneas. Así, podríamos hablar de cognición naranja, visión del mundo naranja, moralidad naranja, etc. Estos colores, que representan las distintas altitudes de la conciencia (junto con las visiones del mundo que se tienen cuando el yo está identificado con esa altitud de la conciencia) son, de abajo a arriba: infrarrojo (arcaica); magenta (mágica); rojo (mágica-mítica); ámbar (mítica); naranja (racional); verde (pluralista); esmeralda (holística); turquesa (integral); añil (para-mente); violeta (meta-mente); ultravioleta (sobremente); clara luz (supermente).

Puedes consultar otro análisis de la política integral en este enlace.http://espiritualidadypolitica.blogspot.com/2007/04/poltica-integral-se-puede-ir-ms-all-de.html

 

Publicado en Sociedad

Pocos dudan de que el teórico más destacado y creativo de la psicología transpersonal ha sido, de momento, Ken Wilber. Hace años que él mismo distinguió hasta cuatro fases distintas en el desarrollo de su pensamiento, llegando a distanciarse tanto de la Nueva Era, como veremos, como de la propia psicología transpersonal. Prefirió hablar de «psicología integral» desde 1983.

Sus dos primeros títulos, El espectro de la conciencia (1977) y La conciencia sin fronteras (1979), muestran ya que el concepto central en sus investigaciones es «conciencia». Poco a poco, sus textos irán teniendo un carácter más teórico y filosófico. No es erróneo decir que estamos más ante una construcción filosófica que ante textos puramente psicológicos, especialmente en el Wilber IV.

Siguiendo la sugerencia de algunos transpersonalistas de distinguir entre: a) psicología transpersonal científica; b) estudios transpersonales o teoría transpersonal, con enfoque más filosófico; y c) movimiento (de orientación) transpersonal, podríamos decir que Wilber se halla sobre todo en el segundo caso [1] .

Wilber IV, en un intento de presentar una cosmovisión cada vez más integral (y de vivir una vida con un desarrollo cada vez más integral y armónico), termina distinguiendo cuatro cuadrantes que habría que tener en cuenta para toda teoría y toda práctica integral: dos de ellos son interiores y dos exteriores. Dos de ellos son individuales y dos colectivos. Como este punto es suficientemente conocido, evitaremos ahora entrar en él.

Concepción holística

Wilber, en un intento de generalización máxima, en su obra Breve historia de todas las cosas (Wilber, 2001), establece veinte principios en una concepción claramente holística, de los que destacaremos lo siguiente: toda la realidad está compuesta de «holones» y organizada «holoárquicamente», lo cual hay que distinguir de «jerárquicamente», sobre todo debido a la confusión de la verdadera jerarquía de autoridad o de desarrollo (natural) con las jerarquías de dominio (patológicas). Cada holón tiene cuatro impulsos; dos horizontales: a la individualidad (actividad para seguir siendo una totalidad, un holón) y a la comunión (a seguir siendo una parte de otra totalidad); y dos verticales: a la autotrascendencia (a ascender) y a la autodisolución (a descender).

Los holones van emergiendo en la evolución, según una concepción claramente teleológica. En esa evolución cabe hablar de lo inferior y lo superior, según «niveles de organización estructural» (así, la noosfera es superior a la biosfera porque la trasciende y la incluye). Hay que distinguir ente la «profundidad» (por el número de niveles que abarca un holón) y la «amplitud» (por el número de holones que abarca otro holón mayor). Pues bien, la evolución produce más profundidad (que equivale a conciencia) y menos amplitud.

Wilber entiende que su visión es una actualización de la filosofía perenne, la cual constituiría «el núcleo de las grandes tradiciones de sabiduría del mundo entero». (Sin entrar en la tendencia wilberiana a identificar un tanto precipitadamente realidades y nociones pertenecientes a lenguajes y tradiciones muy distintas, algo frecuente en los transpersonalistas menos cuidadosos) [2] .

Los estadios transpersonales son los dominios supraconscientes del espíritu-en-acción. ¿De dónde proceden?: «La comparación intercultural, arraigada en la práctica, de todos estos mapas nos ha permitido elaborar un modelo que pueda servir de mapa global de los distintos niveles superiores de conciencia de que disponen los hombres y las mujeres, un mapa de las estructuras básicas superiores de la conciencia que se hallan presentes de forma potencial en todos nosotros, pero que todavía deben emerger, crecer y desarrollarse» (Wilber, 2001: 269). Estos son:

1. Psíquico. Misticismo de la naturaleza. Yo eco-noético. Sobrealma.

2. Sutil. Misticismo teísta. Unión con Dios. Arquetipos reales.

3. Causal. Misticismo informe. Yo puro, Vacuidad pura, nirvana.

4. No-dual. Misticismo no-dual (no es un nivel, sino el trasfondo de todos).

Niveles de conciencia

En la obra citada, Sexo, ecología y espiritualidad –quizás su obra magna–, Wilber ejemplifica cada nivel con las experiencias de uno o varios místicos destacados. El siguiente texto recoge a los cuatro seleccionados: «En otras obras he dado las descripciones preliminares de las estructuras profundas (y las patologías) de estos cuatro estadios principales. En vez de repetirme, para esta ocasión he elegido a cuatro individuos que son especialmente representativos de estos estadios y les dejaré hablar a ellos. Son, respectivamente, Ralph Waldo Emerson, Santa Teresa de Ávila, Meister Eckhart y Sri Ramana Maharshi. Cada uno de ellos representa el tipo de misticismo propio de cada estadio: el misticismo de la naturaleza, el de la deidad, el misticismo sin forma y el misticismo no-dual» (Wilber, 1997: I, 312).

En Emerson analiza su noción de sobre-alma o yo global. La naturaleza aparece como la expresión perfecta del espíritu. Se puede incluir aquí la experiencia de conciencia cósmica, en tanto que yo universal. Con Santa Teresa, llegamos a la experiencia de que «Dios está en todas las cosas por presencia, poder y esencia». Y alude también a San Juan de la Cruz. Es la unión del alma con Dios. En el nivel causal, ilustrado con Eckhart, se trasciende alma y Dios en la identidad previa de la Divinidad o Conciencia pura sin forma, el yo como espíritu puro (Atman=Brahman). No hay ya unión sino identidad suprema. Ramana Maharshi ilustra el nivel no-dual: el Vidente es Vacío puro, pura Apertura. El yo es el Testigo eterno. En realidad, estos dos últimos autores son analizados como representantes de los dos últimos niveles. Habría que preguntarse si el nivel no-dual, en el sentido integrador de vacuidad y forma, de nirvana y samsara, de Brahman y el mundo, etc., no viene mejor representado por autores más «integrales», como Sri Aurobindo.

Hemos insinuado ya que Wilber, si bien se le sitúa con frecuencia en las filas de la Nueva Era en sentido amplio, se ha mostrado en diversas ocasiones bastante crítico con ella, al menos con los aspectos que mejor conoce, probablemente con lo que llamaremos la exteriorización del esoterismo fundacional de la Nueva Era. El siguiente texto bastará para ver su postura reciente al respecto. En él comienza considerando desfasadas e incapaces de hacer frente adecuadamente a los retos del presente a las grandes religiones mundiales:

«Las grandes religiones del mundo (hinduismo, budismo, cristianismo, islam, etc., que existen actualmente, surgieron en la época general delimperialismo mítico, y todas ellas permanecen arropadas en estructuras superficiales (y en éticas) que están dos épocas tecnológicas por detrás en el tiempo. Ninguna de estas religiones (ni las religiones tribales previas) ha surgido de una cultura global y, por tanto, ninguna de ellas puede hablar (ni hablará) a la cultura mundial emergente, por muy importantes que sean sus prácticas específicas (que continuarán siendo importantes). Más bien, a medida que se va creando una cultura global, y a medida que sus estructuras superficiales comiencen a compartir un lenguaje común, entonces, desde dentro de esa cultura global surgirá la(s) nueva(s) religión(es), que hablará(n) en parte este lenguaje global, y trabajará(n) con este discurso común, señalando también más allá de él. La era en que una religión específica (por ejemplo, la cristiana o la budista) se podía introducir en un territorio y simplemente convertirlo (por la fuerza de las armas o por la persuasión verdadera) ha pasado ya hace mucho. No tengo duda de que estará basada en las religiones anteriores, pero no creo que simplemente venga de cualquiera de ellas (...)».

Una religión mundial

A continuación, plantea la polémica posibilidad de una religión mundial, que en ningún caso podrá identificarse con ninguna de las anteriores:

«No, la nueva religión mundial vendrá de una nueva cultura global, y no será algo tomado del pasado. La nueva religión mundial se sentirá como en casa dentro de la conciencia contemplativa, pero será una conciencia que hablará también de forma natural el lenguaje de los chips, y se verá a sí misma de forma igualmente clara tanto en la realidad virtual como interactuando con los elementos naturales; su perspectiva global y su pluralismo universal se darán por hechos, y el espíritu se moverá por los circuitos de fibra óptica tanto como por la sangre y la carne (…)».

Es ahora cuando explicita su crítica a los movimientos Nueva Era, aunque sin especificar nombres, grupos ni autores:

«Los distintos movimientos Nueva Era afirman anunciar esta revolución mundial de la conciencia. Pero creo que estos movimientos fracasan estrepitosamente: les falta una visión-lógica sostenida de las dimensiones internas y externas, les falta una tecnología consistente para acceder a las dimensiones internas superiores. Les faltan los medios (incluso la teoría) de la institucionalización social (en otras palabras, tienen fallos en el análisis y en la práctica en los cuatro cuadrantes). Además, la mayoría de los planteamientos Nueva Era y nuevo paradigma, a pesar de su pretensión de postcartesianos, simplemente reproducen el tipo de fenómenos descritos como posibles en el mundo cartesiano; no desafían decisivamente el paradigma fundamental de la Ilustración».

wilber nueva era

No nos cabe duda de que las observaciones críticas de Wilber son válidas para algunos, quizás muchos, de los grupos que se consideran partícipes de la espiritualidad Nueva Era, pero probablemente Wilber, en su generalización excesiva –uno de sus riesgos desde el comienzo de su carrera–, arroje al bebé junto al agua sucia del baño. De cualquier modo, sus comentarios son oportunos y han de ser tenidos muy en cuenta.

Son una aplicación de lo que Wilber II llamó «la falacia pre/trans»: confundir los niveles auténticamente transpersonales con manifestaciones prepersonales; por tanto, por debajo de la racionalidad mundicéntrica. Recordemos que está la versión reduccionista de la falacia, reduciendo toda experiencia transpersonal al nivel de lo personal, el caso de Freud. Y la versión elevacionista, que eleva las experiencias prepersonales al estatus de transpersonales, la tendencia en Jung.

Y este es el peligro que Wilber ve en la Nueva Era: «Como tales, la mayoría de los movimientos de la Nueva Era no incluyen la visión racional del mundo de forma que pueda ser trascendida e incluida; más bien, la mayoría de ellos acaban retrocediendo a distintas formas de imperialismo mítico (incluso magia tribal). Estos movimientos destacan la autorrealización, que con frecuencia se reduce a egoísmo mágico; y este narcisismo mágico ha sido trabajado y convertido en una mitología de la transformación mundial que apenas esconde su tendencia imperialista» (Wilber, 1996: 423-4).

Otras opiniones

Quizás no sería demasiado arriesgado suponer que las críticas de Wilber se dirigen, en gran medida, a lo que algunos denominan «el ala prosperidad y abundancia» de la Nueva Era, y quizás también a la corriente de los maestros ascendidos.

Después del dominio casi exclusivo por parte de Wilber de la escena transpersonal, comenzaron ciertas críticas, más o menos duras hacia aspectos de su obra. La revista Re-vision dedicó varios números a un diálogo polemizante entre Wilber y otros representantes de la teoría transpersonal o afines. Más recientemente, las obras de Michael Washburn, sobre todo El ego y el fundamento dinámico [3] , y las de J. Ferrer y J. Heron, han supuesto un serio replanteamiento de la necesidad de una base perennialista para la psicología transpersonal.

Se ha cuestionado tanto el rigor del neo-perennialismo wilberiano como su privilegiar un determinado modo de entender el no-dualismo, influido por el vedanta y el budismo zen y tibetano. Y, sobre todo, frente a su concepción jerarquizante y esquematizadora se propone un enfoque más pluralista y participativo [4] , más cooperativo [5] .

Pero no vamos a centrarnos en tales críticas –que, sin duda, los wilberianos estrictos harían bien en leer, si no lo han hecho ya–, sino en el diálogo que tuvo lugar entre Wilber y D. Spangler en 1988, cuando Wilber comenzó a desmarcarse de la Nueva Era y a realizar críticas del tipo que hemos visto anteriormente.

Concretamente, en aquella ocasión, Wilber se centraba en el presunto narcisismo de los baby-boomers, los cuales constituían el grueso de las filas de la Nueva Era. Ante las duras criticas generalizadoras de Wilber a los new agers, D. Spangler argüía, a mi entender con razón, que después de más de treinta años en contacto directo con buscadores que se identificaban con la Nueva Era, no podía aceptar las críticas de Wilber.

Dice Spangler: «Ken sugiere que los new agers están equivocados al suponer que estamos en el umbral de una transformación espiritual, pues a lo sumo nuestra cultura estaría aprendiendo cómo habérselas realmente con el ámbito de la mente y el intelecto. Tiene parte de razón, especialmente cuando afirma que los nuevos paradigmas representan cambios de mente más que nuevas expresiones del espíritu. Sin embargo, al trazar una cosmología más bien lineal en el desarrollo espiritual, me da la impresión de que descuida algunas cosas.

A mí me parece que podemos estar experimentando una transformación espiritual colectiva o planetaria o puede que no sea así, pero en un nivel individual, la meta es justamente una transformación espiritual. Se trata de la reivindicación de una dimensión espiritual y mítica perdida, y constituye una brecha en el terreno de una nueva relación con el espíritu. Esto es lo que he hallado que motivaba más a la gente que he conocido en el movimiento Nueva Era a lo largo de los años: la búsqueda espiritual; puede tener sus etapas narcisistas y banales, pero en su conjunto constituye la invocación de una genuina dimensión espiritual”.

[1] Véase para esa triple distinción, entre otros, Michael Daniels, Shadow, Self, Spirit: Essays in Transpersonal Psychology, Exeter (Reino Unido), Imprint Academic, 2005 (p. 15, p. 273).

[2] Un ejemplo de esas comparaciones que merecerían un mayor detalle puede verse en K. Wilber, Sexo, ecología y espiritualidad, vol. 1, libro 2; Madrid, Gaia, 1997, donde compara a Plotino con Sri Aurobindo (p. 26).

[3] Michael Wahsburn, The Ego and the Dynamic Ground, Nueva York, SUNY, 1995.

[4] Véase, Jorge N. Ferrer, Revisioning Transpersonal Theory, Nueva York, SUNY, 2002.

Martes, 01 Enero 2019 00:00

Ken Wilber: Cuestiones cuánticas

En este libro, Ken Wilber recopila escritos místicos de los físicos más famosos del mundo. No solo son de gran interés y valor los escritos seleccionados y recogidos, sino también la introducción al libro de este investigador y librepensador, el cual se ha formado al margen de los programas y enfoques académicos tradicionales.

La reacción que nos produce la lectura de la introducción al libro es similar a la que ha provocado en nosotros la lectura de Ortega en alguna ocasión: más que el estar o no de acuerdo con el autor, se trata de un estimulante intercambio mental de ideas con Wilber mismo, en una suerte de diálogo mental-virtual.

Wilber nos sorprende con una serie de ideas y afirmaciones a contracorriente de lo que comúnmente se piensa; por ejemplo, el que exista una convergencia entre la mecánica cuántica y el misticismo oriental, idea que en su momento lanzó Fritjof Capra con su influyente libro el Tao de la física.

Retomemos algunas de las ideas de Wilber en su introducción, con algún comentario nuestro.

Mecánica cuántica y mística

Según Wilber, la física de partículas contemporánea que comúnmente llamamos mecánica cuántica no genera un espacio de convergencia con la mística. La principal razón es que esta física implica un modelo del mundo, imágenes y formulaciones matemáticas con las que intentamos retratar el extraño mundo de las partículas subatómicas.

Por una parte, estas formulaciones representan nuestro paradigma actual y conocimientos actuales de aquel mundo de lo infinitamente pequeño, y una visión histórica nos demuestra que los modelos del mundo físico no son estáticos, sino que cambian continuamente. Por otra parte, todo conocimiento implica un sujeto que conoce y un objeto conocido (en este caso, el mundo de las partículas subatómicas), y la relación entre ambos, que en este caso se traduce en una serie de imágenes y formulaciones matemáticas que describen lo que en este caso no podemos ver.

Cabe añadir que en el mundo de lo infinitamente pequeño se rompen algunas de las reglas que sí parecen cumplirse en nuestro mundo de percepciones habituales y también en el de los objetos cosmológicos (planetas, soles, etc.). Por ejemplo, de acuerdo con la mecánica cuántica, no podemos conocer simultáneamente la posición y la velocidad de una partícula. Esto, evidentemente, contradice el cálculo tradicional, pues una simple operación matemática nos permite calcular la velocidad (primera derivada) si conocemos la posición en función del tiempo y la podemos formular matemáticamente.

En síntesis, la física actual de partículas implica un conocimiento posiblemente cambiante, en el que no conocemos de manera directa la realidad, sino que la representamos a través de «sombras», en este caso, modelos matemáticos. Es interesante que, en la introducción, Ken Wilber utiliza una y otra vez el modelo platónico del conocimiento, que reconoce la diferencia entre los arquetipos permanentes y sus sombras.

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¿Por qué esta física de partículas, o la anterior de Newton, que Wilber considera más cercana a la visión platónica, está reñida con, es decir, no apoya la visión mística? Por el simple hecho de que conocimiento científico y fusión mística son experiencias radicalmente distintas.

En la ultérrima experiencia mística (el samadhi de los filósofos de la India o satori de los japoneses), el sujeto o Yo que tiene autoconciencia, se funde en el objeto espiritual, que es Dios. Desaparece por un instante el Yo, del mismo modo que la gota se funde en el océano. Y los místicos de todos los pueblos que se han referido a esta experiencia indescriptible han utilizado un lenguaje poético lleno de metáforas, como la de la fusión de la gota en el océano del que forma parte, para hacer alusiones indirectas a la misma, en vez de un lenguaje científico y racional.

Se puede decir que todo conocimiento científico implica una representación mental de la realidad; en cambio, la experiencia misma nos permite la vivencia directa de la realidad.

Sería un error el querer amarrarnos a la representación mental o paradigma científico de la realidad o a una parte de la misma, que existe en un momento histórico dado, pues esta visión cambia continuamente. En cambio, la experiencia directa de la realidad «es», aunque nos cueste encontrar un lenguaje apropiado para referirnos a ella.

La gran cadena del ser

En su escrito introductorio, Ken Wilber alude a un modelo del mundo que es una buena síntesis de una visión simbólica del mundo que subyace a todos los sistemas místicos: la gran cadena o nido del ser.

La realidad es representada como una serie de esferas o espacios interpenetrados, en los cuales el siguiente nivel interpenetra e incluye al anterior.

Los niveles son los siguientes. La realidad material, campo de estudio de la física, se ve interpenetrada por losseres orgánicos, quienes también tienen una realidad material, pero que además están vivos. Es decir, la vidaincluye, pero va más allá de lo material. El siguiente campo es el de la mente, la conciencia que interpenetra, pero excede a los organismos biológicos simples. Más allá está el alma inmortal, y finalmente, el espíritu, el cual para Wilber es tanto inmanente como trascendente.

Este modelo nos sirve para preguntarnos acerca de las formas de conocimiento que van más allá de lo estrictamente físico.

cuantica espectro de la conciencia  color

Es evidente que tanto la biología como la psicología estudian fenómenos que van más allá de lo físico. Y lo hacen de modo «científico», es decir, obedeciendo a ciertas pautas de rigor y lógica. Pero la realidad incluye espacios que van más allá de lo psicológico, y que también pueden ser estudiados con estricto rigor, aunque no se trate de fenómenos «perceptibles». Recordemos que, para Platón, citado frecuentemente por Wilber, no solo existen objetos de conocimiento «perceptibles», sino también objetos «inteligibles», y que una verdadera ciencia no puede referirse al estudio de objetos en perpetuo cambio, que son solo sombras de los objetos reales.

Por ello, Wilber distingue entre el «método científico» y el «campo científico». El método científico «abarca toda pretensión de conocimiento abierta a una validación o refutación experimental», por lo cual esta definición «no afirma que solo puedan ser susceptibles de investigación científica los objetos sensibles o físicos. Ello equivaldría a afirmar que solo podemos usar la linterna en una de las cuevas. No hay nada en esa definición que nos impida aplicar legítimamente el término científico a ciertas y determinables pretensiones de conocimiento en áreas o campos como la biología, la sociología y la espiritualidad».

En síntesis, se pueden estudiar de modo riguroso los fenómenos de campos de la realidad que van más allá de lo físico. He aquí el gran error de los positivistas, quienes quisieron reducir el conocimiento de lo científicamente válido al estudio de los fenómenos medibles y perceptibles.

Este punto se halla reflejado en las primeras selecciones de textos de Wilber, de Werner Heisenberg, quien considera que la religión abarca una serie de temas válidos que la ciencia y sus métodos no pueden abarcar.

Terminemos esta breve invitación a la lectura de Cuestiones cuánticas con una cita del primer texto seleccionado por Wilber y debido a Werner Heisenberg, uno de los padres la mecánica cuántica:

¿Era completamente absurdo buscar tras las estructuras conformantes de este mundo una «conciencia» cuyas «intenciones» ponían de manifiesto estas mismas estructuras? Por supuesto, el mero hecho de plantear esta pregunta suponía ya caer en el antropomorfismo, ya que después de todo la palabra «conciencia» estaba basada únicamente en la experiencia humana, por lo que su uso debería quedar restringido a los dominios de lo humano. Pero en este caso sería también erróneo hablar de conciencia animal, siendo así que nos sentimos muy inclinados a pensar que obrar así tiene realmente sentido. Lo único es que el significado de «conciencia» se amplía, a la vez que adquiere un sentido más vago, cuando tratamos de aplicarla fuera de los dominios de lo humano.

La solución de los positivistas es muy simple: debemos dividir el mundo en dos partes, aquello que podemos decir de él cono toda claridad, y el resto, con respecto a lo cual lo mejor que podemos hacer es no decir nada. ¿Pero puede acaso nadie concebir una filosofía más inútil, cuando vemos que lo que podemos afirmar con claridad es poco menos que nada? Si tuviésemos que dejar de lado todo lo que no está claro, muy probablemente nos veríamos reducidos a una serie de tautologías triviales desprovistas completamente de interés.

¡Feliz lectura!

 

Publicado en Cuéntame un libro
Martes, 01 Enero 2019 00:00

Ken Wilber, el alma del maestro

Ken Wilber es una figura reconocida internacionalmente por la difusión de su teoría integral, una teoría que intenta abarcar el mayor número de perspectivas a la hora de comprender la realidad, otorgando una profundidad espiritual a la concepción del universo y de la existencia humana.

Ken Wilber no es un gurú. Jamás creó una secta que le siguiera ciegamente, ni tampoco se aprovechó de sus prebendas para sacar partido de sus discípulos, si es que los tuviese. En cambio, todas las personas que le conocemos de verdad, y que además entendemos de manera profunda la raíz y experiencia aplicativa de su obra… le amamos. Ya seamos hombres o mujeres, le amamos. Esta realidad muestra que, aparte de ser una de las figuras psicofilosóficas y espirituales más destacadas del planeta y haber creado una de las metateorías más integradoras del momento (la teoría integral), es un hombre merecedor de tanto cariño por sus muchas cualidades humanas, además de un verdadero genio y un maestro espiritual.

Tuve la «suerte» de leer uno de sus primeros libros publicados en español, La conciencia sin fronteras, que, aunque perteneciente a su «época romántica» llamada Wilber 1, atrapó mi mente, mi corazón y mi espíritu. Y lo hizo de tal forma que dejé todo lo demás. Y todo lo demás era mucho, pues, estando interesada por el esoterismo desde los siete años, siendo psicóloga y psicoterapeuta de profesión, había leído profusamente, tenido muchos maestros y bebido de variadas escuelas. Subyugada por sus escritos, me dediqué en cuerpo y alma a crecer con su pensamiento. Pasé con él desde su fase transpersonal a la integral (de la 1 a la 5), pues una de las cosas que más me gusta es cuando dice que otra teoría podría aparecer que nos ampliase aún más la visión de la realidad. Pero, por ahora, la teoría integral es la que nos enseña a verla desde la mayor cantidad de ángulos posibles. Pero siempre está abierto a añadir nuevas dimensiones o a cambiar su propia teoría para mejorarla.

Me empeñé no solo en conocer al maestro espiritual, sino también al hombre. Supe que su pensamiento se nutre del budismo mahayana , así como de la filosofía unitiva del Advaita Vedanta; que fue discípulo en la Universidad Naropa de Chögyam Trungpa y que es practicante meditador dese hace más de cincuenta años.

Pero ¿cómo llegar a él? Era la época del Wilber encerrado en sí mismo, transformándose por dentro por el dolor de la muerte de su esposa Treya. No respondía a invitación alguna ni reconocimiento mundano de ninguna clase. Lo único que escribió desde 1989 hasta 1998 fue el libro Gracia y coraje, en el que relata las experiencias de ambos, desde su diagnóstico de cáncer hasta su muerte. Y por el que terminé de enamorarme de él y de Treya, como todo el mundo que lo lee, pues como a muchas personas, con cáncer o sin él, ese libro nos cambió la vida.

Estuve siete años escribiéndole correos electrónicos, cartas, canciones dedicadas a Treya y a su dolor (pues también canto y compongo) y solo tres signos fueron la respuesta un buen día después de esos siete años: «:-)». En aquel tiempo, este no era un signo conocido en España, por lo menos por mí, y pensaba que era un error tipográfico o alguna broma. Pero fuese como fuese, había una respuesta… Se había roto el silencio. Mi alegría era inconmensurable. Era como si hubiera traspasado la puerta de la lamasería o el monasterio, tras siete largos años de frío, nieve, hambre, sol y viento.

De ahí se siguieron varios mails y conversaciones telefónicas, hasta el primer viaje que realicé a Denver en el año 2005. Quería regalar algo a aquel hombre que tantas conciencias despertaba y con el que me sentía profundamente afín y comprendida, en mi espiritualidad más elevada.

«Escribo para que las personas se enamoren de su alma, de su camino evolutivo, y puedan verse en el espejo de la Conciencia», me dijo un día.

KEN Y RAQUEL 4

Y así es, pues no soy la única que, al leer sus párrafos, exclama: «¡Siento lo mismo que dice este hombre! ¡Y además lo diría de la misma manera!». Y es que Wilber toca la profundidad del ser en su transmisión. Este parece ser uno de sus legados más claros. Por eso deseaba entregarle algo a cambio, aparte de mi admiración y cariño. Le llevé una copia de los estatutos de la Asociación Integral Española, que había creado en Madrid con un grupo de alumnos de miFormación Integral ese mismo año. Y un vídeo de las dos Jornadas Integrales que organicé en la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense, con ponentes invitados, colaboradores, enamorados de la teoría integral y que contó con la asistencia de más de doscientas personas que deseaban conocerla

Se han sucedido cuatro viajes más para verle. Hasta el último, en las Navidades pasadas de 2017, en las que el mismo día de fin de año ofreció una conferencia de dos horas en el encuentro What Now, organizado por el Instituto Integral, y de la que publico un extracto en mi blog (1). En cada ocasión, Ken ha tenido la deferencia y generosidad de recibirme en su casa, con la curiosa «casualidad» de que cada visita amplía una hora nuestra conversación coincidiendo con el número de la visita realizada. Así, esta última, fueron cinco horas con Ken.

Ken Wilber es un referente en una gran variedad de disciplinas, pues psicología, filosofía, sociología, medicina e incluso hasta política utilizan su metateoría integral para desarrollar acciones integradas que tengan en cuenta el mayor número de variables de la realidad. Hoy en día se dice que la mayoría de las universidades del mundo tienen doctorandos preparando y presentando sus tesis desde la teoría wilberiana. Pero, sin duda, en el ámbito espiritual es en el que Wilber se muestra más cómodo, consciente e integrado. Ha llegado a ofrecernos una verdadera psicoespiritualidad en la que nos enseña, a lo largo de sus veinticinco libros (veintitrés traducidos al español, incluido el último, La religión del futuro), que la espiritualidad no es metafísica. Es práctica consciente diaria de todo lo físico, incluida la conciencia de iluminación de cada instante presente. Uno de los párrafos más bellos e inspiradores de Ken para mí, aunque de difícil elección entre tantísima y sublime sabiduría, es el siguiente:

«El Testigo Puro no es una experiencia sino la apertura o claridad en la que toda experiencia aparece y desaparece, puesto que mientras sigas buscando el tener experiencias –incluyendo las experiencias espirituales– nunca descansarás como el Testigo, que es el único que se zambulle en el siempre-presente océano de la Unidad. Y cansado de experiencias, descansarás en el Testigo, y es en el Testigo cuando puedes experimentar la Humedad de ese océano.

Entonces, el viento será tu aliento, las estrellas las neuronas de tu cerebro, el Sol el sabor de la mañana, la tierra la manera en la que tu cuerpo se siente. El Corazón se abrirá al Todo, el Kosmos se manifestará en tu alma, y emergerás como incontables galaxias dando vueltas por la eternidad. Sólo palpitará entonces la Plenitud auto-existente en todo el mundo, solo hay Brillo auto-percibido aquí, en el Vacío-grabado en la pared del infinito, preservado por toda la eternidad, una y única verdad: tan solo existe esto, chasquea tus dedos, nada más» (Wilber, One Taste, 533-536).

No cabe duda de que el futuro será integral o no será. Aunque, como dice el propio Ken, la teoría integral no es una religión que obligue a llegar a ningún sitio, sino un mapa para saber por dónde estamos transitando, o bien un sistema operativo que nos ayuda a desarrollar la mejor y más efectiva funcionalidad en el desarrollo de los diversos niveles Conciencia. Integrando la belleza de su obra, un legado valioso e inconmensurable para nosotros y las generaciones futuras, con las cualidades de su persona, entre las que destaca una sabia aceptación de su enfermedad degenerativa, puedo decir sin miedo a equivocarme que Ken Wilber es uno de los modelos más claros que he conocido de lo que es ser un ángel en la Tierra.

Publicado en Filósofos

Carter Phipps[1] define a Ken Wilber como un «evolucionario», es decir, una «persona que ha interiorizado la evolución, alguien cuyo conocimiento de la evolución no es solamente intelectual, sino visceral. Los evolucionarios no solo admiten el amplio proceso en el que nos hallamos inmersos, sino la urgente necesidad de que nuestra cultura evolucione, una empresa en la que cada uno de nosotros está llamado a desempeñar un papel muy importante». Y es que en la filosofía integral de Ken Wilber, el papel de la evolución ocupa un lugar destacado.

¿Cree usted que hablar de evolución es solo una conversación científica para especialistas? ¿Piensa que las consecuencias de escoger una u otra teoría acerca de la evolución no influyen en su vida cotidiana? Pues nada más lejos de la realidad. Lo que se acepta o no se acepta sobre el paradigma evolutivo es determinante de la manera como abordamos la vida en el día a día.

Según la Real Academia Española, un paradigma es una «teoría o conjunto de teorías cuyo núcleo central se acepta sin cuestionar y que suministra la base y modelo para resolver problemas y avanzar en el conocimiento», y en el caso de la evolución, su paradigma actual mayoritariamente aceptado ha ejercido (y sigue ejerciendo) una notable influencia en la vida de todos nosotros.

Para empezar, la evolución no es algo referido exclusivamente al campo de las especies animales y vegetales, sino que puede referirse a muchas realidades. El verbo evolucionar puede aplicarse a las personas, cuando modifican su actitud, su conducta o su propósito; o cuando se va pasando de un estado a otro (puede ser un estado material, vital, psicológico o mental) mediante un proceso de desarrollo o desenvolvimiento; o cuando una idea o teoría va transformándose a través de fases sucesivas.

Evoluciona la profundidad espiritual de una persona, o la gestión de sus emociones. Evoluciona el urbanismo de una ciudad, o la forma de relación entre el capital y el trabajo, o la creación artística. Evolucionan las especies, las oportunidades y las ideas.

Por tanto, cualquier consideración que se haga de la evolución, tiene una repercusión directa o indirecta en nuestro modo de vida.

Evolución y creación

Hay creencias que niegan la evolución de las especies, en favor de una situación fija, inmutable desde el origen, desde el mismo acto de la Creación. Esta percepción rígida, invariable, se expresa en un modo de vida muy conservador, clasista, donde las posiciones no pueden alterarse sin alterar un orden superior. Todo está predestinado, y sujeto a la voluntad divina. No es difícil imaginar cómo esta actitud frente al hecho evolutivo, negándolo, va influyendo y determinando los detalles del día a día de las personas que así lo asumen, incapaces de imaginar la sucesión de cambios, a no ser que se produzcan desde instancias superiores.

El creacionismo, o negación de la evolución, y sus diferentes variaciones (diseño inteligente) conforman un tipo de paradigma que no es el aceptado mayoritariamente por la ciencia. Y sus influencias en la vida cotidiana ya se han sugerido en el párrafo anterior.

El paradigma científico acepta la evolución como un hecho, y descansa en la teoría de Darwin, basada en tres pilares fundamentales: a) En el genoma de cada individuo se producen pequeñas mutaciones al azar, las cuales originan cambios individuales. b) Algunos de estos cambios son favorecidos por la selección natural, dando lugar a la supervivencia de los más aptos. c) La acumulación de pequeños cambios favorecidos por la selección natural, produce una evolución gradual de unas especies en otras.

La aceptación de la evolución según estas premisas tiene su correspondiente influencia en el día a día: sacralización de la competitividad frente a la cooperación, selección del más fuerte, carencia de finalidad en la vida, determinismo genético (frente al determinismo divino de los creacionistas), trivialización de cualquier atisbo de dimensión espiritual, y en general, de cualquier parte de la realidad que no sea explicada por los genes, y a nivel económico, la preponderancia del ciego e insensible «mercado» en nuestras vidas, por poner algunos ejemplos.

paradigma evolutivo ken wilber aqal color

Sin embargo, las costuras del paradigma científico están siendo sometidas a las tensiones de nuevos descubrimientos que no encajan con los postulados darwinistas: evidencias de una dimensión no material; influencias de la actividad psicológica y mental sobre el organismo físico; la importancia que está cobrando la epigenética…

Cada vez hay más publicaciones e intervenciones públicas de pensadores que plantean la necesidad de cambiar el paradigma evolutivo para dar cabida a una descripción más amplia de la vida en general y del ser humano en particular. Hay una insospechada revolución en marcha, que desafiaría la exclusividad del «hecho positivo» (solo es válido lo que puede medirse) y la muy poderosa industria «positiva» (como la farmacéutica convencional), que abriría las puertas a una concepción de la vida diferente y que obligaría a una revisión del método científico para estudiarla.

Uno de estos pensadores de vanguardia es el filósofo estadounidense Ken Wilber, que durante años ha ido buscando un sistema integral que englobe las diferentes visiones de la realidad.

Propuesta sobre la evolución

La forma en que Ken Wilber ha elaborado su propuesta acerca de la evolución no es fruto de una ocurrencia ingeniosa o de una feliz inspiración, sino de un esfuerzo metódico, que le llevó a indagar en todas las ramas del saber. Él suele referir cómo empapeló literalmente su domicilio con representaciones de todos los esquemas jerárquicos que recopiló. Si la evolución es un proceso dinámico que se encuentra jerarquizado, Wilber recopiló y estudió todo tipo de esquemas jerárquicos. Y los halló en todas las ramas del conocimiento: en la biología clásica, pero también en la psicología, en la lingüística, en la economía, en la sociología, en la cultura, en la fonética, en la historia, en la mística, etc. Y su gran trabajo fue buscar un patrón, ¡un modelo que las contuviese!

Finalmente, elaboró la teoría de los cuatro cuadrantes [1], en los cuales puede incluirse todo. La evolución se produce en cada uno de ellos, y representan cuatro perspectivas diferentes de una realidad. Si nos imaginamos un cuadrado dividido en otros cuatro cuadrados, la fila superior se refiere al aspecto individual, y la inferior al colectivo. Igualmente, la columna de la izquierda se refiere al interior y la derecha al exterior. Así, si nos referimos a una persona, el cuadrante superior izquierdo está en relación a todo su mundo interior (Yo, subjetivo), el cuadrante superior derecho a su realidad individual externa (Ello, objetivo), el cuadrante inferior izquierdo engloba todo lo que tiene ver con su relación con los demás (Nosotros, intersubjetivo) y el cuadrante inferior derecho es el sistema colectivo en que se desarrolla (Ellos, interobjetivo).

Cualquiera de nosotros tiene sentimientos, que solo él puede percibir en su plenitud (subjetivo, cuadrante superior izquierdo). Estos sentimientos tienen su asiento material en el cerebro (objetivo, cuadrante superior derecho). Los mismos sentimientos generan un comportamiento que se desenvuelve en un entorno social (cuadrante inferior izquierdo), que objetivamente corresponde a un sistema concreto, por ejemplo, una sociedad democrática occidental (cuadrante inferior derecho).

Como puede adivinarse, estos cuatro cuadrantes se influyen unos a otros en un proceso dinámico. En el ejemplo de la persona, si esta disfruta de una intensa vida interior, con control de sus emociones, desarrollo de ideas y pensamientos (dimensión subjetiva), tendrá repercusión positiva en su salud, incluso en el propio desarrollo funcional de su cerebro (dimensión objetiva). Su relación con los demás (entorno social) será productiva y gratificante, e incluso por las decisiones que tome o por grado de compromiso, puede llegar a inducir cambios en el sistema en el que se encuentra su entorno social.

Ken Wilber reconoce que la realidad se rige por las leyes de la complejidad, que los humanos somos sistemas complejos. Y su propuesta de los cuatro cuadrantes es un esquema en el que se representan las interacciones posibles de esta complejidad. Cada paso evolutivo que se produce en cualquier cuadrante tiene su consecuencia en el resto.

La evolución, para este filósofo estadounidense, tiene algo (o mucho) de teleología[2], es decir, hay una dirección, un sentido; y este sentido se traduce en sucesión de jerarquías. En cada cuadrante pone ejemplos de desarrollos jerárquicos. Así, en el superior derecho, el de la dimensión objetiva, señala como ejemplo: átomos > moléculas > procariotas > eucariotas > organismos neuronales > cuerda neural > tronco cerebral reptiliano > sistema límbico > neocórtex > neocórtex complejo > EF1 > EF2 > EF3 [3].

Evolución e involución

Para Wilber está claro que existe un proceso de involución [4] (desde la dimensión espiritual a la material) y otro de evolución (en sentido inverso, en el que nos encontramos). El primero lleva implícito un proceso de olvido del origen, y la evolución, por el contrario, requiere volver a recordar esa causa-finalidad espiritual.

En el proceso de evolución, cada holón [5] trasciende el anterior (en el sentido holístico, con nuevas propiedades emergentes, que no pueden reducirse a la suma de propiedades del nivel anterior) y a su vez también lo incluye. Este proceso también es explicado por Ken Wilber como un cambio de perspectiva, la cual es considerada como una especie de «unidad» evolutiva. Mientras se permanece en el mismo nivel evolutivo, se tiene la misma perspectiva de la realidad. Cada ser que evoluciona, desarrolla una perspectiva de la Realidad plena.

No puede exponerse todo el pensamiento de Wilber sobre la evolución en un artículo como este. Pero queda claro que realiza importantes aportaciones a la cuestión evolutiva desde la filosofía, la filosofía perenne, como él define «al núcleo de las grandes tradiciones de sabiduría del mundo entero».

Para concluir, el paradigma evolutivo actual no contiene satisfactoriamente los incesantes nuevos avances científicos y hay nuevos enfoques filosóficos (y el de Ken Wilber es uno de ellos) que proponen nuevos escenarios para explicar la evolución, en un auténtico trabajo de síntesis. Quién sabe, tal vez una comprensión más global de la evolución se exprese en una realidad social mejor que la que vivimos, porque el azar y la selección natural no logran sostener una sociedad más humana y justa.



[1] Esta teoría constituye la base del método AQAL (« All Quadrants, all levels»), que se utiliza en desarrollos de liderazgo, pedagogía, psicología.

[2] La aceptación de la teleología en evolución supone admitir que esta tiene una dirección y un sentido predeterminado, lo cual se rechaza en el paradigma científico imperante, porque sería admitir la posibilidad de un ser superior que dirige la evolución por encima de las leyes naturales, por lo que estas leyes no serían universales. No obstante, es evidente que el proceso evolutivo marca una dirección, por lo que se tiende a admitir cierta teleología que, para diferenciarla de una teleología consciente, se denomina a veces teleonomía.

[3] Tomado de Ken Wilber (1997) Breve historia de las cosas. Editorial Kairós, Barcelona. 450 pp. EF1, EF2 y EF3 son capacidades más complejas que se desarrollarán.

[4] Ken Wilber (1995) Después del Edén. Editorial Kairós, Barcelona. 516 pp.

[5] Wilber utiliza el término “holón” para referirse a algo que es totalidad en un contexto y parte en otro contexto. Por ejemplo, un átomo es un holón, porque es totalidad a nivel atómico y parte a nivel molecular.



[1] Carter Phipps (2013) Evolucionarios. El potencial espiritual de la idea más importante de la ciencia. Editorial Kairós, Barcelona. 491 pp.

Publicado en Ciencia

Va quedando lejos aquella inteligencia de la picardía y la malicia de los pillos que, mediante habilidades y estrategias, posibilitaba la supervivencia. Lejos quedan también los tiempos en que la inteligencia consistía en recordar hábilmente la mayor cantidad de datos posible, almacenándolos en la memoria.

 Howard Gardner abrió el abanico de esta visión cuando, en el pasado siglo, presentó al mundo las llamadas inteligencias múltiples: la musical, la espacial, la naturista, la interpersonal, la intrapersonal, la lógico-matemática y la verbal. Gracias Howard, nos libraste de la dictadura de aquellos test de inteligencia matemática por los que resultábamos, o bien torpes sin remedio, o bien personas «estrella».

De pronto, gracias a él, el poder de la inteligencia se repartía en habilidades variopintas que habitaban en la mente humana. Con ello, los dones y talentos de una humanidad diversa derrocaban la idolatría a una única competencia sobredimensionada.

Más tarde, fue el Sr. Goleman quien ofreció una visión de la inteligencia emocional que quedó añadida al catálogo de habilidades humanas. El racionalismo lógico de aquellos «inteligentes» con gran éxito en los exámenes, se vio eclipsado por la capacitación emocional de aquellas personas que tenían éxito en la vida, sin previos sobresalientes ni matrículas. La nueva inteligencia permitía no solo manejar la automotivación, sino que también posibilitaba el trabajo eficaz con el grupo, y una equilibrada gestión de las relaciones humanas. El nuevo concepto de «madurez emocional» aparecía en el horizonte del desarrollo personal.

inteligencia transpersonal modelo aqal

El ser humano sigue movido por un impulso evolutivo que mueve hacia delante átomos y galaxias. Y en este siglo XXI de mutación acelerada, apareció como caído del cielo un brillante Ken Wilber que, además de trazar un mapa de los escalones de la consciencia, dejó claro que estaba naciendo una nueva inteligencia o nivel evolutivo en el seno de la humanidad avanzada. Se trata de una capacidad que, allí donde se manifiesta, recibe valoración y honra. Se la conoce como inteligencia transpersonal y en sus funciones está el encontrar significado a la existencia y empatizar compasivamente con otras personas.

La inteligencia transpersonal es la encargada de disolver el miedo y abrir el corazón a la fuerza unificadora que deja atrás las dudas de un viejo rompecabezas. En realidad, la inteligencia transpersonal es la embajadora del Misterio como dimensión translógica de la existencia que inspira respeto y reverencia. Su oficio es permitir el descubrimiento de nuestra identidad profunda, al tiempo que devenimos capaces de ver a nuestro «pequeño yo» como efímero personaje al que observar y trascender en compasiva benevolencia.

La inteligencia del alma

En realidad, la inteligencia transpersonal es la inteligencia del silencio, una inteligencia cuyo asiento neuronal va más allá del «apretado» aparato pensador que, durante miles de años, ha reinado entre dualidades y carencias. Es la inteligencia transreligiosa del ámbito espiritual, una inteligencia del alma que, trascendiendo las creencias, trabaja con el autodescubrimiento hacia vivencias profundas y más próximas al sentir y al saber que al creer y recordar.

Nos encontramos ante una mutación añadida: aquel Homo sapiens que aprendió a pensar y que asombró a las criaturas puramente emocionales e instintivas que lo rodeaban, hoy cede su reinado al emergente poder de la consciencia. De pronto, el ámbito del pensamiento como herramienta directa de la razón y la ciencia, se ve trascendido y, en consecuencia, considerado tan solo como un área más de ese « yo psico cuerpo» en el que se cohesionan billones de células. ¿Acaso la inteligencia transpersonal no es la que gestiona estados de conciencia inherentes a la verdad, la bondad y la belleza?

La inteligencia transpersonal despliega la confianza en la vida como estado «trans-racional» por el que crecer con cada obstáculo que se nos presenta. Gracias a ella movilizamos la motivación fundamental de mantenernos en plena atención en los días de luz y también en los de sombra. En realidad, es la inteligencia fundamental del auténtico discernimiento, un discernimiento que brota de la quietud de lo profundo y la claridad derivada de una consciencia despierta. Es la inteligencia capaz de aplazar los deseos y de hacer revelar la esencia.

La inteligencia transpersonal nos permite habitar en el no-lugar y, asimismo, «confiar como camino» sin rastro de amenaza. Confiar una y mil veces, mientras nos encuentra una fértil vacuidad que no anticipa ni recuerda. Es la inteligencia de la Presencia, aquella que permite inundar todo acto cotidiano de esa unidad que somos, y de ese no-tiempo que algunos llaman eternidad silenciosa.

La inteligencia transpersonal no informa ni analiza; en realidad, inspira. Se trata de una capacidad para establecer resonancias con la íntima sensación de mismidad, tan arraigada como estable, en la que caben todos los vientos y mareas periféricas. Esta nueva inteligencia permite reconocer la unidad e interdependencia en la que somos y tenemos el ser, y por la que todo lo existente se reconoce como proveniente de la misma Fuente. En realidad, esta inteligencia es la que inspira en el ser humano la intuición fundamental de la no-dualidad como meta.

Con el despliegue de tales capacidades, vivimos una vida en la que cada pérdida tiene sentido, y cada despedida inundada de gratitud, en nada es ajena. La confianza como estado va por delante del temor, y cada pérdida es vivida como una víspera que, anunciando cambios, impregna la vida de esperanza.

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La inteligencia transpersonal ofrece una vivencia de la espiritualidad como realidad transreligiosa, una forma de intuir la unidad de la Fuente en la diversidad de todas las cosas. Cuando esta capacidad se despliega, nos vivimos en un estado de aceptación, un estado capaz de sostener las emociones que experimenta nuestro «yo separado», que quiere aferrarse a su efímera burbuja.

El ámbito de acción de esta inteligencia no es la concentración mental, ni la organización de datos que nuestra mente pensante procesa. En realidad, lo transpersonal trabaja en el campo de la atención como nutriente continuo de la autoconsciencia. Atención, atención y más atención es el legado que esta dimensión de la inteligencia otorga. Un legado que permite avivar la consciencia y despejar las avenidas del alma humana.

Publicado en Psicología

La diversidad de religiones en el mundo es un tema complejo y problemático que, como Ken Wilber nos recuerda en Espiritualidad integral, no es esporádico ni temporal, sino que acompañará la marcha del mundo durante mucho tiempo.

Las religiones están aquí para quedarse, cumplen con muchas y muy valiosas funciones y no se pueden sustituir. Su propósito primordial es acelerar el proceso de crecimiento de la conciencia, en la línea de desarrollo propiamente espiritual. Pero ese proceso discurre por diversos caminos y genera problemas graves y aparentemente irresolubles. De ahí que la propuesta de Wilber al respecto resulte tan inspiradora como esperanzadora. Hagamos de las religiones, dice, una cinta transportadora que nos conduzca de una estación de vida a otra, de un nivel de conciencia a otro superior.

Si cada uno de nosotros nos ocupáramos de acelerar nuestro ritmo de crecimiento en la línea del conocimiento espiritual, podríamos resolver de manera más efectiva las guerras que tienen lugar entre la mentalidad moderna y la mentalidad tradicional; y entre las distintas religiones que hay en el mundo.

Citando a Kirpal Singh, fundador en 1957 de la Confraternidad Mundial de las Religiones, con el despertar de la primera chispa de la Divinidad, el ser humano desarrolló la conciencia de un principio que es la vida y el alma del universo. Esto condujo gradualmente a la fundación de diferentes religiones, cada una desde el discernimiento y la percepción de su fundador, según las necesidades de la época y de la gente, y de la capacidad de aceptar las enseñanzas de los maestros.

Las enseñanzas de los maestros siempre están dirigidas a la elevación material, social, moral, mental y espiritual de las multitudes. Todas las religiones han surgido de los motivos más nobles del ser humano, pero sus dirigentes son el producto de una época, así como de las condiciones que crean para el mejoramiento de las masas entre quienes predican. Para la gran mayoría de la gente, las enseñanzas acaban formando lo que se puede calificar de «religiones sociales», es decir, códigos de preceptos morales, costumbres, rituales… cuya función es quitar angustia y agresividad y encontrar consuelo o paz.

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Todos los pensamientos proceden de la mente, pero en el caso de los instructores del mundo, sus pensamientos tienen origen en la vida del espíritu que los anima. Muy pocos hombres pueden elevarse a su nivel y obtener los auténticos beneficios de sus enseñanzas. Solo unos cuantos pueden seguir la práctica central y experimentar por sí mismos la verdad que encierra. Las masas solo reciben los aspectos teóricos en forma de parábolas o mitos que, con el paso del tiempo, despiertan las capacidades para comprender el verdadero significado de las palabras.

Así, en el fondo de las religiones se perciben vislumbres de la realidad, pero su esencia es difícil de captar, ya que no hemos desarrollado los ojos o la mirada que tenían sus fundadores. Para el hombre común, la religión se mantiene solo como teoría, una teoría razonada para mejorar la suerte en la vida. Y, en el mejor de los casos, hacer del ser humano un miembro mejor del orden social.

Si vamos un paso adelante, llegamos a otro plano, a un nivel filosófico o plano de virtudes morales, que sirven para amansar, dominar o reconciliar fuerzas enfrentadas que se debaten en el interior humano. Y más adelante o arriba aún, están los yoguis, los místicos, los iniciados, aquellos versados en el verdadero arte de la unión del alma individual con Dios. En la cúspide de la ascensión evolutiva, y más allá de las instituciones que se han creado después, están los hombres-dios, los maestros iluminados o avataras, que no solo hablan del espíritu, sino que lo manifiestan.

Todas las religiones tienen niveles de conciencia

En teoría, tal como afirma la sabiduría perenne, se puede decir que solo hay una religión universal, que la practican verdaderamente solo estos maestros despiertos, pues solo ellos han realizado plenamente la verdad y están capacitados para guiar a los seres humanos a realizar la unión perfecta con el Creador. Las enseñanzas de los maestros no forman una religión institucional, como comúnmente se cree; se trata más bien de una ciencia metódica, de la ciencia del alma.

Como repite Ken Wilber, aquel que practique esta ciencia recibirá los mismos beneficios y llegará a las mismas conclusiones, sin que para ello importe la religión social, credo, Iglesia o comunidad a la que pertenezca. La ciencia del alma es el núcleo y esencia de todas las religiones, el fundamento sobre el cual todas las religiones descansan y donde convergen.

Pero las enseñanzas iluminadas que imparten los grandes maestros han sido y serán siempre malinterpretadas, según la capacidad de comprensión de sus seguidores. Estos suelen estar muy lejos del nivel de desarrollo del fundador de esa religión, hombres y mujeres de buena voluntad y aspiraciones, pero condicionados por su época, política y sociedad, y otros que utilizarán las enseñanzas o instituciones para maltratar y aprovecharse de las gentes. En este sentido, la existencia de las religiones es una mala noticia. Y es aquí, y no en su origen, donde la religión se puede convertir en el opio del pueblo, según expresión de Marx, ya que las verdades que vehiculan siempre estarán a merced de los receptores de esas enseñanzas. Según se interpreten, darán lugar a posturas intransigentes o traerán violencia terrible, guerras «santas» y abusos.

Hoy, como en la historia de la humanidad, los conflictos más cruentos entre personas siguen siendo en el nombre de algún Dios. Y todos desearíamos acabar con esas actitudes religiosas ciegas y dogmáticas que asolan aún el mundo. Pero siempre lo asolarán, mientras los humanos seamos tan infantiles. Todos nacemos en el primer nivel de conciencia, pero podemos, en el camino de una vida, ir subiendo a otros niveles superiores. Pero mientras los humanos seamos como niños, y la gran mayoría sea así, estaremos en niveles de conciencia arcaicos, mágicos y míticos. Los tres primeros estadios o estructuras de conciencia, según Wilber.

Estos se caracterizan por el egocentrismo y el afán de poder, por una mentalidad convencional y conformista y una visión del mundo etnocéntrica y beligerante. Y podríamos decir que esa mentalidad, la de un niño de siete años, es la que hoy conforma el hombre-común de nuestro planeta.

La pirámide evolutiva siempre será más amplia en la base que en la cúspide. La evolución procede creando niveles cada vez más profundos (o elevados) y menos amplios. De modo que siempre habrá más átomos que organismos; más insectos que mamíferos; y más seres humanos comunes que grandes maestros.

Estas masas de gente necesitan ser educadas, y las religiones arcaicas, mágicas y míticas son las encargadas de cumplir una función básica de educar, consolar, inspirar y guiar a los hombres comunes. Las religiones sociales, como Kirpal las llama, se ocupan de prescribir normas morales a fin de favorecer la cultura y el orden social en cada lugar.

Las religiones sociales o básicas

Por tanto, está bien que sea así: siempre se necesitan unos padres que cuiden y eduquen a los niños, con palabras y conceptos simples, adecuados a su edad mental. Las religiones mitológicas disponen de los medios para educar a un niño en la noble aspiración de realizar, algún día, su dios interior. A través de los mitos, los cuentos y las parábolas, los niños aprendemos a reconocer y dar nombre y dirección a los anhelos de infinito.

Las grandes religiones que dominan el mundo, precisamente por pertenecer a los estadios magenta, rojo y ámbar de la humanidad, saben ocuparse de esos primeros e inevitables niveles del desarrollo de todo ser humano. Si las mitologías del mundo no proporcionaran estas tempranas creencias, tendríamos que inventarlas, dice Wilber. Y hoy, debido a la tecnología, no resultaría posible.

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Las mitologías del mundo son depósitos de un tesoro incalculable. Sabemos que la ciencia no responde a nuestra preocupación última. Por ejemplo, cuando los niños preguntan: ¿de dónde venimos?, ¿qué somos?, ¿por qué estamos aquí?, ¿adónde vamos?, o ¿qué es la muerte?, los adultos en el nivel naranja de desarrollo, es decir, la mentalidad científica, no saben qué contestar.

No se puede hablar a un niño de la naturaleza primordial, el vacío o la no-dualidad. Los niños, los hombres-comunes, siempre necesitarán respuestas adecuadas a sus jóvenes mentes, explicaciones asequibles a sus ojos de infantes; mitos o historias que los eduquen y paulatinamente los conduzcan a la búsqueda de lo esencial.

Una vez clarificada la función importante que las religiones míticas tienen y tendrán siempre en nuestro mundo, así como el respeto que merecen quienes se hallan en esas etapas, hemos de considerar las malas noticias o lo peor que esto implica.

La mentalidad de esas masas de niños u hombres comunes, un 70% de la población mundial, bien podría definirse, dice Wilber, como mentalidad nazi. Es decir, su manera de pensar se caracteriza por la convicción absoluta de que solo su Dios, raza, grupo, cultura, sexo o clan es bueno; los demás son basura que hay que eliminar. Y no solo eso; con demasiada frecuencia, ese trabajo de «limpieza», la eliminación del otro, constituye una parte fundamental de sus creencias, en la medida que asegura la vida eterna en el paraíso. Y eso no va a cambiar, a menos (y esta es la gran aportación de Wilber) que las religiones que dominan ese 70% de la población mundial, en lugar de presentarse como «el único camino», o «la meta final», se presenten como medios. Que se vean como el puente o la escalera que nos invita a seguir evolucionando; como la mano que nos guía y nos sostiene a lo largo del proceso de la evolución psíquica o de conciencia.

La evolución también es para la conciencia

Tengamos en cuenta que el concepto de evolución es un concepto relativamente nuevo que no suele estar del todo integrado en nuestra manera habitual de pensar. Nos resulta difícil a todos, no solo a los jóvenes, recordar que la evolución, y muy especialmente la evolución de la conciencia de la humanidad, es un proceso de billones de años y del que no se vislumbra el final.

Y, sin embargo, se trataría de eso, de que todos, especialmente los líderes religiosos, tuvieran más presente el hecho de que la evolución no acaba en nosotros. Tenemos un larguísimo camino por delante antes de desarrollar los ojos de los fundadores de las religiones, como dice Kirpal. El propio Darwin intuye que hay algo más que evolución biológica: «Podemos excusar al ser humano por sentir cierto orgullo por haber conseguido ascender, aunque no haya sido por su propio esfuerzo, a la cúspide de la escala orgánica. Pero ese ascenso debe alimentar la esperanza de un destino todavía más brillante en un futuro distante».

Si los líderes religiosos tuvieran más presente esta realidad y en lugar de amurallarse en una determinada visión del mundo, como única verdad, abrieran sus mentes a otras posibles comprensiones, a otros aspectos de la verdad, sus seguidores podrían fluir y pasar de una religión a otra sin problemas. Y de un nivel a otro, hacia arriba…

Con «pasar de una religión a otra» no queremos decir ir del cristianismo al budismo, por ejemplo, sino subir por los distintos estadios de conciencia y transitar el camino que va de una religión mágica a una religión mítica, y de una religión racional a una pluralista… hasta alcanzar una visión integral y abrazar todos los niveles y todas las religiones (ahora sí) como una.

Recordemos que la ciencia del alma está para conducirnos aquí: al fundamento donde no importa la religión social o Iglesia a la que uno pertenezca.

Si las religiones se prestaran a esta función de cinta transportadora, se convertirían, como sugiere Wilber, en un vehículo precioso que nos impulsaría a crecer en conciencia, a trascender el escalón evolutivo en el que estamos. Podríamos descubrir una identidad más amplia, profunda y generosa en nuestro propio interior; ir del egocentrismo de un niño, el nivel rojo, al etnocentrismo de un adolescente, el nivel ámbar; y del mundicentrismo de la mentalidad adulta, el nivel verde, al kosmocentrismo del nivel violeta. Veríamos el orden y la totalidad incluida, integrada.

Pero está claro: esto no ocurrirá a menos que las autoridades religiosas modifiquen sus consignas habituales, pues para que esto ocurra es necesario que ellos mismos evolucionen y sean capaces renunciar al poder y la violencia que implica la pretensión de detentar la única verdad. «Solo aquellos que superen esas oscuridades podrán transparentar la esencia, esto es, la verdadera verdad», dice el antropólogo jesuita Javier Melloni. Y añade: «La verdad verdadera solo se ofrece, con la conciencia de no agotarla, sino tan solo para ser atraído por ella y ser convocado más allá de la propia perspectiva».

La propuesta de Wilber se puede entender como un útil recordatorio: nos recuerda que existen niveles de conciencia y que cada nivel es una perspectiva del mundo, y cada perspectiva, una verdad relativa. Pero también nos recuerda que la verdad, cuanto más profunda, amplia y abarcadora, más verdadera. El abrazo que nos religa a Dios abarca, por definición, a todo y a todos. Y solo este abrazo merece el nombre de religión.

Todas las religiones conducen a la salvación

La propuesta de Wilber es también una demanda de cordura y humildad: tenemos muchos estadios por delante antes de alcanzar una postura que no defiende nada ni excluye a nadie; una visión integral donde cada manifestación del ser es merecedora de respeto y veneración. Estamos lejos de incorporar realmente esta identidad abierta, lúcida y compasiva. Las etiquetas nos siguen importando, las diferencias nos siguen separando y las religiones nos siguen enfrentando en nombre de la verdad. Olvidamos que los nombres no importan. Ya sea chispa divina o gran misterio, espíritu santo, impulso creativo o el nombre de algún hombre-dios, dice Melloni, «la vocación y razón de ser de las religiones es religar a todos los seres entre sí, así como con la Fuente de la que dimanan». Es evidente la necesidad de que las autoridades religiosas realicen este humilde y arduo trabajo.

Por ejemplo, dice Wilber, bastaría con lo que se dijo en el Concilio Vaticano II: «La salvación no es prerrogativa solo del cristianismo, otras religiones también conducen a ella». Juan XXIII dio permiso a los católicos para aceptar otras concepciones religiosas. Recordó a la mentalidad cristiana que el espíritu se expresa de muchas maneras, habla diferentes lenguas y adopta diversos nombres; cualquiera que sea la forma en que se manifieste es perfectamente legítima y ha de tener su lugar. Si todos los dirigentes religiosos concedieran a sus fieles un permiso semejante, los fundamentalismos no encontrarían respaldo a sus posturas dogmáticas y podrían empezar a considerar el hecho de que otras creencias también merecen respeto y son vías.

Pero esa es la mitad del problema: la otra mitad somos nosotros. Por nosotros entiendo al privilegiado primer mundo, y muy especialmente a los que formamos parte de la generación de la posguerra, a los niños mimados que vivimos y hemos transmitido a hijos y nietos los grandes beneficios y defectos de la llamada revolución hippie. Nosotros nos movemos cómodos en el nivel naranja-racional y, aunque minoritariamente, tenemos acceso a niveles superiores, como el verde pluralista y el azul integrado. Recordemos que el nivel naranja supone una mente racional o científica; pero el verde, una mente racional madura y pluralista, que engloba a todos nosotros sin importar el credo, raza, género o clase; típico del posmodernismo, y con sus grandes ventajas y terribles defectos.

El mundo como una escuela

El llamado primer mundo opera mayoritariamente en estos niveles de conciencia. Precisamente por eso, hemos de aceptar una mayor responsabilidad, tanto en las causas como en las posibles soluciones de los conflictos que nos aquejan.

Imaginemos que la vida es una escuela donde los párvulos son muchos más que los universitarios, los profesionales, los grandes expertos. Casi no hay genios o maestros iluminados. Cada grado escolar es perfectamente legítimo, es una estación de vida absolutamente necesaria; cuanto más básica, más fundamental.

Sabemos que los pequeños han de crecer no solo en edad, sino en conciencia, y que hacen falta años, ¡y siglos!, para desarrollar las capacidades de mirar el mundo desde los ojos de un sabio. Pero ¿puede esa falta de edad evolutiva explicar los conflictos que convierten la escuela de la vida en un campo de batalla infernal? Si este colegio estuviera organizado, podrían convivir perfectamente los diferentes niveles, como en una familia armónica.

Porque es evidente que esta escuela del mundo no funciona como sería de esperar. Los jóvenes no solo no ven en los mayores un ejemplo a seguir, sino que se sienten oprimidos por nuestra visión-lógica del mundo y quieren acabar con ella.

Es evidente que los mayores, los padres y maestros, son los que han de resolver los problemas de la escuela. Los párvulos tienen décadas o siglos por delante, antes de llegar a ser adultos. Pero, y los adultos, ¿qué tenemos que hacer?

Olvidemos por un momento la actualidad mundial, ya que ahí, en ese caos, poco o nada podemos hacer. Un cúmulo enorme de razones económicas, políticas, culturales, etc., poderosísimas, explica todos los conflictos y justifica todas las guerras. Consideremos el problema como algo personal; así podremos aplicar algo a nuestras vidas. El conflicto, ya sea en mundo o en la escuela de la vida, tiene dos caras: los líderes míticos no están ayudando al 70% de párvulos-nazis que hay en el mundo a crecer en conciencia, y ellos mismos están fijados en la pubertad. Por otro lado, nosotros, la sociedad laica posmoderna y postconvencional, también estamos fijados en niveles de conciencia que, lejos de ayudar a resolver los problemas, los agravan.

Los niveles naranja y verde funcionan a modo de una tapadera que impide el flujo de una «estación» o nivel de vida a otra. Consecuentemente, se genera una presión que puede hacer explotar el mundo, lo mismo que explota una olla a presión a la que se le impide respirar.

Por un lado, los fanatismos religiosos, en nombre de su Dios, quieren acabar con la civilización moderna. Por otro, la sociedad posmoderna y cientificista cree haber encontrado a Dios en la física cuántica. El diálogo es evidentemente imposible, y esta incomunicación es, en opinión de Wilber, el mayor problema.

No intentaremos resumir los numerosos y complejos argumentos con los que Wilber invita a los niveles naranja y verde a ir más allá del peculiar fundamentalismo en el que se encuentran. En el capítulo titulado Las dignidades y desastres de la modernidad, hace una breve historia de la falacia nivel/línea, que nos permite entender esto: la ciencia moderna y la religión mítica incurren en el mismo error; ambas confunden un determinado nivel de una línea con toda la línea. Por ejemplo, los científicos confunden un nivel bajo de la línea religiosa (ven una expresión de la religiosidad roja, o arcaica) y la confunden con la inteligencia espiritual de otros niveles de la misma línea.

A raíz de esa confusión, la mentalidad racional reprime los niveles más elevados de la inteligencia espiritual y niega el acceso a ellos. Por el otro lado, la mentalidad mítica se fija y se estanca en un determinado nivel que acaba glorificando y defendiendo a muerte.

El estorbo que puede ser la posmodernidad

Los argumentos de Wilber no son sencillos, pero vale la pena estudiarlos en otro artículo. En lo que nos atañe a nosotros, los memes o niveles verde, somos la flor y nata de las sociedades posmodernas, los supuestamente inteligentes agnósticos o entusiastas seguidores de las muchas religiones de la nueva era: somos el 20% de la población mundial.

Esta vanguardia verde del mundo occidental deberíamos estar guiando a los que no han alcanzado estos niveles de desarrollo. Y no solo no lo estamos haciendo, señala Wilber, sino que constituimos un estorbo enorme en el libre flujo de la conciencia.

Wilber nos obliga a vernos en otro espejo distinto del que estamos acostumbrados... satisfechos de lo que hemos logrado; fascinados por nuestra sofisticación, inteligencia y exquisita sensibilidad. Estamos, como Narciso, ensimismados en nuestra buena imagen, enamorados de nosotros mismos, y no se nos ocurre cambiar. Nos hemos olvidado, como párvulos, de que hay muchos escalones por delante y de que cada paso, cada estadio evolutivo, supone años y siglos por andar.

Es fácil ver la paja en el ojo ajeno pero difícil vernos a nosotros mismos. Es fácil criticar en otros los errores que hemos cometido en el pasado, pero es fácil ver dónde erramos hoy. Y no es muy inteligente por nuestra parte esperar que los niños hagan un trabajo que nosotros, los adultos, nos negamos a hacer. Los análisis de Wilber al respecto son exhaustivos y contundentes; y tener conocimiento de ellos, ver el lugar que ocupamos en la pirámide evolutiva, nos anima a emprender el humilde y arduo trabajo que también nosotros tenemos por hacer.

Al respecto dice Andrew Cohen: «A menos que estemos dispuestos a hacer el esfuerzo heroico de interpretar nuestras experiencias espirituales desde un nivel superior de desarrollo del que constituye nuestro centro de gravedad, nada va a cambiar». Es un esfuerzo heroico vernos a nosotros mismos desde los ojos de Wilber: es un golpe casi mortal al propio ego, ya que lo que caracteriza a los egos-verdes es su desmesurado narcisismo. Y desde este peculiar fundamentalismo interpretamos, lamentablemente, nuestras experiencias espirituales y nuestra manera habitual de pensar. Nuestras interpretaciones son inteligentes y pluralistas, pero carecen de la noción de jerarquía, son incapaces de emitir juicios de valor y se «construyen y deconstruyen» constantemente. En otras palabras, no son de fiar. Y no son muy nobles.

Recordemos que el problema no son las experiencias, los estados de conciencia que podamos vislumbrar; el problema es el nivel de conciencia desde el que se van a interpretar. Una misma vivencia se convierte en algo muy distinto para una mente etnocéntrica o una mente impersonal.

Hemos perdido altitud y profundidad

Para verlo, volvamos al ámbito personal, al ejemplo de una escuela o familia, ya que así podemos vernos a nosotros mismos y a los conflictos. (El mismo ejercicio antiguo de ir de lo individual a lo colectivo es el que hace Platón en La República).

Padres amorosos e inteligentes, pero carentes de criterios morales y valores trascendentales, no saben qué hacer con sus hijos, hacia dónde dirigir su educación. Toda dirección noble ha desaparecido del mapa, el sentido profundo de la vida es un enigma insondable y toda aspiración heroica está fuera de lugar.

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Sin trascendencia, los valores y los principios se van achatando y acaban confundiéndose con el consumismo y la comodidad. Los hijos, sin otra aspiración que el propio bienestar, se instalan en su egocentrismo y nos crean problemas.

Es evidente, por otro lado, que los «padres-verdes» solo quieren ser buenos y hacerlo bien. No es su falta de bondad o amor lo que supone un problema, sino su falta de lucidez y conciencia. Están muy seguros de sí mismos y, como Narciso, no ven más allá. Los niños, por su parte, hacen lo mismo, desconocen la noción de autoridad y se enfrentan a unos maestros que, al igual que los padres, ante sus insolencias, no tienen poder alguno y no saben qué hacer.

La autoridad, la jerarquía, la disciplina, los valores y el discernimiento no están de moda y no se pueden aplicar. Tenemos miedo de repetir los viejos errores y no vislumbramos otra forma de comportarnos que no eche por tierra nuestra buena imagen.

Recordemos las palabras de Cohen: solo si somos capaces de interpretar nuestras experiencias y hábitos mentales desde un nivel de conciencia superior al que nos encontramos, podremos cambiar y destapar alguna de las muchas ollas a presión que amenazan con estallar. Pero hemos de hacer este esfuerzo y tener el coraje de entrar en conflicto con nuestra actual sensación de identidad. Y luego, trascenderla.

Solo entonces podríamos generar formas más honestas y efectivas de comunicarnos y acabar haciendo, nosotros mismos, de cintas transportadoras que posibilitaran un diálogo fluido entre padres e hijos, maestros y alumnos, religiones posmodernas y religiones míticas.

Wilber nos impulsa a seguir creciendo verticalmente. La evolución vertical supone el ejercicio de la línea de desarrollo propiamente cognitiva, es decir, horas de estudio y reflexión. Nos recuerda que solo el conocimiento abre espacios en la mente, obliga a nuevas perspectivas y hace posible su integración. Y solo este conocimiento nos impedirá seguir alimentando, desde la inconsciencia, las guerras religiosas y los desastres morales y espirituales que caracterizan estos tiempos. Más urgente que los pequeños crezcan es que nosotros crezcamos.

Estudiando a Wilber, vemos que nosotros, privilegiados del primer mundo, somos humanos comunes lo mismo que nuestros hermanos menores. Y, aunque más adelantados en la escuela de la vida, no somos un ejemplo a seguir. No sabemos aún cómo educar a nuestros propios hijos y seguramente tenemos siglos de evolución por delante antes de llegar a ser realmente buenos padres y maestros.

Un buen maestro sería aquel que sabe comunicar con el otro. En palabras de Wilber: «Es un milagro. La comunicación ocurre cuando usted y yo nos encontramos, empezamos a resonar y a comprendernos. Entonces se crea un nosotros en el que llegamos a sentir al otro como parte real de nuestro propio ser. Si en algún lugar se manifiesta el espíritu, es sin duda en el nexo de ese nosotros».

Como dice el antropólogo Javier Melloni, saber comunicar es el arte de los verdaderos maestros. Humildad, mansedumbre, ternura, suavidad, lucidez... son los signos de quienes han estado en las cumbres y descienden para buscar a sus hermanos. Se les reconoce porque tienen la mirada suave y luminosa como la nieve en la que han hundido sus pisadas. No compiten entre sí, discutiendo cuál es el mejor camino, porque conocen la infinita majestad de la Montaña. Saben de sus múltiples parajes, de sus abismos y peligros, y que la cumbre tiene muchos accesos. Saben indicar a cada uno el suyo, porque la Montaña está dentro de cada uno.

Alejandro Villar es doctor en Biología y profesor de yoga dinámico. Ha estudiado y sigue perfeccionándose con el maestro Genpo Roshi en el proceso Big Mind, método revolucionario que aúna la psicología occidental con las tradiciones de sabiduría. Desarrolló la meditación integrativa y facilita talleres y retiros en España y América. Es uno de los principales conocedores y divulgadores en nuestro país del modelo integral de Ken Wilber, y participa en las Jornadas Integrales y en proyectos editoriales como el libro Evolución Integral (Ed. Kairós).

 ¿Quién es Alejandro Villar?

Vaya, empezamos con una pregunta fácil. En el zen dicen que la pregunta de quiénes somos es nuestro koan, nuestro dilema espiritual, que hemos de resolver a lo largo de nuestra vida. Así que puedo decir que estoy trabajando en esta pregunta.

A nivel más relativo, podemos decir que tengo una formación científica, hice hasta el doctorado en Biología. Pero me dedico a la enseñanza del yoga y la meditación, a través de clases de yoga dinámico y retiros y talleres de meditación integrativa, en los que uso el proceso Big Mind de Genpo Roshi. En todo esto, encontrarme con el modelo integral de Ken Wilber ha sido fundamental...

Le agradecemos mucho su colaboración en este número especial sobre Ken Wilber. ¿Desde cuándo está interesado en su propuesta integral y por qué le interesa?

Allá por el año 95, un amigo me dejó La conciencia sin fronteras, de Ken Wilber. Aquel libro me fascinó, sobre todo porque me aclaró por qué la meditación y el yoga no habían tenido éxito en resolver mis neurosis. Y es que la visión del espectro de la conciencia de Ken Wilber aclara que las prácticas espirituales y la psicoterapia son cosas distintas. Que se dirigen a niveles distintos del espectro de la conciencia. Comencé, a partir entonces, a trabajar con diversos enfoques psicoterapéuticos.

Básicamente, la propuesta integral es una teoría de todo que nos muestra cómo encajan todas las cosas. Y eso es importante para que no descuidemos ningún área de la vida en nuestro enfoque espiritual.

¿De qué manera lo aplica en su trabajo y en su día a día?

El enfoque integral nos invita a que tengamos en cuenta los distintos aspectos de nuestra vida en nuestra práctica espiritual: el cuerpo, las emociones, la mente, el espíritu, en sus aspectos individuales y colectivos. En mi día a día trato de tener en cuenta esos aspectos, a través de la práctica del yoga dinámico, y del uso del proceso Big Mind para integrar mis distintos aspectos y profundizar en la meditación. Y la lectura y el estudio para ampliar perspectivas. Además, tengo la suerte de que mi trabajo es compartir eso con otros a través de clases, retiros y talleres.

entrevista alejandro villar Drouot espiraldinamica

¿Qué ideas que aporta Ken Wilber cree que son las más importantes?

Una idea fundamental detrás de su modelo integral es que nadie es tan inteligente como para estar cien por cien equivocado. Luego, todos los enfoques tienen algo de verdad, lo único que les ocurre es que son parciales. Y si son parciales, solo habrá que ver cómo encajan todos; cómo podemos respetar sus aportaciones parciales e incluirlas en una totalidad mayor. El enfoque integral supone una propuesta muy elegante de cómo podrían encajar todas las perspectivas. Por supuesto, el propio modelo integral es parcial, y por ello sigue actualizándose sucesivamente en distintas obras de Ken Wilber.

Es difícil estar al día en este sistema integral, que sigue mejorando y evolucionando. Desde su punto de vista, ¿cuáles son las novedades más importantes para la gente que leyó alguno de sus libros, pero hace ya años?

Una novedad fundamental ha sido separar el desarrollo meditativo a través de los estadios de estado y el desarrollo psicológico a través de los estadios estructurales. El desarrollo meditativo es el proceso de despertar, y el desarrollo estructural es el proceso de crecimiento. El primero nos lleva a una conciencia despierta, libre de la identificación con cualquier contenido. Y el segundo, a una conciencia más plena, capaz de abarcar más perspectivas, hasta abarcar todo el cosmos en las estructuras superiores y transpersonales.

En un principio, Ken Wilber ponía el desarrollo a través de los estados transpersonales; después, del desarrollo transpersonal a través de las estructuras. Pero separar estos dos aspectos nos permite entender cómo es posible comprometerse con una práctica meditativa y despertar a los estados superiores independientemente de la estructura psicológica hasta la que hayamos crecido (mítica, racional, integral...).

Además, separar estos dos aspectos nos permite prestar la atención que se merece a nuestro crecimiento a través de las estructuras. Y a nuestro despertar a través de los estadios de estado.

También es importante el trabajo psicoterapéutico de integrar todas aquellas partes que tenemos disociadas en nuestra sombra, para que nuestra espiritualidad pueda tener una manifestación más efectiva en todos los ámbitos de nuestra vida. Estos son los cuatro ámbitos que Ken Wilber nos invita a tener en cuenta: nuestro crecimiento ( grow up); nuestro despertar (wake up); el trabajo con la sombra (clean up) y nuestra manifestación en el mundo ( show up).

La teoría integral se aplica en psicología integral, política integral, filosofía integral… ¿Cuál es el aspecto que más le interesa y por qué?

Me interesa particularmente su aplicación en la práctica espiritual, pues nos invita a tener en cuenta muchos aspectos, como la sombra, que van a resultar muy problemáticos si no los atendemos.

En lo social, me interesa especialmente su aplicación a la política, ya que ofrece una salida al enroque actual entre posiciones de derechas y de izquierdas, honrando lo que cada una de esas posturas tiene que ofrecer, pero viéndolas como parciales, lo cual nos permite integrar estas aportaciones en una visión más allá de las derechas y las izquierdas.

¿Son cuantificables científicamente los estados elevados de conciencia? ¿Cómo son los niveles de segundo grado y tercer grado? ¿Cuáles son sus características principales y qué personajes se ubicarían en cada uno?

Para responder a esa pregunta tendríamos que distinguir entre la «ciencia estrecha» y la «ciencia amplia». La «ciencia estrecha» sería la ciencia empírica, la que tiene que ver con lo que podemos percibir con los sentidos o sus extensiones. Esta ciencia no puede decir nada sobre el contenido subjetivo o la realidad de lo que se vive en los estados superiores de conciencia; simplemente, no es su campo. Pero sí es fascinante estudiar los correlatos neurofisiológicos de esos estados. Ese es el único aspecto que puede cuantificar la ciencia empírica.

Por ciencia amplia entendemos todo aquello que es verificable a través de unas instrucciones o experimentos, como es el caso de la espiritualidad. Las distintas vías espirituales nos ofrecen distintos experimentos, prácticas espirituales y contemplativas, que permiten comprobar por nosotros mismos la existencia del espíritu.

Con respecto a las estructuras de segundo grado, los llamados niveles integrales del desarrollo de la conciencia se caracterizan por su capacidad de integrar las múltiples perspectivas disponibles, incluso en sus niveles más maduros, generar teorías del todo, que sean capaces de integrar todas las perspectivas. La teoría integral sería un ejemplo.

Si en los niveles integrales se puede pensar sobre la unidad de todas las cosas, en los niveles de tercer grado esa unidad empieza a ser algo que uno vive y siente. Son niveles que se caracterizan por una creciente consciencia de la Conciencia. Y una creciente vivencia de la unidad, que va abarcando más y más estados (ordinario, sutil, causal, Testigo y no dual).

Aunque solo recientemente algunos seres humanos empiezan a desarrollarse hasta los niveles integrales (se calcula que es un 5% de la población mundial actual), hemos tenido ejemplos de sabios y filósofos integrales en el pasado, cuyas mentes fueron capaces de integrar las perspectivas que tenían disponibles en aquellos momentos.

Con respecto a los estadios de tercer grado o transpersonales, son muy raros aún hoy en día (seguramente mucho menos de un 1% de la población se desarrolla hasta ellos). Y poca gente habla de ellos, aunque algunos psicólogos del desarrollo empiezan a encontrárselos o intuirlos. Aurobindo habló sobre ellos. Y Ken Wilber da fascinantes descripciones en primera persona de esos niveles en obras como La religión del futuro.

En su libro La religión del futuro, Wilber nos previene y exhorta a realizar un trabajo de integración de la sombra en todos los estados de conciencia, ya que, en todos los estados, incluidos los más elevados, se pueden producir disfunciones, complejos o enfermedades en el proceso de integrar y trascender, que es el mecanismo de la evolución. ¿Cuáles son los principales peligros del caminante espiritual?

Cuando nos desarrollamos a un nuevo estadio del desarrollo (sea estadio estructural o estadio de estado), tenemos que diferenciarnos del anterior y luego integrarlo desde el estadio actual. Si la diferenciación va mal, tendremos una fijación: una parte de nosotros tendrá adicción a ese nivel de conciencia.

Si fracasamos en la integración, tendremos una disociación: tendremos «alergia» al nivel de conciencia anterior.

Teniendo en cuenta que los procesos de diferenciación e integración rara vez van del todo bien, podemos imaginarnos que, cuanto más avanzamos en los procesos de crecimiento y despertar, más problemas potenciales podemos tener. Por ello, es importante el trabajo para integrar todas esas partes que tenemos disociadas y todas esas partes a las que tenemos fijación. En definitiva, realizar algún tipo de trabajo psicoterapéutico para integrar la sombra. De otro modo, podemos acabar teniendo una conciencia muy profunda, pero una personalidad muy neurótica.

¿Qué son los estados de conciencia y qué las estructuras de conciencia? ¿Para qué sirve diferenciarlos?

Los estados son situaciones temporales de la conciencia. Lo estados naturales, por los que todos los seres humanos pasamos cada día, son cinco: vigilia, sueño con ensueños, sueño profundo, turiya («el cuarto estado», el testigo) y turiyatita («más allá del cuarto estado», la conciencia no dual).

Todo este proceso de despertar a través de los estadios de estados es el proceso de extender la conciencia despierta a todos ellos, de lo ordinario (vigilia) a lo sutil (sueño con ensueños); a lo causal (sueño profundo); hasta reconocer, primero, el testigo, y luego, lo no dual, a través de todos los cambios de estados.

Las estructuras de la conciencia son las que atravesamos en nuestro desarrollo psicológico, son los mapas ocultos de nuestra consciencia a través de los cuales vivimos la realidad. Determinan la cantidad de perspectivas que podemos tener en cuenta.

Es importante diferenciar ambos tipos de desarrollo porque, no importa cuál sea el estado estructural hasta el que hayamos crecido, siempre podemos completar nuestro desarrollo espiritual a través de los estadios de estados.

Además, si no tenemos en cuenta la existencia de los estados estructurales, pueden pasar inadvertidos para nosotros, puesto que no se ven en primera persona. Por mucha introspección o meditación que se practique, no aparecen a la consciencia. Tenerlo en cuenta y señalarlos puede ayudar a desidentificarnos de cualquier estructura con la que estemos identificados, fijados ahora, para permitir que emerja la siguiente.

¿Cómo son «traspasados» estos estadios y estructuras de conciencia por las siete diferentes líneas de inteligencias?

Los estadios estructurales siempre son estadios en alguna línea, no existen por sí solos. Y todas las líneas de nuestro desarrollo avanzan de niveles egocéntricos, con menor conciencia, a niveles más descentrados de uno mismo, con mayor consciencia y capacidad de abarcar más perspectivas.

Muchas gracias, Alejandro. ¿Hacia dónde cree que camina la humanidad y cuáles son los retos principales que vislumbra?

Creo que, a nivel colectivo, lo que estamos viendo es la lucha entre tres visiones culturales del mundo: la visión tradicional, la moderna y la posmoderna. Son tantos los problemas del nivel posmoderno, con su relativismo, su deconstruccionismo, su opresión políticamente correcta, su odio a todo lo moderno o tradicional que se abren dos vías:

- Lo que ya ocurre con ciertos líderes: una regresión a una visión más tradicional. Esto sería peligroso a gran escala, porque supone la regresión a niveles más etnocéntricos y beligerantes.

- Que un número suficiente de personas alcanzara los estadios integrales de la conciencia, para que esta visión integral pudiera convertirse en algo cultural y, por influencia descendente, sanar las patologías del nivel posmoderno e integrar lo mejor de las visiones tradicional y moderna.

Creo que en esta segunda posibilidad está la esperanza. De ahí la importancia de promocionar la consciencia integral (el crecimiento). Si además de esto, legitimamos la existencia del espíritu en el mundo moderno y posmoderno, ayudaremos a que más gente pueda despertar a su naturaleza real.

Más aún: si trabajamos para integrar las partes que tenemos en la sombra, podremos expresarnos en el mundo sin tantas proyecciones, siendo más útiles y menos conflictivos.

Esta es la esperanza que yo tengo para el mundo: que una consciencia más integral nos ayude a crecer, a despertar, a limpiar nuestra sombra, para expresarnos en el mundo de una forma más constructiva. Y así podremos, en la medida de lo posible, aliviar el sufrimiento y promover la felicidad de todos los seres sintientes.

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Publicado en Entrevistas

Ken Wilber nació en Oklahoma, Estados Unidos, en 1949. Como su padre trabajaba en el Ejército, vivió en varios lugares durante su infancia. Se interesó inicialmente por la medicina, pero, tras dos años de estudio, se dio cuenta de que le interesaba algo más creativo. Pasó a estudiar Bioquímica en la Universidad de Nebraska. Aun habiendo terminado con buenas notas la carrera, comprendió que ni la medicina, ni la bioquímica ni la ciencia respondían sus eternas preguntas: ¿quién soy yo?, ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿por qué estoy aquí?

El Einstein de la conciencia

Ken Wilber comenzó a estudiar con entusiasmo las psicologías y filosofías de las grandes tradiciones de Oriente y Occidente. Dice: «Había estado dedicando mi vida al estudio de la ciencia para toparme con la lamentable conclusión de que, sin estar equivocada, la ciencia posee una perspectiva brutalmente limitada y estrecha». Wilber criticará luego en sus obras no a la ciencia en sí, sino al intento de la ciencia de acaparar toda la realidad, el cientifismo.

Dejó el doctorado y se puso a fregar platos para tener un sustento material que le posibilitara cumplir su sueño: dedicarse a la investigación de la conciencia y a publicar libros. Sus profesores de la facultad quedaron horrorizados. A los veintitrés años escribió su primer libro, El espectro de la conciencia, que tuvo una gran acogida: «Durante los cinco años siguientes seguí lavando platos, sirviendo mesas, trabajando en una tienda y escribí cinco libros más».

Eso de que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer no deja de cumplirse en el caso de nuestro autor. En Gracia y coraje, su trabajo más personal, narra el hecho más importante de su vida: el encuentro con la mujer que sería su esposa, Treya, y el periplo vital de los siguientes años, cuando ella padeció cáncer y finalmente murió.

Lo llamaron el Einstein de la conciencia, por su intento de sintetizar e integrar todas las ramas del saber en una fórmula simple. Y se puede decir que lo ha conseguido. Wilber es considerado como el gran teórico de la psicología transpersonal e integral, que se caracteriza por contemplar las amplias experiencias espirituales, negadas o ignoradas por la psicología convencional. Pero su obra no se limita a la psicología, sino que, como un auténtico filósofo, integra muy diversas ramas del saber práctico y teórico.

En sus investigaciones encontramos referencias a los grandes filósofos y místicos de Oriente y Occidente, como Platón, Buda, Plotino, Shankara, Ibn Arabi, Eckart, así como a los grandes pensadores de la modernidad, como Kant, Hegel, Freud, Jung, Piaget, Habermas, etc.

Wilber no se ha dedicado a los estados transpersonales desde un punto de vista solo teórico, sino también experimental, practicando durante décadas diversas disciplinas del budismo zen, tibetano, psicología, etc. No se considera a sí mismo un maestro espiritual, un gurú , sino más bien un pandit, un estudioso, a la vez que practicante, de disciplinas espirituales.

Filosofía perenne e integral

La obra de Wilber se construye a partir de lo que él llama generalizaciones orientadoras, que son verdades amplias de los diferentes campos del saber. Busca una realidad que tenga en cuenta las verdades de la ciencia, pero también las de la philosophia perennis.

En sus obras encontramos un bello despliegue de ecuanimidad; una exposición sencilla, metódica y asequible al lector. Trata de construir un modelo de la realidad que sea realmente comprensivo, que incluya las diversas teorías sobre el hombre y universo que han aparecido en la historia, las limpie de sus limitaciones e integre sus verdades en un modelo mucho mayor.

ken wiber mapa integral

Siguiendo a Leibniz , Kumaraswami, Huxley, Huston Smith, etc., busca la filosofía común y eterna que subyace tras todas las religiones y místicas . Y además, su integración con todas las otras ciencias humanas o exactas desarrolladas por la humanidad. Como ya defendiera H. P. Blavatsky en el siglo XIX, cree que la mística es otro tipo de conocimiento científico, aunque se desarrolle en el interior del ser humano. Y que todas las religiones, simbolismos e incluso ciencias físicas y biológicas se complementan perfectamente entre sí, si las colocamos correctamente cada una en su lugar y altura de la realidad.

Por eso se desmarca del movimiento transpersonal, para realizar el esfuerzo del enfoque integral. Busca una «teoría de todo» que englobe las verdades de todas las grandes tradiciones psicológicas, científicas, filosóficas y espirituales. Lo plasma en libros comoBreve historia de todas las cosas,La conciencia sin fronteras, Un Dios sociable o Los tres ojos del conocimiento.

La teoría integral busca una comprensión lo más abarcante posible del ser humano y del universo ; y que lleve a una transformación y mejoramiento del cuerpo, la mente y el alma. En este sentido, Wilber coincide con otros filósofos contemporáneos como Aurobindo , Jean Gebser , Don Beck o Chris Cowan .

La tradición teosófica ya trató de recuperar la filosofía perenne dándole un lenguaje moderno, recuperando enseñanzas del platonismo y de Oriente, e intentaron integrarlo con la evolución científica, sin renunciar a ninguna de las dos vertientes. No era fácil conciliar el creacionismo, el budismo, la idea de Dios o los dioses con el evolucionismo y la ciencia. Eran dos posiciones tremendas autoexcluyentes y, a menudo, enemigas. Wilber, con valentía y estudio, asume ese reto y lo resuelve con bastante éxito, enfrentándose a complicadísimos temas, presentes en la filosofía perenne, como:

- La constitución interna del individuo.

- Los niveles y estructuras de existencia, en lo individual y colectivo.

- La involución y evolución como grandes procesos cósmicos.

Holones, jerarquía y Gran Cadena del Ser

El universo es holónico. ¿Qué significa esto? Que está constituido por totalidades-partes. Un holón es algo que constituye una unidad en sí mismo y, al mismo tiempo, es una parte de un conjunto mayor. Por ejemplo, una letra. Es una unidad en sí misma, pero al mismo tiempo es una parte de una palabra, que es una unidad en sí misma y una parte de una frase, totalidad en sí y parte de un párrafo.

Otra serie holónica sería la formada por átomo-molécula-célula-órgano-cuerpo…, donde cada elemento es una unidad en sí misma, a la vez que una parte del siguiente sistema que las trasciende, al mismo tiempo que las conserva. Un ser humano es también un holón, pues es una unidad en sí mismo (compuesto de muchas partes) y al mismo tiempo es una parte de una realidad mayor.

Los holones tienen cuatro movimientos o capacidades: dos verticales y dos horizontales. El primero de los impulsos horizontales es la individualidad, que es la tendencia del holón a conservar su totalidad, su unidad, su actividad propia frente a las presiones del medio. La otra tendencia horizontal es la comunión, que es la tendencia a conservar la parcialidad, el impulso a seguir siendo parte de una unidad mayor.

Las capacidades verticales son la autodisolución, que ocurre cuando un holón fracasa en conservar su individualidad o las relaciones que mantiene con otras individualidades y se disgrega en los subholones que lo componen (las células se descomponen en moléculas, que a su vez se disgregan en átomos).

Por el contrario, la autotrascendencia es el impulso a crecer, a evolucionar, un proceso que incorpora lo que ya existía y le agrega componentes nuevos (por ejemplo, el cerebro humano consta del tallo reptiliano, al que se le añade el sistema límbico, al que se le añade el neocórtex).

ken wiber Pirámide de Maslow 1

Los holones no están dispuestos al azar, como producto de una mera casualidad. Wilber recupera la idea de jerarquía (hieros: sagrado; archos: gobierno), como la forma en la que el cosmos se ordena de forma natural. El hombre no puede sustraerse, por mucho que quiera, a este principio ordenador.

Frente al terror que produce hablar de jerarquías hoy día, Wilber distingue entre jerarquías naturales y jerarquías patológicas. Una jerarquía natural es simplemente el orden evolutivo, que va del átomo a la molécula y de esta a la célula; un proceso de crecimiento hacia sistemas cada vez más holísticos e integradores. Una jerarquía patológica o de dominio tiene lugar cuando un holón no ocupa el puesto que le corresponde y trata de tiranizar a la totalidad (por ejemplo, una célula cancerosa en el cuerpo o un tirano en la sociedad).

Así, llegamos a la Gran Cadena del Ser, legado de las grandes tradiciones espirituales y de la filosofía perenne: el cosmos se compone de diversos estratos de realidad que van de lo más burdo a lo más sutil, llegando finalmente a Dios (el espíritu), fundamento de todo (aspecto inmanente) y cumbre de la evolución (aspecto trascendente).

Cada nivel superior trasciende, a la vez que incluye, al inferior. Entonces, podemos decir que esta Cadena se compone de materia, cuerpo, mente, alma y espíritu. O fisiosfera, biosfera, noosfera, teosfera y espíritu. Estos niveles del ser son holones y se ordenan jerárquicamente. El mundo de la materia es trascendido por el mundo biológico. Así, un vegetal trasciende, pero incluye, a la piedra; un animal trasciende e incluye al vegetal y al mineral.

La intuición (alma) supera a la razón (mente), pero la incluye en una totalidad de orden superior. Podemos hablar de niveles de ser o de niveles de consciencia. Todos los niveles de la Gran Cadena son importantes, pero obviamente cada nivel más elevado es más real, más verdadero, más trascendente, pues es como un recipiente cada vez más grande y más pleno del espíritu. Los niveles superiores van emergiendo a través de los inferiores, pero esto no quiere decir que los inferiores sean la causa de los superiores, al contrario: lo inferior viene de lo superior, pero su despliegue se hace a través de lo inferior. Por ejemplo, la mente se actualizará en el hombre después del cuerpo, lo que no quiere decir que el cuerpo sea la causa de la mente.

Los cuatro cuadrantes

Los cuatro cuadrantes son las cuatro esquinas del cosmos, las cuatro caras de los holones. Se basan en dos premisas: la primera, que podemos ver todo holón desde dentro y desde fuera, pues todo holón tiene un aspecto exterior y otro interior. La segunda, que a los holones podemos verlos de forma individual o en colectividad. Si combinamos estas cuatro facetas, obtendremos los cuatro cuadrantes.

Superior-derecho

Es el aspecto individual y exterior de los holones, es decir, todo aquello que puede ser estudiado y medido empíricamente. La ciencia puede estudiar el cerebro humano, por ejemplo, y constatar que se compone de determinadas partes; que tienen determinadas funciones y que producen determinadas reacciones bioquímicas. Wilber llama a este cuadrante conductual.

Si se conecta a un yogui un electroencefalógrafo mientras medita, se podrán observar (cuadrante superior-derecho) los cambios fisiológicos que acontecen en su cerebro (ondas alfa, beta, delta). Pero lo que el investigador no podrá conocer serán las iluminaciones sutiles que el yogui experimentará en su interior (será en el cuadrante superior-izquierdo). Si desea conocer algo de esa experiencia, deberá hablar con él; aun así, todo lo que podrá obtener será una descripción mental de la experiencia y no la experiencia misma.

Superior-izquierdo

Es el aspecto individual e interior de los holones, la conciencia, el mundo de los significados internos, de la estética, de los pensamientos de cada ser humano, su historia personal. Este cuadrante no puede ser visto ni oído ni sentido de forma sensible. Las ideas, los sentimientos, no se pueden tocar con las manos. Para conocer a una persona hay que hablar con ella e interpretar lo que dice, no se la puede conocer científicamente. Wilber llama a este cuadrante intencional.

Inferior-izquierdo

Es el aspecto colectivo e interior de los holones. Son los significados internos compartidos, las culturas, las ideas compartidas por los grupos. Cada hombre nace en una familia con una determinada visión del mundo. La familia está a su vez integrada en una comunidad, en una nación, en una gran cultura, y la persona se va configurando en un mundo lleno de significados internos (no tocables ni medibles). Este cuadrante es llamado de lo cultural.

Inferior-derecho

Es el aspecto colectivo y exterior de los holones. Son todos aquellos aspectos de un grupo de holones que pueden ser verificados desde fuera, de manera empírica, objetiva, medible y cuantificable. Son, por ejemplo, los sistemas de producción, el tamaño de la población, la estructura de las edades de dicha población, el nivel tecnológico, los sistemas arquitectónicos, jurídicos, etc. Es llamado el cuadrante de lo social.

Los cuadrantes de la mano izquierda son los del mundo de la cualidad, del valor, mientras que los de la mano derecha son los de la cantidad. La ciencia, que se encarga de la mano derecha (todo lo empírico, medible, cuantificable) no puede ofrecernos criterios de valor. El mal de nuestro tiempo es la colonización de los dominios de la mano izquierda por los de la mano derecha, la usurpación por la ciencia y la técnica de todas las esferas de cualidad, que da como resultado un mundo chato, unidimensional, incoloro, insípido, muerto. La Gran Cadena del Ser reducida a su más baja expresión, la materia.

Todos los cuadrantes son igualmente importantes y no pueden ser reducidos a uno en particular. Todos se influyen mutuamente. Ha habido grandes teóricos de un determinado cuadrante, pero generalmente no han reconocido la importancia de los otros y sus teorías perdieron finalmente notoriedad ante los huecos que dejaban sin explicar. Por ejemplo, Marx se ocupó de lo colectivo-externo, por lo que no reconoció la existencia de los cuadrantes de la izquierda (lo interior) y convirtió el arte, las leyes, la moral y la religión en meras proyecciones de la organización económica. Wilber intenta rescatar en su obra lo más interesante de las teorías de grandes pensadores como Marx, Freud, Jung y muchos otros. Y nos sugiere, al mismo tiempo, cuáles son las partes de sus teorías que debemos rechazar por incompletas o insostenibles.

El desarrollo humano

El Hombre Real (Self, Atman, Testigo), es básicamente uno con el espíritu, pero antes de alcanzar esa consciencia de la unidad, encarna en sucesivas vidas en las que va perfeccionándose sucesivamente. Así, va pasando por los distintos niveles de la Cadena, identificándose y des-identificándose sucesivamente, a medida que progresa con la materia, la vida, la mente y, en algunos individuos, el alma y el espíritu. El espectro del desarrollo de un ser humano pasa por tres grandes etapas: pre-personal, personal y transpersonal; o pre-egoica, egoica y trans-egoica o pre-mental, mental y trans-mental.

Lo pre-egoico comprende el nacimiento y la infancia, hasta que va surgiendo una cierta conciencia mental de la propia identidad. Ahí nace lo egoico, que en la adolescencia se manifiesta plenamente y que, con el paso de los años, va madurando hasta llegar a una etapa existencial, en que la persona se pregunta por su existencia y por el porqué de la vida. Esa sería más o menos la frontera entre lo egoico y lo trans-egoico, la etapa final de lo personal y la antesala de lo transpersonal.

Lo que se llama transpersonal o trans-egoico constaría a su vez de varios niveles más: psíquico (o nivel del yogui o del chamán), sutil (nivel del santo), causal y no dual (niveles del sabio). Todo esto, por supuesto, es un resumen.

Las sociedades actuales ayudan a llegar hasta lo mental, pues ahí está su centro de gravedad, su nivel evolutivo medio. Pero no conducen, e incluso obstaculizan en gran medida, el acceso a lo transpersonal, el mundo del alma y del espíritu.

Ken Wilber se muestra explícito sobre los problemas que aquejan actualmente a la humanidad: la crisis ecológica, el principal problema de Gaia, no es la polución, los desechos tóxicos, el agujero de ozono ni nada por el estilo. El principal problema es que no existen suficientes seres humanos que se hayan desarrollado hasta los niveles posconvencionales, mundicéntricos y globales de conciencia, que son los únicos que pueden llevarle a ocuparse de las cuestiones globales.

Bibliografía

Visser, Frank. Ken Wilber o la pasión del pensamiento. Kairós.

Wilber, Ken. Breve historia de todas las cosas. Kairós.

Wilber, Ken. Una visión integral de la psicología. Alamah.

Wilber, Ken. Después del Edén. Kairós.

Wilber, Ken. Los tres ojos del conocimiento. Kairós.

Publicado en Ciencia
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