Mayo 2020

Hasta siempre, Extremoduro

Escrito por  Joan Bara
Extremoduro Extremoduro

Durante el pasado 2019 expresé mis modestos comentarios filosófico-rockeros con una de las bandas más longevas y, desde mi punto de vista, más íntegras del rock español. Después de la retirada de Los Suaves, todos los amantes del rock nos sentimos un poco huérfanos.

Ahora, a comienzos de 2020, desaparece, parece que definitivamente, otro grupo emblemático surgido detrás de la genialidad de un personaje carismático como Robe Iniesta.

Si hay una característica que ha acompañado a Extremoduro desde siempre es la dignidad. Durante bastante tiempo fueron totalmente ignorados por los medios de comunicación, sus canciones apenas se escuchaban en la radio. Y no estoy hablando de esa peculiar lista de 40 (no creo que ellos estuviesen muy orgullosos de figurar en ella), ni siquiera en radios especializadas en rock (que parece que las hay). Sin embargo, siguieron fieles a su peculiar mezcla de poesía y rabia:

«…para qué sirve un filósofo que no hiere los sentimientos de nadie».

Y se despiden con dignidad; después de treinta años juntos, tiene la honradez de reconocer:

«Para trabajar de la manera en que nosotros hemos trabajado tanto tiempo, es imprescindible tener una compenetración muy especial. Ahora, esa compenetración tan difícil de conseguir y mantener, aunque existe, no es la misma».

Hubo un tiempo en España en que el rock no vendía ni interesaba a las compañías discográficas. Hubo algunos que se «suavizaron», dejaron atrás sonidos demasiado transgresivos y parece que les fue bien… pero siempre sabrán en su fuero interno que «habían vendido su alma al diablo».

En el siglo XV, el filósofo italiano Pico de la Mirandola redacta su célebre discurso De la dignidad del hombre. Allí nos recuerda que, a diferencia de las otras criaturas terrestres, el ser humano, para realizar su condición como tal, debe saber elegir entre el animal y el ángel. Es el ejercicio de su libertad interior lo que garantiza su dignidad. Esta dignidad le permite ejercer su libertad de espíritu, evitando toda forma de sumisión.

¡Oh suma libertad de Dios padre, oh suma y admirable suerte del hombre al cual le ha sido concedido el obtener lo que desee, ser lo que quiera!

Inspirándonos en este clásico del Renacimiento, deberíamos recuperar el concepto romano de dignitas. Una persona que poseía dignitas significaba que se había ganado el respeto de los demás por su comportamiento ético. Para Cicerón, la dignidad es uno de los valores humanos más elevados, puesto que no busca el interés personal.

Creo que es un buen momento para cultivar nuestra dignidad: en nosotros está la capacidad de ser uno más de la «manada» y buscar nuestro instinto de supervivencia por encima de todo, o comportarnos como seres humanos con dignidad buscando el interés general por encima del personal.

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