Miércoles, 01 Julio 2020 00:00

Ejemplos de vida

El hecho de vivir una experiencia tan insólita como un confinamiento general y un estado de alarma ante la presencia de un virus devastador, ha despertado nuestra necesidad de acudir a ejemplos de seres humanos que encararon los infortunios de manera ejemplar, como puede verse en las historias que nos han proporcionado nuestros colaboradores. Hemos comprobado que, cuando se trata de aprender cómo enfrentarse a la adversidad, lo más eficaz es recurrir a los consejos de los filósofos por una parte, y por otra, al buen ejemplo de los valientes que lo hicieron, incluso en circunstancias aún más difíciles que las nuestras.

Durante las largas semanas de pandemia, se ha hablado mucho de heroísmo, para calificar la abnegación de tantos profesionales de los más diversos sectores que dejaron a un lado los miedos y los graves riesgos a los que se sometían y cumplieron con lo que era su deber, con un pundonor y una entereza admirables. Como sucede en todas las guerras, la que está librando la sociedad mundial está dejando atrás la pérdida de muchos seres humanos que, a pesar de su valor, no resistieron los ataques del patógeno, entre los cuales se cuentan numerosos profesionales sanitarios.

Hemos comprobado que el ser humano es capaz de alcanzar las cimas del heroísmo, pero también la bajeza de la mezquindad egoísta. Pero si hacemos un balance, podemos afirmar que son mucho más numerosos los héroes, y su memoria queda imperecedera para animar nuestros afanes por ser mejores y dignos de ellos. Son esos «héroes cotidianos», como los llama Delia Steinberg en un necesario libro con ese título, publicado por editorial NA.

Publicado en Editorial
Miércoles, 01 Julio 2020 00:00

La fortaleza ante las dificultades

Cuando se inició 2020, no sabíamos todavía el alcance de los momentos difíciles que nos tocaría vivir. Al cabo de poco tiempo se expandió una pandemia que afectó a la mayoría de los países –si no a todos– del mundo, demostrando que, en estos casos, las que nosotros consideramos diferencias no existen. Todos somos seres humanos, todos somos vulnerables a la enfermedad y a todos nos afecta el dolor.

Diariamente vemos con asombro y pánico la cantidad de personas afectadas por el coronavirus, el número creciente de muertos, y aunque por suerte muchos se recuperan, el número de quienes han perdido la vida es sobrecogedor. Es tan grande que a veces no vemos más que cifras y olvidamos el dolor de quienes se marchan en la soledad de un hospital o en peores sitios, en la tristeza de quienes no pueden acercarse ni despedirse de sus seres queridos.

No vemos, por mucho que lo repitan, la entrega incansable de quienes se esfuerzan por salvar vidas, por elevar el ánimo de quienes se sienten desamparados. Verdaderos modelos de fortaleza.

Evidentemente, son momentos difíciles y, sobre todo, momentos especiales que ponen a prueba nuestros valores interiores.

Saber sufrir no es fácil, pero si hay fortaleza, el sufrimiento se convierte en una potencia enorme que desconocíamos y ni sabíamos que podíamos desarrollar. Hay formas de sufrimiento que ennoblecen, y no tenemos más que tomar en cuenta la gran cantidad de maravillosas obras de arte que surgieron bajo el influjo del dolor. Sin embargo, son expresiones de dolor que nos transportan a esferas elevadas de conciencia, produciendo, más que consuelo, un sentido de infinitud que nos funde con el universo entero.

Deberíamos recurrir diariamente a la belleza que nos devuelve la dignidad y nos hace sentir más grandes y mejores.

Detrás del dolor hay un significado, y aunque cuando estamos atrapados por el dolor no comprendemos el sentido de la vida, deberíamos hacer un esfuerzo por llegar a causas más profundas que las simplemente evidentes. Esta profundización nos ayudaría a llegar a otras causas, a otras respuestas que no son tan evidentes, pero no por ello menos verdaderas.

manos

Sé que es fácil utilizar palabras para explicar, palabras para consolar, palabras… Sin embargo, a falta de otro medio de comunicación más íntimo y sutil, no tenemos más opción que usar palabras. Si recordáramos viejas enseñanzas, de esas que el tiempo se ha tragado en beneficio de modalidades más superficiales e insignificantes, retomaríamos el sentido oculto que se esconde detrás de las palabras. Cada una de ellas encierra un concepto, una idea. Y debería bastar el sonido de esa palabra para que su sentido interno volviera a nosotros.

Recomendamos «fortaleza» y no sabemos muy bien qué queremos indicar con ello. ¿Es aguantar el dolor sin que se advierta? ¿Es esconder las lágrimas? ¿Es demostrar frialdad cuando ardemos por dentro? ¿Es caer en la apatía y la falta de sentimientos? ¿Es recurrir a la agresividad para desahogar lo que no podemos mostrar?

Por desgracia, esas formas de aparente fortaleza tienen corta duración y, tarde o temprano, se pierden, dando lugar a modalidades mucho más groseras o más impropias del ser humano. Entonces, desconfiamos de la fortaleza y de cualquier otro valor moral que se le parezca.

Mientras esperamos que las palabras adquieran un sentido especial, creemos que la fortaleza tiene algo de fuerza, naturalmente, pero necesita otros elementos que la completan y la convierten en un valor vital.

La verdadera fortaleza necesita voluntad, que es decir un valor permanente fundamentado en nuestros principios y en lo que queremos hacer en la vida. Es una valentía que no se destruye ante las adversidades, sino que, al contrario, crece y se hace más potente y refinada. Es capacidad de decisión y de hacerse cargo de los errores para reemprender la vida misma una y mil veces con afán de perfeccionamiento.

La verdadera fortaleza necesita inteligencia, no razonamiento. La inteligencia busca el porqué de las cosas, es capaz de ver detrás de las apariencias y captar de manera inmediata, como un chispazo, lo que se esconde detrás de cada situación, de cada persona, detrás de uno mismo.

La verdadera fortaleza necesita amor. Lejos de esta virtud está la dureza de carácter, la frialdad y el mal trato. Al contrario, el más fuerte es el que más comprende y más ama, comprende a los demás y se ama a sí mismo concediéndose oportunidades, lejos del orgullo y la vanidad.

La verdadera fortaleza necesita unión. Solos podemos hacer muchas cosas, pero unidos de corazón con quienes convivimos, podemos hacer casi milagros. La unión concede una fuerza que multiplica millones de veces la nuestra, multiplica la voluntad, la inteligencia y el amor.

Fortaleza y Unión son medicinas únicas en los momentos difíciles y especiales.

 

Sobre la autora:

Licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y graduada como profesora de Piano y Composición en el Conservatorio Nacional de Música de Buenos Aires.

Fundadora en 1982 del Concurso Internacional de Piano Delia Steinberg, aún en activo.

Desde 1991 hasta 2020 ha sido presidenta internacional de Nueva Acrópolis. Desde marzo de 2020, con la elección de un nuevo presidente internacional, es reconocida como Presidente de Honor de esta Asociación Internacional.

Entre algunas de sus obras podemos destacar:

Los juegos de Maya (Editorial Nueva Acrópolis. Madrid, 2001. 1.ª ed. 1980).

El héroe cotidiano (Editorial Nueva Acrópolis. Madrid, 2002).

Filosofía para vivir (Editorial Nueva Acrópolis. Madrid, 2005).

¿Qué hacemos con el corazón y la mente? (Editorial Nueva Acrópolis. Madrid, 2006).

Para conocerse mejor (Editorial Nueva Acrópolis. Madrid, 2015).

El ideal secreto de los templarios (Editorial Nueva Acrópolis, 2015).

Publicado en Filosofía
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