Cuenta Wagner en sus memorias que lo que le hizo decidirse a ser músico fue el escuchar de joven en un concierto la Novena sinfonía de Beethoven. Fue tal el impacto emocional que le causó que, a partir de ese momento, solo quiso ser —en sus propias palabras— «Beethoven o nada».

Para él, Beethoven representaba «el modelo ideal de músico que elevó lo estético a la categoría de lo sublime, liberándolo de las antiguas formas convencionales y creando una música válida para todos los tiempos, ya que expresa las más elevadas y atemporales aspiraciones del género humano».

Para Schopenhauer, quien consideraba la música como la forma pura del sentimiento, Beethoven representaba la más alta cima del pensamiento musical, por encima incluso de Bach y de Mozart.

En cierta ocasión, Beethoven le confesó a Johann A. Stumpff, constructor de pianos y amigo suyo: «Cuando al anochecer contemplo con asombro el firmamento, mi espíritu vuela más allá de las estrellas hacia la fuente de donde brota toda obra creada y de la que todavía ha de fluir toda nueva creación… Lo que ha de llegar al corazón, tiene que proceder de arriba. Si no proviene de allí, no será más que notas, cuerpo sin alma».

Para Beethoven, el arte, la música, debían tener un carácter moral y transformador. Por eso, cuando Goethe rompe a llorar por la emoción al oír su música, Beethoven le escribe: «Estimado amigo, los verdaderos artistas no lloran. La música debe mover el espíritu de los hombres, no emocionarles».

El mismo Beethoven escribió en su diario: «¿No cambia algo la música en el hombre, algo que le haga sentirse diferente, que le haga más humano? Ciertamente, eso es lo que ocurre durante el concierto, pero, cuando sale a la calle, la vida cotidiana vuelve a engullirlo. Tal vez el sentimiento de sublimación que provoca la música empuje a ese hombre a querer sentir de nuevo lo mismo en su vida cotidiana; y lo conseguirá siempre y cuando actúe con compasión siguiendo las normas morales».

Él, con su música, más allá del impacto emocional, no solo buscaba la belleza, sino que, a través de la belleza, trataba de llegar a la verdad, a la bondad, a lo más noble y elevado del espíritu humano, aunque para ello tuviera que crear nuevas formas que pudieran expresar lo que él sentía en lo más profundo de su ser, subordinando la forma a la idea, pero sin romper nunca con la tradición, la cual siempre respetó y utilizó como pedestal firme sobre el que construir su propia obra.

Tal vez ningún otro compositor haya provocado tanta admiración y tanto respeto, tanto en vida como después de su muerte, como Beethoven. Brahms decía que se le hacía muy difícil componer música teniendo a sus espaldas la sombra de un gigante como Beethoven. Y dentro de la gigantesca obra de Beethoven, ninguna creación suya ha alcanzado tal universalidad como su Novena sinfonía. Wagner la consideraba como la sublimación del arte de Beethoven y el inicio de un nuevo camino en la historia de la música y del arte.

Un legado espiritual

La Novena sinfonía es el testamento espiritual de Beethoven, el mensaje último que quiso transmitir a la Humanidad, a sus semejantes. Y si bien cuando hablamos de la Novena sinfonía, en seguida nos viene a la mente el Himno a la alegría, este es en realidad el último movimiento, la culminación de la obra. Para poder expresar con más claridad, si cabe, el mensaje que quería transmitir, el ideal de una fraternidad universal entre todos los seres humanos más allá de cualquier diferencia, utilizó la palabra y la voz humana, algo inédito hasta ese momento en una sinfonía, como si quisiera centrar la atención en el ser humano y no simplemente en la música como algo abstracto.

Beethoven Ninth Symphony

La génesis de la Novena sinfonía es quizá de las más largas en toda la producción del músico. Beethoven siempre sintió admiración por la poesía de Schiller y Goethe. A este último lo utilizó en algunas de sus canciones, pero de Schiller había un poema que le fascinó desde bien joven: su Oda a la alegría.

Desde 1792, recién llegado a Viena, Beethoven había manifestado su deseo de poner música a la oda de Schiller, que había sido publicada seis años antes. Al principio, este poema se iba a llamar Oda a la libertad, adhiriéndose así al pensamiento revolucionario que recorría Europa en esos años. Beethoven mismo era seguidor de las ideas ilustradas surgidas de la Revolución francesa con su lema de Libertad, igualdad y fraternidad. Según comenta Karl Holz, su secretario personal en los últimos años, Beethoven era francmasón y pertenecía a la Logia Ilustrada, la misma logia a la que pertenecían Schiller, Goethe, Klopstock o Herder; y dice que entre ellos se trataban de «hermanos», si bien no se conserva ningún documento que acredite esta filiación, aunque se sabe que durante toda su vida se relacionó con muchos masones, ya desde su etapa en Bonn, como por ejemplo, muchos de sus benefactores.

Finalmente, y por diferentes motivos y presiones políticas, la que iba a ser Oda a la libertad terminó llamándose Oda a la alegría. Pero, por esas vueltas que da el destino, en el concierto que dirigió Leonard Bernstein en la Navidad de 1989 para conmemorar la caída del muro de Berlín, donde se interpretó la Novena sinfonía de Beethoven por músicos de las dos Alemanias y de otras orquestas del mundo, el director quiso que se utilizara la versión original de Schiller, sustituyendo la palabra freude (‘alegría’) por freiheit (‘libertad’).

Durante treinta años el pensamiento de Beethoven giró sobre este poema y sobre cómo darle una forma musical adecuada y digna de las ideas contenidas en él. A lo largo de los años hizo diferentes intentos; quizá el más destacable sea la Fantasía coral op. 80 para piano, coro y orquesta, terminada en 1808, donde esbozó alguna de las ideas musicales que luego desarrollaría en el coral de la Novena sinfonía.

En 1817 la Real Sociedad Filarmónica de Londres, a través del discípulo de Beethoven Ferdinand Ries, le encargó la composición de una nueva sinfonía. Para ese entonces ya había compuesto ocho sinfonías, pero de la época en que trabajaba sobre la Séptima y la Octava, en 1811, datan ya algunos apuntes y esbozos que utilizaría luego en su Novena sinfonía.

Beethoven se puso manos a la obra y volvió a retomar la idea de la Oda a la alegría de Schiller. En 1823 ya tenía terminados los tres primeros movimientos, pero el cuarto fue el que más le costó y el que más quebraderos de cabeza le trajo, sobre todo por cómo introducir la voz humana en una sinfonía, algo totalmente novedoso y revolucionario, y por cómo darle una forma adecuada que expresase realmente la grandeza y profundidad del mensaje que quería transmitir con el poema de Schiller.

Para ello retocó, de alguna manera, el poema original, ya que no lo utilizó completo. Hizo una selección y además puso al principio tres versos de su propia pluma como introducción al propio texto de Schiller. Aquí tenemos un pequeño extracto del texto que utilizó Beethoven:

¡Alegría, hermoso destello de los dioses,

hija del Elíseo!

¡Ebrios de entusiasmo, entramos,

diosa celestial, en tu santuario!

[…]

Todos los hombres vuelven a ser hermanos

allí donde tu suave ala se posa.

[…]

¡Gozosos como los cuerpos celestes

que transitan por sus órbitas

a través del inmenso espacio sideral,

marchad así, hermanos, por vuestro camino,

alegres como el héroe hacia la victoria!

¡Abrazaos, millones de criaturas!

¡Y que ese abrazo envuelva al mundo entero!

[…]

¿No vislumbras, mundo, a tu Creador?

¡Búscalo por encima de la bóveda estrellada,

pues habita sobre las estrellas!

Los movimientos de la Novena

La obra comienza de forma misteriosa con unos intervalos de quinta. El cinco es un número relacionado simbólicamente con el ser humano. Lo vemos, por ejemplo, en el hombre de Vitruvio, enmarcado dentro de una estrella pentagonal, que también utilizó Leonardo. Este movimiento utiliza un ritmo binario, como queriendo representar la dualidad, el enfrentamiento entre fuerzas opuestas que se da en la vida de todo ser humano. Esta dualidad la vemos reflejada también en los dos acordes que aparecen de repente, como con una connotación trágica, y que se van repitiendo a lo largo de todo el movimiento. Pero en determinado momento también aparecen, aunque no con tanta insistencia, grupos de tres acordes. El tres siempre se ha relacionado simbólicamente con lo espiritual. Lo vemos, por ejemplo, en las tríadas de muchas religiones, como la egipcia, la hindú o la misma religión cristiana con la Santísima Trinidad. Es como si lo superior, lo espiritual, quisiera abrirse paso en el mundo, pero encuentra una férrea resistencia. Es la eterna lucha del ser humano.

El segundo movimiento utiliza un ritmo ternario y empieza con un grupo de tres acordes que se repite tres veces y que se va repitiendo machaconamente a lo largo de todo el movimiento. Es como si Beethoven quisiera presentar una realidad diferente, elevada, que pueda inspirarnos en nuestra lucha cotidiana en el mundo de la dualidad, de lo manifestado, de lo concreto. Es como si quisiera que alzáramos nuestra mirada por encima de las pequeñeces cotidianas y de nuestros propios egoísmos hacia un mundo superior. Este movimiento tiene un carácter, todo él, más luminoso y optimista que el anterior.

El tercer movimiento tiene un carácter más íntimo, más lírico, más meditativo. Es como una profunda y serena reflexión sobre la vida, sobre el destino, sobre el propio ser humano, con sus pequeñeces y grandezas. En medio de esta meditación tranquila aparece en un momento dado el grupo de tres acordes, que se repite varias veces y de forma enérgica, como recordándonos nuestro destino y como queriendo elevar nuestros pensamientos en un canto de esperanza y de confianza en ese mundo superior.

El cuarto movimiento empieza de forma instrumental y de un modo un tanto sombrío, con los chelos y los contrabajos. Seguidamente, con unos breves compases de cada uno de los movimientos anteriores, pero dentro de ese ambiente sombrío, va haciendo un recordatorio y recapitulación de las ideas que ha estado exponiendo hasta ahora, como preparación al mensaje final que quiere transmitir. De repente, aparece la voz humana, el barítono, que nos dice: «Dejemos esos tonos y entonemos cantos más agradables y llenos de alegría». Y grita «¡Alegría!». Y le responde el coro: «¡Alegría!». Y empieza la Oda a la alegría, primero con la voz solista, a la que luego se le añade el coro.

En este último movimiento, Beethoven alcanzó las esferas de lo sublime como quizá ningún otro compositor haya podido lograr en toda la historia de la música. Y lo más curioso de todo es que, cuando compuso esta sinfonía, ya estaba completamente sordo. Tal vez fue una de esas paradojas del destino para que así pudiera escuchar una música interior que los oídos de los hombres jamás habían escuchado; una música inmaterial rebosante de alegría, de fe, de confianza en los valores superiores del ser humano y de esperanza en un destino y un mundo mejor, más bello y más justo, donde todos los hombres nos sintamos hermanados más allá de todas nuestras diferencias.beethoven 3694142 1920

La Novena llega al público

La obra se estrenó el 7 de mayo de 1824 y fue un éxito absoluto, aunque Beethoven, ya con una salud muy delicada y completamente sordo, no pudiera oír los aplausos del público, pero sí sentir su entusiasmo. Desde entonces, su significado ha trascendido a tal nivel que no solo ha pasado a ser el himno oficial de la Unión Europea, sino que se ha convertido en un auténtico símbolo mundial utilizado por personajes públicos de todas las ideologías.

Bismarck decía de la Novena sinfonía que si pudiera oírla más a menudo, sería más valiente. La utilizó para infundir valor a sus tropas e incluso la llegó a rebautizar con el nombre de Sinfonía Bismarck.

Engels insistió en el alcance universal de la Novena sinfonía y, a la hora de elegir un himno, los marxistas dudaron entre la Oda a la alegría y la Internacional. Y lo que les hizo decidirse por esta última fue el uso nacionalista que de la obra de Beethoven estaba haciendo Alemania.

El mismo Hitler, cuando llegó al poder en 1933, quiso que ese año, en el Festival de Bayreuth, dedicado exclusivamente a las óperas de Wagner, se interpretara la Novena sinfonía de Beethoven. Y cuando terminó la guerra y volvió a celebrarse el festival en 1951, la reapertura del mismo se hizo con la Novena. El mismo Wagner, cuando en 1872 se colocó la primera piedra del teatro de Bayreuth, celebró allí mismo un concierto donde dirigió la Novena.

Mussolini, en sus últimos años, también quiso utilizar y promover la música de Beethoven. Y Pietro Mascagni, el compositor verista autor de obras como Cavalleria Rusticana, decía de Beethoven que «murió como Jesús y como Jesús resucitó en la fulgurante luz de su arte. Beethoven resurgirá por el bien de la humanidad, inmortal en la historia, inmortal en el arte, inmortal en nuestros corazones, que latirán por él y por su gloria por los siglos de los siglos».

El Vaticano, a través de Pío XII, también favoreció el culto a Beethoven como un modelo cristiano a seguir. Y en este año ha emitido una moneda conmemorativa dedicada a Beethoven que está en circulación desde el 5 de marzo.

En los Juegos Olímpicos de 1952 y 1956 en Helsinki y Melbourne, las dos Alemanias, divididas tras la guerra, fueron representadas por una sola delegación, que utilizó como himno nacional común el Himno a la alegría de Beethoven.

En 1964 Ian Smith, el líder segregacionista que se hizo con el poder en Rodesia, declaró unilateralmente la independencia de la colonia inglesa y utilizó como nuevo himno, en vez del Dios salve a la reina, el Himno a la alegría de Beethoven.

Durante muchos años, también las Naciones Unidas soñaron con la idea de un himno del mundo, y de nuevo barajaron la opción de la Novena sinfonía, pero el intento no llegó a cuajar.

¿Qué tiene la Novena sinfonía que ha hecho que personajes con ideas tan diferentes y por motivos tan dispares se hayan sentido fascinados con ella, hayan proyectado sobre ella sus utopías y se hayan querido apropiar de ella?

Quizá sea la universalidad de su mensaje, que trasciende todas las ideologías, porque es un mensaje que va dirigido a la esencia misma del ser humano, a valores intemporales. El mismo Wagner estaba dispuesto a destruir toda la música del pasado con la excepción de la Novena sinfonía, convencido de que era el único canto de amor fraterno para toda la humanidad.

En el 250 aniversario del nacimiento de Beethoven creo que el mejor homenaje que se le puede hacer al compositor es despojar a la Novena sinfonía y a su Himno a la alegría de cualquier connotación ideológica o política e ir a la esencia de su mensaje, que no es otro que un canto a la paz y a la fraternidad universal entre todos los seres humanos sin distinción, unidos no por valores particulares o egoístas, sino por valores superiores y atemporales, valores espirituales que le dignifican como ser humano y le hacer soñar con un mundo mejor, más bello y más justo.

Si esto se pudiera cumplir, aunque fuera en pequeña medida, Beethoven sonreiría desde su tumba convencido del poder transformador del arte con el que siempre soñó.

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Jueves, 01 Octubre 2020 00:00

Beethoven y la carta a la amada inmortal

Tras la muerte de Beethoven en 1827, Anton Schindler y Stefan von Breuning, amigos de Beethoven, encontraron entre sus pertenencias, entre otros muchos documentos, un escrito de puño y letra del mismo Beethoven que ha hecho correr ríos de tinta desde entonces: la famosa Carta a la amada inmortal.

Aquí tenemos un extracto de la misma:

«Lunes, 6 de julio por la mañana.

Mi ángel, mi todo, mi ser mismo. Solo unas pocas palabras hoy. Escribo con lápiz, con el tuyo […] ¿Por qué este profundo dolor, cuando habla la necesidad? ¿Puede nuestro amor existir si no es a través del sacrificio, de no pedir todo del otro? ¿Puedes cambiar el hecho de que tú no seas completamente mía y yo no sea completamente tuyo?

¡Oh, Dios! Contempla la hermosa naturaleza y consuela tu alma acerca de lo que debe ser. El amor lo pide todo, completamente y con razón. Así es para mí contigo y para ti conmigo. Solo que olvidas muy fácilmente que yo debo vivir para mí y para ti. Si estuviéramos completamente unidos, tu sentirías este dolor tan poco como yo.

[…] Nosotros probablemente nos veremos pronto. Hoy todavía no puedo compartir contigo los pensamientos que he tenido durante estos últimos días acerca de mi vida. Si nuestros corazones estuvieran siempre juntos y unidos, yo, por supuesto, no tendría nada que decir. Mi corazón está tan lleno de cosas para decirte… Y, en cambio, a veces no encuentro las palabras para expresarlo.

No es nada en absoluto. Alégrate. Continúa siendo mi fiel y único tesoro, mi todo, como yo lo soy para ti. Los dioses deben concedernos lo que el destino nos tenga deparado.

Tu fiel Ludwig

Lunes, 6 de julio por la tarde

Estás sufriendo, mi queridísima criatura. […] ¡Oh, donde quiera que estoy, tú estás conmigo! Arreglaré contigo y conmigo para poder vivir a tu lado. ¡Qué vida, estar sin ti!

[…] Lloro cuando pienso que probablemente no recibas las primeras noticias de mí hasta el sábado. Por mucho que tú me ames, yo te amo aún más profundamente. Pero nunca te escondas de mí.

[…] ¡Oh, Dios mío! ¡Tan cerca, tan lejos! ¿Acaso no es nuestro amor un verdadero edificio celestial tan firme como el mismo firmamento?

Buenos días, el 7 de julio.

Aunque aún estoy acostado, mis pensamientos vuelan hacia ti, mi inmortal amada, por momentos alegres y por momentos tristes, esperando que el destino nos otorgue al final una resolución favorable.

Yo solo puedo vivir totalmente contigo o no viviré. Sí, estoy dispuesto a vagar sin rumbo tanto tiempo como haga falta hasta que pueda volar a tus brazos y pueda considerarme enteramente en casa contigo, y pueda dirigir mi alma abrazada por ti al reino del Espíritu.

Sí, desafortunadamente así debe ser. Tú debes dominarte tanto más cuanto que conoces mi fidelidad a ti. Nadie más podrá poseer jamás mi corazón… nunca, nunca.

¡Oh, Dios! ¿Por qué uno tiene que estar separado de lo que tanto ama? Mi vida en Viena es ahora muy desdichada. Tu amor me hace el hombre más feliz y a la vez el más infeliz. A mi edad debería tener cierta estabilidad y regularidad en mi vida. ¿Puede eso existir en nuestra relación?

[…] Permanece serena. Solo a través de la tranquila contemplación de nuestra existencia podremos alcanzar nuestro objetivo de vivir juntos. Sé paciente. Ámame hoy… ayer. ¡Qué doloroso anhelo de ti… de ti… tú… mi amor… mi todo! Adiós.

¡Oh!, continúa amándome. Nunca juzgues mal el más fiel corazón de tu amado.

Siempre tuyo, siempre mía, siempre nuestros.

Ludwig».”

carta amada inmortal

La amada desconocida

¿Quién era la destinataria de tan apasionadas palabras? La respuesta al enigma se la llevó Beethoven a la tumba y desde entonces se han hecho muchas conjeturas.

La relación de Beethoven con las mujeres fue un tanto compleja, reflejo de su propia personalidad. Ferdinand Ries, discípulo de Beethoven, observó que, si bien el maestro solía enamorarse con mucha frecuencia, esos amoríos solían tener muy corta duración, ya que las destinatarias de sus desvelos, o bien eran de una escala social superior, o bien algunas de ellas estaban casadas o finalmente terminaban casándose con otro. Esto fue una tónica a lo largo de toda su vida, pero el caso de la enigmática Amada Inmortal tuvo un carácter diferente.

De entrada, en la carta no se cita su nombre ni tampoco el año y el lugar en que fue escrita. Los únicos datos concretos que él da es que fue escrita en tres fases: se empezó un lunes día seis por la mañana, se continuó por la tarde y se terminó al día siguiente por la mañana.

También podemos hacernos una pregunta: ¿por qué conservaba él la carta? Ante esto tenemos varias opciones. La primera es que no mandara la carta, la segunda es que lo que él conservó fuera un borrador (lo más probable, dadas las características del escrito) y la tercera es que la carta fuera devuelta a su destinatario, posibilidad que no existía en el correo de la época, ya que esto se implantó más tarde.

En cualquier caso, el enigma de quién era la destinataria sigue en pie. Según Anton Schindler, primer biógrafo de Beethoven, la destinataria sería la condesa Giulietta Guicciardi, alumna de Beethoven y dedicataria de la famosa Sonata para piano n.º 14, conocida como Claro de luna. Pero la credibilidad de Schindler es prácticamente nula, ya que se aprovechó de su relación con Beethoven para su propio beneficio personal hasta el punto de que en su tarjeta de visita ponía «amigo de Beethoven». Él se apoderó de los valiosos cuadernos de conversación del maestro y destruyó dos terceras partes de ellos, aparte de otros documentos, para poder crear en su biografía un Beethoven a su gusto, biografía que se ha demostrado que está plagada de falsedades e inexactitudes. Además, vendió los documentos robados al rey de Prusia a cambio de una pensión vitalicia. Con razón dijo Beethoven de él en sus últimos años, tras enfriarse su relación, que era «un ser abyecto y despreciable».

Desechada la versión de Schindler, los posteriores biógrafos del siglo XIX, en vez de seguir una investigación exhaustiva, partieron de que estuvo enamorado de tal o cual mujer y trataron de acomodar lo mejor posible esa relación a la carta y así fueron surgiendo diferentes candidatas.

La posible respuesta

Pero siguiendo el hilo lógico y los datos que podemos extraer de la carta, hay unanimidad en que fue escrita en el verano de 1812 en la ciudad balneario de Teplitz, en Bohemia, donde Beethoven solía pasar algunas temporadas y donde coincidió y conoció en esas fechas a Goethe por mediación de una amiga mutua: Bettina Brentano, escritora romántica y musa inspiradora de diferentes artistas.

Esto reduce muchísimo el abanico de posibles candidatas, ya que los datos que se deducen de la carta son que se habían conocido en Viena, coincidieron en Praga pocos días antes de la escritura de la carta y que ella estaba en Karlsbad, que es adonde está dirigida la carta.

Siguiendo una investigación muy exhaustiva y auténticamente detectivesca que no deja lugar a dudas, con registros policiales de los diferentes lugares en que estuvieron ambos en esas fechas, Maynard Solomon, uno de los mejores y más serios biógrafos de Beethoven, concluye que solo hay una candidata que cumpla escrupulosamente con todos los requisitos: Antonie Brentano, cuñada de Bettina y cuyo apellido de soltera era Birkenstock.

Antonie era hija de un diplomático austríaco, Johann M. E. Von Birkenstock, consejero de la emperatriz María Teresa y coleccionista de arte. Cuando tenía ocho años perdió a su madre y fue enviada a un colegio religioso. Con dieciocho años fue casada por conveniencia con un comerciante de Frankfurt amigo de la familia y quince años mayor que ella: Franz Brentano (hermanastro de Bettina y Clemens Brentano, los célebres autores románticos), pero a quien ella no amaba. Además, nada más casarse, tuvo que abandonar su amada Viena y trasladarse a Frankfurt, una ciudad fría y extraña para ella que le producía un rechazo total. Todo ello la sumió en una profunda depresión agravada por la muerte de su primer hijo. Según sus propias palabras: «Lo único que me permitía resistir era la esperanza de mis viajes a Viena al menos una vez cada dos años».

stephan von breuning

En 1809 volvió a Viena para ocuparse de su padre, gravemente enfermo, que murió pocos meses después. Allí permanecería más de tres años para gestionar la herencia de su padre y su inmensa colección de obras de arte, obligando a su marido a trasladarse también temporalmente a Viena. Fue entonces cuando conoció a Beethoven, comenzando con él una intensa y duradera amistad. Para ella, Beethoven representaba un modo de vida superior, que expresaba a través de su música. Y lo que sentía por él era auténtica veneración:

«Camina como un dios entre los mortales con actitud altiva, y las bajezas del mundo y sus problemas físicos solo lo irritan momentáneamente, porque la Musa lo abraza y lo aprieta contra su cálido corazón».

No sabemos cuándo esta veneración se transformó en amor, pero en 1811 Beethoven le dedicó una canción titulada An die Geliebte ( A la Amada):

¡Oh, si de tus plácidos ojos,

que brillan llenos de amor,

pudiera sorber las lágrimas de tu mejilla

antes de que la tierra las absorbiera!

Quizá titubean en tu mejilla,

para consagrar cálidamente su fidelidad.

Ahora las recojo con este beso.

¡Ahora tus penas son mías!

Más indicios

También le dedicó otras obras, como los Drei Gesange (Tres canciones), op. 83, así como las famosasVariaciones Diabelli, op. 120 o la Sonata para piano n.º 32, op. 111. Curiosamente, no hace mucho, en 2018, se descubrió un ejemplar desconocido de la primera impresión de la partitura de la Sinfonía n.º 7, terminada el 13 de mayo de 1812, y en la portada figura una dedicatoria manuscrita del autor: «A mi muy estimada amiga Antonie Brentano, de Beethoven».

Otro hecho significativo es que, entre las pertenencias de Beethoven, se encontraron dos retratos en miniatura de marfil que, tras diversos estudios anatómicos y comparaciones con retratos autentificados de Antonie Brentano, se concluyó que eran de ella. Antonie guardaba, a su vez, un retrato en miniatura de Beethoven. Y sabemos que un regalo de ese tipo significaba en esa época algo más que una simple expresión de estima.

Después de la muerte de su padre, Antonie a veces estaba enferma varias semanas seguidas, quizá por la tristeza de la pérdida y también por la negra perspectiva de tener que volver a Frankfurt. En esos momentos evitaba toda compañía con una sola excepción: Beethoven. El músico la visitaba regularmente y, cuando llegaba, se sentaba al piano en la antecámara y tocaba solo para ella. En Beethoven encontró no solo consuelo, sino también la posibilidad de salvarse de una triste perspectiva.

Años después describiría a Beethoven como «una persona grande y excelente, un artista íntegro, pero un ser humano más grande aún que el artista, con un corazón tierno y un alma resplandeciente llena de intenciones puras».

Aparte de consolar a Antonie, Beethoven solía frecuentar también la mansión de los Brentano, donde se sentía uno más de la familia, para asistir a los conciertos de cámara que ofrecían allí los mejores músicos de Viena y para complacer a los amigos con sus interpretaciones al piano, llegando a ser un buen amigo no solo de Antonie, sino también de su marido, Franz, a quien Toni (que era como la llamaban en familia) describe como un buen hombre a quien respetaba porque él también la respetaba y era bueno y afectuoso con ella, a pesar de que siempre estaba enfrascado en sus negocios. Y no solo era bueno con ella, ya que también fue amigo y benefactor de Beethoven.

Con ello, la carta y lo que podemos deducir de ella cobra nuevos tintes y podemos plantearnos un escenario un poco más amplio que la simple relación entre los amantes. Por un lado, tenemos los sentimientos que se profesaban ellos dos, pero por otro, tenemos la arraigada incapacidad para el matrimonio que demostró Beethoven a lo largo de su vida, quizá por la necesidad de libertad e independencia que requería para poder plasmar su arte. Y, por otro lado, tenemos la sincera amistad que sentía por Franz. Estimaba profundamente a ambos y no quería ser el elemento de ruptura de esa unión.

Sentimientos encontrados

Todo ello producía en Beethoven una serie de sentimientos encontrados y de angustia que se reflejan en la carta, donde la aceptación y el renunciamiento luchan por prevalecer. Es posible que en el encuentro previo que tuvieron en Praga días antes de la carta, Antonie le hubiera declarado a Ludwig que sus condiciones personales no eran un obstáculo insuperable para la unión entre ambos y que estaba dispuesta a abandonar a su marido y permanecer en Viena antes que regresar a Frankfurt. Y también es posible que esto le provocara a Beethoven una especie de vértigo, ya que seguramente no estaba preparado para este súbito vuelco de los acontecimientos.

No sabemos los hechos que se sucedieron desde la escritura de la carta, el encuentro entre los amigos en las semanas posteriores y la partida del matrimonio a Frankfurt en noviembre de ese mismo año, pero lo que es seguro es que superaron la crisis, alcanzaron una nueva etapa en sus relaciones y la pasión se convirtió en una exaltada amistad que mantuvieron hasta el fin de sus días, si bien no volvieron a verse, ya que ella no regresó a Viena en vida del compositor.

Prueba de esa amistad es que Beethoven compondría para Maximiliane, hija de Toni, el Trío en si bemol mayor WoO 39 (1812) y le dedicaría la Sonata para piano en mi mayor, op. 109 (1821).

Antonie siempre guardó un gran recuerdo de él. Se conservan cartas de un amigo de Antonie que residía en Viena informándole del fallecimiento de Beethoven, así como una descripción completa del funeral, una copia del discurso fúnebre de Grillparzer y numerosos recortes de periódicos que hacían alusión a la noticia.

Después de la relación entre ambos, no hay noticia de una sola relación de amor durante el resto de la vida de Beethoven, más allá de relaciones de amistad que nunca pasaron de eso.

Uno de los significados más importantes para Beethoven del asunto de la Amada Inmortal fue que Antonie Brentano fue la primera —y parece ser que la única— mujer que lo aceptó totalmente como hombre; la primera que le dijo que le amaba realmente sin ningún tipo de reservas y que estaba dispuesta a renunciar a todo, incluso con la condenación de la sociedad, por él.

Pero, a la vez, ella comprendió la importante barrera que se oponía a la unión entre ambos y supo también renunciar sin, al mismo tiempo, negarle su amor. Fue un gran mérito por su parte haber estado a la altura de las circunstancias. Y en compensación, el destino le deparó un tipo muy especial de inmortalidad.

 

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Jueves, 01 Octubre 2020 00:00

Beethoven filósofo

Su vida, fue una búsqueda constante y un sacrifico continuo por amor a la humanidad y a su arte. Y no lo detuvo la adversidad más hiriente, ni la incomprensión e incluso el olvido de sus contemporáneos ante nuevas modas musicales. Y todo ello porque un día, en lugar de marcharse, como veremos más adelante, decidió servir a la humanidad. Y no solo eso, sino que mantuvo su decisión durante gran parte de su existencia.

Con esta afirmación no quiero dar a entender que Beethoven estudiara filosofía, que perteneciera a una logia masónica o que siguiera las doctrinas de la Sociedad Teosófica que, años más tarde de su muerte, a finales del s. XIX abrió sus puertas. No. Lo que quiero señalar es que Beethoven mantuvo durante toda su vida ciertos principios, ciertas convicciones que podríamos calificar como humanas, autotransformadoras, incluso heroicas. En una palabra, filosóficas.

¿A qué principios o convicciones me refiero?

· Amor a la humanidad y a su arte.

· Un continuado estudio que le llevó a sobrepasar las formas musicales y sociales de su tiempo.

· Una continua transformación interior para poder realizar aquello a lo que se sentía llamado: su destino.

Su vida, fue una búsqueda constante y un sacrifico continuo por amor a la humanidad y a su arte. Y no lo detuvo la adversidad más hiriente, ni la incomprensión e incluso el olvido de sus contemporáneos ante nuevas modas musicales. Y todo ello porque un día, en lugar de marcharse, como veremos más adelante, decidió servir a la humanidad. Y no solo eso, sino que mantuvo su decisión durante gran parte de su existencia.

Esa búsqueda, ese servicio por amor, ese estudio de las leyes de la vida y de su arte y, sobre todo, esa transformación es lo que me lleva a considerar a Beethoven como filósofo.

Pero antes de entrar en su proceso de transformación humana, vale la pena profundizar un poco e investigar si estuvo o no en alguna escuela de formación filosófica o esotérica.

Pues bien, no hay constancia de ello. Es verdad que la masonería era una institución filantrópica importante en su época. Pero no hay prueba fehaciente de que Beethoven perteneciera a alguna.

Beethoven no fue un hombre religioso a la usanza. Aunque educado en la fe católica, no era asiduo del templo, aunque sí se interesó por la filosofía y por el orientalismo. Esto lo sabemos porque entre sus manuscritos se encontraron los Upanishads y el Bhagavad Gita. Y además tenía enmarcadas en su habitación algunas frases relevantes.

Así lo explica uno de sus primeros biógrafos, Anton Félix Schindler:

«Según mis observaciones, me parecía que sus convicciones religiosas tenían su fuente en la Deidad (siempre que entendamos bajo este vocablo la religión natural), más que en las creencias de la Iglesia. Había copiado, enmarcado y colgado desde hacía muchos años en su lugar de trabajo tres inscripciones:

Yo soy el que es.

Yo soy todo, el que es, el que fue, el que será. Ningún mortal ha levantado mi velo.

El es Único por el mismo, y a este Único le debemos todas las cosas de nuestra existencia».

Haber elegido estas frases y tenerlas presentes en su lugar de trabajo es muy significativo, sobre todo si pensamos que Beethoven, durante sus treinta y cinco años en Viena, cambió muchísimas veces de apartamento, unas ochenta veces, y vivó al menos en treinta y seis casas diferentes.

02 Neefe

Sí es cierto que desde su juventud estuvo rodeado de personajes relacionados con la masonería. Uno de sus primeros profesores en la ciudad de Bonn, donde nació, Christian Gottlob Neefe, era masón y le enseñó a tocar el piano, así como rudimentos de composición.

Franz Wegeler, amigo desde su juventud con el que mantuvo una fluida correspondencia, adaptó un par de obras de Beethoven para ser interpretadas en la logia masónica a la que estaba afiliado [1] . Y músicos de su época como Haydn o Mozart pertenecieron a la masonería (recordemos que Haydn le dio clases durante un tiempo). Y, desde luego, mecenas como el príncipe Lichnowsky, entre otros.

Sin embargo, repito, no hay ninguna composición beethoveniana bajo el sesgo de la masonería como en el caso de Mozart con su Flauta mágica o la música masónica escrita ex profeso para su hermandad.

03 Wegeler

Pero abordemos el tema principal de este artículo.

Un aniversario señalado

2020, además del año del Covid-19, será el del 250 aniversario del nacimiento de Beethoven. Probablemente pocos músicos sean tan conocidos, tan populares en el mundo; algo seguramente insospechado para él ni siquiera en sus más altos sueños. Pero lo cierto es que todos tarareamos algunas de sus melodías, como la de la Novena sinfonía, todos recordamos que era sordo. Algo inaudito: ¡un músico sordo! Y también casi todos tenemos la imagen del músico hosco y de mal carácter.

¿Qué hay de verdad en todo esto? Y si es verdad, ¿qué produjo ese carácter? ¿Realmente era un hombre tan sombrío, tan agrio y terco?

Parece ser que terco sí que era, pero también noble hasta el extremo. Sus amigos lo mencionan constantemente y hay cantidad de anécdotas que lo corroboran. Pero tal vez, para entender el proceso por el cual llegó a tener ese endiablado carácter, nos ayude conocer el ambiente de la Viena que él vivió, y también, su propia naturaleza.

Pongámonos en situación.

Un muchacho de veintidós años que llega a la ciudad de la música, a Viena. Allí donde cualquiera que pretenda consagrarse al arte musical ha de lograr, no solo ser conocido, sino reconocido, valorado y admirado. Estamos a finales del siglo XVIII y los músicos consagrados son Mozart y Haydn, así como algunos otros atraídos a la corte de los Habsburgo.

Esto es importante que lo recordemos, pues Beethoven va a abrir una nueva etapa en la vida del músico, del artista. Hasta ese momento, el músico ha estado fundamentalmente bajo la protección y, por tanto, asalariado de un noble o de un cargo eclesiástico. Beethoven va a ser de los primeros que viva de su trabajo, de la publicación de sus obras. Así pues, no escribirá su música a pedido o para cubrir las necesidades de la Iglesia, como hizo, por ejemplo, Bach, sino que estará continuamente creando para poder vivir. Recordemos que en esa época no había derechos de autor. El compositor recibía un pago por los derechos de publicación de una editorial y nada más, aunque a raíz del congreso de Viena de 1814, tras la derrota de Napoleón, donde se reorganizan las fronteras de Europa, Beethoven fue mucho más conocido. Esos años del congreso fueron para él un escaparate donde los dignatarios de los diferentes países pudieron conocer su música y asistir a sus conciertos [2] .

05 Beethoven joven

Así, tenemos a un joven Beethoven que quiere hacerse un sitio en Viena. Es un extraordinario pianista y, además, tiene una maravillosa capacidad para improvisar al piano. Esta anécdota, contada por uno de sus discípulos, ilustra muy bien lo que quiero decir:

«El siglo XVIII era muy aficionado a los duelos donde se enfrentaban ejecutantes rivales; cada año, un nuevo campeón llegaba a Viena y toda la alta sociedad se apretujaba para verle medirse con el héroe de la víspera; así también Beethoven, recién llegado, se había medido con Genilek. Ahora era él, el que tenía el título; en 1797 se le opuso Steibelt, y en 1798 fue José Wölffl; los años siguientes serán Cramer, Clementi y Hummel. Sobre cada uno de estos duelos tenemos un montón de anécdotas, pero todas tienen el mismo esquema: a) el otro (del que solo varía el nombre) toca con una perfección, una pureza y una delicadeza invariablemente dignas de Mozart, y b) Beethoven está de mal humor, se sienta al piano, golpea las teclas como un bruto, improvisa, hace llorar a todo el mundo y hace añicos a su rival».

Todo apunta a que su futuro va a ser clamoroso. Sus primeras composiciones tienen buena aceptación y Beethoven empieza a perfilar su propio éxito.

Aparece la sordera

Pero a los pocos años de estar en Viena, alrededor de 1796, empiezan los molestos zumbidos (veintiséis años), que van evolucionando y que el mismo Beethoven describe en sus cartas de 1801 a sus más íntimos:

«Puedo decir que llevo una vida miserable. Hace casi dos años que evito toda clase de sociedad, pues no puedo decir a la gente: “soy sordo”. Si tuviera cualquier otro oficio, esto sería quizás posible, pero en el mío es una situación terrible. Y con esto mis amigos, que no son pocos, ¿qué dirán? Para darte una idea de esta extraña sordera, te diré que en el teatro debo colocarme cerca de la orquesta para poder oír a los actores. No oigo los tonos elevados de los instrumentos y de las voces cuando me pongo un poco lejos. En las conversaciones, es sorprendente que haya personas que no lo hayan notado nunca, pues cometo muchas distracciones. Cuando hablan bajo, apenas oigo; sí oigo los sonidos pero no las palabras, y , por otra parte, me resulta insoportable que griten.

A veces he maldecido al Creador y a mi existencia. Pero si es posible, quiero afrontar mi destino y, sin embargo, habrá momentos de mi vida en que seré la más desgraciada criatura de Dios. Te ruego que no digas nada de mi estado a nadie, es un secreto que te confío» (Beethoven, Carta a Wegeler, Viena, 29 de junio de 1801).

Beethoven escribe esto con treinta y un años. Es uno de los músicos más brillantes de Europa, ha escrito obras como el Septeto op 20 —tan conocido y que él nunca considero una obra importante—, la primera y segunda sinfonías, los dos primeros conciertos para piano y orquesta o sus doce primeras sonatas para piano.

Pero se está empezando a quedar sordo.

Esta situación le llevó a una brutal lucha interior con varios procesos. Veamos: por un lado, el temor a que descubrieran su progresiva sordera, a ser señalado como un músico sordo. Por otro, a un aislamiento cada vez mayor, misantropía que le llevó a evitar el contacto con otras personas.

Es una verdadera bajada a los infiernos, como la que todos los héroes mitológicos realizan para pasar sus pruebas y ante las cuales se verá, si sale triunfante, renovado.

Este tiempo oscuro le lleva a pensar seriamente en quitarse la vida. Se retira a un pequeño pueblo cerca de la capital, a Heiligenstadt, que ahora es un barrio de Viena. Beethoven está en una encrucijada. Tiene que tomar una decisión, y la toma. La decisión que le convertirá en el genio que conocemos.

06 Testamento

Ahí escribirá su testamento; un testamento que se descubrió dos días después de su muerte en un cajón junto a algunas cosas muy personales. Ahí, en el testamento de Heiligenstadt, dejará escrito:

«Es el arte, y solo él, el que me ha salvado. ¡Ah!, me parecía imposible dejar el mundo antes de haber dado todo lo que sentía germinar en mí, y así he prolongado esta vida miserable, verdaderamente miserable, con un cuerpo tan sensible, al que todo cambio un poco brusco puede hacer pasar del mejor al peor estado de salud. Paciencia, es todo lo que me debe guiar ahora y así lo hago. Espero mantenerme en mi resolución de esperar hasta que le plazca a la parca cruel romper el hielo. Quizá me fuese mejor; quizá no; pero soy valiente. A los veintiocho años estar obligado a ser un filósofo no resulta cómodo; para un artista es todavía más duro que para otro hombre. Divinidad, tú que desde lo alto ves el fondo de mi ser sabes que viven en mí el deseo de hacer el bien y el amor a la humanidad. Hombres, si leéis esto algún día, pensad que no habéis sido justos conmigo, y que el desgraciado se consuela encontrando alguien que se le parezca, y que, pese a todos los obstáculos de la naturaleza, ha hecho, sin embargo, todo lo posible para ser admitido en la categoría de los artistas y hombres de valía.

(...) Mi deseo es que vuestra vida sea mejor y menos triste que la mía; recomendad a vuestros hijos la virtud, solo ella puede volvernos felices, y no el dinero; hablo por experiencia; es ella la que me ha reanimado en mi aflicción; le debo, como mi arte, no haber terminado mi vida con el suicidio» (Beethoven, Heiligenstadt, 6 Oct 1802).

Este extracto recrea muy bien que ha tomado una decisión que le va a transmutar: Quedarse por amor a su arte y a la humanidad. Y justo esa decisión empieza a reflejarse en su música, que desde ese momento tomará un rumbo diferente.

Una sinfonía heroica

Vuelve de Heiligenstadt con bocetos de la Tercera sinfonía. Una sinfonía absolutamente nueva, que rompe con las dos anteriores, que de alguna manera eran continuadoras del estilo de Mozart o Haydn. Se ha propuesto como protagonista de esta nueva sinfonía a Napoleón Bonaparte, en el que ve a alguien semejante a los grandes cónsules romanos.

Así lo narra uno de sus alumnos:

«Fui el primero en llevar a Beethoven la noticia de que Bonaparte se había declarado emperador. Al oírlo se encolerizó y gritó: "¡No es más que un hombre vulgar! Ahora va a pisotear todos los derechos humanos, no obedecerá más que a su ambición; querrá elevarse por encima de los demás y se convertirá en un tirano!". Se dirigió a su mesa, cogió la hoja del título, la rompió y la tiró al suelo. La primera página fue escrita de nuevo, y entonces la sinfonía recibió por primera vez su nombre: Sinfonía heroica».

07 Portada tercerar sinfonia

De manera que ese hombre hosco, de terrible carácter, es solo una apariencia, es la defensa de un hombre forjado a golpe de yunque, la cáscara, la parte externa que rodea una sensibilidad extrema y un alma perceptiva capaz de escuchar las más sutiles armonías y hacerlas música para los hombres, sus hermanos.

Fueron muchos años de progresivo deterioro auditivo, hasta que, en la última etapa de su vida, ya casi no oía nada. De los cincuenta y seis años de vida de nuestro compositor, estuvo casi treinta sufriendo los efectos de la paulatina sordera. Los últimos años fueron de una música cada vez más íntima, más de escucha interior, que no responde más que a necesidades del alma del propio compositor.

Sé que todos recordarán la Novena sinfonía, y ahora dedicaremos un tiempo a ella, pero los tres últimos años de su vida, muy perturbadores tanto familiar como social y económicamente, los dedicó a dejar su verdadero testamente musical. Les hablo de los últimos cuartetos y sonatas, así como la Misa solemnis, entre otras obras.

Sé que los cuartetos son poco conocidos; sin embargo, es un modo de composición delicado y difícil para violoncelo, viola y dos violines; algo íntimo a la vez que tremendamente potente. En ese último periodo escribió varios cuartetos que para él eran el culmen de su obra interior (ya estaba totalmente sordo), así como su aportación a la evolución del género musical.

De manera que la música de sus últimos años es realmente enigmática, habla al futuro. Habla de otro modo, con otro lenguaje.

También mencioné que esos últimos años fueron de mucho sufrimiento familiar y que incluso pasó necesidades económicas.

09 Sobrino Karl

Hemos hablado de un Beethoven que se fue aislando poco a poco debido a su sordera. Que sepamos, nunca tuvo una relación amorosa estable que le permitiera formar una familia, crear un hogar. En sus últimos años, y tras la muerte de uno de sus hermanos, adoptó a su sobrino Karl, que se había quedado huérfano, y así, de alguna manera, intentó crear un núcleo familiar. Pero este sobrino era una persona dada a la bebida que además robaba y despreciaba a Beethoven. Aunque, también es verdad que la relación con el genio debió de ser muy difícil.

Una historia puede ilustrar esta relación:

«Meses antes de la muerte de Beethoven, su sobrino Karl, acosado por las deudas, la bebida y tras años de penosa relación con su tío, intenta suicidarse. Vende su reloj, compra dos pistolas, se hace conducir a Baden donde, en plena noche, sube a las ruinas del castillo y dispara. Una de las pistolas falla; la otra le hiere superficialmente en la sien. Pero la noticia para Beethoven fue un terrible mazazo. Estaba abatido como un padre que ha perdido al hijo más querido».

Son momentos muy duros para él. Pero son momentos cuya crudeza no se trasluce en su música. Una de las atribuciones actuales del arte es reivindicar el estado del artista o del mundo en que vive, expresar lo que experimenta, sus dolores, sus temores, sus angustias… Nada de esto está en la música de Beethoven. Él, el músico sordo y aislado, no reivindica nada para sí, simplemente deja que las musas le hablen, deja que la inspiración le conmocione y escribe lo que oye en su interior. A mí me parece de un amor y de una generosidad extraordinarios, pues deja de lado su vanidad de artista, sus dolores personales, y hace de su música un canal de algo inexpresable y bello que fluye más allá de sus acontecimientos cotidianos. Esa es su grandeza. Esa es su filosofía.

Por último, y para acabar, hemos de acercarnos a esa obra que le ha convertido en mundialmente conocido: la Novena sinfonía. Bueno, en realidad, el último movimiento de la Novena sinfonía.

¿Por qué es tan relevante esta obra? Porque es un canto a la fraternidad.

010 manuscrito novena sinfonia

Ustedes saben que las sinfonías, en época de Beethoven, eran composiciones siempre instrumentales y con una estructura muy determinada. Pues bien, Beethoven rompe toda la tradición formal y crea una sinfonía con un coro al final que canta sobre la hermandad entre los hombres, sobre la igualdad, sobre la fraternidad sin distinciones.

Y esto merece también una reflexión, pues vemos cómo la forma que ya no expresa algo deja de ser útil y, entonces, el genio que sabe lo que quiere expresar y no tiene una estructura formal que pueda hacerlo, crea una nueva forma que permita que esa esencia se muestre. Es otra de esas premisas del arte filosófico: la forma es la resultante de una belleza que necesita expresarse. No al contrario.

El trabajo inspirador

La verdad es que Beethoven llevaba tiempo trabajando en esta idea. Él es un gran trabajador, al contrario que Mozart, que veía las obras acabadas, completas. Beethoven las elabora, las madura, las trabaja incansablemente hasta que logran expresar lo que quiere. Es el caso del tema del final de la Novena sinfonía. Ese tema ya lo había utilizado casi igual en una obra, una obra escrita en 1808, dieciséis años antes de escribir la Novena. Y en la que en la parte final del coro aparece ese tema tan conocido.

Pero ¿de que habla el texto del final de la Novena?

¡Oh amigos, dejemos esos tonos!

¡Entonemos cantos más agradables y llenos de alegría!

¡Alegría! ¡Alegría!

¡Alegría, hermoso destello de los dioses,

hija del Elíseo!

Ebrios de entusiasmo entramos,

diosa celestial, en tu santuario.

Tu hechizo une de nuevo

lo que la acerba costumbre había separado;

todos los hombres vuelven a ser hermanos

allí donde tu suave ala se posa.

Un músico sordo, solitario, sin más familia que sus amigos cercanos que canta a la alegría de la fraternidad. Un hombre que ve la hermandad de todos los hombres.

011 Escultura en Viena

No estoy de acuerdo con algunos directores o intérpretes que dejan a un lado obras muy consagradas, pues dicen que ya nada aportan, que se han interpretado tanto que no tienen ya nada original. Defienden que es necesario cambiar y dar paso a nuevas ideas. Creo que hay siempre algo nuevo que descubrir en lo que está tocado por lo eterno. Y muchas obras de Beethoven son así, están tocadas por lo eterno, son obras hijas de una inspiración que habla de un mundo real pero extremadamente elevado. Siempre hay algo nuevo por descubrir, pues nuestra profundidad va variando, y en esa medida vamos descubriendo más y más detalles, más y más perlas. Lo contrario sería negar la evolución, sería negar que podemos descubrir algo nuevo en cada amanecer, en cada poesía, en cada gesto, en cada música.

Conocer someramente la vida de este ser humano nos descubre un Beethoven filósofo extremadamente ardiente. Un hombre que hizo de su gran prueba la escalera de ascenso hacia la más bella y arrebatadora de las músicas. Cuando pensemos en él, no solo veamos a alguien malhumorado, sino a alguien que cubrió su vida de heroísmo y que se transformó atravesando todas sus pruebas por profundo amor a la música y a la humanidad.

La historia de la vida de Beethoven describe la lucha mítica del alma humana que supera toda adversidad externa e imperfección interna en su camino hacia la unión con la Divinidad. Un verdadero camino filosófico.

Bibliografía

Reverter, Arturo y Stapells, Victoria (2020). Beethoven: un retrato vienés. Valencia, Tirant Humanidades.

Massin, Jean y Brigitte (1987). Ludwig van Beethoven. Madrid, Ediciones Turner.

Trías, Eugenio (2012). El canto de las sirenas. Barcelona, Galaxia Gutenberg.

Roso de Luna, Mario (1915). Beethoven teósofo. Madrid, Editorial Eyras.

Sonneck, Oscar George (2020). Beethoven contado a través de sus contemporáneos. Madrid, Alianza Música.



[1] Wegeler adaptó el texto de Opferlied ( Himno del sacrificio), op 121b cambiando el texto para adaptarlo al uso del ritual masónico.

[2] Para profundizar sobre el tema, es interesante el libro Beethoven: un retrato vienés, 2020. Editorial Tirant Humanidades.

Publicado en Filosofía

Desde que se proclamó el estado de alarma con el consiguiente confinamiento por la cuarentena, hemos podido observar que la música se ha convertido en un elemento indispensable, y diría todavía más, vital para nuestro día a día. Numerosas están siendo las manifestaciones musicales por todas partes y estamos creando paisajes sonoros donde cada cual pueda encontrar su lugar de resonancia.

En los primeros momentos de confinamiento, cantantes de ópera, de rock, Djs, instrumentistas de música tradicional, estudiantes de conservatorio, con el anhelo de público, ofrecían conciertos desde su casa. El balcón se convertía por unos momentos en escenario de sus interpretaciones, y el patio de luces, en patio de butacas donde un público entusiasta y necesitado de entretenimiento, disfrutaba de la música en directo. Pronto el público dejó de ser público y todos nos convertimos en intérpretes, entonando a coro aquello de «Resistiré», «I will survive», «Sobreviviré», etc.

Hacían acto de presencia las llamadas «canciones de poder», canciones familiares que forman parte de la memoria colectiva y que, en un momento determinado, se convierten en invocación de una intención. En este caso, la intención era bien clara: vencer la COVID-19. Son, por lo tanto, estas músicas, una importante fuente de fortaleza y de valor, que nos ayuda a mantener alto el estado de ánimo y hacer frente a situaciones de angustia y estrés. Habíamos dejado de ser meros consumidores musicales para convertirnos en creadores. De repente, notamos que tenemos necesidad de hacer música, de cantar, y observamos que la música está en nuestro interior, está en nuestro ADN, en nuestros genes, y lo más importante, en nuestra alma-espíritu. «No paro de decirle a mi hijo que deje de cantar y yo hago lo mismo», escribe una persona en Diario de una cuarentena de talentos JDG.

La musicoterapeuta Christine Stevens afirma que somos música. Las últimas investigaciones en psiconeuroinmunología demuestran que el ritmo refuerza el sistema inmunitario a nivel celular. Sabiendo esto, podemos entender por qué en la época de la peste negra surgieron por todas partes las danzas de la muerte, bailes donde la Muerte personificada dialoga individualmente con personajes de todas las capas sociales, mientras estos a duras penas pueden moverse. Seguidamente aparecen calaveras tocando instrumentos de percusión: tambores, sonajeros y xilófonos (instrumentos estos muy utilizados en rituales de todo el mundo) y, con sonidos atronadores, hacen bailar a los vivos hasta la extenuación en una dura batalla contra la Muerte. También en esta época, nace la tarantela en el sur de Italia, un baile frenético, tocado por tambores, silbatos y flautas, que se bailaba para curar un trastorno del sistema nervioso provocado por la picadura de la tarántula, o la folía, de origen portugués, que se bailaba para combatir las dolencias mentales, también a ritmo de tambores y sonajeros.

En los siguientes grabados podemos observar cómo las calaveras tocan instrumentos de percusión.

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Dibujos de Hans Holbein y grabados de Lükelburger pertenecientes al libro Las imágenes y aspectos detallados de la Muerte, de 1538

Hay investigaciones científicas y musicales entre las que destacan las de Barry Bittman, que estudian el efecto terapéutico de la música. Según Bittman, cuando hacemos música, podemos desactivar los detonantes genómicos relacionados con el estrés, causante de no pocas patologías, no solo físicas. Hay, por lo tanto, en la música un patrón de activación y desactivación. En este sentido, es tan importante aquello que activamos como aquello que desactivamos. La teoría psicológica de los estados simultáneos indica la imposibilidad de experimentar dos estados opuestos al mismo tiempo. Este principio de activación/desactivación de la música lo podemos utilizar para activar estados de ánimo de alegría, y desactivar tristeza, desactivar el «yo» y activar el «Yo» y el «Nosotros» en momentos de soledad y aislamiento.

Es precisamente en estos momentos de aislamiento cuando están surgiendo iniciativas de agrupaciones virtuales en las que miembros de un coro, orquesta o banda cantan o tocan en conjunto desafiando la distancia física, haciendo sentir a cada cual que pertenece a una comunidad. El Orfeón Donostiarra canta el Hallelujah de Leonard Cohen, la Coral San Jaime versiona Te amaré de Miguel Bosé, la Orquesta Filarmónica de Nueva York interpreta el Bolero de Ravel, el International Opera Choir canta Va pensiero de la ópera Nabucco de Verdi, y tantos y tantos ejemplos más.

Según Stevens, la música no solo tiene un valor estético de entretenimiento y diversión —eso tan solo forma parte de lo externo de la música, lo «visible» de la música—, sino también terapéutico, donde no solo transforma al que interpreta sino al que escucha. Se puede ofrecer música a los demás como medicina para el cuerpo, la mente y el alma.

Con una intención y una dirección claras, cosa esta más importante de lo que creemos, la música estará invocando un propósito. Así parece que lo ha entendido La Capella de Ministrels que, a través de su Fundación Cultural, ha impulsado www.musicamable.com, proyecto que se define como solidario e integrador y que acerca la comunidad musical a personas que lo necesitan con una atención personalizada.

Los aborígenes australianos creen que los Creadores cantan a los vivos dejando huellas y caminos sonoros; son las llamadas songlines, que sirven como instrumento de navegación para recorrer los inmensos desiertos australianos. Así pues, en este tiempo de cuarentena, las canciones inspiradoras que nos llegan al corazón y nos emocionan, a cada cual con sus gustos musicales, de alguna manera u otra, nos pueden servir como guía para recorrer este desértico y vasto paisaje de la pandemia. Es un buen momento para regalar música y vibrar.

Cincuenta y cuatro días después de la proclamación del estado de alarma y el consiguiente confinamiento, el tema del Dúo Dinámico Resistiré, versionado por diferentes artistas españoles y que se lanzó por Youtube el 1 de abril de 2020, lleva 28.992.537 reproducciones. A la fecha en la que se escribe esto (7 de mayo), cada uno de estos días esta canción se ha escuchado 783.582 veces. ¿Has encontrado tu canción de poder, para que te ayude a cruzar el desierto?

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Domingo, 01 Diciembre 2019 00:00

Música clásica en las ambulancias de Madrid

Desde hace algunos meses, se ha lanzado una iniciativa en el ámbito de la salud, gracias al convenio de colaboración entre la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid (ORCAM) y el Summa 112. Esta iniciativa consiste en introducir la musicoterapia en los traslados de pacientes que se realizarán en las nuevas uvis móviles del Summa 112, mediante la reproducción de piezas de música clásica.

Los asesores musicales de la Orcam diseñarán listas de reproducción ajustadas a las distintas patologías y situaciones de los pacientes, y sus músicos tocarán las partituras, que sonarán en el interior de la uvi móvil. Estos vehículos, tendrán un sistema multimedia de imagen y sonido para la comunicación entre la cabina de conducción y el habitáculo asistencial, que contará con un módulo de reproducción musical, permitiendo la configuración de las listas.

Con esta propuesta se pretende «humanizar» la asistencia sanitaria y ampliar la «urgencia extrahospitalaria» con la musicoterapia, cuyos « buenos resultados» ya están «demostrados», según las palabras del consejero de Sanidad en funciones, Enrique Ruiz Escudero. Existen evidencias científicas que constatan que la música influye de forma considerable en parámetros como el ritmo cardíaco o la respiración, y enfocado en estudios de determinadas enfermedades, sus resultados han sido muy positivos. Es por lo que ahora se extiende la musicoterapia como una novedad en la emergencia extrahospitalaria, ampliando esta necesidad para ayudar a que los pacientes se relajen y puedan reducir sus efectos negativos de estrés y ansiedad durante los traslados.

Música clásica en las ambulancias de Madrid

Por su parte, el consejero de Cultura, Turismo y Deporte en funciones, Jaime de los Santos, ha celebrado que el proyecto «va a mejorar de manera importantísima esos traslados, en los que muchas veces nos vemos sometidos al terror que da la enfermedad». De los Santos ha destacado « la importancia que tienen las bellas artes para hacer la vida muchísimo mejor», y ha defendido «el poder sanador de la cultura».

Según indica la Comunidad de Madrid, el Summa 112 recibe cada año más de un millón de llamadas, de las que en torno a 80.000 se resuelven enviando una UVI móvil para prestar asistencia y traslado. Sabiendo estos datos y gracias a esta propuesta, muchas personas podrán beneficiarse de la salud que ofrece la música. Una iniciativa sin duda realmente buena y positiva.

Más información en:

https://www.cope.es/actualidad/mas-madrid/noticias/las-ambulancias-madrid-pondran-musica-clasica-los-pacientes-20190620_440936

https://www.elmundo.es/madrid/2019/06/20/5d0bbdc6fc6c832c768b4693.html

http://www.rtve.es/alacarta/videos/espana-directo/musica-uvi-movil/5361848/

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