Noviembre 2020

El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo.

Escrito por  Ramón Sanchis Ferrándiz
El infinito en un junco El infinito en un junco

Autora: Irene Vallejo. Editorial Siruela, Madrid, 2019. 452 páginas.

El libro de Irene Vallejo El Infinito en un junco ya camina por la senda de la fama, porque aborda la historia de los libros y las bibliotecas con un cariño y delicadeza inusuales. Sus palabras están cargadas de calidez y ensoñación, tal como si evocaran aquellos momentos en que los ancianos de épocas antiguas contaban historias junto al fuego, cuando el pueblo era analfabeto y la transmisión oral preservaba el saber ancestral del olvido.

En un tono de íntima confidencia, la autora comienza su libro narrando las aventuras de aquellos que antaño buscaban libros en cualquier país para nutrir la Biblioteca de Alejandría. Lo exigía el faraón Ptolomeo II para engrandecer su nueva ciudad, pues «perseguía el sueño de una biblioteca absoluta y perfecta, la colección en que reuniría todas las obras de todos los autores desde el principio de los tiempos». Al fin y al cabo, se dirá en el libro, «la pasión del coleccionista de libros se parece al viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad». Y de igual modo, tras aquel sueño de crear una gran biblioteca en Alejandría, se fundaron otras similares, como las de Pérgamo y Éfeso, las de Hattusa y Nínive, la biblioteca imperial de Constantinopla, la Riccardiana de Florencia, etcétera. Si no hubieran existido las bibliotecas, ¿cómo podría abarcar el ser humano semejante aluvión de conocimientos que en ellas se alberga?

El infinito en un junco ha supuesto una revolución porque la autora se atrevió a narrar un ensayo, a inocularle una buena dosis de poesía, a trocar la austera letanía de toda investigación académica en una prosa alada que se expande sin límites, buscando la verdad que encierra una anécdota o la belleza de una máxima capaz de transformar el alma. Pero este libro ofrece algo más que una cuidada dicción y un lenguaje pulcro. Irene Vallejo (Zaragoza, 1973) nos hace partícipes de su profundo amor por la lectura, relatando su búsqueda personal, su necesidad de ir un paso más allá para descubrir entre los libros los confines del saber. En ella, los lectores han descubierto a una musa capaz de enardecer con su cantinela el corazón de todo buscador. Esta filóloga no tiene el perfil de un académico de pestañas chamuscadas por el tabaco y horas de estudio junto a un flexo, aunque debió dedicar a esta magna obra bastantes años.

La autora utiliza un lenguaje ágil, culto, bien cuidado, que roza la perfección y ha hechizado ya a los mejores literatos, seguramente porque vive instalada en un tiempo clásico, atemporal; ese que no pasa de moda y que tanto molesta a los culturetas actuales que no saben expresar varias frases seguidas sin cargarlas de tacos o expresiones vacías. Bastaría citar los premios cosechados por este libro o algunos halagos bien merecidos. Juan José Millas afirma que es uno de «esos libros que te desbravan, que te doman, que te imponen el ritmo de lectura, que te quitan los nervios, no suelen encontrarse pese a ser tan necesarios» y Jordi Carrión, en The New York Times, le secunda cuando dice: «Irene Vallejo acaba de firmar un libro genial, universal, único».

Es de los pocos libros de los que podría escribir la misma reseña dentro de veinte años. Nada habrá cambiado; las modas no podrán afectarlo.

Se trata de un «ensayo narrado». Una narración que tiene por entramado la estructura de un sólido ensayo, cuyas líneas encierran un tono poético cargado de profundidad y oficio. En suma, un libro cargado de datos y de historias entrañables, escrito con el cariño de una poetisa, de una vestal que guarda los misterios del saber antiguo. No en vano se preguntaba la autora ante el papel en blanco cómo lograr ese difícil equilibrio: «¿Cómo mantener diferenciado el esqueleto de los datos bajo el músculo y la sangre de la imaginación?».

Irene Vallejo hace culto aquí a las bibliotecas, los libros y sus autores.

Tal como hizo Borges, quien supo recrear magistralmente en su Biblioteca de Babel el laberinto interminable de las bibliotecas modernas y sus infinitas ramificaciones, Irene Vallejo se adentra en ese mundo infinito del saber antiguo, vagando por aquellas bibliotecas que custodiaron las ideas y conductas que hoy constituyen nuestra «realidad física y virtual».

En ese viaje infinito que nos propone, por las páginas de este libro desfilan todos los personajes épicos que nos hubiera gustado conocer: el gran Alejandro, el legendario Aquiles, la desmedida Cleopatra, el poderoso Asurbanipal… Y una pléyade de sabios y literatos que contribuyeron a conformar nuestro imaginario colectivo: Sófocles y Esquilo, siempre al acecho del destino; los iniciados Plutarco y Marco Aurelio; Hipatia, la maestra preclara; Aspasia, Virgilio y Petrarca; Shakespeare, capaz de atrapar en sus obras el alma humana; Dickens, el escritor que dio voz a los desheredados; J. R. R. Tolkien, el creador de las mitologías modernas; Cavafis el peregrino, y otros tantos, como Virginia Wolf, Coetze, Hanna Arendt, etcétera.

Esos personajes que ahora conforman nuestro universo mental, al igual que los libros, están hechos tanto de realidades como de palabras. Quizá fueron mitificados para perdurar en el tiempo, como si una envoltura de palabras pudiera embalsamar sus cuerpos y conceder a sus ideas la facultad de convertirse en leyenda viva.

Entonces, nos dirá la autora, cuando aún se leían los textos en voz alta y de modo colectivo, cuando aún no se bisbiseaban para nuestra propia conciencia, el hombre se aventuró a fijar sus ideas en diversos materiales y soportes. Ya fuera en tablillas de arcilla con incisiones cuneiformes o en estelas de piedra, en juncos de papiro o en pergaminos, desde las épocas sumerias o egipcias, el hombre ha querido perdurar. Tanto la Piedra de Rosetta, con sus enigmáticos jeroglíficos, como el Código de Hammurabi o la Ilíada, han contribuido al despertar del imaginario colectivo y de nuestro mundo interior. Desde entonces, y sobre todo con la invención de la imprenta, cada paso del hombre ha sido inmortalizado.

Parodiando a Monterroso, dirá la autora: «El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí». «No olvidemos que el libro ha sido nuestro aliado desde hace muchos siglos, en una guerra que no registran los manuales de historia. La lucha por preservar nuestras creaciones valiosas: las palabras…».

Sin duda, tomaré este libro como ejemplo para mis talleres de escritura creativa, ya que su modo de escribir constituye un buen ejemplo de cómo se han de coser los capítulos de un libro para cohesionar un texto, pues su narración retorna una y cien veces al mismo tema, hasta componer un relato completo de los sucesos, como si cada cita compusiera un nuevo punto de vista, trazando un nuevo hilo de una perfecta telaraña. Y más aún: mantiene un equilibrio perfecto entre los textos que muestra del mundo antiguo y los ejemplos actuales que cita. En su texto conviven en franca armonía Eurípides y Faulkner, Homero y Goethe, Cicerón y Walt Disney.

Es obvio que Irene Vallejo reverencia el mundo clásico, pues tuvo la fortuna de que la acunaran con la lectura de cuentos y obras inmortales. Afirma que sus libros preferidos son la Ilíada y la Odisea: el primero, intuyo, porque señala el camino de la gesta heroica a seguir, aunque sea tan penosa y difícil como la conquista de Troya; el segundo, quizá porque propone la aventura y la obligación de retornar a Ítaca, esa sabiduría perdida que se teje y desteje cada día.

En El infinito en un junco, la literatura recobra la dimensión sagrada que tuvo antaño, cuando los bardos y juglares narraban poemas o canciones de gesta, cuentos y fábulas, mitos y leyendas, reforzando así la identidad de sus pueblos.

Finalmente, valga citar aquello que dice Vargas Llosa: «El amor a los libros y a la lectura son la atmósfera en la que transcurren las páginas de esta obra maestra. Tengo la seguridad absoluta de que se seguirá leyendo cuando sus lectores de ahora estén ya en la otra vida».

Reseña realizada por Ramón Sanchis Ferrándiz

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