Sociedad — 5 de enero de 2011 at 16:15

La actual crisis económica

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Si hay un tema dominante en los medios de comunicación este es la crisis económica. Se utilizan distintos términos para definirla: crisis financiera, crediticia, inmobiliaria, …, sobretodo se habla de su carácter económico y como mucho de una pérdida de valores que nos ha llevado a querer solo el beneficio a corto plazo más que el crecimiento equilibrado del sistema. Pero hay muchas voces que dicen que esta crisis económica es solo un síntoma, la punta de un iceberg de un proceso más sutil y complejo.

La historia del mundo es una historia de crisis necesarias para mejorar y aprender.

Las causas de la crisis económica serán motivo de análisis durante mucho tiempo. Actualmente los medios de comunicación difunden que la crisis ha estado propiciada por unos agentes financieros y banqueros egoístas que llevados por la codicia no han medido bien el riesgo que asumían. Pero, ¿qué ha motivado el comportamiento de estos agentes? y ¿qué o quien les ha permitido llegar hasta aquí?

Antecedentes de la crisis económica actual

Para comprender un poco lo que esta sucediendo nos tenemos que remontar a la crisis de los 70, la llamada crisis del petróleo, la última gran crisis del capitalismo antes de la que ahora se está viviendo. A raíz de esta crisis las políticas económicas de los países cambiaron radicalmente: se empezaron a adoptar las llamadas políticas neoliberales que parten del principio que quien mejor asigna los recursos es el mercado. Basándose en las ventajas que supone la operación mundial de capital, la competencia global y la potencia de las nuevas tecnologías, todo esto unido al debilitamiento de los trabajadores y sus representantes. Los grandes capitales, ayudados por instituciones y gobiernos, consiguieron imponer una estrategia que les era favorable para poder recuperar la tasa de beneficio perdida durante la crisis y una vez superada ésta seguir incrementándola.

Para conseguir esto el neoliberalismo se basa en 4 ejes fundamentales:

Liberalización: libertad de actuar sin control, para comerciar e invertir según convenga.

Privatización: para seguir obteniendo beneficios el capital irrumpe en otros ámbitos que en su día eran, y en muchos casos deberían seguir siendo del estado.

Mercado laboral flexible y austero: el trabajo es considerado simplemente un coste, por tanto se presiona para que este sea lo más barato posible. Esto ha hecho que en los últimos 30 años los salarios de los trabajadores hayan disminuido en términos reales y las condiciones laborables se hayan deteriorado substancialmente; al mismo tiempo que la política fiscal cada vez es más regresiva, lo que supone más ventajas para los más ricos, y se incrementan los impuestos indirectos que gravan por igual a ricos y pobres, haciendo que al final sean las clases populares las que soporten mayor presión fiscal.

Y sobretodo la desregulación: Partiendo de la premisa de que quien mejor asigna los recursos es el mercado, para poder hacer esta asignación las normas y las leyes molestan. Y es precisamente la desregulación la que ha hecho que a los gobiernos y organismos de control les sea cada vez más difícil seguir los montajes de los grandes “saltimbanquis” financieros.

Todos estos elementos combinados entre si y reforzándose unos con otros han favorecido y siguen favoreciendo que la riqueza en vez de ser más equitativa, se concentre cada vez más en manos de unos pocos, que al mismo tiempo incrementan su poder y la presión sobre los gobiernos.

EL CRÈDITO: LA GASOLINA DEL CAPITALISMO

En términos generales la economía se compone esencialmente de dos ámbitos:

a) La actividad para la producción de mercancías que después se venden en el mercado, lo que llamamos ámbito real o economía productiva.

b) El mundo del dinero que se necesita para que las actividades productivas tengan lugar, llamado ámbito financiero, donde encontramos bancos, cajas, aseguradoras, la Bolsa…

Estos dos ámbitos, aunque parezca que pueden actuar con cierta autonomía, sobretodo el financiero, están muy ligados y no son en absoluto independientes.

Las empresas productivas utilizan el crédito, es decir el dinero que les prestan las financieras a cambio de un tipo de interés, para invertir en los sistemas de producción. Y los principales clientes de las empresas financieras son las empresas productivas.

En los últimos años la expansión del crédito también ha llegado a los consumidores, posibilitando que éstos comprasen productos que sin el crédito nunca podrían haber comprado.

Por tanto podemos decir que el crédito se ha convertido en la gasolina del capitalismo.

Muy esquemáticamente el negocio de los bancos es dejar dinero a empresas y clientes que lo necesiten, siempre y cuando presenten unas garantías de que podrán devolverlo, y cobrar por ello lo que se llama tipo de interés. Por otro lado hay personas y empresas que tienen dinero y que lo dejan en el banco, en diferentes modalidades: depósitos, libretas de ahorro… a cambio de un tipo de interés que les da el banco, generalmente más bajo que el que cobran por dejar dinero. Con este dinero depositado por los ahorradores los bancos operan generando el crédito, en una base más elevada que la cantidad de dinero depositado en ellos: cuando un empresario o particular va al banco a pedir sus ahorros, el banco sabe por experiencia histórica que todos los ahorradores no irán al mismo tiempo a buscar su dinero, así pues los bancos pueden dejar más dinero del que realmente tienen. Por esto y por el desarrollo de un sofisticado sistema financiero (relaciones entre los bancos) creado a lo largo del tiempo, pueden dejar y dejan más dinero del que realmente tienen. De esta forma los bancos pueden ganar mucho más dinero. Esto se llama multiplicador del crédito.

Y todo esto está basado en la confianza que tienen los depositantes de ahorro en los bancos: de que cuando lo necesiten el banco les devolverá su dinero.

Para regular todo esto existen los Bancos Centrales, que suelen ser públicos, y se encargan de regular todos los mecanismos de expansión del crédito, pero como consecuencia de la desregulación, que comenzó con la crisis de los 70 y que se acentuó con la caída del Muro de Berlín, a los bancos centrales cada vez les cuesta más ejercer este control.

Consecuencias de las políticas neoliberales y de la expansión del crédito

La necesidad de crédito cada vez mayor por parte del sistema productivo ha provocado una expansión del crédito y un dominio del capital financiero, que se ha traducido en que las empresas financieras vayan adquiriendo cada vez más poder en las decisiones empresariales.

Consecuencia de esto son los cambios producidos en la propiedad empresarial: los propietarios se desvinculan de la dirección y se deja en manos de unos equipos gestores que tienen en sus objetivos el incremento de rentabilidad financiera a corto plazo, el incremento de la cotización de la acción de la empresa o la expansión de la misma; estos objetivos en muchos casos están directamente ligados a la retribución del directivo, lo cual puede llegar a ser muy perverso porque olvida la rentabilidad a largo plazo, la capacidad productiva o la estabilidad de la empresa, que son precisamente lo que genera riqueza real y estabilidad en los puestos de trabajo.

Por otra parte tenemos que la red del poder financiero cada vez está más concentrada y tiene muchas conexiones en la esfera política a la que también financia (presupuestos públicos y campañas electorales). Esto explicaría la “alegría” con la que los gobiernos han prestado dinero a los bancos sin exigirles por un lado responsabilidades y por otro sin marcarles prioridades a la hora de utilizar este dinero público. Y también explicaría  la práctica eliminación de controles, por parte de los gobiernos, sobre los capitales y los bajos costes, prácticamente inexistentes, en las transacciones de capitales financieros especulativos.

La aplicación de las políticas neoliberales ha permitido, por un lado, que la nueva ingeniería financiera haya creado productos financieros muy complejos que escondían en sus mecanismos un alto riesgo, totalmente desconocido por los compradores, para sacar el máximo rendimiento de sus capitales. Estos productos han estado avalados por las agencias de valoración con las calificaciones más altas, lo cual ha puesto al descubierto la falta de honestidad y la dependencia que tienen estas agencias de las empresas que han vendido estos productos. Con toda impunidad las agencias han ayudado a que la economía se contaminará con estos productos; y nadie hasta ahora les ha pedido responsabilidades y siguen actuando como si nada hubiera pasado.

Todo esto ha debilitado la tasa de solvencia de las entidades de ahorro. Éstas han de tener unos porcentajes de reservas con los que responder a los depósitos de los ahorradores que custodian, pero con los cambios señalados y la dichosa necesidad de beneficio a corto plazo ahora mismo las tasa de solvencia son mínimas. Esto quiere decir que si todos los que tenemos nuestro dinero o ahorros en los bancos lo fuéramos a buscar no habría suficiente para todos.

Por otro lado se han permitido y fomentado la existencia de paraísos fiscales, que en connivencia con los gobiernos y los principales bancos  posibilitan que grandes sumas de dinero escapen de los controles y de los impuestos. Y que las obscenas cantidades de dinero procedente del tráfico de armas, drogas o personas encuentren en estos sitios la forma de ser blanqueadas sin ningún problema ni control para convertirse en capital especulativo. Se calcula que hay unos 16 billones de dólares en estos paraísos fiscales.

Sin saberlo muchos ciudadanos están implicados: muchos tienen sus ahorros depositados en instituciones financieras, en fondos de inversión o pensiones, que en muchos casos tienen sedes en los paraísos fiscales y en sus cestas de empresas tienen algunas con actividades cuestionables y de origen poco ético. Por eso al invertir los ahorros se debe ser muy consciente y saber donde se deposita este dinero.

Se debería tener en cuenta la existencia de la Banca Ética, que no hay que confundir con los llamados productos “éticos” de algunas entidades financieras. La Banca Ética, funciona como cualquier banco pero lo que la diferencia de la banca tradicional es la transparencia: por un lado no coge dinero si su procedencia no esta clara y por otro garantiza que este dinero no se usa como capital especulativo.

I en todo este escenario no se puede olvidar la Bolsa, el mercado donde se compran y venden las acciones, las obligaciones o la deuda pública… En principio la cotización de los títulos, es decir el precio, debería responder al valor que representan o a los beneficios reales que generan, pero la realidad es mucho más compleja: en periodos de bonanza, sobretodo, se crean unas expectativas de grandes beneficios y muchos agentes quieren comprar estas acciones por los beneficios esperados. Expectativas que no solo no se corresponden a la generación de riqueza real sino también a otros hechos puramente especulativos que poco tienen que ver con la economía productiva, por ejemplo realizar operaciones de compra y venta de títulos para beneficiarse a muy coto plazo de las diferencias de precios. Con esto se crean las burbujas financieras, los inversores se agarran a valores ficticios, no se invierte por la viabilidad de una empresa sino por la confianza y las “habladurías del parquet” generando grandes volúmenes de capital ficticio, no basados en la riqueza real sino en una cotización hasta cierto punto “arbitraría” de los títulos. Y las burbujas se inflan pero también revientan en el momento que surge la desconfianza.

Este comportamiento tiene un efecto en la economía real y en nosotros: cuando los precios de los productos o títulos de inversión suben sin que cambie su capacidad de producir riqueza, se genera un efecto de aumento de valor y provoca una falsa sensación de riqueza: los bancos creen que son más solventes porque incrementa la cotización de los valores que tienen en cartera; los ahorradores creen que sus ahorros han incrementado, el propietario de una vivienda cree ser más rico porque su vecino ha vendido la casa por el triple que él pago, etc.

En periodos de euforia como los que se vivieron hasta finales del 2007, se da una paradoja: crecen los ricos sin que aumente la riqueza real, simplemente porque se confunde valor y precio.

A nivel de ocupación también ha habido repercusión. Es cierto que en épocas de bonanza y euforia económica se crea más empleo. Pero, ¿que clase de empleo se creó? En España, por ejemplo, fueron empleos bastante precarios, externalizados y subcontratados o de autónomos en sectores de bajo valor añadido y esto se ve reflejado en el 20% de tasa de desempleo que tiene el país. Esto, unido al aumento de precios que hubo de los productos necesarios para vivir, nos lleva a una caída de los salarios reales que también se ha visto agravado porque el reparto de la plusvalía, entre salarios y capital, se ha decantado hacia el capital.

Y de esto han surgido dos consecuencias importantes: el aumento de beneficios hace que la inversión aumente, provocando incrementos de productividad y producción.

Los salarios tienen una doble función en economía: para el empresario son un coste, por tanto la disminución de éstos es beneficioso para él; pero los salarios también son la base del consumo y por tanto la base de la demanda de las mercancías producidas, la fuente esencial del crecimiento porqué sin salarios no se pueden comprar los productos producidos, porque sin salario no hay crédito.

Por tanto nos encontramos que al bajar los salarios reales disminuye a largo plazo la capacidad de consumo de las familias y al mismo tiempo nos encontramos con sobreproducciones.

¿Por qué no lo hemos percibido? En cierto modo porque nos hemos estado engañando con las VISA y los créditos que se han pedido para comprar casas, muebles, coches, viajes, operaciones de estética… Incluso hemos tenido la sensación de ser más ricos, por lo que se ha comentado antes pero también porque el acceso al crédito para el consumo ha permitido comprar productos y bienes que sin él no habríamos podido adquirir. Llegando las familias a endeudarse hasta un 130%.

Y cuando se acaba la euforia los capitales ficticios se ajustan a su valor real y descubrimos que no somos tan ricos como pensábamos. Nos encontramos con una sobreproducción de productos y bienes que no tienen salida porque las familias ya no pueden comprarlos, en el peor de los casos, porque se han quedado sin trabajo o porque las instituciones financieras ya no conceden los créditos que anteriormente concedían con “ligera” alegría. El mercado interbancario, donde los bancos se prestan dinero unos a otros, también ha quedado tocado porque, durante estos últimos tiempos las entidades financieras se han deslumbrado, por un lado, con el fácil y lucrativo negocio del ladrillo, que ha resultado ser una burbuja, y por otro lado han perdido la confianza entre ellas porque también, deslumbradas por las altas rentabilidades, se han estado endosando productos financieros muy complejos con nombres impronunciables que parecían ser la bomba, y sí, efectivamente han sido una bomba, pero fétida en los balances de estas entidades y en los de sus clientes.

CRISIS ENQUISATADAS QUE ESCONDE LA CRISIS FINANCIERA

Lo que diferencia esta crisis económica de las otras grandes crisis del capitalismo es la globalización; y esto tiene graves repercusiones sobre problemas endémicos del planeta, empeorando la situación de millones de personas que están sometidas a crisis permanentes.

Detrás de esta crisis financiera hay otras crisis enquistadas, des de hace mucho tiempo, que cada día se cobran miles de vidas:

Crisis alimenticia: en el 2009 se sobrepasaron los 1.000 millones de personas que padecen hambre, las últimas previsiones de la FAO para finales del 2010, aparecidos en septiembre, mejoran ligeramente la cifra: 925 millones de personas, aun así la cifra sigue siendo escalofriante. El hambre hoy en día mata a más personas que cualquier guerra o catástrofe natural, sin lugar a dudas esta es la peor de las catástrofes que estamos sufriendo. El segundo dato escalofriante es que la producción agrícola y ganadera mundial es superior al número de calorías que un ser humano necesita para vivir, por tanto estamos hablando de un problema de distribución: mientras el norte tira comida el sur se muere de hambre.

Y si hablamos del agua: en EUA un ciudadano consume de media 550 litros/día, en Europa 350 y en África 8 litros.

Crisis energética: los sangrientos conflictos bélicos por el control de los recursos energéticos: petróleo, gas, agua, minerales… (Irak, Afganistán, el Congo, Sudan, Tchad, Txexenia…)

Crisis ecológica: en la Cumbre sobre la Tierra que se hizo en el 2002 en Johannesburgo se dio un dato interesante: si los 6.300 millones de personas que en aquel momento habitaban el mundo tuvieran acceso a los mismos minerales se necesitarían 3 plantas más para subsistir. La necesidad tan grande de obtener beneficio de los excedentes de capitales financieros ha llevado al planeta a sufrir una sobreexplotación de sus recursos naturales.

Explican que los indios del Canadá viendo el comportamiento tan “irracional” del hombre blanco dijeron: “cuando te habrás comido el último pez, talado el último árbol y contaminado el último río; te darás cuenta que el dinero no se puede comer”.

CRISIS DE CONCIENCIA

¿Cómo resolver una crisis económica de primer orden  sin abordar la crisis de confianza que la acompaña, las actitudes que la han provocado, la distorsión de la escala de valores, la pérdida de credibilidad moral de los dirigentes, empresas, instituciones, de todos aquellos que se supone trabajan por el buen funcionamiento del sistema e incluso de nosotros mismos?

Con la caída del Muro de Berlín llegaba el final del enfrentamiento entre Occidente y la Unión Soviética y se esfumaba así la amenaza de un cataclismo nuclear. Las barreras entre las diferentes regiones de globo se abrían. Se produjeron avances importantes pero a medida que se avanzaba se perdía el norte y actualmente todo parece estar al revés: la legalidad parece tapar la amoralidad, los iconos sociales fomentan el hedonismo, la entronización del placer y el egoísmo, en vez del esfuerzo y la responsabilidad.

Con la caída del Muro de Berlín el sistema económico, político y social capitalista imponía su modelo. Había “ganado” pero esta misma victoria lo debilitó. En el momento que países como China e India entran en la dinámica del capitalismo hacen temblar el trono del hombre blanco. Y este debilitamiento del papel de Occidente en la economía mundial ha traído graves consecuencias implícitas, una de las más preocupantes es la supremacía militar, sobretodo por lo que respecta a EUA, de preservar aquello que no puede económicamente haciéndolo con las armas.

La pérdida de los valores éticos, morales y humanos aceptados en las sociedades más antiguas, incluso con sus defectos, ha dejado desnudos y a la intemperie a los hombres: hay que vivir en un entorno excesivamente frío de materialismo o excesivamente cálido de perjuicios, supersticiones y dogmatismo.

Parece claro que la decadencia de las ideas y el deterioro de determinados valores fundamentales para el crecimiento del ser humano han llevado al hombre a un materialismo feroz que le ahoga y le ata, y a un dogmatismo perverso fruto de la ignorancia.

Por tanto se requieren medidas dirigidas a reestablecer los valores humanos, las normas del buen uso y conducta, conseguir una distribución de la riqueza más equitativa, una producción más racional y respetuosa con el planeta que nos acoge. Pero para conseguirlo ha de haber un cambio más profundo en las sociedades que debe partir de los individuos que las forman porque no se puede esperar que sean los gobernantes quienes lo hagan.

Deben ser los ciudadanos quienes se exijan, a sí mismos, a la sociedad y por ende a los gobernantes, este cambio de actitud y buena conducta. Porqué no solo estamos frente a una crisis económica. Se trata de una crisis de conciencia donde los ingredientes son: el egoísmo, la codicia, el miedo y la paranoia, la falta de responsabilidad, de integridad y de visión ecológica.

Si no queremos agotar rápidamente los recursos del planeta tendremos que dar prioridad a otras formas de satisfacción. Si queremos aprovechar realmente todo lo que nos ofrece la vida, estamos obligados a cambiar nuestra actitud y comportamiento. Porque lo que realmente esta en discusión es el abismo tan grande que existe entre nuestro el rápido avance material y nuestro lento avance espiritual. Quizá sea esta la gran paradoja del siglo XX y principios del XXI: que los grandes avances científicos y técnicos no se hayan reflejado a nivel social, cultural y religioso.

“Nuestra generación deberá arrepentirse no tanto de las odiosas palabras y acciones de la gente mala como del clamoroso silencio de la buena gente”

Martin Luther King

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