Durante el Imperio romano dos epidemias estuvieron a punto de hacerlo sucumbir. La primera fue una epidemia de viruela muy bien descrita por Galeno, en la época de Marco Aurelio, y la segunda fue de peste negra en la época de Justiniano. A lo largo de la historia, la humanidad se ha visto azotada de forma recurrente por grandes epidemias. Siempre pensamos que es la primera vez que pasamos por ello. Pero no. Ya lo hemos pasado y, lo más importante, lo hemos superado.

Para comprobar que lo hemos superado una y otra vez, volvemos a la historia, una de las grandes maestras olvidadas, que nos recuerda lo que hemos sido y lo que podemos ser. Si acudiéramos a ella más a menudo, nos evitaríamos la repetición de errores y, seguramente, encontraríamos soluciones más rápidas y eficaces a problemas que no son exclusivos del momento que ahora vivimos.

La gran epidemia de peste negra que asoló Europa

Corrían los años 1665 y 1666, y Londres estaba sufriendo la última oleada de grandes epidemias de peste bubónica, una de las formas de la peste negra, que se extendieron por Europa y Oriente Medio, matando a millones de personas. Desde finales del siglo XVI hasta mediados de XVIII, esta epidemia, en Europa, se estima que mató a la mitad de la población.

La peste negra se contagiaba por la picadura de una pulga infectada por otros animales, ratas por lo general. Tenía tres vías de infección: bubónica, septicémica y neumónica. La bubónica fue la más común, y se caracterizaba por la inflamación de los ganglios linfáticos, llamados bubones. Los bubones aparecían bajo el brazo, normalmente, pero también salían en el cuello o las ingles, podían alcanzar el tamaño de un huevo, eran muy dolorosos y venían acompañados de vómitos, fiebre, espasmos y moratones negros debajo de la superficie de la piel, producidos por hemorragias internas, de ahí el nombre de peste negra. Los enfermos deliraban y caían en shock. ¡Era una enfermedad terrorífica!

En Londres, como suele ocurrir con las epidemias, empezó antes de que fuera noticia. En esa época la información solo estaba en manos de los que ostentaban el poder y los cercanos a él. Quien se lo podía permitir huía de la ciudad, empezando por la corte del rey Carlos II, que se trasladó a Oxford. Dos tercios de la población de Londres huyeron, ayudando, así, a extender la epidemia a otras áreas rurales y urbanas, como Newcastle o Southampton.

La población más pobre de la metrópoli, que era la mayoría, fue quien más sufrió los estragos de la epidemia. Las condiciones insalubres en las que vivían favorecían la propagación de la enfermedad. Las casas donde había enfermos debían permanecer cerradas con sus habitantes dentro durante cuarenta días; la puerta era marcada con una cruz blanca y custodiada por vigilantes. La Cámara de los Lores tardó en reunirse para afrontar la crisis y, cuando lo hizo, las medidas que se tomaron, primeramente, garantizaban la seguridad de las personas «notables».

La falta de información y medios para combatirla era enorme. Las causas de la enfermedad se desconocían y la medicina no era capaz de aportar curas. Se probaron gran variedad de tratamientos y sobre su origen surgieron muchas teorías, basadas, en su mayoría, en supersticiones sobre un castigo divino por los pecados del mundo, que se debía combatir con oraciones y arrepentimiento. Entre los muchos remedios que se probaron, se creía que el humo del tabaco ahuyentaba la enfermedad. Por eso los vigilantes de las casas contaminadas fumaban y aumentó el número de fumadores. Otro supuesto remedio muy popular, sobre todo entre la gente pudiente, era llevar pomos de flores, hierbas y especias de olor dulzón que se decía que evitaban el contagio. También se dijo que la enfermedad era provocada por los «malos aires»; por eso en las casas se quemaban hierbas e incienso para limpiar el aire. Pero también hubo medidas que, indirectamente, sí ayudaron a mejorar la situación. La más eficaz fue la de llevar la basura fuera de la ciudad. Con la basura salían las ratas, que eran la principal fuente de infección.

Eyam, «el pueblo de la peste»

En estas circunstancias, en septiembre de 1665, George Viccars, ayudante del sastre de un pequeño pueblecito a 250 km al norte de Londres, llamado Eyam, viajó a la capital para comprar telas por encargo de su jefe.

Las telas que compró Viccars llevaban como pasajeras las mortíferas pulgas infectadas con la peste. Al llegar al taller las desplegó y las puso a secar. En pocos días, Viccars fue el primer fallecido por la peste en Eyam; poco después murieron sus hijastros y los vecinos más próximos.

Después de la muerte de Viccars, el pánico se apoderó de Eyam. En aquel entonces contaba con 350 habitantes. Entre septiembre y diciembre se incrementaron los fallecidos. Después, la mortalidad bajó; con el invierno se redujo la población de ratas y pulgas que extendían la enfermedad, pero a medida que llegaba el verano volvieron las ratas y las pulgas se activaron ferozmente. Algunos historiadores hablan de una mutación de la infección que fue más virulenta, atacando a los pulmones y que arrasó con todo.

cementerio eyam

Estamos en el siglo XVII; por aquel entonces la Iglesia tenía mucho poder e influencia en las comunidades. El párroco de Eyam, William Mompesson, muy consciente de la situación y de la ubicación estratégica de Eyam en una de las rutas comerciales más importantes de Inglaterra, entre las ciudades de Sheffield y Manchester, sintió la necesidad de actuar con decisión para que la enfermedad no se propagara entre los pueblos vecinos y llegara a las ciudades más grandes.

Mompesson vivía en la rectoría de Eyam con su esposa Catherine. En junio de 1666, viendo que la situación en Eyam se agravaba, empezó a idear un plan de cuarentena para contener la peste. Cuando reunió a los feligreses para explicárselo, no era consciente de su impopularidad. Mompesson había llegado hacía un año a Eyam para sustituir al puritano reverendo Thomas Stanley, muy popular y querido, que había sido cesado del cargo por las disputas políticas en las que estaba inmersa la Iglesia anglicana. Los feligreses, leales a Stanley, veían al nuevo párroco con ciertas reservas. Mompesson no dudó ni un segundo y fue a ver al reverendo Stanley, le explicó lo que había pensado y lo convenció para que le ayudara a llevar a cabo su idea.

Entre los dos idearon un plan de confinamiento; solo quedaba convencer a los habitantes de Eyam para ponerlo en práctica. Así que reunieron a los feligreses y les pidieron el confinamiento total de la aldea, a sabiendas de que se enfrentaban a una muerte atroz casi segura, pero también conscientes de que podían salvar muchas vidas, las de los vecinos de las aldeas cercanas y la de los habitantes de las ciudades de Sheffield y Manchester. Dicen que el reverendo Mompesson, consciente del sacrificio que estaba pidiendo, apeló a las convicciones religiosas de sus feligreses, repitiendo el versículo del Evangelio de San Juan que dice: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos». Y los ciudadanos de Eyam estuvieron de acuerdo, aun sabiendo que no podrían recibir ayuda alguna; solo tenían la promesa de Mompesson, de que permanecería a su lado aliviando en todo lo posible su sufrimiento.

El 24 de junio de 1666, Eyam acordó autoconfinarse. El conde de Devonshire, condado al que pertenecía Eyam, se ofreció a enviar provisiones a los aldeanos confinados. Fueron muy pocos los intentos de salir del pueblo durante el confinamiento.

La medida más importante del plan del confinamiento fue establecer un «cordón sanitario», que consistió en cercar el pueblo en un radio de una milla con un anillo hecho de piedras. Se colocaron carteles a lo largo de la línea que delimitaba el pueblo avisando de que no se podía entrar. Otra medida adoptada fue enterrar los cadáveres lo antes posible y lo más cerca posible del lugar del fallecimiento. De esta forma se evitaba el contagio a través de los cadáveres que esperaban para ser enterrados. Esta medida fue una de las adoptadas durante la reciente epidemia de ébola que asoló África. También se cerró la iglesia y las misas se hacían al aire libre para reducir los posibles contagios. Para el intercambio de provisiones, los habitantes de Eyam dejaban monedas en vinagre, el único desinfectante conocido entonces, en el anillo de piedras que delimitaba el pueblo y, a cambio, los aldeanos de los pueblos vecinos dejaban víveres y enseres, pero era tan grande el miedo al contagio que muchas veces se dejaban las provisiones y no se cogían las monedas, una combinación de caridad y pragmatismo.

Al principio los esfuerzos parecían insuficientes, las muertes no cesaban y esto tuvo un efecto devastador y desmoralizante en Eyam, pero siguieron firmes en su compromiso. Solo conociendo la terrible naturaleza de la peste se puede comprender el horror al que estuvieron sometidos los habitantes de Eyam.

El confinamiento autoimpuesto de Eyam y el sacrificio que decidieron hacer sus habitantes fue un acto heroico sin precedentes. La decisión no fue tomada para salvarse a ellos mismos, sino para salvar a los habitantes de los pueblos de alrededor y lo consiguieron. Al final de la enfermedad, sobrevivió una cuarta parte de la población; 260 personas habían muerto soportando los dolores atroces de la enfermedad más mortífera de la historia, que, en total, acabó con la mitad de la población europea.

Una vez levantado el autoconfinamiento, muchos pensaban que Eyam sería un pueblo fantasma, pero, como hemos dicho, sobrevivió una cuarta parte de la población, pese a haber estado en contacto con la infección. Hay historias de los supervivientes realmente sorprendentes, como por ejemplo la de Elisabeth Hancock, que enterró a su marido y a sus seis hijos en ocho días, o la del sepulturero no oficial (el oficial había muerto), que, pese a manipular los cadáveres infectados, no se contaminó, o la del mismo Mompesson, que también sobrevivió aunque su mujer no. La resistencia de los supervivientes a la infección fue motivo de diferentes estudios científicos. Se habla de mutaciones del virus que les facilitaron anticuerpos, o que la resistencia venía por haber superado la viruela, otra de las enfermedades graves de la época, pero no hay nada concluyente al respecto, por ahora solo se trata de especulaciones.

El confinamiento autoimpuesto de este pequeño pueblo inglés pasó a la historia, no solamente por el sacrificio heroico de sus habitantes, sino también por su actitud y conducta, que tuvieron consecuencias decisivas y de largo alcance. Sirvió de ejemplo a seguir, no tan solo en el tratamiento contra la peste que asolaba Europa en aquella época, sino en la forma de actuar frente a la propagación de cualquier enfermedad contagiosa. La actuación de los habitantes de Eyam sirvió de base para los protocolos de actuación en caso de pandemias y puso a Eyam en un lugar privilegiado de los mapas de Inglaterra.

Actualmente, Eyam es un pueblo turístico que recibe muchos visitantes interesados en su historia, una forma de homenaje a un comportamiento altruista, generoso y solidario. Un verdadero ejemplo de las cosas buenas de las que somos capaces los seres humanos.

Al entrar al pueblo dice lo siguiente en un cartel:

«Cualquier medida que se tome antes de una pandemia parecerá exagerada. Sin embargo, cualquier medida que se tome después parecerá insuficiente».

A raíz del confinamiento masivo al que se ha visto sometido el mundo al inicio de este año, es esta una frase de mucha actualidad, origen de intensos debates entre políticos, poderes económicos y científicos y, cómo no, en las redes sociales. En los años venideros, la historia nos volverá a recordar los resultados de haberle hecho caso o no.

Año 2020

En este año 2020 estamos viviendo una situación insólita. El mundo se ha parado por un virus que se contagia hábil y velozmente, el Covid 19, que se lleva por delante a seres queridos y que nos ha confinado en casa durante un tiempo. Las calles y parques de ciudades y pueblos han quedado vacías, imágenes increíbles y bellísimas de las grandes metrópolis del mundo sin coches ni ruidos y con sus cielos azules como nunca invaden las redes sociales. Pero con el Covid-19 también se ha hecho muy patente algo con lo que, en general, nos cuesta bastante lidiar: la incertidumbre. Y la incertidumbre nunca llega sola, siempre va acompañada del miedo.

Actualmente hay mucha polarización en las ideologías. Por un lado, las posturas conservadoras tienen pánico al cambio y quieren o les interesa mantener el statu quo, amenazan con la fuerza y el miedo a lo diferente; y, por otro lado, posiciones que quieren un cambio, que abogan por la comprensión de la diferencia como fuente de riqueza, el cuidado del planeta y la negación de la violencia.

Y a esta polarización se le ha sumado el Covid-19 con la incertidumbre y el miedo. Las economías se tambalean y ¿qué será de nosotros cuando esto termine? ¿Seguirá el mundo siendo el mismo?

Las respuestas a estas preguntas, y otras muchas como estas, ¿ qui lo sa? Pero para cada uno la respuesta será más positiva o negativa en función de lo fuerte que nos dejemos atenazar por el miedo, de lo paralizados que nos deje para gestionar la incertidumbre que provoca la situación y poder hacer frente a lo que venga.

Todos los cambios que estamos viviendo, a pesar de toda la parte dramática y dura, vienen con renovadas expectativas para mejorar el mundo a nivel social y medioambiental y hacerlo más humano. Pero no podemos olvidar que esto requerirá de sacrificios. ¿Seremos capaces de abrirnos a la diferencia, comprender y dialogar para construir un mundo mejor? En definitiva, ¿seremos capaces de actuar por el bien común como hicieron los habitantes de Eyam, aunque ello requiera sacrificios personales y colectivos? ¡Está en nuestras manos como individuos empoderados si queremos un mundo mejor!

«No tengamos miedo por el cambio que vendrá, tengamos esperanza en lo que está por llegar».

Publicado en Acontecimientos
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