Diciembre 2019

¿Un nuevo sueño para China?

Escrito por  Teresa Álvarez Santana
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A la misma China, sobre la que tantas penalidades se han abatido, se le ha propuesto un nuevo «sueño chino» (en chino,: Zhōngguó mèng), concepto abanderado por Xi Jinping, actual presidente de la República Popular China. Su contenido básico es hacer realidad un país próspero y fuerte, una nación vigorosa y un pueblo feliz. Sus principales metas serían fortalecer la nación, elevar el nivel de vida de la población y acabar con la corrupción en los distintos niveles gubernamentales.

La aceleración de los cambios parece producir hoy en día una cierta ruptura con el pasado y, sin embargo, en cada uno de los lugares de nuestro universo en mutación, los hombres siguen siendo tributarios de su historia y de sus tradiciones.

El presidente Xi declaró:

«Creo que conseguir el gran rejuvenecimiento de la nación china constituye el mayor sueño chino de los tiempos modernos».

El eslogan del sueño de China tal y como lo entiende el presidente Xi parece imitar la expresión «sueño americano», pero se trata casi de la antítesis de ese sueño de vida, que implica que cualquier individuo puede alcanzar la libertad y felicidad personales por sus propios esfuerzos y que se halla reemplazado por una búsqueda que subordina sueños individuales en pos del sueño colectivo. Y es que, en verdad, China necesita su propio sueño, su propio principio rector, y este deseo de gloria por la patria ha sido la fuerza que ha impulsado durante siglos a los pensadores chinos.

Sin embargo, por todo lo que parecen tener en común a lo largo y ancho del mundo los asuntos contemporáneos, políticos y económicos, casi consiguen hacernos olvidar que China y los países de Asia oriental en su conjunto no son un simple apéndice de Occidente. No han perdido su carácter original, fruto de una historia que ha permanecido durante largo tiempo independiente de la nuestra. Si durante mucho tiempo se ha opuesto una «China moderna», transformada por las influencias de Occidente, a una «China antigua» -insólito resumen de los anteriores milenios-, ha sido en virtud de esa convicción implícita de que no puede haber en el mundo otro modelo de desarrollo que no sea el nuestro, y de que hay un único tipo humano, válido para todos los tiempos y todos los lugares: el hombre occidental contemporáneo.

La China llamada «moderna» no representa, de hecho, más que el episodio más reciente de una larga evolución. China ha sido, durante milenios, la civilización por excelencia en toda la parte oriental del continente euroasiático.

No hay lugar del mundo en que la gran transformación de la era industrial se haya llevado a cabo sin crisis y sin tragedias. Era natural que el peso del pasado gravitara, con mayor fuerza que en ninguna otra parte, en un país de civilización antigua como China.

Sin embargo, no se puede decir que China, respecto a muchas de las naciones occidentales, tuviera un gran retraso desde el punto de vista técnico o fuera imposible de industrializarse, puesto que hay empresas chinas de finales del siglo XIX que, en su época, parecen haber estado tan bien equipadas como sus homólogas de Gran Bretaña.

A China no le faltaban tampoco las tradiciones científicas que le permitirían asimilar los nuevos adelantos de la ciencia occidental en los siglos XIX y XX. Si el mundo chino no consiguió entrar en la era industrial en el momento oportuno, no fue tanto por una incapacidad básica como por una conjunción histórica especialmente desfavorable: divisiones políticas, debilidad de la agricultura, falta dramática de capitales y el carácter militar de las nuevas industrias. A decir verdad, China careció de la oportunidad y de los medios para adaptarse a las transformaciones de la época.

Un nuevo sueño para China 3

La China que en los últimos años del siglo XIX se disputaban las naciones extranjeras era un país desgarrado en su interior, incapaz de reconocer su propia faz y que no tardaría en renegar de sí misma. La presión extranjera no se limitó a ser solo una incitación, sino que actuó al mismo tiempo como un freno, tanto social, económico y político como psicológico.

La búsqueda desesperada, emprendida por algunos intelectuales, de una ideología salvadora en la tradición confuciana, y el conservadurismo de numerosos patriotas, conducen a una fuerte reacción de orgullo nacional. Esta tragedia, que ha sido la de todos los países colonizados, estuvo en China a la altura de la magnitud de su civilización. China conserva todavía hoy la marca de este profundo golpe.

Con el paso de las décadas, el deseo de probar algo, cualquier cosa, resulta evidente. Pero, como siempre, el factor unificador es un «Estado fuerte». Incluso Sun Yat-Sen, cuya ideología incluía los «derechos del pueblo», veía tales derechos como una necesidad para fortalecer el país. Y así, al contrario que otras revoluciones, la de la China comunista no se inició por motivos idealistas, como la libertad, sino animada por el fin de recuperar la gloria nacional. Vemos que el nuevo sueño de China, defendido por el presidente Xi, se enmarca firmemente en la tradición de aquellos que lo precedieron.

Igualmente, otro elemento compartido por la mayoría de los chinos influyentes en la China actual es el deseo de salvaguardar partes de la tradición autóctona, lo cual es compartido por pueblos de todo el mundo cuando se enfrentan a la lógica brutal de la modernización. Y lo cierto es que muchos de los reformistas radicales primero pensaron en deshacerse del pasado, y luego mejoraron su opinión de él. Estaban deseosos de probar lo peor, pero más tarde se contuvieron. Es un problema dar por hecho que las tradiciones suponen un perjuicio para el desarrollo y que se necesita de su destrucción, porque es bien sabido que la modernización ha destruido tradiciones en todos y cada uno de los países que ha tocado, pero algunos han conservado muchísimo más de sus tradiciones que China y, aun así, se han modernizado: cabe pensar en Japón o Corea del Sur. En el caso de Mao Zedong, es posible que destruyera gran parte de la sociedad tradicional, pero no está claro que la supervivencia de esta última hubiera impedido el ascenso de China.

Como paréntesis aclaratorio, introducimos esta información de que años después de la muerte de Mao Zedong en 1981, el Partido Comunista de China publicó un análisis oficial sobre la responsabilidad de Mao en los problemas sociales y económicos derivados de sus políticas, en el que se le achacaban errores graves, aun cuando se reconocía su papel como gran líder revolucionario y artífice de la subida al poder del Partido Comunista. Desde entonces, el Partido Comunista de China ha mantenido esta valoración histórica de Mao como un gran líder, fuente de legitimidad del propio partido, que, sin embargo, habría cometido algunos errores graves.

El cuarto de siglo que empieza con la proclamación en Pekín, el 1 de octubre de 1945, de la República Popular de China y termina con la muerte de su fundador e inspirador, Mao Zedong, en septiembre de 1976, es probable que será recordado por la historia como un periodo excepcional. Se caracterizó por una extraordinaria agitación, profundas crisis y un peligroso crecimiento de la población, pero todavía es demasiado pronto para decir cuál será su lugar en la historia, dado que esta historia está todavía en gestación.

La ruptura con periodos anteriores es evidente, pero es probable que aún haya múltiples vínculos con el pasado más reciente, y seguro que haya vínculos más sutiles, pero no menos fuertes, con un pasado más antiguo, porque las aspiraciones revolucionarias, igualitarias y utópicas de la tradición china parecen haber seguido inspirando a los dirigentes de la nueva China. Por otra parte, el sentido de la organización, la disciplina colectiva, el adoctrinamiento, las grandes obras públicas de dimensiones gigantescas e incluso el paso tan sorprendente del caos y la anarquía al orden, no son cosas tan nuevas en China. En un marco sin duda nuevo por completo, algunas tradiciones estatales y algunas tradiciones morales parecen haberse perpetuado hasta nuestros días.

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En la actualidad, es un germen de tensión el creciente nacionalismo que se vive en varias regiones de China, lo que está provocando serios conflictos, y es probable que este problema no se mitigue en las próximas décadas. Resulta en exceso especulativo saber en qué parará todo esto, pero los dirigentes chinos, situados entre la necesidad del desarrollo económico y las amenazas de agitación social, están dando muestras de una notable habilidad. La prodigiosa renovación que se ha operado en el país estos últimos veinte años, aún continúa imparable. Y en esa línea, el «sueño chino», que es una de las marcas más representativas del mandato de su presidente Xi Jinping, está apuntando a varias ideas que lo singularizan.

En primer lugar, la de progreso con identidad, es decir, la necesidad de recuperar un equilibrio entre la modernización y la tradición. Y, en segundo lugar, la exigencia de una vía propia, adaptada a sus especificidades y que no resulte una copia mimética de los modelos occidentales.

Es posible que, si en época contemporánea, un inmenso país arruinado por un largo periodo de guerras y que era uno de los más miserables del mundo, pudiera recuperarse en pocos años, suscitando una admiración general, para luego emprender una auténtica reconversión apelando a técnicas y capitales extranjeros y descartando la mayor parte de las coacciones heredadas de la tradición comunista, sí, es posible que ese país pueda soñar con realizar todavía cambios profundos en materia de instituciones y de comportamientos sociales e individuales para salir de sus dificultades. Y que el sueño del presidente Xi, que completa el anuncio de Mao de que China se puso de pie y la vocación de Deng por desarrollar la economía del país, pueda ser finalmente el sueño colectivo del renacimiento de China.

Aunque, esbozando en pinceladas el concepto de una política integral, según los antiguos sabios de todas las civilizaciones, confiemos en que ese sueño de China, como el sueño de cualquier otro pueblo de la tierra, no se detenga tan solo en la solución aislada de problemas económicos, sociales u organizativos, sino que penetre en lo psicológico, en lo espiritual, y satisfaga también el corazón del hombre, para poder darle un real y profundo motivo de por qué vivir.

Fuentes consultadas: .

Artículo Sueños de una China diferente de Ian Johnson

El pensamiento chino . M. Granet.

El mundo chino. Jacques Gernet.

Möassy el perro . Jorge Ángel Livraga.

China . Edward L. Shaughnessy.

 

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