Martes, 01 Septiembre 2020 00:00

Reflexiones en tiempos de pandemia

Los antiguos chinos tenían una especie de saludo: «Ojalá vivas en tiempos interesantes». Suena bonito, pero muchos piensan que este no es un deseo positivo, sino una especie de mal agüero. La verdad es que lo interesante no siempre es cómodo, ni fácil, ni placentero, sino que nos somete a intensos estados de ánimo, a experiencias insospechadas. Nos saca de un adormecimiento confortable y nos pone frente a nosotros mismos. Nos obliga a sacudirnos la inercia y la modorra. Nos despierta.

Es probable que la crisis de la pandemia que estamos atravesando sea uno de los tiempos interesantes que nos está tocando vivir. Por primera vez, la globalización nos está obligando a pensar en términos de humanidad porque de repente todos reconocemos a un enemigo común, que no entiende de fronteras, ni de diferencias culturales, ni de religiones, agazapado en lo que no se puede ver. No es un enemigo humano, de los que nos amenazan con las guerras y la destrucción, sino algo que no sabemos si puede calificarse como ser vivo, con el cual nuestros cuerpos físicos entablan una lucha sin cuartel, muy desigual, pues, a pesar de su inconcebible pequeñez, es capaz de causar mucho dolor, enfermedades con secuelas graves, incluso la muerte. Otras veces hubo pandemias, tan temibles como esta, pero nunca fueron tan extensos los efectos, que afectan a todos los países de la tierra, y nunca las pudimos ver «en directo», como decimos ahora, por obra y gracia de los medios audiovisuales.

Y aquí estamos, a pesar de todos los avances de las ciencias epidemiológicas, a ratos sintiéndonos seguros, a ratos desvalidos, unas veces muy informados sobre las causas y los efectos de lo que nos está ocurriendo, o nos puede ocurrir, otras aturdidos por las explicaciones contradictorias que no llegamos a comprender, o engañados por las falsedades que tantos inventan, a la medida de sus sospechas. Temerosos de ser atacados por un enemigo invisible, por un simple saludo, o gesto de cortesía, que alguien que no sabe que lo tiene nos lo puede transmitir, sin querer.

Cultura contra el virus

En estos meses estamos tomando conciencia de lo que es importante para la vida social, ya que nuestra infantil visión a corto plazo nos impide prever las posibles consecuencias de nuestros actos. Y si eso es así en asuntos tan directos y delicados como los que tienen que ver con la salud, es mucho más flagrante nuestro descuido para con los que se refieren a otros niveles, digamos, más sutiles, que se relacionan con las cosas del alma, de la mente, o como queramos identificarlo. Eso explica, por ejemplo, que la cultura siga siendo la gran olvidada de los discursos de los políticos, y lo que es peor, de sus planes de recuperación. Pocos la tienen en cuenta a la hora de señalar lo que contribuye al bienestar de las personas, ni se incluye en las actividades esenciales para nuestra sociedad.

A pesar de los olvidos, también en esta crisis está resultando relevante la capacidad de la cultura para llenar nuestros días de experiencias bellas y buenas y combatir los males que afectan a la psique. Lo estamos viendo en infinidad de iniciativas maravillosas de instituciones públicas y privadas, de profesionales de diversos campos, de cultivadores de todas las artes, que llenan las pantallas de nuestros dispositivos con sus generosas contribuciones para que colmemos nuestro tiempo libre o nuestro aburrimiento, si es que lo tenemos.

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Además de tales ofertas, están los testimonios de muchísimas personas tocando variados instrumentos, o cantando bellas arias de ópera, o combinándose en conjuntos corales y orquestales, cada uno desde su casa, todos bien armonizados. Nos recomiendan libros, que han leído y les han gustado y nos explican por qué, o las películas que han visto y cómo las historias bien narradas nos llevan a mundos apasionantes, más allá de nuestros reducidos rincones, los poemas que nos elevan gracias a las palabras bien elegidas y sus ritmos sonoros, o las reflexiones de nuestros filósofos de cabecera, y los análisis lúcidos de los especialistas que nos ofrecen las claves de un sinfín de asuntos que nos interesan y nos preocupan.

Lo más interesante de esa inmensidad de ejemplos que se dejan ver y muchísimos más que no lo hacen, es que demuestran una vitalidad maravillosa de la actividad cultural y todos los campos que abarca. Cabe pensar en lo que seríamos capaces de lograr solamente con un poco más de apoyo por parte de los que deciden en poderes públicos y privados. Sería otra manera de vencer al virus de la desesperación y la tristeza.

La utilidad de la filosofía

Junto a las medidas para evitar los nefastos efectos de los contagios, se está poniendo de manifiesto, una vez más, la utilidad de las recomendaciones de los filósofos, porque ellos conocen el método para atisbar las señales que nos llevan hacia determinados desenlaces. Ojalá nos volvamos un poco filósofos, más reflexivos, menos ingenuos.

El maestro Emilio Lledó, como buen platónico, compara el momento actual con la caverna de Platón, donde hay prisioneros obligados a vivir en la oscuridad, de tal manera que creen que las sombras que apenas vislumbran son la realidad. Algunos consiguen salir y avisan a los demás de que están muy confundidos, que hay otro mundo, allí fuera, cosa que la mayoría de los prisioneros ni comprende ni acepta. Lledó teme que se sigan ocultando otras pandemias, «como el deterioro de la educación, la cultura y el conocimiento» y agrega: «Debemos estar alerta para que nadie se aproveche de lo vírico para seguir manteniendo la oscuridad y extender más la indecencia».

Recurrir a los clásicos es una medida que nunca falla, quizá especialmente a los filósofos estoicos, los que nos enseñan a vivir con unos consejos tan acertados y oportunos que, a pesar de que han pasado más de dos mil años desde que fundaron su escuela de filosofía, todavía siguen dando respuestas a nuestros problemas vitales y a nuestro desconcierto. Una de sus recomendaciones es que aprendamos a ocuparnos de lo que depende de nosotros, lo cual nos puede ahorrar muchos sufrimientos inútiles que nos impedirán solucionar los problemas que sí están en nuestras manos.

Los estoicos hicieron suya también la noción de «bien común» como deber social, es decir, el fin que nos unifica a todos: «Lo que es bueno para la colmena es bueno para la abeja y lo que no es bueno para la colmena no puede ser bueno para la abeja», decía Marco Aurelio, un emperador que también era filósofo y sabía de lo que hablaba. En sus Meditaciones nos ha dejado maravillosas joyas de sabiduría para ser mejores cada día.

El mundo VICA

Por aquello de que la palabra crisis significa ‘cambio’, volvemos a preguntarnos por los que van a producirse, con la sospecha de que no todos van a ser mejoras y ya estamos buscando chivos expiatorios para echarles la culpa de todo lo que pase. Pero las cosas no son tan simples y vamos a tener que reflexionar un poco más, aprovechando las propuestas de la gente lúcida que sabe otear el futuro a partir de lo que ve en el presente. Ya hay algunas ideas interesantes que nos pueden ayudar, pues para cambiar el mundo a mejor, necesitamos cambiar nosotros mismos, al menos en la forma en que pensamos y nos representamos la realidad.

El VICA es una de ellas. Se trata de un modelo de análisis que define nuestro entorno, tal como es y no como nos gustaría que fuera, o como suponemos que es, por medio de un acróstico que sintetiza las palabras: Volátil, Incierto, Complejo y Ambiguo, donde predomina lo inesperado, lo cambiante, lo aleatorio y lo confuso. El modelo se difundió en los años 80 durante uno de esos cambios fuertes que vivió el mundo con el fin de la guerra fría y la caída del muro de Berlín. Como síntesis de lo mucho que ya se ha elaborado sobre el tema, nos referiremos a las características que señalan los cambios actuales con las recomendaciones para abordar las tendencias del espíritu del tiempo.

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Volátil. Ante la velocidad con que se producen los cambios, es difícil retener lo que sale bien. Necesitamos entonces una visión de futuro estratégica y global para gestionar nuestra vida, y las de las organizaciones, en todos sus ámbitos, partiendo de que el miedo paraliza y saber lo que depende de nosotros nos serena.

Incierto. Los imprevistos surgen con una temible facilidad, con lo que no podemos pretender controlar y prever los resultados con seguridad. Tendremos que desarrollar la empatía para comprender cómo pueden afectarnos los cambios a nosotros mismos y a los demás.

Complejo. No hay causas ni efectos aislados en un mundo cargado de interacciones, por lo que ver las cosas en términos de blanco o negro, buenos o malos es peligroso. Huir de las simplificaciones. Concentrarnos y profundizar en los análisis y concretar las acciones.

Ambiguo. Como no tenemos claros los múltiples factores que intervienen en los fenómenos que observamos, se impone la agilidad para reaccionar y actuar, desarrollando nuestras capacidades para actuar en diferentes campos, como la imaginación y la intuición. Lo cual significa capacitarnos para cooperar en la búsqueda de soluciones.

Todo esto está muy lejos de los sistemas rígidos, cargados de inercias y complicaciones burocráticas. Es vital sacudirse la pasividad y tomar la iniciativa, con valor y capacidad de adaptarse a las circunstancias, sin perder la visión de los grandes valores, para encontrar el modo de hacerlos realidad aquí y ahora.

 

Martes, 01 Septiembre 2020 00:00

Pensar la pandemia

Es curioso comprobar una vez más que, si no tomamos las decisiones necesarias para mejorar nuestras vidas, algo que podríamos llamar destino nos obliga a hacerlo, frecuentemente con el acompañamiento del sufrimiento y el dolor.

Es lo que está ocurriendo en estos meses de incertidumbre y de miedo: que nos estamos viendo obligados a ponernos ante nosotros mismos y hacernos muchas preguntas, especialmente aquellas que tienen que ver con el sentido de la vida y lo que de verdad importa. A reflexionar, en definitiva, a ensayar nuestras posibilidades de practicar una filosofía de vida, basada en unos valores que nos hagan sentirnos más felices y completos como personas.

Empezamos a notar que lo que nos parecía fundamental deja de serlo y damos importancia a muchas cosas, personas, ideas, que teníamos olvidadas, entre el ruido y la prisa. Nos liberamos de muchos objetos superfluos que cargaban nuestros espacios. Recuperamos los viejos hábitos de la lectura, el estudio, cierta serenidad ante las adversidades, centrándonos en lo que depende de nosotros, como nos recomendaba Epicteto. Descubrimos que es posible otro ritmo más armónico y afinado y un mundo mejor, más humano.

 

Publicado en Editorial
Miércoles, 01 Julio 2020 00:00

Pandemia

Hay momentos en la historia en que se producen giros que podríamos interpretar como goznes que cambian el sentido de la vida. Esta pandemia, generada por el virus Covid-19 (Coronavirus ), que se ha extendido a lo largo de todo el planeta, va seguramente a generar un cambio radical en nuestras próximas costumbres. Sería un grave error no tomar conciencia de la necesidad de evaluar nuestros futuros comportamientos extrayendo una enseñanza de esta dolorosa experiencia.

La distopía parece haberse encarnado en nuestra realidad cotidiana y el film Contagio, de Steven Soderbergh, estrenado en 2011 y protagonizado por Matt Damon, relata, desde la ficción, la misma realidad que hoy nos ha tocado vivir. No deja de ser extraño que esta película se haya basado en una obra publicada en 1981 por Dean Koontz, Los ojos de la oscuridad (The eyes of darkness), en la que se cuenta que un virus extremadamente mortal surge en un laboratorio, como una «poderosa arma biológica», en la ciudad de Wuhan, al que se le bautiza como «Wuhan-400». Es curioso que el Coronavirus haya surgido en la ciudad china de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, y ha extendido su contagio, en muchos casos letal, por todo el planeta.

Quisiera comentar, en primer lugar, que nos estamos percatando de que las fronteras entre los Estados, sobre las que tanta sangre se ha derramado en defensa de los estériles nacionalismos, ahora son violadas por un agente invisible como este virus. Esto nos ha demostrado que esas fronteras no existen y que la pandemia se extiende sin consideraciones geográficas, culturales o sociales. Todos somos vulnerables sin excepción. En esas mismas fronteras hemos discriminado a seres humanos a los que, huyendo de la pobreza, del hambre y de las guerras no les hemos dejado entrar a una Europa-fortaleza, creyéndonos superiores a todos. Este virus nos ha demostrado que deberíamos haber sido más humanos. Ahora somos nosotros los perseguidos por una fuerza invisible que nos recluye y nos mata.

En segundo lugar, con esa misma soberbia con la que actuamos mirando hacia otro lado frente al dolor de los otros, tampoco hemos tenido la menor contemplación en deteriorar el planeta en el que vivimos. Lo hemos contaminado, lo hemos sumergido en plásticos y basura, hemos esquilmado sus bienes naturales, hemos quemado los bosques y nos hemos reído del cambio climático. Este virus nos ha vuelto a demostrar que con las leyes de la naturaleza no se juega y que toda mala acción tiene una reacción en sentido contrario igual de mala, pues un virus que ha nacido probablemente en algún laboratorio o por la imprudencia de algún ser humano, como resultado de buscar alimentos en seres vivos que nosotros mismos hemos contaminado, se está expandiendo por todos los continentes haciendo estragos en los seres humanos más vulnerables.

En tercer lugar, esta pandemia nos está enseñando que todos sin excepción deberíamos generar una responsabilidad individual y colectiva que nos recuerde que el bien del otro es también nuestro propio bien, que lo que siempre hemos poseído se puede desvanecer en un abrir y cerrar de ojos. Este encierro, al que nos hemos sometido todos para evitar los contagios, nos está haciendo abrir los ojos y comprender la importancia del abrazo fraterno. Este aislamiento resulta terapéutico para aprender a conocernos a nosotros mismos en la soledad y la introspección. También para valorar nuestro entorno, a nuestra familia, a nuestras amistades, a nuestros seres queridos.

¿Qué conclusiones podemos recabar del dolor de esta pandemia?

En primer lugar, que cuando la pandemia haya remitido ya no seremos iguales, que nuestros comportamientos habrán cambiando y que, si no lo hacemos, habremos cometido otro error imperdonable. El dolor tiene que ser un vehículo de conciencia para darnos cuenta de que «todos somos uno» y que el dolor del otro es también nuestro dolor. No puedo imaginar cómo será el mundo después de esta pandemia, pero quiero desear que sea mejor y que todos hayamos aprendido a no parapetarnos en fronteras que en realidad son una ficción geográfica y que hemos visto como se diluyen con un enemigo invisible.

En segundo lugar, será necesario que aprendamos a cuidar y respetar el planeta en el que vivimos. Pensemos que, aposentados en su costra planetaria, giramos alrededor del Sol, pero que, en la cotidianeidad durante la que se desarrolla nuestra existencia, vamos perdiendo la noción de que estamos viviendo sobre un cuerpo celeste que gira de acuerdo con las leyes del universo. Ese olvido ha resultado muy nocivo, pues ha hecho no solo que despreciemos la salud del planeta Tierra, sino que también ahora, en la ambición desmedida de dominar los recursos naturales, estemos mirando con avidez a los otros planetas del sistema solar y a los asteroides. Parece que no tiene límites nuestra codicia. Deberemos darnos cuenta de que todo este desatino se paga, que todos estos errores tienen un precio que, lamentablemente, hoy por hoy, estamos pagando con vidas humanas.

¿Cuánto tiempo vamos a necesitar todavía para aprender que «con las leyes del universo no se juega»?

El contacto humano

En tercer lugar, encerrados en nuestras casas, que es lo que debemos hacer para evitar la propagación de un virus que posee una increíble rapidez de contagio como es el Covid-19, nos hemos percatado de muchas cosas que hemos perdido, entre ellas el contacto humano. No hay nada más didáctico que perder algo para valorar su falta y darnos cuenta de que hemos vivido sin percatarnos de lo que poseíamos.

Ante esta pandemia estamos obligados a comunicarnos por medios virtuales y nuestros abrazos son también virtuales, por lo que hemos vuelto a añorar el abrazo carnal. Cuando todo esto haya pasado, deberíamos desarrollar lazos más fraternos y ampliar nuestro concepto de alteridad, puesto que nadie puede completarse en reclusión, pues todos necesitamos de todos en un mundo colectivo que se apoya en la aldea global. La sociedad materialista y consumista que hemos desarrollado se ha olvidado de los individuos, y nos relacionamos en términos económicos, y así nos ha ido y nos va: el virus no respeta a nadie y no discrimina por la condición social, ni la condición cultural, ni la condición económica, todos caen sin conmiseración bajo su yugo.

En el futuro vamos a tener que desarrollar una conciencia de corresponsabilidad, que nos permita trabajar codo con codo; de lo contrario, es probable que vuelvan otros virus más letales aún. El dolor que ha producido esta pandemia debería hacernos reaccionar.

En estos días, la obra La peste, de Albert Camus, que fue publicada en 1947, ha vuelto a ser nuevamente citada en numerosas intervenciones y se está convirtiendo en una metáfora rediviva que nos recuerda que una epidemia nos hace reflexionar sobre nosotros, sobre nuestros valores morales y, en especial, sobre el tiempo. Nos dice Camus: «Solo una cosa había cambiado para ellos: el tiempo, que durante sus meses de exilio hubieran querido empujar para que se apresurase, que se encarnizaban verdaderamente en precipitar; ahora que se encontraban cerca de nuestra ciudad, deseaban que fuese más lento, querían tenerlo suspendido…».

En definitiva, esta reclusión en nuestras casas, necesaria y oportuna, nos está ofreciendo otra dimensión y comprensión de eso que llamamos «el tiempo». Minuto tras minuto podremos ir comprendiendo en nuestra introspección el valor de nuestras horas y la importancia de viajar junto con el resto de los seres humanos en la sugestiva e interesante experiencia de este «viaje de la vida» que hacemos con el resto de la humanidad, pues, como nos recuerdan los sabios orientales, «vosotros, los occidentales, tenéis los relojes; nosotros, en cambio, tenemos el tiempo».

Publicado en Sociedad
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