Sábado, 01 Febrero 2020 00:00

Educar para el bien común

Desde hace una década se viene hablando del bien común en relación principalmente con la economía, y sobre la base de unos principios morales universales que deben impregnar toda actividad humana, siempre en beneficio de todos y cada uno. Estos principios son: dignidad humana, solidaridad, sostenibilidad ecológica, justicia social, cooperación y trasparencia.

La búsqueda del bien común es en sí misma un valor moral, de los muchos que nos faltan en esta sociedad, donde todo se valora dependiendo del interés particular.

Numerosos estudios interdisciplinares han demostrado que la sociedad moderna, a pesar de sus casi milagrosos avances en medicina, ciencia y tecnología, está aquejada de algunas de las tasas más altas de depresión, esquizofrenia, salud precaria, ansiedad y soledad crónica de la historia humana. También la independencia económica puede conducir al aislamiento, y el aislamiento puede poner a la gente en mayor riesgo de depresión y suicidio.

Algunos psicólogos y sociólogos actuales sostienen que los seres humanos necesitamos tres pilares básicos para estar satisfechos:

1) Sentirnos competentes en lo que hacemos.

2) Sentirnos auténticos en nuestras vidas.

3) Sentirnos conectados con otros.

Según Sebastián Jünger, algunas de las carencias de nuestra sociedad actual, que nos señala en su libro Tribu, es precisamente ese sentimiento de tribu que hemos perdido, y que implica lealtad, pertenencia… Por tanto, vivimos más aislados, y otro dato interesante es que damos valor a los valores extrínsecos.

Me llamó mucho la atención la explicación de por qué los desastres a gran escala producen condiciones mentales más sanas.

Otro investigador sobre el tema, Thomas Paine (pionero en la construcción de la democracia estadounidense), reconocía que las tribus indias vivían en sociedad, y en ellas la pobreza personal era desconocida y los derechos naturales del hombre eran promovidos activamente.

Por eso, cuando la gente está comprometida con una causa, sus vidas tienen más sentido, lo que tiene como consecuencia una mejora de la salud mental.

También Charles Fritz constató que la sociedad moderna ha perturbado gravemente los vínculos que han caracterizado siempre la experiencia humana y que los desastres empujan a la gente hacia una forma de relación más antigua y orgánica, creando una conexión con los demás inmensamente tranquilizadora.

¿Qué podemos hacer para mejorar nuestras relaciones apoyándonos en estos pilares básicos, muy vinculados entre sí?

Solo con una verdadera educación podremos trabajar nuestra personalidad, llegando a comprender que formamos parte de una unidad, como bien decía el filósofo estoico, el emperador Marco Aurelio:

«Si algo le conviene a la abeja, puede que no le venga bien a la colmena, pero si algo le viene bien a la colmena, siempre es bueno para la abeja».

Educación

Devolvamos la educación al lugar que se merece.

Entre los fallos actuales de la educación, debemos destacar:

- La sobreprotección, que debilita a los niños.

- El exceso de normas, la masificación.

- Mucha permisividad.

Recordemos a Jean-Jacques Rousseau («el buen salvaje»), que abandonó a cinco de sus hijos a los tiernos y mortíferos cuidados de los orfanatos de la época.

Este sería un cruento ejemplo de que el proceso vital de socialización previene en realidad numerosos daños y propicia muchas cosas positivas. A los niños se los daña cuando quienes tendrían que cuidar de ellos, por temor a cualquier conflicto o discordia, ya no se atreven a corregirlos y los dejan sin orientación alguna. La violencia es la opción por defecto, porque resulta fácil. Lo difícil es la paz, que se aprende, se inculca, se gana.

Son las cosas que se producen un día tras otro las que dan forma a nuestras vidas

La cuestión es: ¿somos padres o amigos?

Veamos ideas generales sobre algun enfoque pedagógico tradicional del s. XX.

Método Waldorf

Se basa en los ritmos de la naturaleza del niño, respeta las etapas de desarrollo, cada siete años hay un cambio:

En cada etapa hay unos aspectos a desarrollar o potenciar: Hasta los siete, la bondad; hasta los catorce, la belleza; hasta los veintiuno, la justicia.

¿Qué quiere el niño?

Vivir los ciclos de las estaciones con actividades acordes con el entorno natural: en otoño, trabajar con hojas de los árboles, los tonos marrones, celebrar las festividades… pruebas, fiesta del farolillo cuando se acerca el invierno…

Hasta los seis años no empiezan a leer, hacen psicomotricidad fina, telares, ejercicios de lateralidad. Con la repetición de cuentos, colores, canciones, poco a poco van asimilando conceptos.

Hay herramientas de la personalidad que nos pueden ayudar para una verdadera autodeterminación si en vez de centrarnos en el problema, nos centramos en buscar las soluciones. Porque los seres humanos poseemos fuerzas sin explorar que nos permitirían ver los auténticos problemas.

La salud de nuestra sociedad depende del esfuerzo de cada individuo, y no al revés.

Hay claves que convierten los problemas en oportunidades:

1) Inversión del deseo

La ventaja secreta es convertir el dolor en poder. Cuando uno se implica en algo con firmeza, también se pone en marcha la naturaleza poniendo a su favor toda suerte de incidentes, encuentros y ayuda material; imprevistos con los que ni soñaba que contaría (W. H. Murray).

El verdadero adulto acepta que existe una diferencia básica entre los objetivos que nos planteamos y los que nos asigna el universo, pues existe una fuerza interior escondida que solo se puede encontrar cuando la adversidad saca lo mejor de uno mismo. Nietzsche dijo que lo que no nos mata nos hace más fuerte.

Cuanto más se queja uno, mas se estanca. Un ejemplo admirable lo tenemos en Victor Frankl, que, en condiciones de una dureza indescriptible, encontró la oportunidad de aumentar su fuerza interior.

Al margen de los objetivos que uno se marque en el mundo exterior, la vida le reserva sus propios objetivos, y si los dos proyectos están en conflicto, ganará la vida.

Hay que averiguar qué nos pide la vida, aunque solo sea soportar dignamente el sufrimiento, sacrificarse por otra persona o no sucumbir a la desesperanza y estar a la altura del reto.

Este camino fomenta la grandeza interior, lo que más falta le hace a nuestra sociedad, tan orientada a lo exterior.

La inversión del deseo permite fomentar el valor, la capacidad de actuar ante el miedo; hay que confiar, la vida está al otro lado del miedo.

Sin embargo, en general la psicoterapia no aborda directamente la necesidad de ser valiente, algo que está implícito en mayor o menor grado en la búsqueda de soluciones, que es el encuentro con ese poder mítico de los héroes.

El valor es la capacidad de actuar ante el miedo. El objetivo es estar lo bastante cómodo con el miedo como para poder actuar.

2) El amor activo

Todos tenemos algún resorte que nos hace entrar en nuestro propio laberinto y, cuando estamos dentro, la vida pasa de largo, incontables horas perdidas, grandes oportunidades desaprovechadas y una enorme cantidad de vida no vivida.

Mientras estás dentro del laberinto, sigues necesitando algo de la persona que te ha hecho daño, lo cual le otorga un poder de intimidación.

En el momento mismo en que sientes la fuerza, te elevas por encima de tus mezquinos sentimientos de ofensa. Ya no necesitas una reparación de quien te ofende. Todos tenemos una tendencia marcada a rumiar injusticias pasadas.

El auténtico poder de un enfoque espiritual de la psicología es enseñarte a activar fuerzas superiores que son más poderosas que tus emociones y que, sin sustituirlas, las trasforman.

De esta manera surge la autoridad interior, o fuerza superior, o la fuerza de la expresión personal, como queramos llamarlo.

Ahora bien, ¿conocemos realmente nuestras capacidades?

La sombra de Jung

Carl Jung define la sombra, que es todo lo que no queremos ser pero tememos ser, representado en una sola imagen. Es el origen de uno de los conflictos humanos más básicos. La sombra permanece conectada con las profundidades olvidadas del alma, con la vida y la vitalidad; ahí puede establecerse contacto con lo superior, lo creativo y lo universalmente humano.

Es frecuente que el encuentro con la sombra tenga lugar en la mitad de la vida, cuando nuestras necesidades y valores más profundos tienden a cambiar el rumbo de nuestra vida, determinando, incluso, un giro de 180 grados y obligándonos a romper nuestros viejos hábitos y a cultivar capacidades latentes hasta ese momento. Pero a menos que nos detengamos a escuchar esta demanda, permaneceremos sordos a sus gritos.

La depresión también puede ser la consecuencia de una confrontación paralizante con nuestro lado oscuro, un equivalente de la noche oscura del alma de la que hablan los místicos. Pero la necesidad interna de descender al mundo subterráneo puede ser postergada por multitud de causas… Solo quien ha comprendido y aceptado sus propios límites puede decidir ordenar y humanizar sus acciones.

¿Cómo? Pues a través del flujo, que sería dejar de pensar y ponerse a disposición de la fuerza superior, que surge del propio obstáculo. Así, la herramienta convierte la sombra en el vehículo de una fuerza superior, la fuerza de la expresión personal. El objetivo no es buscar la aprobación de nadie.

Entonces es cuando la sombra hace posibles los auténticos lazos humanos. Es la parte que todos tenemos en común. Sin ella, exageramos nuestras diferencias y nos sentimos separados. La única manera de que las relaciones funcionen entre individuos, religiones o países, es usar nuestras sombras para forjar un vínculo universal, y poder gozar de la libertad de ser distintos sin renunciar a la convivencia.

Es recuperar el lenguaje perdido del corazón.

Si tu autoridad se basa en la sombra, puedes estar en sintonía con los sentimientos de los demás. Cuando la gente se siente comprendida, surge la empatía que potencia la autoridad, sea cual sea el contexto; así, el trabajo en equipo es más genuino y duradero.

En consecuencia, surge lo que se llama matriz social, que es una red de seres humanos interconectados generando una energía curativa que no se puede crear de ningún modo. Cuanto mayor es la conexión que sentimos entre nosotros, más felices somos. Algunos estudios demuestran que las personas con sentido de la comunidad viven más tiempo y gozan de mejor salud física y mental.

Destacamos algunas de las recomendaciones que nos hace Jordan B. Peterson, en su libro (best seller mundial):

«Da por hecho que la persona a la que escuchas puede saber algo que tú no sabes».

«Trátate a ti mismo como si fueras alguien que depende de ti».

«Enderézate y mantén los hombros hacia atrás. Hay una neuroquímica de la derrota y la victoria».

«Traba amistad con aquellas personas que quieren lo mejor para ti».

«No te compares con otro, compárate con quien eras tú antes».

«Antes de criticar a alguien asegúrate de tener tu vida en perfecto orden».

«Di la verdad o, por lo menos, no mientas».

Si promovemos una verdadera educación que potencie los valores intrínsecos que cada uno tenemos y conocemos las claves que nos ayudarán a formar nuestro carácter, si conocemos la personalidad, entonces verdaderamente comenzaremos a sentir la conexión con los demás seres humanos, percibiendo la unidad de la naturaleza en la que vivimos inmersos y de la que formamos parte.

Bibliografia

Tribu , Sebastián Jünger, editorial Capitán Swing.

El método , Phil Stutz y Barry Michels, editorial Guijaldo.

12 claves para vivir , Jordan B. Peterson, editorial Planeta.

Encuentro con la sombra , edición a cargo de C. Zweig y J. Abrams.

Publicado en Sociedad
Domingo, 01 Diciembre 2019 00:00

Confucio: ¿educador o político?

Confucio es una figura clave en la historia del pensamiento universal. A él le debemos la introducción del humanismo en la sociedad china, un siglo antes de que, en Occidente, Sócrates comenzase a hablar de ética y de moral en la antigua Grecia. Ante la pérdida de valores de la sociedad actual, se muestra como un ejemplo a seguir, tanto en su comportamiento personal como en su actuación como gobernante.

«Donde hay justicia no hay pobreza» (Kung-Fú-Tsé).

En plena época feudal, descompuesto el antiguo Imperio Celeste en multitud de estados que continuamente guerreaban entre sí, y donde la corrupción, los abusos, el desorden social y la miseria estaban siempre presentes, aparece este curioso personaje, cuyas enseñanzas van a trascender el tiempo, para convertirse en el eje sobre el que va a girar la vida de la sociedad china a lo largo de casi 2500 años. No en vano ha llegado a ser considerado por sus compatriotas el sabio más grande de todos los tiempos.

Sus mayores aportaciones fueron recoger para la posteridad lo mejor de los textos y tradiciones antiguas y, puesto que su principal objetivo era la educación, transmitir ese conocimiento para la formación ética de sus discípulos, creando la primera escuela abierta a todos (antes de ella, la gente común no tenía derecho a la enseñanza).

Fue el único ser humano en la historia de China respetado tanto por emperadores como por la gente sencilla como un verdadero sabio y educador. Fue y sigue siendo un modelo de virtudes para todo aquel que busca referencias para vivir en armonía.

Vida y enseñanzas

Como ocurre con todos los grandes personajes de la Antigüedad, la vida de Confucio presenta muchos puntos oscuros que han entrado a formar parte de la leyenda, dado que su biografía más antigua se remonta a casi cuatro siglos después de su nacimiento.

Se acepta que nació en el año 551 a. C. en el estado de Lu. Perdió a su padre a la edad de tres años, sumiendo a su madre y a él en la más mísera pobreza. Sobre su educación, los pocos datos que nos han llegado afirman que fue autodidacta. Su discípulo Tzu King afirmó que no había tenido necesidad de maestros. Sin embargo, debió de tener acceso a textos que le permitieron adquirir una gran cantidad de conocimientos, como demostraría después.

Sus capacidades innatas le llevaron a ocupar diferentes cargos en la administración, como el de inspector de granos a la temprana edad de diecisiete años. A los diecinueve se casó, teniendo de este matrimonio un hijo y una hija. A los veintiún años fue nombrado inspector de ganados y campos.

Estaba llamado a convertirse en un alto dignatario del Estado, pero al poco tiempo murió su madre, con escasos cuarenta años, y Confucio se retiró de la vida activa, para guardar luto durante veintisiete meses (tal como prescribía la tradición para los empleados públicos). Este tiempo, que invirtió en el estudio, la música y la reflexión, marcó un nuevo rumbo en su vida, pues al término del mismo, decidió dedicarse a su profunda vocación, empezando así su verdadera vida de maestro.

Creó una escuela de carácter humanista, donde la formación del carácter de sus discípulos era su preocupación fundamental. Para ello les enseñaba historia, ciencia política, música, poesía y, sobre todo, ética.

La historia era una de sus principales pasiones, porque consideraba que «en ella encontramos ejemplos de personajes dignos de imitar, y de comportamientos indignos que deben ser evitados».

Respecto a la política diría que gobernar es «servir de ejemplo», puesto que «el pueblo imita lo que hacen los gobernantes». Y añadiría: «Los antiguos gobernantes creían que amar a sus pueblos era el principio esencial de su gobierno, y seguir con rectitud las más elevadas reglas de conducta, el principio esencial que regía sus actos de gobernación sobre el pueblo que amaban».

En cuanto a la música, se esforzó en iniciar una reforma de la misma, para que fuese adecuada para expresar y estimular la armonía interna del espíritu, dado que «un espíritu armónico es la clave para que la conducta sea también armónica».

Confucio educador politico2

Sobre la poesía decía que era «la que despierta el alma».

La ética era para él «hacer que nuestros sentimientos sean conducidos por la razón y no arrastrados por la pasión humana», dado que esta última «es la que nos hace perder el entendimiento y la rectitud de nuestra alma».

Uno de los momentos más importantes de su vida fue el viaje a Lo, antigua capital del Celeste Imperio (que él tanto admiraba y cuyos gobernantes eran considerados «Hijos del Cielo»). La visión de sus avenidas, sus construcciones y monumentos, al tiempo que sus cuadros y estatuas, le hicieron revivir un antiguo pasado de esplendor que él pensaba recuperar para su pueblo. En ese viaje tuvo lugar un encuentro excepcional con Lao Tsé, el otro gran sabio chino, del que obtuvo algunas influencias decisivas para su vida.

Durante veinte años, el maestro viaja, enseña y se pone en contacto con diferentes príncipes, en cuyas rivalidades interviene, solicitado por ellos. Hasta tal punto llegó su fama de hombre sabio que fue llamado por el príncipe de Lu para ocupar el cargo de gobernador de una ciudad, y al cabo de poco tiempo, de ministro de obras públicas, y más tarde de ministro de justicia, el cargo de mayor responsabilidad en el Estado (pues no solo estaba encargado del derecho en sentido estricto, sino de toda la administración).

Logró tales mejoras para su país que los estados vecinos, temerosos de la influencia negativa que el éxito de Confucio pudiera tener para sus personas, decidieron neutralizarle. El ataque se dirigió hacia el príncipe de Lu (dado que sabían que Confucio era incorruptible): le enviaron como regalo las ochenta mejores y más bellas bailarinas, conducidas por los más hermosos carros y caballos. Así consiguieron que el príncipe perdiera la noción de sus deberes y, desde ese momento, en lugar de escuchar y aceptar los consejos del maestro, como hasta entonces había hecho, se dedicó a su nuevo y selecto harén, olvidando su misión como gobernante.

Confucio, dolorido y acongojado, se marchó de su Estado natal y durante catorce años recorrió diferentes regiones de China, instruyendo a príncipes y mendigos, a jóvenes y ancianos.

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Tenía setenta años cuando fue formalmente invitado por el nuevo príncipe a regresar a su país. Allí permaneció hasta su muerte, tres años más tarde. Durante este corto periodo se dedicó a culminar la obra que inmortalizaría su nombre: la recopilación, redacción y edición de los llamados Cinco libros clásicos, destinados a ser fuente de inspiración para las generaciones futuras.

Su obra fue continuada por sus discípulos, que recogerían sus enseñanzas y las transmitirían a la posteridad tal como se las enseñó su maestro. En cierta ocasión, sorprendido por estos contemplando el curso de un río, les diría: «Hay una estrecha relación entre las aguas y la doctrina. Las aguas corren sin cesar; corren de día, corren de noche, hasta que se reúnen todas en el seno del vasto mar. Desde los sabios gobernantes Yao y Schun (míticos fundadores del Celeste Imperio), la sana doctrina ha corrido sin interrupción hasta nosotros; hagámosla correr también nosotros para transmitirla a nuestros sucesores, los cuales, a ejemplo nuestro, la transmitirán a nuestros descendientes, y así sucesivamente hasta el fin de los siglos».

La doctrina o enseñanza que Confucio se empeñó en transmitir se basaba en un desarrollo ético del ser humano, sin misticismos vanos, para concentrarse plenamente en el aquí y el ahora. Ante la pregunta que una vez le hicieron sobre la muerte contestó: «si no somos capaces entender la vida, ¿para qué preocuparnos por la muerte?».

Toda su labor pedagógica sobre el individuo persigue una fraternidad y armonía con el resto de los seres, de tal forma que para él no existe diferencia entre ética y política, pues el orden político es el fruto de un orden ético, al que se llega a través de una educación que promueva el desarrollo y evolución personales. En cierta ocasión, un discípulo preguntó a Confucio: «Maestro, ¿cuál es la mejor forma de servir a los dioses?», y el maestro contestó: «Antes de servir a los dioses, preocúpate de servir a los humanos que te rodean, de hacerles nobles, valerosos, honrados, justos y virtuosos; y una vez realizado lo anterior, dedícate a los dioses».

Así, en ningún momento negó la existencia de la divinidad, sino que entendió que si no somos capaces de amar a nuestro prójimo, de nada sirve tratar de llegar al amor divino.

El mundo actual no se diferencia mucho de aquel que Confucio conoció: falta ética en el ser humano, falta justicia en la sociedad, falta fraternidad entre las personas, falta armonía y unión entre los pueblos. Quizá sea, pues, el momento de tener en cuenta las enseñanzas de este gran sabio.

Publicado en Filósofos
Sábado, 01 Junio 2019 00:00

Educación para todos

Si hay un debate necesario en estos tiempos es sobre la educación para todos los seres humanos, uno de los objetivos que plantean las Naciones Unidas para el presente milenio, que aún no se ha conseguido en muchos lugares del mundo. Pero una cosa es escolarizar a todos los niños y niñas de cada país, lo cual ya es un logro, y otra conseguir que los sistemas educativos hagan nacer en ellos todo el potencial que llevan dentro. Para esto último nuestras sociedades necesitan cubrir enormes carencias que arrastran los programas y currículos, más bien orientados a lograr una supuesta «inserción» en el llamado mercado de trabajo, con preferencia sobre otras metas, como podría ser hacer que los educandos descubran su verdadera vocación y lo que quieren ser y hacer en la vida.

Para conseguir tales fines haría falta ir introduciendo en los programas de estudio la formación del carácter, el desarrollo de la creatividad, la inteligencia emocional, la educación en valores, la práctica de unos principios éticos comúnmente aceptados, más allá de las creencias y avalados por las garantías para el ejercicio de la libertad de pensamiento y de acción.

No es la primera vez que asoman a nuestras páginas propuestas interesantes e innovadoras en este sentido y no deja de sorprendernos el comprobar que, una vez más, volver la mirada a los clásicos nos permite una buena orientación. Resulta interesante descubrir hasta qué punto la filosofía, desde sus raíces primeras, no ha dejado de inspirar a los pedagogos que se comprometen en la tarea de ofrecer de manera más eficaz lo que quienes están a su cargo necesitan para despertarse. Que al fin y al cabo es lo que busca todo sistema de educación que se precie.

Publicado en Editorial
Miércoles, 01 Febrero 2017 00:00

La educación prohibida, una educación necesaria

La educación es un tema que nos concierne a todos. No cabe duda de que los valores y los conocimientos son ingredientes imprescindibles para el desarrollo de cada niño, de cada adolescente, de cada futuro adulto que formará parte activa de cualquier sociedad. Por eso es vital que padres, profesores, alumnos y todos los integrantes de la sociedad busquemos formar equipo para proveerlos de las herramientas necesarias que garanticen su crecimiento personal. Pero antes tal vez sea de vital importancia cuestionarse cuáles son las bases necesarias para que todo individuo desarrolle sus posibilidades, su potencial, para un bienestar personal que indefectiblemente va a repercutir en el ámbito social, en el bienestar colectivo.

El sistema educativo actual busca promover la calidad de una educación que garantice no solo la enseñanza de conocimientos, sino también la transmisión de valores que favorezcan la equidad y la igualdad de oportunidades para el desarrollo de los estudiantes. La libertad, la responsabilidad, la solidaridad, la tolerancia y el respeto forman parte de ese gran conjunto de cualidades que el sistema y, por supuesto, toda la sociedad buscan inculcar en los jóvenes.

Sin embargo, los indicadores relacionados con la educación de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico señalan que aún estamos lejos de alcanzar dichos propósitos. El bajo rendimiento académico, el fracaso escolar y muchas veces el posterior abandono de los estudios obligan a cuestionar la metodología que se está ejerciendo en la mayoría de los países a ambas orillas del Atlántico.

Los países de habla hispana: en la columna del debe

Pruebas como las de PISA, realizadas por la OCDE, siguen indicando que gran parte de los países hispanohablantes ocupan, en general, los últimos lugares.

España sigue estando en la cola de Europa. Una vez finalizada la educación obligatoria hay un importante abandono escolar. La desmotivación de los profesores parece ir en aumento, y la educación, según las estadísticas, dista mucho de ser competitiva en relación con conocimientos de idiomas, tecnología y comunicación.

Con respecto a Latinoamérica, el estudio revela que los niños reciben el equivalente a dos o tres años menos de educación que en los países con los niveles más altos. La escasez de recursos, la falta de infraestructura y la poca relevancia que se le da al profesor, principalmente en la enseñanza pública, forman parte importante de la problemática que aqueja a la mayoría de los países de la región. Sin embargo, no hay que olvidar las acentuadas diferencias sociales que aún hoy, lamentablemente, siguen existiendo.

La vulnerabilidad económica de un sector importante de la población latinoamericana conduce a la deserción escolar de los estudiantes. La necesidad de contribuir económicamente en el núcleo familiar los obliga a ingresar a una edad temprana en el ámbito laboral, algo que irremediablemente los condena a un estancamiento y que los aleja del anhelado desarrollo y bienestar personal. Y si bien la Unesco ha manifestado en innumerables ocasiones que los altos índices de inequidad y pobreza se revertirían con una educación de calidad, los Gobiernos siguen procurando dar con la tecla que sintonice la melodía de un cambio que beneficie a toda la población y no solo a un sector.

Un cambio necesario

Que el clima de convivencia en los centros educativos es cada vez más hostil es de conocimiento público. La competitividad, el individualismo y muchas veces la discriminación están latentes en las aulas. Además, la desmotivación y la falta de interés no solo afecta al alumnado. También los profesores se sienten víctimas de un sistema educativo del que no se consideran partícipes.
La pobreza en las políticas de actualización de la profesión, los bajos salarios, los ratios de alumnos elevados y la incomprensión de las finalidades de un sistema que vive en constantes reformas son algunas de las causas que van fortaleciendo la desmotivación de estos profesionales.

Indicios más que suficientes para buscar un cambio. Tal vez un primer paso sería reconocer que el modelo educativo actual, aplicado en la mayoría de los países, no debería seguir teniendo sus bases en uno creado en el siglo XVIII. El modelo prusiano fue uno de los primeros en introducir el carácter obligatorio y público de la educación con el fin de garantizar, afirmaban ya entonces, la adaptación e incorporación de los niños en el mundo moderno para así formar trabajadores útiles para el sistema.

Este modelo regula con test estandarizados un sistema de calificaciones que establece quién sabe y quién no. El que sabe es premiado; el que no, castigado. Una fórmula que, en definitiva, además de generar un espíritu competitivo e individualista en el alumnado, centra el desarrollo curricular en el resultado. Pero si la importancia del resultado prima sobre el aprendizaje, ¿se puede garantizar entonces que los valores que tanto buscamos inculcar en los jóvenes están incluidos en este sistema educativo?

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Otra educación, ¿es posible?

La naturaleza de la educación va más allá de la asimilación y transmisión de costumbres, normas e ideas para incorporarse a la sociedad. Ya en la Antigua Grecia, grandes pensadores como Sócrates sostenían que la educación es el encendido de una llama, no el llenado de un recipiente. Es decir, que la función de la educación es despertar el conocimiento y la sabiduría que ya tenemos dentro, una concepción de la enseñanza que se puede apreciar en la película La educación prohibida . Este documental independiente argentino, dirigido por Germán Doin, brinda la oportunidad de entender la educación desde otra perspectiva. Promovida a través de las redes sociales con el fin de que cualquier persona interesada pueda descargarla o verla en línea de forma gratuita, https://www.youtube.com/watch?v=-1Y9OqSJKCc , La educación prohibida busca, además de poner en jaque un sistema educativo considerado por los entrevistados tan obsoleto como conveniente, establecer que existen otros modelos de educación.

Las noventa entrevistas realizadas a expertos más las casi cincuenta experiencias alternativas documentadas en diferentes países de América Latina y España, aseveran que la metodología aplicada en los centros educativos no van de la mano con los valores que esta asegura promover.

El sistema de calificaciones, la práctica de premios y castigos que, sin duda, genera competitividad, la imposición de reglas, las tensiones y el uso incisivo de la memorización como única forma de adquirir conocimientos, nos obliga a plantearnos si realmente los centros educativos están para impulsar la educación y así generar una buena calidad de vida o para establecer un sistema de exclusión. Uno cuyo único fin parece ser el de mantener la estructura social vigente.

Tras hacer un recorrido inicial por los orígenes de la educación, el documental busca centrarse en la posibilidad de crear nuevos paradigmas en un sistema que parece negarse al cambio.
Generar interés, según plantean los especialistas que intervienen, es la única manera para motivar el aprendizaje y desarrollar así el potencial del individuo. Centrarse en una educación estandarizada sin evaluar los intereses de cada niño es un error, sostienen. No somos números sino individuos con diferentes características, potenciales y necesidades. Todo aprendizaje nace de la práctica, de hacer, de explorar. El despertar de la curiosidad debe sustituir a la imposición a la hora de transmitir conocimientos. Además, recalcan, el fin del aprendizaje debe ser el intento de mejorar, de ser la mejor versión que uno puede ser, de superarse a uno mismo, no a otros.

Escuelas alternativas

Son varias las escuelas alternativas que sostienen que para que se produzca el aprendizaje es imprescindible que exista el deseo de aprender.

No quieren que el alumno se siente pasivamente en su silla a recibir información. Afirmadas en su postura de la importancia de fomentar la independencia y la autonomía de los alumnos, estas escuelas buscan ofrecerle al estudiante las herramientas que le permitan convertirse en autodidacta bajo la supervisión de un profesorado no solo cualificado, sino también personalizado.

La escuela Montessori, nacida en Italia a principios del siglo XX y más tarde extendida a casi todos los países del mundo, basa su método en la premisa de cultivar en los estudiantes su propio deseo de aprender. Para ello, además de aplicar una gran diversificación de trabajo, busca que el alumno descubra el mundo a través de sus propias experiencias. Cada niño, declara, tiene su propio ritmo de aprendizaje. Por ello es relevante que en las aulas haya libertad de movimiento bajo la orientación y observación del profesor. Uno que va a acompañar al estudiante a desarrollar confianza y disciplina interior.

La escuela Waldorf sustenta su currículo en la concepción del ser humano como un ser espiritual constituido por cuerpo, alma y espíritu. Su finalidad es el desarrollo de cada individualidad. Mediante la participación de la familia, la formación permanente del profesorado y el proceso personal de cada niño, busca que este se desarrolle en un medio libre y cooperativo. Para ello prescinde de los exámenes y brinda un fuerte apoyo en el arte y los trabajos manuales.

Otra alternativa es el método Kumon, desarrollado por el japonés Toru Kumon, cuyo principal objetivo es que el niño aprenda a estudiar de forma autodidacta. La comprensión lectora desde pequeños para desarrollar la capacidad de estudio es una pieza clave de su premisa. A través de un proceso planificado e individualizado buscan que el alumno se vuelva seguro y que sea capaz de enfrentar por sí mismo el desafío de la conquista del conocimiento.

Sin duda, son otros métodos de educación. Unos bastante distanciados de los paradigmas impuestos, por lo que es factible que generen dudas. Pero ¿acaso esa diferencia las hace menos eficaces?

Un propósito en común

Tal vez sería relevante tomar conciencia de que la educación no es solo memorizar contenidos y obtener buenos y mejores resultados curriculares que otros.

Si queremos lograr una sociedad donde la libertad, la tolerancia, la responsabilidad, la solidaridad, el respeto y también la felicidad sean los valores con los que cada persona se conduzca, deberíamos evitar cualquier fórmula que promueva la competitividad. Las comparaciones son el semillero de futuras frustraciones, y una persona frustrada está muy lejos de desarrollar su potencial para obtener un bienestar personal. Y aquel que no logra un bienestar personal difícilmente contribuirá a un bienestar colectivo.

Así pues, deberíamos entregarnos a la construcción de un propósito común y sin duda prioritario: cambiar los arquetipos del sistema educativo actual. Quizás si nos animamos a abrir la mente y tomamos un poco de distancia de los paradigmas impuestos y tan generalizados, logremos promover una educación que dé origen a esa sociedad que tantos anhelamos.

Publicado en Pensamiento social
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