Martes, 01 Septiembre 2020 00:00

Reflexiones en tiempos de pandemia

Los antiguos chinos tenían una especie de saludo: «Ojalá vivas en tiempos interesantes». Suena bonito, pero muchos piensan que este no es un deseo positivo, sino una especie de mal agüero. La verdad es que lo interesante no siempre es cómodo, ni fácil, ni placentero, sino que nos somete a intensos estados de ánimo, a experiencias insospechadas. Nos saca de un adormecimiento confortable y nos pone frente a nosotros mismos. Nos obliga a sacudirnos la inercia y la modorra. Nos despierta.

Es probable que la crisis de la pandemia que estamos atravesando sea uno de los tiempos interesantes que nos está tocando vivir. Por primera vez, la globalización nos está obligando a pensar en términos de humanidad porque de repente todos reconocemos a un enemigo común, que no entiende de fronteras, ni de diferencias culturales, ni de religiones, agazapado en lo que no se puede ver. No es un enemigo humano, de los que nos amenazan con las guerras y la destrucción, sino algo que no sabemos si puede calificarse como ser vivo, con el cual nuestros cuerpos físicos entablan una lucha sin cuartel, muy desigual, pues, a pesar de su inconcebible pequeñez, es capaz de causar mucho dolor, enfermedades con secuelas graves, incluso la muerte. Otras veces hubo pandemias, tan temibles como esta, pero nunca fueron tan extensos los efectos, que afectan a todos los países de la tierra, y nunca las pudimos ver «en directo», como decimos ahora, por obra y gracia de los medios audiovisuales.

Y aquí estamos, a pesar de todos los avances de las ciencias epidemiológicas, a ratos sintiéndonos seguros, a ratos desvalidos, unas veces muy informados sobre las causas y los efectos de lo que nos está ocurriendo, o nos puede ocurrir, otras aturdidos por las explicaciones contradictorias que no llegamos a comprender, o engañados por las falsedades que tantos inventan, a la medida de sus sospechas. Temerosos de ser atacados por un enemigo invisible, por un simple saludo, o gesto de cortesía, que alguien que no sabe que lo tiene nos lo puede transmitir, sin querer.

Cultura contra el virus

En estos meses estamos tomando conciencia de lo que es importante para la vida social, ya que nuestra infantil visión a corto plazo nos impide prever las posibles consecuencias de nuestros actos. Y si eso es así en asuntos tan directos y delicados como los que tienen que ver con la salud, es mucho más flagrante nuestro descuido para con los que se refieren a otros niveles, digamos, más sutiles, que se relacionan con las cosas del alma, de la mente, o como queramos identificarlo. Eso explica, por ejemplo, que la cultura siga siendo la gran olvidada de los discursos de los políticos, y lo que es peor, de sus planes de recuperación. Pocos la tienen en cuenta a la hora de señalar lo que contribuye al bienestar de las personas, ni se incluye en las actividades esenciales para nuestra sociedad.

A pesar de los olvidos, también en esta crisis está resultando relevante la capacidad de la cultura para llenar nuestros días de experiencias bellas y buenas y combatir los males que afectan a la psique. Lo estamos viendo en infinidad de iniciativas maravillosas de instituciones públicas y privadas, de profesionales de diversos campos, de cultivadores de todas las artes, que llenan las pantallas de nuestros dispositivos con sus generosas contribuciones para que colmemos nuestro tiempo libre o nuestro aburrimiento, si es que lo tenemos.

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Además de tales ofertas, están los testimonios de muchísimas personas tocando variados instrumentos, o cantando bellas arias de ópera, o combinándose en conjuntos corales y orquestales, cada uno desde su casa, todos bien armonizados. Nos recomiendan libros, que han leído y les han gustado y nos explican por qué, o las películas que han visto y cómo las historias bien narradas nos llevan a mundos apasionantes, más allá de nuestros reducidos rincones, los poemas que nos elevan gracias a las palabras bien elegidas y sus ritmos sonoros, o las reflexiones de nuestros filósofos de cabecera, y los análisis lúcidos de los especialistas que nos ofrecen las claves de un sinfín de asuntos que nos interesan y nos preocupan.

Lo más interesante de esa inmensidad de ejemplos que se dejan ver y muchísimos más que no lo hacen, es que demuestran una vitalidad maravillosa de la actividad cultural y todos los campos que abarca. Cabe pensar en lo que seríamos capaces de lograr solamente con un poco más de apoyo por parte de los que deciden en poderes públicos y privados. Sería otra manera de vencer al virus de la desesperación y la tristeza.

La utilidad de la filosofía

Junto a las medidas para evitar los nefastos efectos de los contagios, se está poniendo de manifiesto, una vez más, la utilidad de las recomendaciones de los filósofos, porque ellos conocen el método para atisbar las señales que nos llevan hacia determinados desenlaces. Ojalá nos volvamos un poco filósofos, más reflexivos, menos ingenuos.

El maestro Emilio Lledó, como buen platónico, compara el momento actual con la caverna de Platón, donde hay prisioneros obligados a vivir en la oscuridad, de tal manera que creen que las sombras que apenas vislumbran son la realidad. Algunos consiguen salir y avisan a los demás de que están muy confundidos, que hay otro mundo, allí fuera, cosa que la mayoría de los prisioneros ni comprende ni acepta. Lledó teme que se sigan ocultando otras pandemias, «como el deterioro de la educación, la cultura y el conocimiento» y agrega: «Debemos estar alerta para que nadie se aproveche de lo vírico para seguir manteniendo la oscuridad y extender más la indecencia».

Recurrir a los clásicos es una medida que nunca falla, quizá especialmente a los filósofos estoicos, los que nos enseñan a vivir con unos consejos tan acertados y oportunos que, a pesar de que han pasado más de dos mil años desde que fundaron su escuela de filosofía, todavía siguen dando respuestas a nuestros problemas vitales y a nuestro desconcierto. Una de sus recomendaciones es que aprendamos a ocuparnos de lo que depende de nosotros, lo cual nos puede ahorrar muchos sufrimientos inútiles que nos impedirán solucionar los problemas que sí están en nuestras manos.

Los estoicos hicieron suya también la noción de «bien común» como deber social, es decir, el fin que nos unifica a todos: «Lo que es bueno para la colmena es bueno para la abeja y lo que no es bueno para la colmena no puede ser bueno para la abeja», decía Marco Aurelio, un emperador que también era filósofo y sabía de lo que hablaba. En sus Meditaciones nos ha dejado maravillosas joyas de sabiduría para ser mejores cada día.

El mundo VICA

Por aquello de que la palabra crisis significa ‘cambio’, volvemos a preguntarnos por los que van a producirse, con la sospecha de que no todos van a ser mejoras y ya estamos buscando chivos expiatorios para echarles la culpa de todo lo que pase. Pero las cosas no son tan simples y vamos a tener que reflexionar un poco más, aprovechando las propuestas de la gente lúcida que sabe otear el futuro a partir de lo que ve en el presente. Ya hay algunas ideas interesantes que nos pueden ayudar, pues para cambiar el mundo a mejor, necesitamos cambiar nosotros mismos, al menos en la forma en que pensamos y nos representamos la realidad.

El VICA es una de ellas. Se trata de un modelo de análisis que define nuestro entorno, tal como es y no como nos gustaría que fuera, o como suponemos que es, por medio de un acróstico que sintetiza las palabras: Volátil, Incierto, Complejo y Ambiguo, donde predomina lo inesperado, lo cambiante, lo aleatorio y lo confuso. El modelo se difundió en los años 80 durante uno de esos cambios fuertes que vivió el mundo con el fin de la guerra fría y la caída del muro de Berlín. Como síntesis de lo mucho que ya se ha elaborado sobre el tema, nos referiremos a las características que señalan los cambios actuales con las recomendaciones para abordar las tendencias del espíritu del tiempo.

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Volátil. Ante la velocidad con que se producen los cambios, es difícil retener lo que sale bien. Necesitamos entonces una visión de futuro estratégica y global para gestionar nuestra vida, y las de las organizaciones, en todos sus ámbitos, partiendo de que el miedo paraliza y saber lo que depende de nosotros nos serena.

Incierto. Los imprevistos surgen con una temible facilidad, con lo que no podemos pretender controlar y prever los resultados con seguridad. Tendremos que desarrollar la empatía para comprender cómo pueden afectarnos los cambios a nosotros mismos y a los demás.

Complejo. No hay causas ni efectos aislados en un mundo cargado de interacciones, por lo que ver las cosas en términos de blanco o negro, buenos o malos es peligroso. Huir de las simplificaciones. Concentrarnos y profundizar en los análisis y concretar las acciones.

Ambiguo. Como no tenemos claros los múltiples factores que intervienen en los fenómenos que observamos, se impone la agilidad para reaccionar y actuar, desarrollando nuestras capacidades para actuar en diferentes campos, como la imaginación y la intuición. Lo cual significa capacitarnos para cooperar en la búsqueda de soluciones.

Todo esto está muy lejos de los sistemas rígidos, cargados de inercias y complicaciones burocráticas. Es vital sacudirse la pasividad y tomar la iniciativa, con valor y capacidad de adaptarse a las circunstancias, sin perder la visión de los grandes valores, para encontrar el modo de hacerlos realidad aquí y ahora.

 

Publicado en Filosofía
Martes, 01 Septiembre 2020 00:00

Pensar la pandemia

Es curioso comprobar una vez más que, si no tomamos las decisiones necesarias para mejorar nuestras vidas, algo que podríamos llamar destino nos obliga a hacerlo, frecuentemente con el acompañamiento del sufrimiento y el dolor.

Es lo que está ocurriendo en estos meses de incertidumbre y de miedo: que nos estamos viendo obligados a ponernos ante nosotros mismos y hacernos muchas preguntas, especialmente aquellas que tienen que ver con el sentido de la vida y lo que de verdad importa. A reflexionar, en definitiva, a ensayar nuestras posibilidades de practicar una filosofía de vida, basada en unos valores que nos hagan sentirnos más felices y completos como personas.

Empezamos a notar que lo que nos parecía fundamental deja de serlo y damos importancia a muchas cosas, personas, ideas, que teníamos olvidadas, entre el ruido y la prisa. Nos liberamos de muchos objetos superfluos que cargaban nuestros espacios. Recuperamos los viejos hábitos de la lectura, el estudio, cierta serenidad ante las adversidades, centrándonos en lo que depende de nosotros, como nos recomendaba Epicteto. Descubrimos que es posible otro ritmo más armónico y afinado y un mundo mejor, más humano.

 

Publicado en Editorial
Miércoles, 01 Julio 2020 00:00

Pandemia

Hay momentos en la historia en que se producen giros que podríamos interpretar como goznes que cambian el sentido de la vida. Esta pandemia, generada por el virus Covid-19 (Coronavirus ), que se ha extendido a lo largo de todo el planeta, va seguramente a generar un cambio radical en nuestras próximas costumbres. Sería un grave error no tomar conciencia de la necesidad de evaluar nuestros futuros comportamientos extrayendo una enseñanza de esta dolorosa experiencia.

La distopía parece haberse encarnado en nuestra realidad cotidiana y el film Contagio, de Steven Soderbergh, estrenado en 2011 y protagonizado por Matt Damon, relata, desde la ficción, la misma realidad que hoy nos ha tocado vivir. No deja de ser extraño que esta película se haya basado en una obra publicada en 1981 por Dean Koontz, Los ojos de la oscuridad (The eyes of darkness), en la que se cuenta que un virus extremadamente mortal surge en un laboratorio, como una «poderosa arma biológica», en la ciudad de Wuhan, al que se le bautiza como «Wuhan-400». Es curioso que el Coronavirus haya surgido en la ciudad china de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, y ha extendido su contagio, en muchos casos letal, por todo el planeta.

Quisiera comentar, en primer lugar, que nos estamos percatando de que las fronteras entre los Estados, sobre las que tanta sangre se ha derramado en defensa de los estériles nacionalismos, ahora son violadas por un agente invisible como este virus. Esto nos ha demostrado que esas fronteras no existen y que la pandemia se extiende sin consideraciones geográficas, culturales o sociales. Todos somos vulnerables sin excepción. En esas mismas fronteras hemos discriminado a seres humanos a los que, huyendo de la pobreza, del hambre y de las guerras no les hemos dejado entrar a una Europa-fortaleza, creyéndonos superiores a todos. Este virus nos ha demostrado que deberíamos haber sido más humanos. Ahora somos nosotros los perseguidos por una fuerza invisible que nos recluye y nos mata.

En segundo lugar, con esa misma soberbia con la que actuamos mirando hacia otro lado frente al dolor de los otros, tampoco hemos tenido la menor contemplación en deteriorar el planeta en el que vivimos. Lo hemos contaminado, lo hemos sumergido en plásticos y basura, hemos esquilmado sus bienes naturales, hemos quemado los bosques y nos hemos reído del cambio climático. Este virus nos ha vuelto a demostrar que con las leyes de la naturaleza no se juega y que toda mala acción tiene una reacción en sentido contrario igual de mala, pues un virus que ha nacido probablemente en algún laboratorio o por la imprudencia de algún ser humano, como resultado de buscar alimentos en seres vivos que nosotros mismos hemos contaminado, se está expandiendo por todos los continentes haciendo estragos en los seres humanos más vulnerables.

En tercer lugar, esta pandemia nos está enseñando que todos sin excepción deberíamos generar una responsabilidad individual y colectiva que nos recuerde que el bien del otro es también nuestro propio bien, que lo que siempre hemos poseído se puede desvanecer en un abrir y cerrar de ojos. Este encierro, al que nos hemos sometido todos para evitar los contagios, nos está haciendo abrir los ojos y comprender la importancia del abrazo fraterno. Este aislamiento resulta terapéutico para aprender a conocernos a nosotros mismos en la soledad y la introspección. También para valorar nuestro entorno, a nuestra familia, a nuestras amistades, a nuestros seres queridos.

¿Qué conclusiones podemos recabar del dolor de esta pandemia?

En primer lugar, que cuando la pandemia haya remitido ya no seremos iguales, que nuestros comportamientos habrán cambiando y que, si no lo hacemos, habremos cometido otro error imperdonable. El dolor tiene que ser un vehículo de conciencia para darnos cuenta de que «todos somos uno» y que el dolor del otro es también nuestro dolor. No puedo imaginar cómo será el mundo después de esta pandemia, pero quiero desear que sea mejor y que todos hayamos aprendido a no parapetarnos en fronteras que en realidad son una ficción geográfica y que hemos visto como se diluyen con un enemigo invisible.

En segundo lugar, será necesario que aprendamos a cuidar y respetar el planeta en el que vivimos. Pensemos que, aposentados en su costra planetaria, giramos alrededor del Sol, pero que, en la cotidianeidad durante la que se desarrolla nuestra existencia, vamos perdiendo la noción de que estamos viviendo sobre un cuerpo celeste que gira de acuerdo con las leyes del universo. Ese olvido ha resultado muy nocivo, pues ha hecho no solo que despreciemos la salud del planeta Tierra, sino que también ahora, en la ambición desmedida de dominar los recursos naturales, estemos mirando con avidez a los otros planetas del sistema solar y a los asteroides. Parece que no tiene límites nuestra codicia. Deberemos darnos cuenta de que todo este desatino se paga, que todos estos errores tienen un precio que, lamentablemente, hoy por hoy, estamos pagando con vidas humanas.

¿Cuánto tiempo vamos a necesitar todavía para aprender que «con las leyes del universo no se juega»?

El contacto humano

En tercer lugar, encerrados en nuestras casas, que es lo que debemos hacer para evitar la propagación de un virus que posee una increíble rapidez de contagio como es el Covid-19, nos hemos percatado de muchas cosas que hemos perdido, entre ellas el contacto humano. No hay nada más didáctico que perder algo para valorar su falta y darnos cuenta de que hemos vivido sin percatarnos de lo que poseíamos.

Ante esta pandemia estamos obligados a comunicarnos por medios virtuales y nuestros abrazos son también virtuales, por lo que hemos vuelto a añorar el abrazo carnal. Cuando todo esto haya pasado, deberíamos desarrollar lazos más fraternos y ampliar nuestro concepto de alteridad, puesto que nadie puede completarse en reclusión, pues todos necesitamos de todos en un mundo colectivo que se apoya en la aldea global. La sociedad materialista y consumista que hemos desarrollado se ha olvidado de los individuos, y nos relacionamos en términos económicos, y así nos ha ido y nos va: el virus no respeta a nadie y no discrimina por la condición social, ni la condición cultural, ni la condición económica, todos caen sin conmiseración bajo su yugo.

En el futuro vamos a tener que desarrollar una conciencia de corresponsabilidad, que nos permita trabajar codo con codo; de lo contrario, es probable que vuelvan otros virus más letales aún. El dolor que ha producido esta pandemia debería hacernos reaccionar.

En estos días, la obra La peste, de Albert Camus, que fue publicada en 1947, ha vuelto a ser nuevamente citada en numerosas intervenciones y se está convirtiendo en una metáfora rediviva que nos recuerda que una epidemia nos hace reflexionar sobre nosotros, sobre nuestros valores morales y, en especial, sobre el tiempo. Nos dice Camus: «Solo una cosa había cambiado para ellos: el tiempo, que durante sus meses de exilio hubieran querido empujar para que se apresurase, que se encarnizaban verdaderamente en precipitar; ahora que se encontraban cerca de nuestra ciudad, deseaban que fuese más lento, querían tenerlo suspendido…».

En definitiva, esta reclusión en nuestras casas, necesaria y oportuna, nos está ofreciendo otra dimensión y comprensión de eso que llamamos «el tiempo». Minuto tras minuto podremos ir comprendiendo en nuestra introspección el valor de nuestras horas y la importancia de viajar junto con el resto de los seres humanos en la sugestiva e interesante experiencia de este «viaje de la vida» que hacemos con el resto de la humanidad, pues, como nos recuerdan los sabios orientales, «vosotros, los occidentales, tenéis los relojes; nosotros, en cambio, tenemos el tiempo».

Publicado en Sociedad

Durante el Imperio romano dos epidemias estuvieron a punto de hacerlo sucumbir. La primera fue una epidemia de viruela muy bien descrita por Galeno, en la época de Marco Aurelio, y la segunda fue de peste negra en la época de Justiniano. A lo largo de la historia, la humanidad se ha visto azotada de forma recurrente por grandes epidemias. Siempre pensamos que es la primera vez que pasamos por ello. Pero no. Ya lo hemos pasado y, lo más importante, lo hemos superado.

Para comprobar que lo hemos superado una y otra vez, volvemos a la historia, una de las grandes maestras olvidadas, que nos recuerda lo que hemos sido y lo que podemos ser. Si acudiéramos a ella más a menudo, nos evitaríamos la repetición de errores y, seguramente, encontraríamos soluciones más rápidas y eficaces a problemas que no son exclusivos del momento que ahora vivimos.

La gran epidemia de peste negra que asoló Europa

Corrían los años 1665 y 1666, y Londres estaba sufriendo la última oleada de grandes epidemias de peste bubónica, una de las formas de la peste negra, que se extendieron por Europa y Oriente Medio, matando a millones de personas. Desde finales del siglo XVI hasta mediados de XVIII, esta epidemia, en Europa, se estima que mató a la mitad de la población.

La peste negra se contagiaba por la picadura de una pulga infectada por otros animales, ratas por lo general. Tenía tres vías de infección: bubónica, septicémica y neumónica. La bubónica fue la más común, y se caracterizaba por la inflamación de los ganglios linfáticos, llamados bubones. Los bubones aparecían bajo el brazo, normalmente, pero también salían en el cuello o las ingles, podían alcanzar el tamaño de un huevo, eran muy dolorosos y venían acompañados de vómitos, fiebre, espasmos y moratones negros debajo de la superficie de la piel, producidos por hemorragias internas, de ahí el nombre de peste negra. Los enfermos deliraban y caían en shock. ¡Era una enfermedad terrorífica!

En Londres, como suele ocurrir con las epidemias, empezó antes de que fuera noticia. En esa época la información solo estaba en manos de los que ostentaban el poder y los cercanos a él. Quien se lo podía permitir huía de la ciudad, empezando por la corte del rey Carlos II, que se trasladó a Oxford. Dos tercios de la población de Londres huyeron, ayudando, así, a extender la epidemia a otras áreas rurales y urbanas, como Newcastle o Southampton.

La población más pobre de la metrópoli, que era la mayoría, fue quien más sufrió los estragos de la epidemia. Las condiciones insalubres en las que vivían favorecían la propagación de la enfermedad. Las casas donde había enfermos debían permanecer cerradas con sus habitantes dentro durante cuarenta días; la puerta era marcada con una cruz blanca y custodiada por vigilantes. La Cámara de los Lores tardó en reunirse para afrontar la crisis y, cuando lo hizo, las medidas que se tomaron, primeramente, garantizaban la seguridad de las personas «notables».

La falta de información y medios para combatirla era enorme. Las causas de la enfermedad se desconocían y la medicina no era capaz de aportar curas. Se probaron gran variedad de tratamientos y sobre su origen surgieron muchas teorías, basadas, en su mayoría, en supersticiones sobre un castigo divino por los pecados del mundo, que se debía combatir con oraciones y arrepentimiento. Entre los muchos remedios que se probaron, se creía que el humo del tabaco ahuyentaba la enfermedad. Por eso los vigilantes de las casas contaminadas fumaban y aumentó el número de fumadores. Otro supuesto remedio muy popular, sobre todo entre la gente pudiente, era llevar pomos de flores, hierbas y especias de olor dulzón que se decía que evitaban el contagio. También se dijo que la enfermedad era provocada por los «malos aires»; por eso en las casas se quemaban hierbas e incienso para limpiar el aire. Pero también hubo medidas que, indirectamente, sí ayudaron a mejorar la situación. La más eficaz fue la de llevar la basura fuera de la ciudad. Con la basura salían las ratas, que eran la principal fuente de infección.

Eyam, «el pueblo de la peste»

En estas circunstancias, en septiembre de 1665, George Viccars, ayudante del sastre de un pequeño pueblecito a 250 km al norte de Londres, llamado Eyam, viajó a la capital para comprar telas por encargo de su jefe.

Las telas que compró Viccars llevaban como pasajeras las mortíferas pulgas infectadas con la peste. Al llegar al taller las desplegó y las puso a secar. En pocos días, Viccars fue el primer fallecido por la peste en Eyam; poco después murieron sus hijastros y los vecinos más próximos.

Después de la muerte de Viccars, el pánico se apoderó de Eyam. En aquel entonces contaba con 350 habitantes. Entre septiembre y diciembre se incrementaron los fallecidos. Después, la mortalidad bajó; con el invierno se redujo la población de ratas y pulgas que extendían la enfermedad, pero a medida que llegaba el verano volvieron las ratas y las pulgas se activaron ferozmente. Algunos historiadores hablan de una mutación de la infección que fue más virulenta, atacando a los pulmones y que arrasó con todo.

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Estamos en el siglo XVII; por aquel entonces la Iglesia tenía mucho poder e influencia en las comunidades. El párroco de Eyam, William Mompesson, muy consciente de la situación y de la ubicación estratégica de Eyam en una de las rutas comerciales más importantes de Inglaterra, entre las ciudades de Sheffield y Manchester, sintió la necesidad de actuar con decisión para que la enfermedad no se propagara entre los pueblos vecinos y llegara a las ciudades más grandes.

Mompesson vivía en la rectoría de Eyam con su esposa Catherine. En junio de 1666, viendo que la situación en Eyam se agravaba, empezó a idear un plan de cuarentena para contener la peste. Cuando reunió a los feligreses para explicárselo, no era consciente de su impopularidad. Mompesson había llegado hacía un año a Eyam para sustituir al puritano reverendo Thomas Stanley, muy popular y querido, que había sido cesado del cargo por las disputas políticas en las que estaba inmersa la Iglesia anglicana. Los feligreses, leales a Stanley, veían al nuevo párroco con ciertas reservas. Mompesson no dudó ni un segundo y fue a ver al reverendo Stanley, le explicó lo que había pensado y lo convenció para que le ayudara a llevar a cabo su idea.

Entre los dos idearon un plan de confinamiento; solo quedaba convencer a los habitantes de Eyam para ponerlo en práctica. Así que reunieron a los feligreses y les pidieron el confinamiento total de la aldea, a sabiendas de que se enfrentaban a una muerte atroz casi segura, pero también conscientes de que podían salvar muchas vidas, las de los vecinos de las aldeas cercanas y la de los habitantes de las ciudades de Sheffield y Manchester. Dicen que el reverendo Mompesson, consciente del sacrificio que estaba pidiendo, apeló a las convicciones religiosas de sus feligreses, repitiendo el versículo del Evangelio de San Juan que dice: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos». Y los ciudadanos de Eyam estuvieron de acuerdo, aun sabiendo que no podrían recibir ayuda alguna; solo tenían la promesa de Mompesson, de que permanecería a su lado aliviando en todo lo posible su sufrimiento.

El 24 de junio de 1666, Eyam acordó autoconfinarse. El conde de Devonshire, condado al que pertenecía Eyam, se ofreció a enviar provisiones a los aldeanos confinados. Fueron muy pocos los intentos de salir del pueblo durante el confinamiento.

La medida más importante del plan del confinamiento fue establecer un «cordón sanitario», que consistió en cercar el pueblo en un radio de una milla con un anillo hecho de piedras. Se colocaron carteles a lo largo de la línea que delimitaba el pueblo avisando de que no se podía entrar. Otra medida adoptada fue enterrar los cadáveres lo antes posible y lo más cerca posible del lugar del fallecimiento. De esta forma se evitaba el contagio a través de los cadáveres que esperaban para ser enterrados. Esta medida fue una de las adoptadas durante la reciente epidemia de ébola que asoló África. También se cerró la iglesia y las misas se hacían al aire libre para reducir los posibles contagios. Para el intercambio de provisiones, los habitantes de Eyam dejaban monedas en vinagre, el único desinfectante conocido entonces, en el anillo de piedras que delimitaba el pueblo y, a cambio, los aldeanos de los pueblos vecinos dejaban víveres y enseres, pero era tan grande el miedo al contagio que muchas veces se dejaban las provisiones y no se cogían las monedas, una combinación de caridad y pragmatismo.

Al principio los esfuerzos parecían insuficientes, las muertes no cesaban y esto tuvo un efecto devastador y desmoralizante en Eyam, pero siguieron firmes en su compromiso. Solo conociendo la terrible naturaleza de la peste se puede comprender el horror al que estuvieron sometidos los habitantes de Eyam.

El confinamiento autoimpuesto de Eyam y el sacrificio que decidieron hacer sus habitantes fue un acto heroico sin precedentes. La decisión no fue tomada para salvarse a ellos mismos, sino para salvar a los habitantes de los pueblos de alrededor y lo consiguieron. Al final de la enfermedad, sobrevivió una cuarta parte de la población; 260 personas habían muerto soportando los dolores atroces de la enfermedad más mortífera de la historia, que, en total, acabó con la mitad de la población europea.

Una vez levantado el autoconfinamiento, muchos pensaban que Eyam sería un pueblo fantasma, pero, como hemos dicho, sobrevivió una cuarta parte de la población, pese a haber estado en contacto con la infección. Hay historias de los supervivientes realmente sorprendentes, como por ejemplo la de Elisabeth Hancock, que enterró a su marido y a sus seis hijos en ocho días, o la del sepulturero no oficial (el oficial había muerto), que, pese a manipular los cadáveres infectados, no se contaminó, o la del mismo Mompesson, que también sobrevivió aunque su mujer no. La resistencia de los supervivientes a la infección fue motivo de diferentes estudios científicos. Se habla de mutaciones del virus que les facilitaron anticuerpos, o que la resistencia venía por haber superado la viruela, otra de las enfermedades graves de la época, pero no hay nada concluyente al respecto, por ahora solo se trata de especulaciones.

El confinamiento autoimpuesto de este pequeño pueblo inglés pasó a la historia, no solamente por el sacrificio heroico de sus habitantes, sino también por su actitud y conducta, que tuvieron consecuencias decisivas y de largo alcance. Sirvió de ejemplo a seguir, no tan solo en el tratamiento contra la peste que asolaba Europa en aquella época, sino en la forma de actuar frente a la propagación de cualquier enfermedad contagiosa. La actuación de los habitantes de Eyam sirvió de base para los protocolos de actuación en caso de pandemias y puso a Eyam en un lugar privilegiado de los mapas de Inglaterra.

Actualmente, Eyam es un pueblo turístico que recibe muchos visitantes interesados en su historia, una forma de homenaje a un comportamiento altruista, generoso y solidario. Un verdadero ejemplo de las cosas buenas de las que somos capaces los seres humanos.

Al entrar al pueblo dice lo siguiente en un cartel:

«Cualquier medida que se tome antes de una pandemia parecerá exagerada. Sin embargo, cualquier medida que se tome después parecerá insuficiente».

A raíz del confinamiento masivo al que se ha visto sometido el mundo al inicio de este año, es esta una frase de mucha actualidad, origen de intensos debates entre políticos, poderes económicos y científicos y, cómo no, en las redes sociales. En los años venideros, la historia nos volverá a recordar los resultados de haberle hecho caso o no.

Año 2020

En este año 2020 estamos viviendo una situación insólita. El mundo se ha parado por un virus que se contagia hábil y velozmente, el Covid 19, que se lleva por delante a seres queridos y que nos ha confinado en casa durante un tiempo. Las calles y parques de ciudades y pueblos han quedado vacías, imágenes increíbles y bellísimas de las grandes metrópolis del mundo sin coches ni ruidos y con sus cielos azules como nunca invaden las redes sociales. Pero con el Covid-19 también se ha hecho muy patente algo con lo que, en general, nos cuesta bastante lidiar: la incertidumbre. Y la incertidumbre nunca llega sola, siempre va acompañada del miedo.

Actualmente hay mucha polarización en las ideologías. Por un lado, las posturas conservadoras tienen pánico al cambio y quieren o les interesa mantener el statu quo, amenazan con la fuerza y el miedo a lo diferente; y, por otro lado, posiciones que quieren un cambio, que abogan por la comprensión de la diferencia como fuente de riqueza, el cuidado del planeta y la negación de la violencia.

Y a esta polarización se le ha sumado el Covid-19 con la incertidumbre y el miedo. Las economías se tambalean y ¿qué será de nosotros cuando esto termine? ¿Seguirá el mundo siendo el mismo?

Las respuestas a estas preguntas, y otras muchas como estas, ¿ qui lo sa? Pero para cada uno la respuesta será más positiva o negativa en función de lo fuerte que nos dejemos atenazar por el miedo, de lo paralizados que nos deje para gestionar la incertidumbre que provoca la situación y poder hacer frente a lo que venga.

Todos los cambios que estamos viviendo, a pesar de toda la parte dramática y dura, vienen con renovadas expectativas para mejorar el mundo a nivel social y medioambiental y hacerlo más humano. Pero no podemos olvidar que esto requerirá de sacrificios. ¿Seremos capaces de abrirnos a la diferencia, comprender y dialogar para construir un mundo mejor? En definitiva, ¿seremos capaces de actuar por el bien común como hicieron los habitantes de Eyam, aunque ello requiera sacrificios personales y colectivos? ¡Está en nuestras manos como individuos empoderados si queremos un mundo mejor!

«No tengamos miedo por el cambio que vendrá, tengamos esperanza en lo que está por llegar».

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