Pico de la Mirándola consiguió con su Discurso sobre la dignidad del hombre, marcar un momento importante de la humanidad, señalando la libertad que tiene el ser humano para cultivar aquello que le emparenta con los seres superiores, con la parte divina del universo, o para embrutecerse si así lo decide.

A lo largo del tiempo, siempre encontramos momentos que hacen girar la historia, acelerarla o retrasarla; de ahí la importancia de reconocer estos momentos para aprovechar su impulso o evitar sus consecuencias en cada caso.

En nuestra vida personal también nos encontramos con momentos en los que debemos estar atentos, pues nuestras decisiones o acciones pueden variar nuestra vida, lanzándonos como una catapulta hacia nuestras mejores posibilidades o hundirnos.

Uno de los personajes que se encontró en un momento histórico y que supo aprovecharlo para lanzar al conjunto de la humanidad hacia un mundo mejor y más humano fue Pico de la Mirándola (1463-1494), conde de la Concordia.

Pico estudió de cerca a los filósofos árabes y escolásticos que predominaban en la Universidad francesa, y regresó a Roma con 900 tesis extraídas de todas las filosofías, ofreciéndose a probar en un debate público, con gastos a su cargo, que todas estas tesis eran reconciliables. Este debate nunca tuvo lugar, ya que muchas de estas tesis fueron consideradas heréticas. Pico tuvo que redactar una «apología» o defensa, para la que escribió Discurso sobre la dignidad del hombre. Esta acción tuvo una fuerte repercusión y llegó a constituirse en un manifiesto o carta magna del Renacimiento.

Entre sus muchos logros se encuentra el resolver la oposición entre ideas aristotélicas y platónicas, entre la vida religiosa o mística y la investigación científica. Pico dice que la teología no niega la filosofía natural, sino que la completa: Platón completa a Aristóteles. El hombre no puede renunciar a conocer la naturaleza, ni tampoco a trascenderla.

Giovanni Pico della Mirandola (Johannes Picus Mirandulanus). Wellcome V0004659EL

Aquí tenemos un extracto de Discurso sobre la dignidad del hombre, que supuso un giro y un avance en su época:

«Tengo leído, padres honorabilísimos, en los escritos de los árabes, que Abdaláh sarraceno, interrogado sobre qué cosa se ofrece a la vista más digna de admiración en este a modo de teatro del mundo, respondió que ninguna cosa más admirable de ver que el hombre. Va a la par con esta sentencia el dicho aquel de Mercurio: “Gran milagro, oh Asclepio, es el hombre”. Revolviendo yo estos dichos y buscando su razón no llegaba a convencerme todo eso que se aduce por muchos sobre la excelencia de la naturaleza humana, a saber, que el hombre es el intermediario de todas las criaturas, emparentado con las superiores, rey de las inferiores, por la perspicacia de sus sentidos, por la penetración inquisitiva de su razón, por la luz de la inteligencia, intérprete de la naturaleza, cruce de la eternidad estable con el tiempo fluyente y (lo que dicen los persas) cópula del mundo y como su himeneo, un poco inferior a los ángeles, en palabras de David. Muy grande todo esto, ciertamente, pero no lo principal, es decir, que se arrogue el privilegio de excitar con justicia la máxima admiración. ¿Por qué no admirar más a los mismos ángeles y a los beatísimos coros celestiales? A la postre, me parece haber entendido por qué el hombre es el ser vivo más dichoso, el más digno, por ello, de admiración, y cuál es aquella condición suya que le ha caído en suerte en el conjunto del universo, capaz de despertar la envidia, no solo de los brutos, sino de los astros, de las mismas inteligencias supramundanas. Increíble y admirable. Y ¿cómo no, si por esa condición, con todo derecho, es apellidado y reconocido el hombre como el gran milagro y animal admirable?

Cuál sea esa condición, oíd, padres, con oídos atentos, y poned toda vuestra humanidad en aceptar nuestra empresa. Ya el gran Arquitecto y Padre, Dios, había fabricado esta morada del mundo que vemos, templo augustísimo de la Divinidad, con arreglo a las leyes de su arcana sabiduría, embellecido la región superceleste con las inteligencias, animado los orbes etéreos con las almas inmortales, henchido las zonas excretorias y fétidas del mundo inferior con una caterva de animales y bichos de toda laña. Pero, concluido el trabajo, buscaba el Artífice alguien que apreciara el plan de tan grande obra, amara su hermosura, admirara su grandeza. Por ello, acabado ya todo (testigos Moisés y Timeo), pensó al fin crear el hombre. Pero ya no quedaba en los modelos ejemplares una nueva raza que forjar, ni en las arcas más tesoros como herencia que legar al nuevo hijo, ni en los escaños del orbe entero un sitial donde asentarse el contemplador del universo. Ya todo lleno, todo distribuido por sus órdenes sumos, medios e ínfimos. Cierto, no iba a fallar, por ya agotada, la potencia creadora del Padre en este último parto. No iba a fluctuar la sabiduría. No sufría el amo dadivoso que aquel que iba a ensalzar la divina generosidad en los demás, se viera obligado a condenarla en sí mismo.

mirandola

Decretó al fin el Supremo Artesano que, ya que no podía darse nada propio, fuera común lo que en propiedad a cada cual se había otorgado. Así pues, hizo del hombre la hechura de una forma indefinida, y, colocado en el centro del mundo, le habló de esta manera: “No te dimos ningún puesto fijo, ni una faz propia, ni un oficio peculiar, ¡oh Adán!, para que el puesto, la imagen y los empleos que deseas para ti, esos los tengas y poseas tu propia decisión y elección. Para los demás, una naturaleza contraída dentro de ciertas leyes que les hemos prescrito. Tú, no sometido a cauces algunos angostos, te la definirás según tu arbitrio al que te entregué. Te coloqué en el centro del mundo, para que volvieras más cómodamente la vista a tu alrededor y miraras todo lo que hay en ese mundo. Ni celeste, ni terrestre te hicimos, ni mortal ni inmortal, para que tú mismo, como modelador y escultor de ti mismo, más a tu gusto y honra, te forjes la forma que prefieras para ti. Podrás degenerar a lo inferior, con los brutos; podrás realzarte a la par de las cosas divinas, por tu misma decisión”. ¡Oh sin par generosidad de Dios Padre, altísima y admirable dicha del hombre, al que le fue dado temer lo que desea, ser lo que quisiere!. Los brutos, nada más nacidos, ya traen consigo (como dice Lucilio) del vientre de su madre lo que han de poseer. Los espíritus superiores, desde el comienzo, o poco después, ya fueron lo que han de ser por eternidades sin término. Al hombre, en su nacimiento, le infundió el Padre toda suerte de semillas, gérmenes de todo género de vida. Lo que cada cual cultivare, aquello florecerá y dará su fruto dentro de él. Si lo vegetal, se hará planta; si lo sensual, se embrutecerá; si lo racional, se convertirá en un viviente celestial; si lo intelectual, en un ángel y en un hijo de Dios. Y si, no satisfecho con ninguna clase de criaturas, se recogiere en el centro de su unidad, hecho un espíritu con Dios, introducido en la misteriosa soledad del Padre, el que fue colocado sobre todas las cosas, las aventajará a todas. ¿Quién no admirará a este camaleón? o ¿qué cosa más digna de admirar?» (Tomado de la desaparecida Editora Nacional, Madrid, 1984: Pico de la Mirándola: De la dignidad del hombre, con dos apéndices: Carta a Hermolao Bárbaro y Del Ente y el Uno , ed. preparada por Luis Martínez Gómez).

Publicado en Filosofía
Viernes, 01 Febrero 2019 00:00

¿Qué pasa con los derechos humanos?

El pasado diciembre hemos celebrado los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Fue aprobada en 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas y proclamó los derechos inherentes a cada ser humano en el mundo. Pero aún hoy mucha gente carece de estos derechos en libertad.

Se necesitaron dos guerras mundiales para que los derechos humanos se convirtieran en internacionales e incluso universales. El 24 de octubre de 1945, nacieron las Naciones Unidas (ONU) (1). Su cometido es reunir a los Estados para prevenir los conflictos armados y protegerse de la violencia de las dos guerras mundiales, que «dos veces en el espacio de una vida humana han infligido un sufrimiento indecible a la humanidad». El 10 de diciembre de 1948, 48 Estados de la ONU firmaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos en París, en el Palacio de Chaillot.

«En tanto que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y el advenimiento de un mundo en que los seres humanos disfruten de la libertad de expresión y de creencias y la libertad del temor y de que se ha proclamado como la aspiración más elevada de la gente común» (extracto del preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos).

Derechos humanos, inalienables y universales

Los derechos establecidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos son de toda naturaleza. Por un lado, son:

- Civiles.

- Políticos (libertad de expresión, libertad de opinión, libertad de manifestarse, de pensamiento, de creencias religiosas, derecho de las minorías, prohibición de la discriminación, de la tortura, de la esclavitud y el derecho a la vida).

- Sociales (derechos a la seguridad social, a la salud, a la protección de la familia y los niños).

- Económicos (derecho al trabajo).

- Culturales (derecho a la educación, a la formación).

Por otro lado, son:

- Inalienables (nadie puede ser privado de estos derechos innatos).

- Interdependientes (todos están relacionados y todos tienen la misma importancia).

- Universales (se aplican a todos, en cualquier parte del mundo).

Constituyen un ideal común que deben alcanzar todos los pueblos y naciones. ¿En qué se han convertido hoy?

Un mundo en perpetuo trastorno

Desde 1948, el mundo ha seguido evolucionando a una velocidad considerable y con acontecimientos históricos previsibles, pero también inesperados: trastornos geopolíticos, cambios de fronteras y alianzas entre países, aumento de conflictos y guerras, éxodos de poblaciones, crisis económicas y sociales...

A pesar del progreso significativo –lucha contra la pena de muerte, contra los crímenes de guerra y crímenes de la humanidad, contra el terrorismo, contra la discriminación–, muchos Estados y empresas continúan violando los derechos humanos y siendo cómplices de delitos con total impunidad. Todavía demasiadas personas no gozan de derechos y libertades. Incluso la ONU parece impotente para hacerlos respetar, ya que los intereses políticos y económicos importan más que los simples derechos humanos.

Declaración derechos humanos 1

Para el jordano Zeid Ra'ad Al Hussein, alto responsable de los Derechos Humanos de la ONU, defender los derechos humanos es el comienzo de nuevos conflictos, pero no hacerlo es promover egoísmo. «La defensa de los derechos de una comunidad frente a otras comunidades es crear los conflictos del mañana. Las violaciones de los derechos humanos en la actualidad son los conflictos del mañana. ¿Qué clase de humanidad queremos? Una humanidad donde cuando uno está amenazado por la guerra, la muerte, ¿nadie te acoge? Eso es lo que estos populistas están tratando de promover. Es egoísmo. Y será terrible si no nos rebelamos» (2).

Los derechos humanos, una situación alarmante en 2017

En 2017, Amnistía Internacional publicó su informe sobre la situación de los derechos humanos en 159 países. Kumi Naidoo, secretario general, activista experimentado sudafricano antiapartheid desde su inicio y exdirector ejecutivo de Greenpeace, apunta:

«A lo largo de 2017, muchas personas que ya viven en la inseguridad y la pobreza, han visto su situación agravada por el conflicto, las medidas de austeridad y los desastres naturales. Millones de personas se vieron obligadas a huir y buscar refugio en otro lugar, en su propio país o en el extranjero. La discriminación sigue siendo generalizada en todas las regiones del mundo; en algunos casos, las consecuencias son mortales para las víctimas» (3).

Sin embargo, cada vez más personas y organizaciones luchan por la defensa de los derechos humanos y su situación es muy alarmante. «Los Gobiernos de todas las tendencias políticas continúan reprimiendo la libertad de expresión, asociación y reunión, incluso amenazando y atacando a periodistas, activistas de derechos humanos y ecologistas. [...] En todas las regiones, millones de mujeres y hombres se han alzado contra la injusticia, exigiendo que sus voces sean escuchadas y sus derechos respetados, haciendo brillar con valor su determinación en estas oscuras circunstancias», dice Kumi Naidoo.

Añadió: «En 2017, al menos 312 defensores fueron asesinados (4), el doble que en 2015, y en casi todos los casos los autores actuaron con impunidad». En diciembre, anunció que se presentaría a la ONU un plan de acción «histórico» para la protección y promoción de la labor de los activistas que luchan por los derechos humanos. «El plan de acción espera responder a estas injusticias y respaldar a “estos defensores” para permitirles continuar su trabajo vital en un ambiente seguro. [...] El nivel de peligro al que se enfrentan los activistas de todo el mundo ha alcanzado un punto crítico» (5).

Así como hombres y mujeres actúan colectivamente para defender los derechos humanos, depende de nosotros individualmente implementar medidas para actuar en nuestro entorno, a nuestra modesta medida.

Practicar la tolerancia

Todos los seres humanos son parte de la misma humanidad. Unidad en la diversidad. Practicar la tolerancia significa aceptar las diferencias del otro, enriquecerse de la diversidad humana, ya que la diversidad es la riqueza y la belleza de la naturaleza.

Aceptar las diferencias es mirar con benevolencia y apertura a los demás, a los necesitados de nuestro alrededor y también a aquellos a los que no conocemos. Podemos entender que el otro es una parte de nosotros mismos, «porque era él, porque era yo», como dijo Montaigne (6).

Aceptar las diferencias es también respetar la dignidad de cada uno y ayudarlo a encontrarla mediante gestos simples, pero también afectivos.

Todos somos interdependientes

Al vivir juntos, somos interdependientes los unos de otros, al igual que todos los órganos del cuerpo trabajan juntos para que podamos vivir día tras día. Todos nos necesitamos unos a otros y, al mismo tiempo, todos somos parte de la misma cadena, tal como perlas de un collar formado. Juntos somos más fuertes y vamos más allá. La unión hace la fuerza, pero la fuerza es la unidad.

Desarrollar la fraternidad universal

En la fundación de la Sociedad Teosófica, con Henry S. Olcott, Helena Petrovna Blavatsky tuvo la idea de crear un núcleo de fraternidad universal cuya acción se reduciría a tres principios:

- Formar un núcleo de fraternidad universal, sin distinción de raza, opinión, nacionalidad y condición social.

- Fomentar el estudio comparativo de las religiones, las ciencias y las artes.

- Estudiar los poderes latentes del hombre y las leyes inexploradas de la naturaleza.

Esta idea fue tomada por la asociación internacional Nueva Acrópolis, fundada en 1957 por Jorge Ángel Livraga. Nueva Acrópolis funciona en más de sesenta países en el campo de la cultura, la filosofía y el voluntariado, buscando a través de la filosofía y el voluntariado, dar sentido a las acciones, convertirse en mejores personas y crear un mundo mejor.

Practicar la filosofía

La práctica de la filosofía permite, en primer lugar, enriquecerse con todas las sabidurías antiguas y actuales que ponen a las personas ante toda su grandeza y dignidad. El estudio de la filosofía desarrolla el discernimiento (de opiniones y creencias) y cambia la visión del mundo (ver más allá de las apariencias). Gracias a la filosofía podemos entrar en una mejor relación con nosotros mismos, con los demás, y entender el mundo en el que vivimos. Podemos conectarnos con la humanidad, en una relación de alma a alma, sin barreras ni limitaciones y unidos a todos sin excepción.

La práctica de la filosofía permite conocerse mejor, cambiarse y dar sentido a nuestras acciones para crear una civilización basada en valores más humanos y justos.

Hoy en día, en el mundo oscuro de la caverna, en la que reina la separatividad, la intolerancia y la falta de respeto, urge cambiar la tendencia y devolver al hombre su dignidad y sus derechos fundamentales. ¿Qué estamos esperando?

 

Publicado en Sociedad
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