Enero 2007

La más difícil de las elecciones

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La más difícil de las elecciones


Es habitual encontrarse con personas para quienes tener que elegir entre una y otra opción, constituye no sólo una dificultad sino casi un tormento.
Las escasas oportunidades que ofrece la vida de elegir libremente, aun en los acontecimientos más sencillos y cotidianos, va mermando esa capacidad tan humana y tan poco utilizada por muchos humanos. Aunque en apariencia las sociedades civilizadas han trazado unos carriles de comportamientos que intentan cubrir todas las posibilidades, la existencia es muy rica en variedades y sorpresas y obliga a detenerse, a recapacitar, a escoger.

La duda al elegir entre una y otra cosa se plantea desde la marca o calidad de la comida que llevaremos a casa, el color de un traje, la cantidad de dinero que gastaremos en aquello que nos gusta... Hay que inclinarse por unos estudios u otros. Hay que decidirse sobre la forma de ocupar el tiempo. No es fácil escoger la pareja ideal por muy enamoradas que se sientan las personas. Y además, ¿dónde vivir? ¿en qué trabajar, si es que conseguimos trabajo?, ¿adónde ir en las próximas vacaciones, si es que tenemos vacaciones? Y así, una lista que se haría interminable si cada cual le agregara sus propios interrogantes.

¿Por qué es tan difícil elegir?

Son varias las razones que podemos aportar, algunas de carácter personal e interno, y otras externas pero que también inciden en la desenvoltura psicológica y mental del que debe elegir.


La capacidad de elección

Es el resultado de la experiencia, del saber pensar y saber hacer. No es una cuestión meramente intelectual. El razonamiento nos puede llevar a plantear docenas de argumentos a favor o en contra de los elementos en puja, pero no es la razón la que decide. Hay algo más allá, algo más fuerte y más seguro que nos mueve a la acción: la voluntad. Y una voluntad no ejercitada es como un músculo atrofiado; no se mueve en ninguna dirección porque sencillamente no se mueve.


La falta de experiencias vitales sólidas, bien asumidas y asimiladas, hace muy difícil poder elegir. Siempre queda un rastro de inseguridad, de duda, de no haberse decantado por lo que realmente correspondía.

Las elecciones que nos pertenecen

Una gran cantidad de actitudes en la vida ya vienen pre-elegidas. De ello se encargan los valores sociales imperantes, las normativas morales -si es que se toman en cuenta-, las modas, las conveniencias, el prestigio, la aceptación por parte de los demás o, al revés, el miedo al rechazo de los grupos constituidos.


Así pues, en lugar de elegir, hay que aprender qué es lo que hacen y dicen los demás, tratando de adaptarse a ese estilo aceptado por las mayorías.

Ir contra corriente es nefasto. A veces, no es más que el fruto de un impulso de rebeldía sin inteligencia; a veces es un grito de libertad que se ahoga en la soledad de la incomprensión.

Equivale a destacarse y ser señalado, pero no como un genio, sino como un bicho raro e indeseable, como un elemento de discordia.

Casi todos los adolescentes y jóvenes pasan por esta etapa de rebeldía en que les cuesta aceptar tanta normativa pre-hecha frente a la corriente vital que los desborda; ellos quieren probar sus propias fuerzas.

Pero tampoco están capacitados para elegir con total acierto porque su experiencia es poca y porque a pesar de su pujante energía, no saben calibrar las opciones en toda su dimensión. Pueden planear, como en el ajedrez, una jugada, dos, tres o cinco, pero no llegan muy lejos en su análisis ni en las consecuencias de sus decisiones.

La publicidad

Es otra forma de presión, más o menos fuerte según los casos, pero pesa siempre. No hace falta que provenga de los medios de publicación, plagados como están de sugerencias o exigencias que nos llevan y nos traen de aquí para allá. Hay otra publicidad, mejor dicho, otra propaganda más sutil que se disemina en forma de opiniones: unas elevan y otras bajan el prestigio de una elección como si se tratara de una bolsa de valores.


Sin darnos cuenta, empezamos a llamar bueno, malo, práctico, elegante, detestable, interesante, terrible o apetecible a las cosas, siguiendo lo que nos han dictado mientras la conciencia duerme y las ideas penetran subliminalmente sin nuestra intervención.

¿Qué es elegir?

Es una función de la inteligencia y no de la razón.


Trataremos de explicarnos. La razón es un instrumento del que dispone nuestra mente y la usa según se le ha enseñado a hacerlo (es decir, bastante poco y mal). De modo que no siempre somos nosotros mismos los que razonamos sino el conjunto de imposiciones y conveniencias que citábamos antes.

La inteligencia es discernimiento; es conocer bien unas y otras opciones y poder escoger la más aceptable según la propia experiencia y el propio criterio. Es tener clara conciencia de la decisión, es responsabilidad personal ante el éxito y el fracaso. Es, precisamente por eso, inteligencia.
A nuestro entender, tal como decíamos al principio, son muy escasas las oportunidades de desarrollar y aplicar este discernimiento que sabe elegir y aprender en cada elección.


Para empezar, necesitamos distinguir verdaderamente todas las opciones que ofrece la vida en todos los sentidos. Y eso es casi imposible, considerando los sistemas de educación que nos rigen. Se conocen algunas opciones, las previamente aceptadas por esos otros que las determinan, y las demás están previamente vetadas. Así no se puede elegir; en todo caso, se puede acceder o no, lo cual es una tibia forma de acción, ya que la segunda posibilidad es sólo una abstención.


Además, necesitamos activar el sentido de la propia responsabilidad, poder afirmar: soy yo quien se decide por una naranja o una manzana, por estudiar química o literatura, por vivir o dejarse llevar por la vida. Soy yo quien asume los resultados de la decisión; por cada éxito o fracaso hay una nueva experiencia siempre positiva que me permite acrecentar los aciertos y reducir los errores. No sirve de nada echar la culpa a los demás, a las circunstancias, al destino o al mismísimo Dios cuando no nos atrevemos a ejercer nuestra voluntad y a rectificar con entereza cuando nos hemos equivocado.
Las equivocaciones se pueden corregir en la mayoría de los casos; la invalidez de la mente y la voluntad suelen ser irreversibles.


¿Qué hacer cuando no hay nada que elegir?

Ésta es la más difícil de las elecciones y a la que, desgraciadamente, nos enfrentamos en los últimos tiempos.


Individual y colectivamente, cada cual en su sitio, cada pueblo en su país, se ve coartado por una doble imposibilidad de elegir: la una por falta de discernimiento y la otra por falta de opciones válidas.
Hoy no se trata de decidirse entre lo mejor y lo peor, ni siquiera entre lo malo y lo menos malo, sino que debemos escoger lo que hay, aunque no se ajuste a nuestras necesidades, sueños o ideas.
Es tristísimo pero real el caso de aquellos que no pueden elegir lo que van a comer o a vestir; tan sólo pueden tener lo que hay, sea bueno o malo y generalmente poco, igual para todos en el mejor de los casos, porque otras veces no hay nada de nada.


¿Qué estudiar cuando sólo se puede acceder a las plazas que quedan libres en algunas Facultades? ¿O qué hacer cuando cada escuela tiene sus modalidades ideológicas prefijadas? ¿O cuando no hay dinero ni para esas escasas posibilidades?

¿Qué película ver en el cine, o qué programa en la televisión, cuando todo son horrores y morbo, o espectáculos vulgares e insulsos que constituyen una afrenta al público? Hay excepciones, claro, pero son tan pocas... ¿Qué leer cuando casi no hay títulos para elegir? ¿Con quién conversar cuando lo habitual es perder el tiempo en comentarios insidiosos, críticas y repulsas?

¿A quién votar en unas elecciones cuando unos y otros se han encargado de desprestigiarse y vituperarse sacando a relucir los escándalos más escalofriantes que jalonan sus carreras políticas y humanas?

¿En qué Dios creer cuando todas las religiones prometen un cielo que no llega nunca a cambio de unos sufrimientos que no podemos detener? ¿Cómo confiar y en qué Dios hacerlo si cada religión se dice la única depositaria de la verdad y condena a los otros que viven en el horror y en el pecado? Ante esta lucha de poderes, ¿dónde queda el pobre espíritu del hombre?

¿A qué seguir con más ejemplos cuando todos soportamos esta situación aunque no siempre haya una conciencia lúcida de esta plaga?

La sequía no sólo reduce el cauce de los ríos o nos deja sin agua en los hogares. También afecta a otros aspectos de la vida, convirtiéndola en un desierto donde se toma lo que se encuentra o se muere de sed.

¿Qué hacer entonces?

Como siempre, elegir, aprender a usar la inteligencia y discernir, poner cada cosa en su sitio y escoger con buen criterio.


Reconocer que tenemos pocas opciones, no porque no haya otras, sino porque, de alguna manera,
 la fuerza ha reducido las oportunidades. ¿Quién ejerce esa fuerza? Esa es otra cuestión que no trataremos ahora. Lo que importa, de momento, es saber que tenemos pocas salidas y el laberinto tiende a atraparnos. Saberlo es una buena manera de empezar a pensar en la forma de salir, de elegir escapatorias, soluciones.


Que la carencia de posibilidades no sea una venda más para los ojos ni una nueva trampa para la inteligencia y la voluntad.

Cada ser humano es una posibilidad, una nueva vía. Y cada pueblo crece en la medida en que sus hombres son sabios, firmes en sus ideas y decididos en sus acciones.

La más difícil de las elecciones es, aunque no lo parezca, decidirse a crear nuevos cauces para volver a elegir, a experimentar, a vivir.

Delia Steinberg Guzmán

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