Lunes, 01 Octubre 2018 08:39

I EXPOSICIÓN Y CICLO PIERRE DE COUBERTIN

Con motivo del I , la Escuela del Deporte con Corazón, en colaboración con la Real Academia Olímpica Española, está organizando e impartiendo por toda España conferencias sobre este pedagogo, filósofo y amante de la historia junto con una exposición que consta de varios paneles con información tanto gráfica como descriptiva sobre la vida y obra del barón Pierre de Coubertin.

Además, en este ciclo se proyecta un audiovisual cedido por la RAOE titulado «Pierre de Coubertin, ayer y hoy», en donde podemos escuchar la voz del presidente y fundador de la Academia Olímpica Española, D. Conrado Durántez.

Si queremos destacar algo de este maravilloso ser humano es que Pierre de Coubertin estaba convencido de que la restauración de los Juegos Olímpicos, tras siglos de olvido, ayudaría a desarrollar mejores individuos, lo que llevaría a un mundo mejor y, por tanto, a la paz; quería demostrar que la humanidad podía ser pacíficamente competitiva. Por eso, durante los Juegos de Londres dijo esta frase tan conocida y con un importante significado: «Lo importante de los Juegos Olímpicos no es ganar sino participar, de la misma forma que lo más importante en la vida no es el triunfo, sino el esfuerzo. Lo esencial no es haber conquistado, sino haber luchado bien».

Pierre de Coubertin estaba convencido de que la restauración de los Juegos Olímpicos, llevaría a un mundo mejor y, por tanto, a la paz; quería demostrar que la humanidad podía ser pacíficamente competitiva

Dentro de su ideario, Pierre de Coubertin entendía el espíritu de lucha como una constancia vital: «La vida es bella porque la lucha es bella: no la lucha sangrienta, fruto de la tiranía y de las malas pasiones, las que fomentan la ignorancia y la rutina, sino la santa lucha de las almas, en busca de la verdad, la luz y la justicia» (1902).

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En sus Memorias olímpicas, Coubertin expresa con claridad su postura: «El deporte no es ningún objeto de lujo ni una actividad para ociosos, ni es siquiera una compensación muscular al trabajo cerebral. Es, por el contrario, para toda persona, una fuente eventual de perfeccionamiento interior, no condicionada por la condición laboral, patrimonio de todos por igual y cuya esencia no puede sustituirse con nada».

La Escuela del Deporte con Corazón es consciente de lo que se transmite a través de la práctica del deporte y promueve la vivencia de la actividad deportiva con «espíritu olímpico». Invitamos a todos aquellos que viven de esta manera el deporte a participar de las próximas conferencias que se realizarán en Barcelona, Almería y Jaén.

 

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Pierre de Coubertin puso en marcha el Movimiento Olímpico moderno casi en solitario desde su despacho de la parisina calle Oudinot, un ingente trabajo que dejó tras de sí más de doce mil páginas impresas, la mayor parte escritas de su puño y letra. Una vida dedicada a la mejora psicofísica de la humanidad a través del deporte. El deporte como instrumento de cambio social, como herramienta revolucionaria.

Uno de los aspectos que siempre me ha llamado más la atención de la biografía de Pierre de Coubertin es el hecho de que, cuando le sorprendió la muerte de forma repentina, paseando meditabundo por el parque de La Grange en Ginebra (Suiza), en los bolsillos de su gastado abrigo solo encontraron unas pocas monedas… El ideólogo de la mayor fuerza social de nuestro tiempo murió arruinado e incomprendido por gran parte de sus contemporáneos.

Imaginemos, por un instante, una entrega tal en nuestra sociedad actual.

Pierre de Coubertin estaba desengañado de los políticos y de la política de su tiempo (podemos buscar, de nuevo, analogías con el nuestro), que no ofrecían cauce para sus ideas de establecer una reforma educativa en su Francia natal. Coubertin había desechado la idea de seguir una fácil carrera militar, que era lo que se esperaba de él, de un hombre de su rango, condición e hidalguía. Por cierto, también renegaba habitualmente de la elitista y despreocupada clase social a la que pertenecía por su baronía.

Dedicó gran parte de sus esfuerzos a conocer y comprender los sistemas educativos anglosajones que triunfaban en su época. Lo más importante en la vida de los pueblos modernos -escribió Coubertin- es la educación, la educación que ha de ser el prefacio de la vida, y lo que así expreso, es el resultado de mis observaciones adquiridas […] en donde he podido constatar la existencia de grandes corrientes de reforma pedagógica, independientes de los Gobiernos e incluso superiores a las tradiciones nacionales .

De nuevo, ideas revolucionarias para la Europa continental de su época y que podemos trasladar a nuestros tiempos. La educación como motor de la sociedad y del progreso. Pero no sirve con una educación partidaria, nacionalista o eventual. Tampoco basta con pensar a corto plazo. La idea de Coubertin, que sigue hoy día en plena vigencia, es trascender ideas políticas, coyunturas e incluso naciones, para acometer una gran reforma educativa. Y para ello, el humanista francés encontró el medio más cómodo, rápido y eficaz, además de un vehículo de comunicación directa, comprensión y pacificación entre los pueblos… Pierre de Coubertin restauró el olimpismo griego.

Y una prueba más de que la idea coubertiniana del moderno olimpismo no era crear un centro de alto rendimiento deportivo, fue que el Movimiento Olímpico nació al amparo del claustro de la prestigiosa universidad parisina de la Sorbona.

Coubertin había creado así, en el siglo XIX, el mayor acontecimiento social de nuestro tiempo. Y lo hizo a costa de su salud, su tiempo e incluso su fortuna hasta el mismo día de su muerte. Pensemos por un momento la ingente tarea que ello supone. Organizar unos primeros juegos olímpicos, sin móviles, sin Internet, sin nuestros modernos medios de transporte, sin el apoyo de la televisión…

El olimpismo, una filosofía de vida

El olimpismo es, en origen, una filosofía de vida que utiliza el deporte como correa transmisora de sus ideales formativos, pacifistas, democráticos y humanitarios, ideales todos ellos presentes constantemente en las sociedades modernas y en sus medios de comunicación. Frecuentemente, se nos pregunta: ¿y... feminista?

Sin duda, podemos y debemos responder a esta pregunta con un rotundo sí. En tanto en cuanto es democrático, es profundamente feminista. Además, todos los pasos que vienen dando las organizaciones olímpicas en las últimas décadas caminan, decididamente, en esta dirección.

Sin embargo, frecuentemente se le achaca a Coubertin, de forma malintencionada, un pretendido machismo, si bien de lo único que le podemos «acusar» es de no aplicar su sentido visionario también a la igualdad de género. Cabe citar al filósofo español Ortega y Gasset, quien afirmaba: «Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo». Y las circunstancias de Coubertin (a finales del XIX) no eran las más favorecedoras para el impulso de la mujer, que estaba relegada a un desempeño meramente familiar. Incluso en la práctica médica de la época, realizar actividades deportivas era ampliamente desaconsejado por ser incompatibles con la maternidad. Además, Coubertin también acudía en este caso a las fuentes clásicas que fundamentaban la ideología olímpica. Así, las mujeres griegas tenían prohibido competir en los Juegos de Olimpia bajo pena de muerte.

Señalemos otro aspecto en el que Pierre de Coubertin también se adelantó a su época y que está en plena vigencia tres siglos después. De hecho, las grandes reformas llevadas a cabo por el Comité Olímpico Internacional y que se han desarrollado desde finales del siglo pasado han tenido como detonante escándalos de corrupción económica y compraventa de todo tipo de prebendas. Y bastará citarlo para entender la concepción del pedagogo sobre la dimensión que él había imaginado para sus juegos olímpicos: Un espíritu mercantilista amenaza con invadir los círculos deportivos al haberse desarrollado los deportes en el seno de una sociedad que amenaza con pudrirse hasta la médula a causa de la pasión por el dinero. […] Los Juegos Olímpicos no deben considerarse como la gallina de los huevos de oro .

Termino citando a Marie-Thérèse Eyquem, deportista, escritora y activista feminista francesa, quien describió a Coubertin con belleza literaria: «De excepcional inteligencia, erudito y adivino, "decididamente subversivo" no por gusto, sino por probidad intelectual, revolucionario y enemigo de la violencia, a la vez apegado a su patria e internacionalista, vinculado a su raza, a su clase, a su nombre y hostil a su «casta», gentilhombre y a la vez descubridor de la nobleza del pueblo, cortés, discreto, espiritual, persuasivo para defender su ideal, vehemente contra la injusticia, luchador infatigable e infatigable defensor de la paz, dejó una obra y un ejemplo. Obstinado, inflexible y a la vez adaptable a todo tipo de sutilezas de la evolución, de un carácter tosco con una sensibilidad de niño o de poeta, poco preocupado de la gloria inmediata, ignorante de la palabra "interés", lo dio todo. Se entregó a sí mismo y entregó todo lo suyo a millones de desconocidos, en los que quiso ver la fuerza y la alegría».

 

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Lunes, 01 Octubre 2018 00:00

Pierre de Coubertin paseando en el tiempo

La revista Esfinge ha podido realizar una breve entrevista imaginaria a través de nuestro reportero en la ciudad de Lausana. Muchos medios y redes sociales de todo el mundo se hacen eco de un extraordinario acontecimiento: Pierre De Coubertin, fundador del Comité Olímpico Internacional y padre de los JJ. OO. modernos, paseando por esta localidad de Suiza, a pesar de que este pedagogo francés nos dejó en 1937. Aunque gran número de periodistas y curiosos se arremolinan en torno a él, Coubertin ha tenido la gentileza de responder a las preguntas de nuestro reportero.

Monsieur Coubertin, lo vemos paseando por el Parc de Vidy, contemplando el ajetreo de las obras para el futuro cuartel general del COI. ¿Qué sentimientos confluyen en usted en estos instantes?

No consigo salir de mi asombro tras observar las nuevas instalaciones que el Comité Olímpico Internacional está construyendo junto al lago Lemán, en Lausana. Es cierto que la ciudad mantiene su elegancia y su belleza junto al lago, el mismo aire bucólico que cuando en 1914 moví las oficinas del Comité a esta ciudad suiza y la hice capital olímpica. El tamaño del nuevo edificio me deja atónito; será el centro neurálgico del Parc de Vidy, como si una catedral gótica se levantase en mitad de un bosque. Qué diferencia con el pequeño palacete de Mon Repós, donde tenía mi humilde despacho. En mi curiosidad, he preguntado a qué se debe que el Comité necesite un hogar que, más que casa, parezca un palacio imperial pero de estilo vanguardista. Me comentan que actualmente casi un millar de personas trabajan en el Comité. No me lo creía… ¡Hace un siglo solo estábamos yo y cuatro secretarios!

Parece sorprenderle el crecimiento exponencial que ha vivido esta institución en las últimas décadas desde que…

Pero… ¿por qué el Comité que yo creé en 1894 necesita semejante número de trabajadores y tan inmenso santuario? ¿Es que acaso se dedica hoy en día a alguna empresa ajena a gestionar los Juegos Olímpicos, alguna industria más allá del deporte que requiera tal grupo humano? Y he aquí la mayor sorpresa… El Comité necesita una nueva sede faraónica para proseguir su centenaria y exclusiva misión: gestionar los mismos Juegos Olímpicos que yo concebí en su día. Las respuestas a mis preguntas conllevaban nuevas dudas. ¿De qué Juegos Olímpicos me habláis?, ¿tanto han evolucionado como para que el Comité que los dirige no lo reconozca ni su mismo padre?

¿Podríamos saber qué ha ido conociendo sobre el olimpismo del siglo XXI?

Pues bien, mis simpáticos interlocutores me han respondido sacando de sus bolsillos un extraño artilugio rectangular, de plástico y cristal, que proyecta imágenes como si de una pantalla de cine en miniatura se tratase. «¿Ves? -me decían-, estos han sido los últimos JJ. OO. celebrados. Fue hace dos veranos, en Río de Janeiro». ¡En qué se han convertido los Juegos! Siguen siendo la reunión de la juventud, la esencia se mantiene, pero… es todo tan diferente... Cuántos colores, cuántas luces, qué de gente en los estadios. En el fondo, me gusta. Pero me sorprenden deportes nuevos. Hay uno que son tres al mismo tiempo, triatlón le llaman. El voleibol, un juego local de Norteamérica en mis tiempos, hoy en día existe incluso por duplicado: en pabellones y ¡en la playa! Qué rápido se corre, qué veloz se nada, las acrobacias de los gimnastas son sobrehumanas a mis ojos. Me ha disgustado ver tantas mujeres, no solo en pocos deportes como el tenis o el golf, sino en todos. «Pierre, esto es reflejo de la sociedad actual, que es mucho más paritaria que cuando tú creaste los Juegos, hoy el olimpismo se basa en la igualdad entre hombres y mujeres». Quizás es eso, que yo crecí en un mundo decimonónico…

Entendemos que, tras tantas décadas «desconectado» del mundo, su curiosidad sobre el fenómeno universal que usted engendró va mucho más allá, que sus dudas no dejan de arreciar.

Me interesé sobre la versión de nieve de los Juegos, he mostrado curiosidad. «Y tanto -me replican-, de hecho, hace pocos meses consiguieron que los dirigentes de las dos Coreas, una nación dividida y oficialmente en guerra desde hace setenta años, se entendiesen, se reuniesen y conversasen sobre una muy ansiada paz». Yo no podía guardar por más tiempo mi gran duda: estos JJ. OO. del siglo XXI, con semejante poder social, que aúnan un número de deportes que jamás pude haber llegado a imaginar, ¿cómo han llegado así hasta hoy, hubo alguna mente que los renovase de tal forma? Pues resulta que, según me han informado, hubo en las dos últimas décadas del siglo XX un hombre chiquitito como yo, también muy inteligente y visionario, que otorgó al olimpismo moderno una segunda juventud. No era francés, sino español, y él consiguió que el Comité aplicase un modelo de gestión económica mucho más eficaz, que los medios de comunicación jugasen un papel (ahora entiendo cómo puede costearse una sede nueva tan espectacular) prioritario o que los Juegos se abriesen al profesionalismo. ¡Deportistas profesionales, inaudito!

¿Se muestra disconforme, por tanto, con los caminos que ha trazado el olimpismo desde que usted desapareció?

No exactamente. Me asaltaba la lógica duda de si el espíritu primigenio de los JJ. OO. ha sido pervertido desde que yo fallecí. Es decir, si queda algo de mi deseo de que esta competición deportiva fuese una herramienta pedagógica, una forma de mejorar el sistema educativo. Pensaba que no, que aquel ideal se debió de perder con el paso de los años. Y, con gran alegría para mí, no ha sido así. Resulta que toda ciudad olímpica está obligada por el Comité a desarrollar un programa de educación olímpica que pueda ser implementado en las escuelas del país anfitrión. «Transforma» se llamó en esos Juegos de Río que he visto… Además, he podido saber que aquel proyecto que jamás pude llegar a ver hecho realidad, el de una escuela o academia mundial donde reunir a jóvenes del mundo bajo el paraguas de la filosofía olímpica que yo di a luz, existe. Además, en el mejor sitio que yo podría concebir: junto al yacimiento arqueológico de la antigua Olimpia. Es ahí, en suelo griego, donde un centro que llaman Academia Olímpica Internacional desarrolla cada año cursos universitarios y sesiones para jóvenes en torno al deporte y sus valores. Lo que me ha hecho más gracia es saber que en las puertas de esa Academia hay un pequeño monumento de mármol donde descansa mi ya enmohecido corazón.

No hemos podido disfrutar más tiempo del sabio testimonio de Pierre de Coubertin. Nuestros compañeros periodistas también deseaban sonsacarle alguna declaración más. No obstante, el francés parecía abstraerse de tal nube de preguntas con creciente falta de disimulo, al mismo tiempo que daba la sensación de que se fundía con los árboles del Parc de Vidy.

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Pierre de Coubertin fue sobre todo y ante todo un educador, condición esta constituida en motor y condicionante de toda su fecunda actividad y la que permanentemente estará presente en la concepción de su rico ideario ( la educación debe ser el prefacio de la vida (1896) ; lo más importante en la vida de los pueblos: la educación (1890)[i] . En este sentido, pues, Coubertin fue un pedagogo, un filántropo, un humanista, un hombre que entregó todo el paréntesis vital de su existencia, sus ilusiones, su febril y cotidiano quehacer, amén de su fortuna, en poner en marcha la rica filosofía por él ideada, tendente a constituir una gran y única familia humana, pacíficamente integrada, en donde se prohibiese cualquier tipo de discriminación.

Pero, ¿quién es hoy Pierre de Coubertin? Pierre de Coubertin es hoy el más famoso desconocido de la historia, con el drástico contrasentido, semántico y conceptual de ser «famoso» y a la vez «desconocido». Y ello se explica, ya que ¿quién no conoce hoy en día los Juegos Olímpicos?, ¿quién no conoce el símbolo de los cinco aros?... pero ¿en qué porcentaje es conocida someramente su figura histórica?

Si con ocasión de una edición de los Juegos Olímpicos se realizase un muestreo sociológico y se fuese preguntando a viandantes anónimos de diversa procedencia (amas de casa, estudiantes, obreros, deportistas, miembros de federaciones e incluso miembros de Comités Olímpicos Nacionales) acerca de su nombre, el resultado sería normalmente desalentador, pese a que la ingente tarea por él legada supone una de las aportaciones benefactoras más importantes en la historia de la humanidad.

¿Cuántas personas importantes han existido en el mundo? -se preguntaba Jean Drapeau, el tesonero alcalde canadiense que consiguió para su ciudad los Juegos de Montreal 72-.No muchas, ciertamente -se respondía-. ¿Es Coubertin uno de ellos? Coubertin -afirmaba- ha sido uno de esos hombres cuyas virtudes, adornadas por una voluntad y una lucidez excepcionales, han asegurado el acercamiento de los seres humanos, bajo el símbolo del perfeccionamiento a la vez del cuerpo y del alma [ii] .

Por eso la idea corriente o vulgar que se tiene del famoso noble francés no responde a la identidad de su figura histórica. Coubertin no fue un promotor deportivo, fue un humanista, un educador, fue el primero en los tiempos modernos que supo ver que los deportes y los Juegos, organizados adecuadamente, pueden dar algo más que el mero beneficio físico. Se dio cuenta de que con los deportes es posible adquirir también cualidades culturales y morales[iii] .

Para Cagigal [iv] , Coubertin es un pedagogo social promotor del gran acontecimiento deportivo del s. XX. Su rico y variado bagaje cultural se perfila en una serie de ideas centrales o ideas madre no estructuradas sistemáticamente, pero cargadas de una gran fuerza y poder de arrastre y concretadas en religiosidad ritual, tregua universal, nobleza, selección, mejoramiento de la raza, caballerosidad y belleza espiritual. No es un programa lo que Coubertin deja, es-dice- un estilo, un talante, un entendimiento del deporte.

Sentado cuanto antecede, preciso destacar la impronta humanista del padre del olimpismo moderno. Si por humanismo se entiende el retorno a la cultura grecolatina como medio de restaurar las relaciones humanas o doctrina o actitud vital basada en una concepción integradora de las relaciones humanas [v] , Pierre de Coubertin encaja plenamente en el campo conceptual del humanismo al haber considerado el faro espiritual de Olimpia [vi]con su enseñanza moral, como guía y piloto determinante de su ideario y a este mítico enclave como un paraíso idealizado, venerado por él a lo largo de toda su vida y elegido para el eterno descanso de su vibrante corazón.

Coubertin, el artífice visionario

Coubertin, como sabio artífice del gran proyecto o como experto actor único de tan compleja obra, supo aunar, para fraguar la sólida base del olimpismo, sus variados y profundos conocimientos sobre psicología, sociología, historia y artes, poniendo en marcha el movimiento más importante del siglo, de imparable progreso y al que con gráfica frase él mismo describió en 1920. El Olimpismo -decía- es una gran maquinaria silenciosa, cuyas ruedas no rechinan y cuyo movimiento no cesa nunca, a pesar de los puñados de arena que algunos lanzan contra ella, con tanta perseverancia como falta de éxito, para tratar de impedir su funcionamiento. (…). De esta manera, se han franqueado las diferentes etapas de la restauración olímpica y el mundo moderno ha sido invitado a solemnidades, cada cuatro años, que evocaban cada vez más el antiguo ideal helénico. Las artes, las letras, un ceremonial grandioso, el contacto de la religión, las llamadas cada vez más ardientes al noble espíritu caballeresco (…) y por último, las manifestaciones pedagógicas destinadas a poner en evidencia, de una manera siempre creciente, el papel educativo tan importante que puede tener el ejercicio físico intensivo; este es el programa que se ha realizado, estas son las cimas que el olimpismo ha escalado desde su resurrección [vii] .

¿Y en qué basar el progreso incontenido e indestructible del movimiento olímpico, superador de guerras, boicots internacionales, terrorismo, insidias y acechanzas partidistas de todo género? Varios aspectos se podrían destacar a este fin, todos ellos dimanantes de la profunda, variada y rica filosofía del célebre normando.

En primer lugar, es de destacar en la doctrina coubertiniana la excepcional cualidad de su creador de utilizar dentro de sus esquemas, conceptos e instituciones sacadas del pasado [viii] , a las que entronca con las realidades de su problemática contemporánea y lanza con caracteres de permanencia inalterable y progresivo crecimiento a la incógnita interrogante del futuro [ix] . El mundo griego clásico, el gimnasio griego, Olimpia y su enseñanza, las ideas religiosas de su tiempo, la pedagogía, Thomas Arnald, etc., todo el variado conglomerado de conceptos sirven de sólida base a su idea olímpica y hacen que tome de cada una de ellas las partículas más vitales que han de otorgar consistente permanencia a su ideario.

En otro sentido y como es de todos conocido, Coubertin no fue un descubridor ni siquiera el feliz padre de la idea de la restauración olímpica. Cuatro años antes de la pública propuesta de la reposición de los Juegos, su paisano contemporáneo, Paschal Grousset, había lanzado ya la idea. Pero Grousset pensaba en unos Juegos Olímpicos Nacionales. Coubertin, con su habitual sagacidad, había intuido de forma automática que la fuerza, vigencia y supervivencia de la renovación olímpica, radicaba fundamentalmente en su universalidad [x] . Y para el apoyo básico de esa universalidad y supervivencia, estableció como centro axiomático de su código la camaradería y la fraternidad. Nada tienen que hacer en la gran familia olímpica las tradicionales barreras de la raza, la lengua, la religión, la política o la economía. A la gran familia olímpica todos son llamados. En la gran familia olímpica todos son admitidos y estimados por igual. En la gran familia olímpica solamente se exige el respetuoso acatamiento del código moral que constituyen sus reglas [xi] .

Unos Juegos para todos los pueblos

Admitir la variación y cambio dentro de las estructuras del movimiento olímpico, para así adaptarlo a las evoluciones o trayectorias sociales o ambientales del momento, fue otra de las luminosas ideas que Coubertin rápidamente aceptó y que permitieron así la permanente actualidad del olimpismo. Es muy conveniente y deseable -decía Coubertin- que los Juegos entren con honor en el vestido que cada pueblo teje durante cuatro años a su manera, y añade más adelante: Los Juegos deben ir acordes con la vida del mundo y no permanecer sometidos a una reglamentación perfectamente arbitraria [xii] .

La idea pacificadora del movimiento olímpico es otra clave de su permanente y actual mensaje. Coubertin tomó como ejemplo el esquema del mundo heleno y su ekecheiría como paréntesis pacífico que se decretaba en honor a la gran fiesta cuadrienal. El ansia de paz a nivel universal la comprende hondamente Coubertin ante la situación de su país después de la confrontación de 1870. Es por eso por lo que la idea de la competición deportiva a través de los Juegos ha de ser una permanente llamada a la paz. Que cada cuatro años -decía- los nuevos Juegos Olímpicos den a la juventud universal la ocasión de un encuentro dichoso y fraternal en el que se borrará poco a poco la ignorancia que los pueblos tienen unos de otros; ignorancia que mantiene odios, acumula recelos y precipita bárbaramente los acontecimientos de una lucha sin cuartel… [xiii] , y añade en su Oda al deporte: ¡ Oh deporte, eres la Paz! Estableces buenos contactos entre los pueblos acercándolos con el culto a la fuerza controlada, organizada y maestra de sí misma. Por ti aprende a respetarse la juventud universal y así la diversidad de las cualidades nacionales se transforma en fuente de generosa y pacífica emulación [xiv] .

Una última característica cabe señalar hoy día como fruto del pensamiento coubertiniano y esta es cómo la poderosa carga genética de su rico humanismo ideológico ha generado una fuerza sociológica mundial de primera magnitud. En consonancia con ella se puede evidenciar que no existe hoy día otra, dentro de los distintos vectores y tendencias de la gran familia humana en su dimensión religiosa, científica, cultural, económica, literaria y artística u otras, que posea el número de adeptos con que el olimpismo cuenta, integrado por el bloque de todos los que en el mundo acatan los postulados de la Carta Olímpica; ni existe tampoco ninguna actividad como las descritas que posea la capacidad pacífica de convocatoria de un mosaico tan variado de razas, lenguas, religiones o sistemas políticos como el olimpismo convoca periódicamente en un lugar concreto del planeta a través de sus Juegos cuadrienales[xv] .

La ingente obra se concibió e inició en solitario trabajo, por la figura señera de Pierre de Coubertin.

Quisiera transcribir el párrafo en el que M.ª Theresa Eyquem, en el epílogo de su obra, refleja con magistrales trazos literarios la rica, compleja y a veces contradictoria personalidad de Pierre de Coubertin. «De una "energía sobrehumana" -dice-, dando a su pasión el tono bienhechor de la mesura, a su dolor la dignidad del silencio y a su instinto dominador el dulce trato, era, en la total acepción del término, un hombre. De excepcional inteligencia, erudito y adivino, "decididamente subversivo" no por gusto, sino por probidad intelectual, revolucionario y enemigo de la violencia, a la vez apegado a su patria e internacionalista, vinculado a su raza, a su clase, a su nombre, y hostil a su "casta", gentilhombre y la vez descubridor de la nobleza del pueblo, cortés, diserto, espiritual, persuasivo para defender su ideal, vehemente contra la injusticia, luchador infatigable e infatigable defensor de la paz, dejó una obra y un ejemplo. Obstinado, inflexible y a la vez adaptable a todo tipo de sutilezas de la evolución, de un carácter tosco con una sensibilidad de niño o de poeta, poco preocupado de la gloria inmediata, ignorante de la palabra "interés", lo dio todo. Se entregó a sí mismo y entregó todo lo suyo, a millones de desconocidos, en los que quiso ver la fuerza y la alegría [xvi] ».



[i] DURÁNTEZ, Conrado. Pierre de Coubertin y su Ideario. Madrid, 2001. Pág. 23.

[ii] BOULAGNE, Y. P. La vie et laerse pedagogique de Pierre de Coubertin. Montreal, 1893-1937. Lemeac, 1975.Pág. 482.

[iii] PIERNAVIEJA, Miguel. ¿Crisis del Olimpismo? Actas de la Academia Olímpica Española 1968-1973. Pág. 192.

[iv] CAGIGAL, José M.ª El deporte en la sociedad actual. Madrid, 1975.

[v] Diccionario de la lengua española . Edición 2001. Pág. 839.

[vi] COUBERTIN, Pierre. En Textes Choisis. Tomo II. Zurich, 1986. Págs. 44, 45, 115, 162 y 428.

[vii] COUBERTIN, Pierre . La victoria del Olimpismo. La revue Sportive Ilustrée. Belgique, julio 1920. En Ideario Olímpico: Discursos y ensayos. Instituto Nacional de Educación Física. Madrid, 1973.

[viii] COUBERTIN, Pierre. Lo que podemos pedir ahora al deporte. Lausana, 1918. En I. O. Págs. 76-91.

[ix] COUBERTIN, Pierre. Olimpia. Conferencia dada en París en la sala de la Alcaldía del XVI distrito. En I. O. Págs. 175-195.

[x] MEYER, Gaston. El fenómeno olímpico. Publicaciones del Comité Olímpico Español. Madrid, 1963. Pág. 13.

[xi] COUBERTIN, Pierre. Discurso en la clausura de los Juegos de Berlín. I. O. Pág. 221.

[xii] Declaraciones de Coubertin a Andres Lang en 1936En El Fenómeno olímpico. Pág. 17.

[xiii] COUBERTIN, Pierre. El atletismo en el mundo moderno. Conferencia pronunciada en la Sociedad del Parnaso. Atenas, 1894. I.O. Pág. 19.

[xiv] Oda al Deporte . Premiada en el concurso de literatura deportiva de la V Olimpiada 1912. I.O. Pág. 72.

[xv] DURÁNTEZ, Conrado. Actualité de Pierre de Coubertin. Actas del Simposio desarrollado en la Universidad de Lausana entre los días 18-20 de marzo de 1986.

[xvi] EYQUEM, María Therese. Pierre de Coubertin. L'épopée Olympique. París, 1966. Pág. 289.

Bibliografía sobre Pierre de Coubertin

En español:

COMITÉ INTERNACIONAL PIERRE DE COUBERTIN. Pierre de Coubertin, ese desconocido. Lausana, sin fecha. 44 páginas.

COUBERTIN, Pierre. El ideario olímpico. Madrid, 1973. 243 páginas. Traducción al español de Juan Antonio de la Iglesia. Título original L'idée olympique. 1.ª versión en lengua francesa del Carl-Diem Institute, Schorndort, 1967.

COUBERTIN, Pierre. Memorias olímpicas. Madrid, 1965. 232 páginas. Traducción al español de José María Soler.

COUBERTIN, Pierre. Memorias olímpicas. Publicaciones del Comité Olímpico Internacional. Lausana. Ediciones 1976, 1979, 1989 y 1997. 236 páginas. Prólogo de Geoffroy de Navacelle.

DURÁNTEZ, Conrado. Pierre de Coubertin, el humanista olímpico. Ediciones del Comité Olímpico Español. Madrid, 1995. 101 páginas.

DURÁNTEZ, Conrado. Pierre de Coubertin y la filosofía del olimpismo. Ediciones Comité Olímpcio Español. Madrid, 1995. 101 páginas.

DURÁNTEZ, Conrado. Pierre de Coubertin: su vida en imágenes. Publicaciones del Comité Olímpico Español. Madrid, 1993. 111 páginas. Publicación ilustrativa de la Exposición Iconográfica Itinerante sobre la vida y la obra de Pierre de Coubertin, organizada con ocasión del acto conmemorativo del XXV aniversario de la creación de la Academia Olímpica Española y de la conmemoración del Centenario Olímpico.

DURÁNTEZ, Conrado. Olimpia. Madrid, 1975.

DURÁNTEZ, Conrado. Pierre de Coubertin y su ideario. Comité Olímpico Español. Madrid, 2000. 156 páginas.

MERCÉ, Andrés. Pierre de Coubertin. Ediciones Península. Barcelona, 1992. 154 páginas.

En francés:

BOULOGNE, Yves Pierre. La vie et l'œuvre pédagogique de Pierre de Coubertin 1863-1937. Ottawa, 1975. 482 páginas.

BOULOGNE, Yves Pierre. Pierre de Coubertin. Humanisme et Pédagogie. Publicaciones Comité Olímpico Internacional. Lausana, 1999. 286 páginas.

CALLEBAT, Louis. Pierre de Coubertin. Fayard, 1988. 272 páginas.

COMITÉ INTERNACIONAL PIERRE DE COUBERTIN. Bibliographie des oeuvres de Pierre de Coubertin. Lausanne, 1991. Recopilación realizada por Norbert Müller y Otto Schantz, integra un volumen de 171 páginas.

COMITÉ INTERNACIONAL PIERRE DE COUBERTIN. L'actualité de Pierre de Coubertin. Actas del Simposio desarrollado en la Universidad de Lausana entre los días 18 y 20 de marzo de 1986. 312 páginas.

COMITÉ INTERNACIONAL PIERRE DE COUBERTIN. Pierre de Coubertin, ce meconu. Lausanne, sin fecha. 44 páginas.

COMITÉ INTERNACIONAL PIERRE DE COUBERTIN. Coubertin et l'Olympisme. Questions pour l'avenir. Actas del Congreso del Havre. 1897-1997. Universidad del Havre, 17 a 20 de noviembre de 1997. 333 páginas.

COMITÉ OLÍMPICO INTERNACIONAL. Un siècle du Comité International Olympique: L'idée - Les Présidents - L'œuvre. Lausanne, 1994.

COMITÉ OLÍMPICO INTERNACIONAL. Pierre de Coubertin. Textes Choisis. Weidmann. Zurich, 1986.

CHOLLEY, Patrice. Pierre de Coubertin. La deuxième croisade. Lausanne, 1996. 256 páginas.

DURÁNTEZ, Conrado. Pierre de Coubertin, l'humaniste olympique. Ediciones Comité Olímpico Internacional. Lausana, 1994. 127 páginas.

DURRY, Jean. Le vrai Pierre de Coubertin. Comité Francés Pierre de Coubertin. París, 1994. 87 páginas.

EYQUEM, Marie Thérése. Pierre de Coubertin L'épopée olympique. Calmann-Lévy. París, 1966. 298 páginas.

GILLIERON, Christian. Les relations de Lausanne et du Mouvement olympique à l'époque de Pierre de Coubertin 1894-1939. CIO. Lausanne, 1993.

NAVACELLE, Geoffroy. Pierre de Coubertin, sa vie pour l'image. Ediciones Comité Olímpico Internacional. Zurich, 1986. 96 páginas.

En inglés:

COMITÉ INTERNACIONAL PIERRE DE COUBERTIN. Pierre de Coubertin, that unknown. Lausana, sin fecha. 44 páginas.

DURÁNTEZ, Conrado. Pierre de Coubertin. The Olympic humanist. Ediciones Comité Olímpico Internacional. Lausana, 1994. 127 páginas.

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COMITÉ INTERNACIONAL PIERRE DE COUBERTIN.Coubertin and Olympism, questions for the future. Le Havre 1897-1997. Lausanne, 1998.

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En italiano:

LOMBARDO, Antonio. Pierre de Coubertin. Saggio storico sulle Olimpiadi moderne 1880-1914.

Publicado en Historia

Era tal el carácter sagrado de los Juegos Olímpicos que las continuas guerras entre pueblos hermanos se detenían para permitir que todos pudieran asistir, pues el oráculo había dicho que debían convertir su antagonismo en una noble competición en el campo de los deportes.

Así, Olimpia fue el lugar físico donde encarnó un ideal que habría de llevar a los jóvenes, a través del acicate de la victoria, a desarrollar unos valores que, en el fondo, son el objetivo principal del juego.

Según el sentido profundo del oráculo, se trataría de un empujón civilizador impulsado una vez más por los dioses que velan por el desarrollo de la humanidad.

Estos valores, solo conseguidos a través del esfuerzo inteligente y entusiasta, serían los que irían ennobleciendo el alma del atleta, que pasaría a ser ejemplo a seguir por sus conciudadanos.

Así, aunque el premio pareciera ser la fama y el honor, el verdadero triunfo era la purificación del alma, tal como luego nos enseñaría Platón.

Y así fue durante más de mil años hasta que el desgaste de todo lo manifestado hizo que los Juegos cayeran en el olvido.

Pero los ideales civilizadores nunca mueren; esperan durmientes en su lecho divino hasta que la ley de los ciclos históricos los reclama de nuevo para su plasmación. Y es entonces cuando se hace necesaria la presencia de un alma grande para concebir el gran sueño. El destino quiso que fuese un hombre llamado Pierre de Fredy, nacido en París el 1 de enero de 1863.

Hay personajes a lo largo de la historia que han sabido legar a la humanidad una obra tan gigantesca que el brillo de su magnitud ha eclipsado al propio artífice de la misma. Este es el caso del barón Pierre de Coubertin, casi un desconocido fuera del ámbito especializado del olimpismo.

Su título nobiliario le fue dado por el rey francés Luis XIII a un antepasado suyo, el primer Fredy, en 1471. El sobrenombre familiar proviene de 1567, en que uno de los Fredy adquirió el señorío de Coubertin, cerca de París.

Pierre estudió Ciencias Políticas, pero pronto descubrió que su verdadera vocación era la pedagogía. En una época de cambios como vivía Europa, se dio cuenta de que la educación era la clave para que las nuevas generaciones hicieran resurgir valores aparentemente perdidos en el seno de una civilización utilitarista, profana y dividida.

A raíz de las experiencias personales vividas en sus viajes por Inglaterra y Estados Unidos, concibió la idea de una gran reforma pedagógica con proyección internacional.

Ecos del pasado

Inspirado en el recuerdo del espíritu olímpico, escuchó los ecos de ese pasado preservado en vasijas, mitos, estatuas y murales, resonando en la poesía clásica, la filosofía y el teatro. Las silenciosas piedras de las excavaciones de Atenas, Delfos y Olimpia avivaron también los rescoldos de un fuego que nunca se terminó de apagar porque vive en el corazón del espíritu humano.

Coubertin vio en su portentosa imaginación la posibilidad de dar vida de nuevo a los Juegos Olímpicos, de recuperar la competición atlética como una práctica para el fortalecimiento de los valores del alma así como de la forma física del cuerpo.

El juego limpio, la nobleza en la contienda, el coraje, la superación de los propios límites, la ofrenda del esfuerzo como un gesto que busca sacralizar nuestra vida, todo lo que el deporte puede aportar al joven era visto por Coubertin como una fragua en la que un temperamento violento, mediocre o pusilánime se puede convertir en un carácter bien templado, fuerte y dispuesto a la fraternidad entre los pueblos.

Y así, al considerar el deporte como un medio eficaz en la educación de la juventud, se comprometió en la introducción de la educación física en la escuela; fundó la Sociedad de Deportes Populares, creó Universidades Laborales, publicó numerosos escritos sobre temas pedagógicos, políticos e históricos y se entregó a la fundación de asociaciones deportivas escolares y su organización a nivel nacional.

El 25 de noviembre de 1892, en el claustro de la Sorbona, en París, anunció su idea de restablecer los Juegos Olímpicos de la Antigüedad. La idea fue recibida con gran alborozo; sin embargo, no obtuvo la aprobación, quizás por considerarse un proyecto de una envergadura excepcional. No obstante, dos años después, en el mismo lugar, obtuvo el apoyo unánime de todos los presentes, creándose el Comité Olímpico Internacional (COI) y designándose como primera sede para la celebración de los Juegos Olímpicos modernos la ciudad de Atenas.

Ya en la primera versión de la reglamentación del COI (1894) se cita como tarea del Comité «adoptar todas las medidas convenientes para fomentar el deporte para todos en igual medida que el de alta competición». Coubertin quiso hacer del deporte una escuela de nobleza y pureza moral, a la vez que un medio de fortalecimiento y energía física.

En sus Memorias olímpicas, Coubertin expresa con claridad su postura sobre el «deporte para todos»:

«El deporte no es un artículo de lujo, no es una ocupación para ociosos ni una compensación por el trabajo intelectual. El deporte es una fuente de perfeccionamiento interno para cada persona. La profesión no tiene nada que ver con ello. Antes bien, el deporte es un regalo irreemplazable que le es dado a todas las personas en igual medida. Desde una perspectiva étnica tampoco existe diferencia, ya que, por naturaleza, todas las razas disponen del deporte como de algo propio y en igualdad de derecho».

Deporte y paz

Coubertin consideraba de vital importancia la misión pacificadora de los Juegos. En un discurso de 1894 en Atenas afirmaba:

«Es preciso que cada cuatro años los Juegos Olímpicos restaurados den a la juventud universal la ocasión de un reencuentro dichoso y fraternal, con el cual se disipará poco a poco esta ignorancia en que viven los pueblos unos respecto a los otros, ignorancia que mantiene odios, acumula los malentendidos y precipita los acontecimientos en el destino bárbaro de una lucha sin cuartel».

Desde la fundación del COI, Coubertin fue el motor que impulsó la nave olímpica con su aliento vital, con su conocimiento y, sobre todo, con su entusiasmo infatigable, pese a la incomprensión de muchos de sus contemporáneos. Ostentó la presidencia del Comité desde los inicios, en 1896, hasta 1925.

Coubertin siempre creyó que el arte y el deporte debían ir de la mano en la educación del joven; música y gimnasia, al decir de Platón. Las artes de las musas embellecen la vida individual y perfeccionan la vida social.

Así lo expresa en múltiples páginas de su Ideario:

«¡El culto a las letras y las artes! Abridle decididamente las puertas».

En 1912 introdujo «El pentatlón de las musas» en los Juegos Olímpicos de Estocolmo, en el que obtuvo una medalla de oro por su Oda al deporte , firmada bajo el seudónimo de Georges Hohrod y M. Eschbach.

En 1915, debido a la incomprensión de una parte de sus paisanos hacia el sentido de su labor, sumado a las tensiones políticas de la época, trasladó la ubicación del COI a Suiza, donde vivió hasta su muerte, que tuvo lugar de forma repentina cuando paseaba por el parque de La Grange en Ginebra. En su testamento dejó escrito que su cuerpo fuera enterrado en Suiza, la ciudad que le dio cobijo y comprensión; y que su corazón fuera llevado a Olimpia, el mítico santuario fuente de inspiración de su vida y de su obra.

Este bienhechor de la humanidad que fue Pierre de Coubertin, revolucionario, amante de la paz, impulsor de la concordia entre los pueblos, de excepcional inteligencia y sobrehumana energía, se entregó a sí mismo y toda su fortuna para invocar y plasmar este ideal olímpico atemporal. Nos legó una ingente obra de investigación que sobrepasa las 14.000 páginas impresas, distribuidas en libros, conferencias, artículos, discursos...

Gracias a él, hemos recuperado los Juegos Olímpicos, unos festivales que han despertado de su letargo histórico para irrumpir en el presente con la fuerza de la juventud.

Olimpia representa el sueño universal de superar las grandes luchas de la vida con coraje y determinación. Y eso... no puede morir jamás.

Bibliografía

Phil Cousineau. La odisea olímpica. Ed. Amara, 2008.

Conrado Durántez. Ideario de Pierre de Coubertin. Comité Español Pierre de Coubertin. Madrid.

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